¡Ese médico es mío! Capítulo 14
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Capítulo 14

Ya había terminado de contarle a Rubén todo lo que me sucedió con Fabiana la tarde anterior, cuando me encontré mal por la noticia del accidente de Gina y cuando me recompuse.

Hacía unos minutos que nos habíamos quedado en silencio, cada uno bebiendo de sus cafés. Bueno, mi amigo lo intentaba, pero solo se mojaba los labios.

Su taza continuaba llena, mientras que el contenido de la mía había bajado bastante.

Volví a beber, ya que estaba a la temperatura perfecta.

Rubén se había quedado con la vista perdida en la calle peatonal, pensativo. No quería molestarlo, aunque, por otro lado, debía hacerlo, para que sus pensamientos no fueran muy destructivos.

—Ostras, hay una cosa que no te he contado.

Eso captó su atención.

—¿El qué?

—No te preocupes. No es nada malo, o sí. Según se mire —reí, sin muchas ganas.

Elevó las cejas.

—¿Te he dicho alguna vez que cuando te ríes así das un poco de miedo?

Reí con más ganas, esta vez con mi risa auténtica. Rubén sonrió.

—Es algo que nos pasó a Nadia y a mí ayer por la mañana, en la casa en la que hoy he comenzado a trabajar.

—¿Hay fantasmas o algo parecido? —preguntó con diversión.

—Ja, ja, ja… Muy gracioso.

Bufé, haciéndole reír.

—En la casa hay dos perros preciosos, son una monada. Mira.

Busqué la foto que les hice para enviársela a Aroa y sonrió al verlos.

—Sí que lo son —estuvo de acuerdo.

—También son muy buenos, tranquilos y cariñosos. Se llaman Yoda y Leia.

Elevó las cejas.

—Sí —dije divertida—. El caso es que cuando nos dimos cuenta no estábamos solas con los perros.

—¿Quién más había? Me dijiste que la casa estaría vacía mientras trabajabais.

—Y así es, a excepción de los perros. Por eso nos llevamos una gran sorpresa, al saber que el dueño vigila la casa a través de las cámaras de vigilancia que tiene en cada estancia, incluso en el porche, en la cocina y en varias partes repartidas por las zonas del jardín. Puede ver y escuchar en tiempo real.

—¿Escuchar también?

Asentí.

—Y hablar. —Bufé—. Imagínate el susto que nos dio cuando nos habló de repente, sin esperárnoslo. Nadia y yo pegamos un bote, gritando. Casi se nos salió el corazón por el pecho.

Mi amigo soltó una carcajada y como me gustó tanto verlo así, no me quejé, como habría hecho en otro momento.

—Así que estuvo espiándoos —dijo divertido.

—Sí. —Arrugué la nariz—. ¿Eso es legal? —le pregunté con curiosidad.

—Que te veo venir y es un cliente nuevo…

—No lo quiero saber por nada en especial.

Puse los ojos en blanco.

—Ya, como también me dijiste en el pub que no buscarías a Gina, cuando sacaste tú el tema.

—Eso era diferente.

—Y me alegro de que no me hicieras caso y actuaras por tu cuenta —me habló serio—. Si no fuera por ti no me hubiese enterado a tiempo de su accidente, para poder estar con ella en el hospital y en todo lo que necesite, a partir de que se despierte.

Asentí, con una pequeña sonrisa.

—Aunque ya voy tarde —susurró.

—De eso nada. No pienses eso, por favor. Vas a estar con ella desde que lo sabes, ni tú ni yo podíamos hacer más.

—Lo sé, pero la sensación que tengo no es buena.

Negó y cuando volvió a hablar cambió de tema.

—Sobre lo que has preguntado, no tengo ni idea de si es legal lo de las cámaras.

Es el dueño de la casa, pero, por otro lado, él os ha contratado para que le reforméis la vivienda, así que ha aceptado que trabajéis en ella.

Durante el tiempo que estéis ahí debe respetar vuestra privacidad.

No sé hasta qué punto es válido lo que hizo.

—Esta mañana me he paseado por la casa con la camiseta que pone: cállate tus tonterías, me importan una mierda.

Reímos.

—Me he cambiado para venir a por ti, pero en cuanto vuelva me la pongo otra vez.

Le hice un guiño.

—No vas a ponérselo fácil ni desde una cámara —comentó, divertido.

—Por supuesto que no.

—Así me gusta. —Me hizo un guiño—. ¿Voy al baño y nos vamos? —me preguntó.

—Claro.

Cuando entró en el bar saqué el móvil del bolso y le escribí un mensaje a Leti, para que ella y mi madre se quedaran tranquilas.

Paula: Hola, guapa. Rubén ya lo sabe. Le ha afectado, como es lógico, pero está bastante bien. Por ahora. Díselo a mi madre, no os preocupéis. Dentro de un rato iremos al hospital. Estamos haciendo tiempo porque todavía falta un poco para que comience la hora de visita.

Leti: Hola, preciosa. ¡Qué bien! Menos mal. No sabes cómo me alegro. Tu madre ya lo sabe, ha leído el mensaje al mismo tiempo que yo. Como este que estoy escribiendo. Tened cuidado y que vaya bien.

