Capítulo 10
—Hola, mamá.
La saludé asomando la cabeza por la puerta de su despacho.
—Hola, cariño.
Me sonrió, sentada frente a la mesa.
—¿Otra vez liada con el papeleo?
—No —rio.
Con un gesto de la mano me pidió que entrara.
—Estoy viendo el capítulo que dieron anoche de la serie que sigo. Me quedé dormida en el sofá.
Señaló la pantalla del ordenador con la imagen que había puesto en pausa y solté una carcajada.
—Bien que haces.
Le hice un guiño y me senté en el borde de la mesa.
—¿Qué haces por aquí a esta hora?
—Desde las once tengo el día libre.
—¿Y eso? ¿Ya has terminado el trabajo en la mansión?
—Sí —sonreí—. Esta mañana he quedado para desayunar con mi compañera Nadia, hemos ido a una cafetería que está a unas calles de la casa con la que empiezo a trabajar mañana.
—¿Y qué tal?
—Genial. La propiedad es una pasada y tiene dos perros preciosos, mamá. Me he enamorado. Y son tan buenos. A los pocos segundos de verme ya no se han separado de mí. Mira.
Saqué el móvil del bolso y busqué la foto que les había echado a los perros para enviársela a Aroa.
—Ay, sí. ¡Qué preciosidades! —exclamó mi madre.
—Se llaman Yoda y Leia.
Mi madre me miró con la diversión en su cara. Ella también sabía bien qué personajes de ficción correspondían a esos nombres.
—Me encanta —dijo.
—Y a mí.
Reímos.
Me devolvió el teléfono y lo metí en el bolso.
—Después de que Nadia me enseñara la propiedad he ido a la mansión, para entregársela definitivamente a los dueños.
—Estoy segura de que han quedado contentísimos.
—Sí —le confirmé, sonriendo—. Estaban más ilusionados… Han querido darme un dinero extra, se han empeñado en que lo cogiera, pero me he negado en rotundo.
Reí, al recordar cómo había huido de ellos, escapándome.
—Eso dice mucho de ellos y de ti, cariño. Estoy muy orgullosa de ti. Lo estamos, tu padre también.
—Lo sé, mamá —le dije con un guiño—. Cuando me he ido de la mansión he pasado por el supermercado, para comprar bebida, pan tostado y algunas cosillas más.
Quiero dejarlas en la casa en la que empiezo mañana a trabajar.
También café molido, me llevaré la cafetera italiana que es mi salvación.
Después he ido a casa, he comido y me he echado una siesta.
—Muy bien, cariño. Yo puedo dejarte una nueva de cápsulas. ¿No te acuerdas de que me tocó en un sorteo en el mercado? Fue donde compro la carne, hace meses.
—Es verdad. ¿Para de qué tipo de cápsulas es?
—Como la tuya y la mía —contestó sonriendo.
—Pues me harías un favor, esa es mucho más práctica que la otra. Ahora me pasaré por un supermercado para comprar las cápsulas, así no toco las de mi casa.
—Perfecto, pues pásate cuando las compres. Tu padre está en casa.
—Iré más tarde, ahora voy a un sitio, aparte de al supermercado.
—Está bien, cariño. Cuando vayas estaremos en casa.
Asentí.
—Solo he pasado para saludarte.
Me incliné hacia ella, por encima de la mesa, y le di un beso en la mejilla. Mi madre me lo devolvió.
—¿Por qué no te vas ya? —le pregunté—. Así puedes ver la serie en casa, desde el sofá y con papá.
—Voy a esperar a que sean y media. Queda poco.
Negué, porque le costaba mucho irse antes de tiempo. Era algo a lo que todos la habíamos obligado y poco a poco lo estábamos consiguiendo. Cada vez se iba antes a casa.
Podía permitírselo porque confiaba plenamente en Rubén y en Leti, como si fuera yo la que me quedaba al cargo de la cafetería.
Me levanté de la mesa y caminé hacia la puerta.
—Hasta dentro un rato.
—Hasta ahora, cariño.
La dejé tranquila en el despacho, con la puerta cerrada para que pudiera concentrarse en la serie y recorrí el pequeño pasillo, para llegar a la zona de las mesas.
—¿Ya te vas, preciosa? —me preguntó Leti.
Era la única que estaba al frente del negocio. Rubén había salido antes porque tenía hora en el fisioterapeuta. No le había sucedido nada, era solo que iba una vez al mes y había coincidido que era hoy.
Y por ese motivo estaba yo en la cafetería, no había sido casualidad el venir y no encontrarlo. En absoluto.
—Necesito algo de ti —le pedí a Leti.
—Si se trata de dinero es mejor que lo dejes para Rubén —habló con diversión.
Reímos.
—¿Sabes cuál es la empresa en la que trabaja Gina? Me refiero a la de Rubén.
Sonrió de medio lado.
—Claro que lo sé. Me lo dijo ella un día.
—Necesito saber el nombre.
