¡Ese médico es mío! Capítulo 12
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Capítulo 12

—Hola, guapo —le dije a Yoda, acariciándole la cabeza.

Leia estaba corriendo por la hierba, mientras que Yoda iba hacia ella, jugaba un poco a su lado, y después venía hacia mí.

Así llevaba un buen rato.

Yo estaba trabajando en el porche de la casa del nuevo cliente. Llevaba aquí desde bien temprano, porque dentro de un rato tenía la intención de salir.

Me había montado en el porche mi pequeño espacio de trabajo, para estar al aire libre.

Cargadas en el maletero habían venido conmigo una mesa plegable portátil y varias sillas de madera. En una de ellas estaba sentada observando uno de los planos de la casa que tenía extendidos sobre la mesa.

Cogí un lápiz y apunté unos ajustes.

El tiempo me había cundido desde que llegué, había adelantado bastante, para no retrasar el trabajo el tiempo que estuviera fuera.

Comencé a dar golpecitos con el lápiz, sobre el plano, con la vista ida hacia delante.

Todavía no le había contado a Rubén lo de Gina. Cuando por fin me libré de Fabiana y llegué a mi coche, llamé al hospital para saber el horario de visitas de cuidados intensivos.

Cuando el chico que me atendió me lo dije, supe que ir era una tontería, ya que no podría entrar a ver a Gina. Ese fue el motivo por el que había querido ahorrarle a Rubén un malísimo final de tarde y una noche peor.

Preferí callarme hasta hoy, eso era lo que iba a hacer dentro de un rato, hablar con mi amigo e ir al hospital con él. No iba a dejarlo solo.

Faltaba una hora y media para que comenzara el horario de visitas de la mañana, para poder ver a Gina en el área del hospital en el que la tenían, por lo que dentro de un rato iría a la cafetería a buscar a Rubén.

Me levanté para ir a la cocina, para hacerme un café. Leia y Yoda se acercaron corriendo y reí.

Sabían mucho, porque en cuanto coloqué todo lo que había traído de mi casa les di varias salchichas que se comieron felices.

Aparte de la mesa y las sillas, también había venido cargada con la compra que hice el día anterior y la máquina de café que fui a buscar a la casa de mis padres.

En la cocina, lo primero que hice fue encender la cafetera. Cogí uno de los vasos desechables que compré en el supermercado, le eché azúcar y coloqué una cápsula en la cafetera. Le di al botón para que comenzara a salir y fui hacia el garaje.

Los perros me siguieron y sonreí.

Cada vez que entraba o pasaba por una zona de la casa se me iban los ojos a las cámaras de vigilancia. Las observaba de reojo, disimulando. Me hacían sentirme extraña, observada todo el tiempo y a cada momento. Y escuchada.

Lo que era una tontería porque el dueño no iba a estar pendiente siempre. El primer día lo entendí, el problema fueron sus formas y cómo lo hizo para llamar la atención de Nadia y la mía. O más bien para darnos un gran susto.

—No podéis ser tan guapos y listos. O una cosa u otra —les dije divertida, a Yoda y a Leia. Me olvidé de las puñeteras cámaras.

Cuando accedí al garaje fui directa a la nevera. De ella saqué el cartón de leche y un paquete de salchichas para los perros, este último lo cogí de la montaña que había comprado para ellos.

—Ya, ya… me queréis mucho —les dije, riendo—. ¿Qué os apostáis a que cuando termine el trabajo de esta casa me preferís a mí, antes que a vuestro dueño? —hablé con ironía.

Yoda ladró y me hizo reír.

Volvimos al interior de la vivienda, dejé bien cerrado el acceso al garaje y volvimos a la cocina. Terminé de prepararme el café y cuando lo dejé en la encimera de la isla, abrí el paquete de salchichas y se las di una en una, siguiendo un orden y sin que se alteraran.

Cuando se ponían muy nerviosos me quedaba quieta, hasta que los veía bien.

—Ya está.

Tiré el envoltorio a la basura, me lavé las manos para quitarme el liquidillo de las salchichas y me las sequé con una servilleta, antes de ir hacia el porche con mi café.

Al salir me quedé de pie y sonreí, cuando Leia y Yoda pasaron por mi lado, directos a la hierba.

No me había traído a mi perro porque tenía que salir por lo de Gina, por ese motivo tampoco le había dicho a mi amiga Aroa que viniera conmigo hoy. Al día siguiente seguro.

Estaba bebiendo un sorbo de café cuando mi teléfono sonó encima de la mesa.

—Mamá —le dije, al descolgar.

—Hola, cariño. ¿Cómo has pasado la noche?