Le envié varios besos que me devolvió y me guardé el móvil.

Me levanté de la silla y me fui de la terraza, para esperar a Rubén de pie.

—¿Vamos en mi coche?

Me giré hacia Rubén.

—No, porque cuando volvamos te costará encontrar apartamiento. Te traigo y me voy a la casa a trabajar.

—Vale.

Me rodeó los hombros con un brazo y comenzamos a caminar. Lo guie hasta mi coche y cuando estuvimos montados, conduje hasta el hospital general.

Llegamos en aproximadamente veinte minutos y tuve suerte de no dar muchas vueltas para estacionar. Aparqué a varias calles de distancia.

—¿Habrá alguien de su familia? —me preguntó, caminando por la acera.

Lo miré de reojo.

—Es muy probable, pero no pasa nada.

—No sé si Gina querría que conociera a sus padres, o yo qué sé.

Se paró de repente y yo lo hice a un paso por delante de él.

—Eh. —Me acerqué—. ¿A qué vienen esas dudas? Esta situación es excepcional.

—Ya, pero es que…

Se pasó las manos por el pelo.

—No tienes por qué estar agobiado. Gina no ha pedido estar tumbada e inconsciente en una cama de hospital, ni nosotros vamos a entrar al hospital por gusto.

Cuando se despierte, ya verás cómo le hace ilusión que hayas ido a verla y que estuvieras presente desde el momento que fuiste consciente de lo que estaba pasando.

—¿De verdad lo crees?

—Claro. —Me agarré a su brazo y tiré de él, para caminar de nuevo—. A todas las personas les gusta que se preocupen por ellas, que las visiten, en un caso como este. Gina no se va a molestar porque te hayas tomado la libertad de venir al hospital.

—Vale —suspiró y sonreí.

—Además, es tu futura mujer. Yo creo que debes iniciar un acercamiento con tus futuros suegros, o cualquier otro familiar.

—Eres muy tonta —se quejó.

Reí.

—Le estamos dando muchas vueltas, a lo mejor resulta que a primera hora estamos solos. Piensa que hace una semana que está ingresada, sus familiares se habrán visto obligados a volver a sus responsabilidades. Seguro que cuando van a verla es a la hora de la tarde.

—Sí. Tiene lógica.

—Por supuesto. Como todo lo demás que digo y hago.

Solté una carcajada, por cómo me miró.

Cuando entramos al hospital fuimos directos al mostrador de la entrada, para comentarle a la chica que había sentada al otro lado, lo que necesitábamos.

Nos indicó muy amablemente hacia dónde debíamos dirigirnos y eso hicimos, con la seguridad de que podríamos ver a Gina.

Accedimos al pasillo que llevaba al área de cuidados intensivos y entramos en una pequeña sala de espera que había.

—Voy a avisar a una enfermera, por si no hay nadie esperando y podemos pasar ya —le dije.

—Te acompaño.

Asentí.

Nos dirigimos a la entrada, pero nos quedamos hasta donde podíamos pasar sin permiso. Una de las enfermeras no tardó en vernos y salió para hablar con nosotros.

—Hola —nos saludó.

—Hola —le devolvimos el saludo, Rubén y yo—. Venimos a ver a Gina. Nos hemos enterado hoy de que tuvo un accidente y de que está en coma inducido.

—Oh, ya sé quién es —dijo sonriente—. Suena mal, pero no es tan grave como parece. Al menos una vez pasado el peligro. Gina está reaccionando muy bien.

—¿Cómo está?

—En las últimas pruebas que le han hecho hoy ha salido que la inflamación ha bajado bastante —dijo una voz de mujer, a nuestra espalda.

Nos giramos y nos encontramos con ella. Nos observaba con curiosidad.

—Gracias —dije.

Rubén se quedó en silencio.

—Soy la madre de Gina —se presentó, sorprendiéndonos—. ¿Y vosotros? ¿De qué conocéis a mi hija?

—Somos amigos de ella, Rubén y Paula. Bueno, mi amigo, aparte, está comenzando a tener algo especial con su hija.

Noté la mirada de mi amigo, pero no aparté la mía de la mujer.

—¿Tú eres Rubén?

La pregunta de ella captó la atención de mi amigo.

—Sí.

—Oh. Mi hija me ha hablado de ti. Discúlpame, no sabía cómo ponerme en contacto contigo. El móvil de Gina se rompió en el accidente. Le hemos comprado uno para cuando se despierte.

—¿Le habló de mí?

—Claro. Mi hija está muy ilusionada, me ha contado maravillas de ti.

La mujer sonrió de oreja a oreja, igual que yo. Me emocioné.

—Mi nombre es Belén —se presentó.

—Encantado de conocerla.

—El placer es mío. Me alegro mucho de que estéis aquí. —Nos miró a los dos—. Entrad primero a ver a mi hija. Yo lo haré después. Y si os apetece cuando salga podemos ir a la cafetería, me encantaría conoceros más.

—Claro —le dije, sonriendo.

—Pues adelante, id a verla.

Rubén y yo asentimos y seguimos a la enfermera que había esperado a nuestro lado, pacientemente.