Capítulo 11
Las puertas del ascensor se abrieron en la quinta planta y salí.
La recepción era bien visible. Se encontraba a unos metros, antes del acceso a la zona abierta que estaba llena de mesas de trabajo.
Por suerte, encontré a una chica colgándose el bolso, al otro lado del mostrador.
—Buenas tardes —le dije.
—Buenas tardes. —Me miró extrañada—. ¿En qué puedo ayudarte? El horario de trabajo hace un rato que terminó.
—Lo sé, me lo ha dicho el hombre de la recepción del edificio.
Asintió y continué, mientras ella metía el móvil dentro del bolso y rodeaba el mostrador. Se paró frente a mí.
—Necesito encontrar a Gina.
—¿Para qué?
Solté un suspiro de alivio porque no me había preguntado a qué Gina me refería.
—Nos conocemos un poco. Habíamos comenzado a ser amigas, pero hace días que no va a la cafetería en la que nos veíamos siempre y estoy preocupada. Antes no faltaba nunca.
—No irá durante un tiempo. Quién sabe cuánto se alargará.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué? ¿Qué quieres decir?
—Gina tuvo un accidente hace una semana.
Solté un jadeo por la impresión y me llevé las manos al pecho.
—¿Cómo? —susurré.
—Nuestra Gina ha estado grave —dijo con pesar—, pero lo peor ya ha pasado. Eso es lo último que han dicho los médicos.
—No puede ser…
—Siento habértelo dicho así. Se nota que te importa.
Asentí.
—¿Dónde está?
—Está ingresada en el hospital general.
—Dios mío. —Tragué saliva—. ¿Qué más? —insistí, al ver su cara.
Me preparé para cualquier cosa, por la mala sensación que tuve.
—Como te he dicho ha salido del peligro, pero porque la tienen en coma inducido.
Me tapé la boca con las manos.
—Es por su seguridad —se apresuró a decir—. Llegó al hospital con un traumatismo grave. Están esperando a que la inflamación de la cabeza le desaparezca o sea leve. Es la mejor explicación que puedo darte. Perdón, no entiendo mucho y entre lo que dicen unos y otros…
—Joder. ¿Cómo fue?
—Un accidente de coche.
Cerré los ojos con fuerza y asentí. Cuando los abrí me costó hablar, pero me obligué para largarme lo antes posible del edificio. Necesitaba ir al hospital, aunque…
—Muchas gracias por la información —susurré.
—No hay de qué —sonrió con tristeza.
—Si voy, ¿me dejarán verla?
—La tienen en cuidados intensivos y sí, recibe visitas, aunque dentro del horario de esa unidad.
—Vale.
Levanté la mano, para mirar la hora en el reloj de pulsera.
—¿Paula?
Me quedé rígida al escuchar la voz de la persona que pronunció mi nombre.
—No me lo puedo creer. ¿Dónde está mi suerte con esta mujer? —siseé.
—Fabiana —se dirigió a ella la recepcionista—. Pensaba que ya te habías ido.
—Aquí me tienes. Paula, menuda sorpresa. ¿Qué haces aquí? ¿Has venido a buscarme para hablar? No sabes la ilusión que me…
—No sabía que estabas en este edificio y mucho menos que trabajas en esta planta —la interrumpí.
No soné tan tajante como pretendía. Todavía no había salido de la impresión de lo que le había sucedido a Gina.
Solo de pensar en el momento en el que se lo dijera a Rubén…
—¿Qué te pasa? Te has quedado blanca.
Pareció preocupada de verdad.
—Le he dado la mala noticia sobre Gina. Ha venido preguntando por ella porque la conoce —le contó la recepcionista.
—Te acompaño a la calle —dijo Fabiana.
Me agarró de un brazo, con delicadeza, pero yo me solté apartándome un paso de ella.
—Puedo irme sola.
—¿Segura? Porque lo que parece es que te vas a caer al suelo en cualquier momento.
—Tiene razón —me dijo la recepcionista.
Vi lo preocupadas que parecían, lo que me sorprendió más por Fabiana.
—Solo necesito unos minutos al aire libre y estaré bien —susurré.
Fabiana volvió a agarrarme y esta vez no me opuse a que lo hiciera porque me sentía mareada. Demasiados sobresaltos y emociones fuertes de golpe.
Bajamos en el ascensor las tres, en silencio, y en cuanto salí a la planta principal, me libré de Fabiana y caminé hacia la recepción.
El hombre que me había atendido se levantaba de la silla en ese instante.
—Muchas gracias. Me has ayudado mucho —le dije.
—Me alegro. ¿Te encuentras bien?
Frunció el ceño.
—Me han dado una mala noticia. Mi amiga Gina, la que venía a ver, está ingresada en el hospital por un accidente grave. Por eso no sabía nada de ella.
—Vaya. Lo siento mucho. Espero que se mejore.
—Gracias —suspiré—. Solo quería decirte que he sido buena. Me he portado bien.
Sonrió y asintió.
—Será mejor que te sientes un rato. Tienes la cara muy blanca.
—Sí —susurré y tragué saliva—. Gracias por la preocupación. Adiós.
—No hay de qué. Adiós.
Le di la espalda y caminé hacia la puerta del edificio, sabiendo de la presencia de Fabiana y la otra mujer. Se habían parado a un lado, como si yo quisiera que me esperaran.