—Rubén se enfadará mucho si se entera de que…
—No tiene por qué enterarse, hasta que yo elija el momento. Se lo diré, pero quiero ser yo por la que decida cuando.
—Tranquila, sabes que por mí no hay problema.
Me hizo un guiño.
—Y somos las únicas que estamos aquí, así que…
Sonreímos.
Leti arrancó una hoja de un bloc pequeño y escribió el nombre de la empresa. Cuando terminó la dobló y me la dio. Me la guardé en el bolsillo del pantalón, sin mirarla.
—Gracias.
—No es nada. Sé por qué lo quieres y te apoyo. —Asintió.
—Solo quiero saber.
—Lo sé.
Me hizo un guiño.
—Me voy antes de que se haga más tarde, no tengo ni idea de cuál es el horario de Gina.
—En eso no puedo ayudarte.
—Tranquila, voy a darme prisa.
—¿Qué estáis tramando vosotras dos? —nos preguntó mi madre, que se acercaba desde el otro lado de la barra.
—¿Nosotras? Ay, mi querida Melisa, con lo buenas que somos tu hija y yo. —Se hizo la ofendida Leti.
—A mi madre no la engañas —dije riendo, caminando de espaldas a la puerta—. Yo ya me iba, estábamos despidiéndonos.
Mi madre negó con la cabeza, al mismo tiempo que sonrió. Le lancé un beso al aire y su sonrisa se hizo más grande.
Me giré hacia la puerta y salí a la terraza.
Mientras caminaba por la zona peatonal, saqué la nota que me había escrito Leti y leí el nombre de la empresa en la que trabajaba Gina. No me sonó de nada, por lo que lo busqué en internet y enseguida me ubiqué, para saber hacia dónde debía ir.
Tomé la dirección de la calle en la que estaba la empresa, moviéndome a buen ritmo para no retrasarme mucho.
Unos minutos después me paré frente a la fachada del edificio de seis plantas que acogía a oficinas de varias empresas. La de Gina, comprobé que ocupaban dos plantas completas.
En cuanto traspasé la entrada me dirigí a la recepción, donde había un chico sentado al otro lado del mostrador.
—Buenas tardes —lo saludé.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarte?
—Necesito ver a Gina, trabaja en las oficinas de esta empresa.
Leyó el nombre de la nota que le enseñé.
—Gina, ¿qué más?
—No lo sé. —Hice una mueca—. ¿Puede que tenga suerte y solo haya una?
—Lo siento, no te sabría decir.
—¿Sería posible que subiera para preguntar? ¿Hay algún tipo de recepción arriba?
—La hay. Cada empresa tiene la suya.
—Entonces ya está.
—Lo lamento. No puedo dejarte pasar si no llevas acreditación o tienes una reunión concertada.
—No va en serio. —Agrandé los ojos.
—Lo siento —me sonrió con la disculpa reflejada en la cara.
—Joder.
Bufe.
Miré hacia los ascensores. Justo en ese momento uno de ellos abrió sus puertas, pero mi esperanza de ver a Gina se esfumó. No estaba entre las pocas personas que salieron del ascensor.
Suspiré.
—¿Al menos puedo saber qué horario hacen?
—Eso sí que te lo puedo decir. Lo sé.
—Menos mal —susurré, pero me escuchó y me miró de reojo—. Yo también lo siento, tú no tienes culpa de nada. Estás haciendo tu trabajo, pero si quieres un consejo, a veces es mejor que no lo hagas tan bien.
Puse los ojos en blanco.
—Sobre todo, si es conmigo.
El hombre soltó una carcajada.
Estuve por decirle que menos risas y más ayuda, pero, como le había dicho, no podía tomarla con él, aunque me fastidiara.
—El horario terminó hace quince minutos.
—Mierda, qué suerte tengo.
—Espera, voy a hacer una excepción.
—¿De verdad? —Agrandé los ojos.
—Sí, pero prométeme que eres inofensiva —me pidió.
Reí.
—Yo te puedo decir que sí, pero depende a quién le preguntes te dirá que tiendo a sacar las garras.
Le hice un guiño.
—Me estoy arrepintiendo ya. —Negó con la cabeza.
—Que no. Te prometo que seré inofensiva. Voy a portarme muy bien.
Me miró a punto de reír otra vez.
—Me interesa encontrar a Gina. Es algo personal, para ayudar a un amigo que lo está pasando mal. Si todavía está en su oficina, solo quiero decirle que la espero en la calle para hablar como dos amigas. Me cae muy bien, desde el primer momento que la conocí —dije de carrerilla.
—Vale, vale… —Levantó las manos—. Me has convencido del todo.
Sonreí.
—Muchas gracias.
—A ti. Puedes subir, la recepción de esa empresa está en la quinta planta. La empresa ocupa las dos últimas plantas.
Asentí.
—Te lo agradezco mucho.
Me puse una mano en el pecho.
—No hay de qué. Te pido, por favor, que no hagas que me arrepienta.
—Por supuesto.
Levanté los pulgares hacia él, antes de despedirme y caminar hacia el ascensor.