—No muy bien —suspiré—. Ayer por la tarde me quedé muy tocada. He dormido muy poco.

—Lo imagino —dijo con pesar.

Cuando fui el día anterior a recoger la cafetera les conté a mis padres las dos cosas importantes que me sucedieron.

Les dije lo de Gina y después lo de la insufrible Fabiana.

—Acuérdate de que dentro de un rato iré para llevarme a Rubén.

—Sí, tranquila. Ya he hablado con Leti. Se lo he contado todo, como me pediste.

—¿Y qué ha dicho?

—Nada. Se ha quedado sin palabras de la impresión.

—Normal. —Hice una mueca.

—No sé cómo reaccionará Rubén —dijo preocupada.

—Yo me encargo de él.

—Lo sé. No tengáis prisa en regresar, después de la noticia que vas a darle y de ver a Gina en el hospital, Rubén te necesitará para hablar.

—Gracias, mamá.

—Ay, hija, no digas tonterías.

Sonreí.

—Me estoy tomando un café y cuando acabe iré para allí.

—¿Cómo va la cafetera?

—Genial.

—Estupendo.

—Mañana me traeré a Ray. Se lo pasará genial con Yoda y Leia, y con tanto terreno para correr.

La casa de mis padres tenía un buen jardín con una piscina, pero no podía comparar esa propiedad con esta. Hablar del hogar de Leia y Yoda era otro nivel, uno bastante superior.

—Le encantará, sobre todo, estar contigo.

Sonreí.

—Eres la niña de sus ojos —continuó.

—Porque yo me lo gano con mimos —dije con diversión.

—No me hagas hablar, que sé muy bien cómo te los ganas tú.

Reí.

—Te dejo, mamá. Voy a tomarme el café y voy para allí. Si estás en el despacho no me pasaré, lo digo para que no estés esperándome.

—Vale, hija. Con lo nerviosa que estoy no puedo estar sentada. He venido al despacho para hablar contigo, pero ahora voy fuera.

—Te quiero.

—Yo también, cariño.

Después de colgar bloqué el teléfono y me lo guardé en el bolsillo trasero del pantalón corto vaquero. En la parte de arriba llevaba una camiseta de manga corta.

Sonreí al recordar la frase que decoraba la parte delantera de la camiseta, a la altura del pecho. Me la había puesto con mucha intención, para las cámaras de vigilancia.

En la camiseta ponía: cállate tus tonterías, me importan una mierda .

No era la camiseta con la que me iría, porque para lo que tenía que hacer necesitaba una que fuese seria. Me había traído de casa una camiseta de tirantes anchos, un poco ajustada y de color verde claro.

Me bebí el café con calma, queriendo retrasar todo lo posible el momento de encontrarme con Rubén.

Al cabo de unos minutos solté un suspiro y fui hacia la mesa. Recogí los planos y con ellos y el vaso vacío, entré en la casa para ir a la cocina.

Después de tirar a la basura el vaso y de dejar los planos enrollados sobre la encimera de la isla, les cambié el agua a los perros, para que la tuvieran fresquita.

Cogí de una bolsa la otra camiseta y fui al baño que estaba cerca del salón.

Una vez dentro miré por instinto hacia el techo, aunque estaba claro que aquí no había ninguna cámara de vigilancia.

Me quité la camiseta con la frase y me puse la de tirantes. Me arreglé un poco el pelo con las manos y salí preparada para irme.

Los perros salieron de la cocina, acababan de beber. Fui hacia la corredera del porche y me aseguré de dejarla bien cerrada.

—Tengo que irme —les dije a Leia y a Yoda, inclinada hacia ellos—. Debo ocuparme de algo muy importante y complicado, por eso he llegado tan temprano.

Mis palabras no solo eran para los perros, sino también para el dueño de ellos. Por si el descarado estaba viéndome y escuchándome en este momento concreto. Si era el caso así me aseguraba de que estuviera al tanto de mis entradas y salidas, y de que mi horario lo cumplía.

—Vendré dentro de un rato. Hoy estaré con vosotros hasta más tarde de mi horario, me iré bien pasada la hora. Bueno, dependiendo de cuánto tiempo esté fuera.

Les di un beso en la cabeza, me colgué el bolso, donde metí el móvil, y caminé hacia la puerta.

Leia y Yoda me siguieron y se quedaron conmigo cuando una vez fuera, cerré con llave la puerta principal de la vivienda.

Me acompañaron hasta la puerta de hierro de la propiedad y me despedí de ellos.

—Nos vemos luego —les dije, sonriendo, antes de salir por la puerta pequeña de hierro.