En cuanto estuve en la calle respiré profundo, frotándome la barriga. Me notaba muy extraña.
Me dirigí hacia una de las dos jardineras grandes y redondas que había a los lados de la entrada del edificio y me senté en el asiento que rodeaba toda la jardinera.
—Paula —me llamó Fabiana y cerré los ojos.
—Perdona.
Los entreabrí al escuchar la voz del hombre que me había permitido subir para encontrar a Gina.
—Toma, te sentará bien —me dijo, ofreciéndome una botella pequeña de agua.
—Muchas gracias —susurré, cogiéndola.
Le sonreí.
—¿Quieres que llame a alguien para que venga a recogerte?
—No te preocupes, nosotras nos conocemos —comentó Fabiana.
—Eso no significa que quiera estar contigo.
—Es muy graciosa —rio ella, hablándole al hombre.
—¿Qué me dices? ¿Necesitas algo más? —me insistió el hombre.
—Estoy mejorando y cuando lo esté del todo iré a mi coche. Lo tengo cerca —le contesté.
—De acuerdo, pero si no se te pasa del todo llama a alguien conocido para que venga a buscarte o pide un taxi.
Asentí, sonriendo.
—Que vaya bien.
—Igualmente. Gracias por todo.
Me hizo un guiño y se fue.
En ese momento me di cuenta de que me había quedado a solas con Fabiana, porque la otra chica ya no estaba.
Se sentó a mi lado e intenté ignorarla.
—Me parece que te debo una disculpa por empujarte —comentó—. En el pub —aclaró.
Como si pudiera olvidarme de ese momento, como de todos los demás que me había fastidiado con su presencia.
—Ya ni me acuerdo —dije, para no escucharla más.
Miré hacia el lado contrario al que estaba ella.
—Tienes mejor cara.
—Quiero estar sola.
—Paula… —suspiró.
Me mordí la lengua porque sonó a cansada. Como yo soltara por la boca todo lo que tenía reservado para ella, iba apañada.
—Hazme un favor y no actúes como si fuésemos amigas, o incluso conocidas. Para mí dejaste de existir hace muchos años.
—Lo siento.
—No tengo tiempo ni ganas para esto. —Me levanté despacio—.
Acabo de enterarme de que una amiga, ella sí que lo es, ha tenido un accidente muy grave.
No tenía ni idea y ha sido doloroso, aún no me he repuesto del impacto de la noticia.
Lo que menos me apetece es verte y oírte.
Olvídate de mí, Fabiana. Lo digo muy en serio.
—¿Qué puedo hacer para abrir una puerta a la reconciliación? Solo te pido quedar un rato para hablar. He estado un tiempo fuera y ahora que he vuelto…
—¿Para qué voy a molestarme en abrirla? No quiero tener nada que ver con una persona que clava puñales por la espalda, en cuanto tiene la oportunidad. Y que empuja bien fuerte para que duela más.
—Paula… —Se levantó también. Se quedó frente a mí—. Teníamos diecisiete años, ha pasado mucho tiempo desde entonces. Una persona puede cometer un error siendo tan joven y después madurar y darse cuenta de lo cruel que fue.
Tragó saliva.
—Y la persona afectada está en todo su derecho en aceptar o no la disculpa, o lo que mierda sea.
El paso del tiempo para lo único que sirve es para verlo todo con perspectiva, no reduce el puñetero dolor, la rabia y el rencor.
No cuando te hacen tanto daño como me hiciste tú a mí.
Terminé en el puñetero hospital por tu culpa, Fabiana.
—Fue un accidente.
—Del que me señalaste como la única culpable, cuando la culpa era solo tuya.
—Estaba muy nerviosa, me jugaba mucho con mis padres. Ya sabes lo estrictos que eran por aquella época, no me dejaban ni respirar.
—Claro, y preferiste que todos los cargos recayeran sobre mí. Y no tuviste suficiente, después te acostaste con mi novio de años y te encargaste de hacer correr la voz con comentarios asquerosos sobre mí. No me toques más las narices, ya he malgastado mucha saliva por ti.
—¡Te hice un favor con lo de Miguel! ¿Cuánto tardó en engañarte? Ni se lo pensó cuando me lancé a él.
—Eso es en lo único que tienes razón. No valía nada la pena, pero había muchísimas maneras para hacerme ese favor y sacarlo de mi vida, no como lo hiciste.
Bufé y continué, porque era la última vez que iba a molestarme en hablar con ella.
—Todo el mundo puede cometer errores y ser perdonado, por supuesto, pero dependiendo del nivel de esos errores y no solo eso, sino que encima a los tuyos hay que sumarles que después de los primeros vinieron más, muy intencionados todos y con maldad. Perdóname que me dé asco mirarte siquiera.
Cogí una bocanada de aire.
—Te propusiste ridiculizarme y pisotearme, en todo y con todo, y lo conseguiste.
No te importaron mis lágrimas y mi dolor.
Te advierto una cosa, la madurez va en ambas direcciones y te puedo asegurar que desde hace años nadie me tumbará más.
Estoy dispuesta a lo que ni te imaginas como sigas acercándote a mí.
Desvió la mirada y aproveché para largarme.