Capítulo 13
Qué complicado era dar malas noticias, y doloroso cuando la noticia la recibía una persona que te importaba.
Mientras recorría los últimos metros hacia la cafetería todavía no tenía claro cómo sacarle el tema a Rubén.
Lo conocía tan bien, sabía cómo se pondría. Por mucho que se empeñara en aparentar normalidad no se sentía bien desde que Gina se ausentó de golpe de todo.
Mis ganas por ver a Gina, aunque ella no pudiera verme a mí, no eran nada comparado con la necesidad que tendría Rubén, una vez supiera lo que le había pasado.
Me froté las palmas de las manos en el pantalón corto, mientras caminaba por la terraza de la cafetería.
Rubén no estaba fuera.
En cuanto entré en el local me encontré con la mirada de Leti. Su expresión cambió al verme, noté sus nervios y su preocupación.
—Hola —la saludé.
—Hola —me sonrió—. Menos mal que tuviste la idea de ir a buscarla —susurró, refiriéndose a Gina.
Asentí, mientras ella me agarraba las manos por encima de la barra.
—Hija.
Giré la cabeza hacia la izquierda y sonreí.
—Hola, mamá.
Leti me soltó, para que nos diéramos un abrazo.
—¿Rubén?
—Está en el baño —contestó Leti.
—Vale.
—Que vaya lo mejor posible, cariño.
—Eh, ¿pero a quién tenemos aquí?
Al escuchar a Rubén las tres miramos hacia él.
—Hola —lo saludé.
—Hola —sonrió—. ¿Qué haces aquí a esta hora?
Nos abrazamos y permanecimos unos segundos de más sin separarnos.
—¿Estás bien? —me preguntó susurrando.
—Sí.
Al soltarnos me miró a la cara, por lo que sonreí.
—Vengo a secuestrarte —le dije.
Arqueó una ceja.
—¿Y mi jefa va a dejarte?
Miró a mi madre, quien asintió sonriendo.
—¿Qué está pasando aquí?
Pasó la mirada por Leti, por mi madre y por mí.
—¿Por qué no estás trabajando? —me preguntó.
—He empezado muy pronto a trabajar, para poder tomarme este descanso.
Pasé un brazo por el suyo y me pegué a él.
Frunció el ceño.
—Quiero que me acompañes a un sitio y cuando sepas de lo que vas, tú también querrás ir. Más que yo.
—¿De qué hablas?
—Ahora te lo cuento. Nos vamos.
Levanté una mano hacia mi madre y Leti, al mismo tiempo que tiraba del brazo de Rubén.
—¿Tienes que coger algo?
—No. Lo llevo todo encima.
—Perfecto.
—¿De qué va esto, Paula?
No le respondí, mientras salíamos de la cafetería.
Cuando dejamos atrás la terraza comenzamos a caminar por la calle peatonal. Lo llevé hacia donde había dejado mi coche estacionado, pero me paré antes, frente a la terraza de un bar.
—Vamos a tomarnos un café.
Lo llevé conmigo hasta una mesa.
—¿Por qué tenías tanta prisa por irte de la cafetería de tu madre? No te has parado ni a tomarte ese café allí.
—Quería que estuviéramos lejos.
Elevó las cejas.
—Por ti.
—Por mí.
—Sí —le confirmé.
Un camarero se acercó a tomarnos nota de lo que queríamos y le pedimos dos cafés con leche.
—Empieza a hablar de una vez —me pidió, serio.
—No sabía cómo hacerlo, quería ir con tacto, pero es que es algo que no puede suavizarse, por mucho que quiera.
Respiré profundo.
—Paula…
—Vale, vale… —Levanté las manos—. Primero de todo te pido perdón por meterme en tu vida, en cierta manera.
Arqueó una ceja.
—Tú siempre te metes en mi vida, formas parte de ella.
Le sonreí.
—Me refiero a que ayer hice algo que tú no querías.
Entrecerró los ojos.
—Voy a contártelo, pero no me interrumpas. Tampoco te enfades.
—Así no vas muy bien —carraspeó—. ¿Qué está pasando?
—Un momento.
Miré hacia la barra y al ver que al camarero le quedaba poco para volver, le hice un gesto para que lo entendiera. Rubén asintió y esperó, para que no nos interrumpiera.
El hombre vino rápido con nuestros cafés y me adelanté a pagárselos. De esa manera podíamos irnos en cualquier momento.
—Ayer busqué a Gina.
—No me jodas.
—Hemos quedado en que no hablarías —le recordé.
Bufó.
—Conseguí la dirección de su empresa y fui a buscarla.
Solo quería saber qué estaba pasando, no era normal que desapareciera de esa manera.
Y si por casualidad se había alejado de ti porque ya no quería nada, necesitaba saberlo para decírtelo.
Llevas días mal, desde que ella dejó de ir a la cafetería.
Abrí el sobrecito de azúcar y eché la mitad al café. Después lo removí, pensativa.
—Lo que voy a decirte no va a gustarte.
Apretó un puño encima de la mesa, cerca de su taza.
—Ayer me pasaron dos cosas importantes y negativas, aunque una pierde peso en comparación con la otra. Y eso es mucho decir porque estoy hablando de Fabiana.
—¿Qué mierda tiene que ver esa ahora? —Ladeó un poco la cabeza—. ¿La viste? No me jodas —dijo cuando asentí—. Menuda racha llevas.
Bufó.
—Dímelo a mí. De no querer verla en mi vida, ha terminado hasta abrazándome.
Apretó los labios, conteniéndose para no reír. Yo puse los ojos en blanco.
—Voy a lo difícil.
—Adelante.
—Cuando llegué al edificio en el que están las oficinas de la empresa en la que trabaja Gina, me costó que el recepcionista me dejara subir. Ni siquiera pude darle un apellido.
Me encogí de hombros.
Agarré la taza con ambas manos, rodeándola.
—Pero el hombre se apiadó de mí y me permitió subir, al final. El caso es que llegué a la recepción de la empresa de la quinta planta y mi suerte continuó, porque el horario de trabajo ya hacía un rato que había terminado, pero encontré a la recepcionista preparándose para irse.
Rubén permaneció en silencio y me miró de una manera… Sabía que ahora venía lo importante, bueno o malo.
—Le pregunté a la mujer por Gina y por suerte, supo a quién me refería. Le expliqué por encima que la conocía y cuando le comenté que hacía días que no iba a la cafetería a la que le gustaba ir cada mañana, me dijo que no iría durante un tiempo. Añadió que quién sabía cuánto se alargaría.
Rubén frunció el ceño. Tuvo la misma reacción que yo al escuchar esas mismas palabras.
—Rubén…
—¿Qué?
—Gina tuvo un accidente la semana pasada.
Agrandó los ojos y se le cortó la respiración.
—Fue grave, está ingresada en el hospital.
—No me jodas —susurró.
Apretó la mandíbula, al mismo tiempo que agarraba con más fuerza la taza.
—Lo siento, cariño —carraspeé—. Tal vez debí decírtelo ayer, pero al principio me encontré mal. Fue un golpe duro escuchar lo que le había pasado a Gina.
Moví la cabeza de lado a lado.
—Después, cuando me recompuse, llamé al hospital para saber el horario de visitas y ya no podíamos ir, si te lo hubiera dicho. No tenía sentido preocuparte hasta hoy, que sí podíamos ir.
—¿Cómo estás? ¿Por qué hay un horario para verla? —me preguntó extrañado, con voz ronca.
—La tienen en cuidados intensivos, en coma inducido.
—No.
Sacudió la cabeza.
—Sí —susurré.
Le agarré la mano por encima de la mesa, separándosela de la taza.
—Por lo que me dijo la mujer de ayer, la recepcionista de la empresa, los médicos hablan favorablemente de su estado.
Se está recuperando, Rubén, solo hay que tener paciencia porque tuvo un traumatismo fuerte en la cabeza.
Por eso la mantienen sedada, hasta que le baje la inflamación. Todo va a salir bien.
—He llegado a pensar de todo, desde que dejó de ir a la cafetería. Y después, porque ni siquiera vio mi mensaje. —Tragó saliva.
—Cariño, no podía saberlo.
Le di un apretón de manos.
—Mi orgullo pudo más que la lógica —susurró—. Tendría que haber hecho como tú, no conformarme después de comenzar a conocernos.
Se pasó la mano libre por el pelo.
—No te martirices pensando esas cosas. Lo hecho, hecho está. Tú estabas en tu derecho de actuar dolido. ¿Cómo íbamos a pensar que la ausencia de Gina era por culpa de un accidente? Esas cosas no se piensan.
—Ya… Gracias.
Me apretó la mano y le sonreí con cariño.
—No me las des. Ahora vamos al hospital.
Asintió.
—Necesito verla —susurró.
—Lo sé.
—¿Nos dejarán entrar si no somos familiares?
—La recepcionista me dijo que sí, supongo que lo sabrá porque algún compañero habrá ido a verla.
—Vale.
—Podemos tomarnos el café, si nos vamos ahora tendremos que esperar en el hospital.
Miré la hora en el reloj de pulsera.
—Si nos vamos en unos quince minutos llegaremos bien para esperar pocos minutos.
—De acuerdo, aunque no me apetece ya.
Alejó su taza, pero yo se la acerqué.
—Te sentará bien.
—Cuéntame lo de Fabiana. ¿Qué narices te pasó ayer con ella? ¿Y dónde la viste?
—No te lo vas a creer.
Puse los ojos en blanco.
—Sorpréndeme.
—Es compañera de Gina. —Agrandó los ojos—. Sí, trabaja en la misma empresa. Qué suerte tengo, ¿eh?
—Joder. Lo tuyo ya es muy fuerte.
Solté una carcajada.
¿Qué más podía hacer? Era mejor tomármelo con humor, aunque para mí no tuviera ni una pizca.