¡Ese médico es mío! Capítulo 9
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Capítulo 9

—¿Desde cuándo nos estás observando? —le pregunté, directamente.

Ni presentación ni mierda, me había pegado un susto de muerte y lo único que quería era tenerlo enfrente para lanzarme sobre él.

El corazón todavía me latía muy acelerado.

—¿Tu nombre?

—Yo he preguntado primero —lo ignoré.

Me crucé de brazos, mirando fijamente una de las cámaras.

—Ella es mi compañera Paula. Mi nombre es Nadia. Las dos trabajaremos en esta casa, hasta el final.

El tío eligió ese momento para quedarse en silencio y a mí me entró de todo por el cuerpo, porque sin tenerlo delante no sabía cuánto estaba observándonos o si lo hacía todavía.

Me lo imaginé ampliando la imagen de la cámara en la que salíamos de frente y me cabreé más.

—Es mi casa y quería saber quién entraba a ella. La confianza es el principio de todo y si no me la transmitís, no hay nada que hacer.

—Este tío es tonto —susurré.

—¿Has dicho algo?

—Sí —respondió rápido, Nadia—. Que está de acuerdo y yo también.

Miré a Yoda y a Leia y caminé hasta ellos.

Los pobres estaban esperando ver a su dueño. Sus rabos iban de un lado al otro, nerviosos y ansiosos. Me dio pena porque no iban a verlo.

—¿Qué haces? —me preguntó él.

—Lo que tendrías que estar haciendo tú, en vez de asomarte por las cámaras a espiar —le dije con rabia—.

¿Por qué narices has hablado? No dudo de que tendrás el número de teléfono de Aroa, porque mi compañera fue la que recogió las llaves de la propiedad.

Podrías haberla llamado, pero has preferido ilusionar a tus perros para nada.

Bufé y me incliné hacia ellos, para acariciarles las cabezas.

—Tenéis un dueño muy tonto, lo siento —susurré, con un suspiro.

Ambos aceptaron las caricias y se pegaron más a mí.

La melodía del teléfono de Nadia comenzó a sonar de repente y ella se apresuró a sacarlo de su bolso.

—¿Sí? ¿Héctor? Hola. Sí, sí…

La miré de reojo y después dirigí la vista a la cámara.

Sonreí con satisfacción al haberme salido con la mía, pero lo hice cuando él no podía verme, ya que le di la espalda a la cámara.

Nadia caminó rápido por el salón y salió al porche, mientras que yo me quedaba con Leia y Yoda.

Me senté en el suelo y flexioné las piernas, para quedarme con ellas dobladas en la típica postura de meditación.

Los perros se acercaron más. Yoda se tumbó a mi lado y apoyó la cabeza en mi pierna. Leia se quedó sentada a mi lado.

—Sois muy buenos —les dije, sonriendo—. Os mostráis muy cercanos enseguida y no me gusta. No, no me gusta nada, porque os voy a ver a menudo, cada día, durante semanas, y lo pasaré mal cuando tenga que despedirme de vosotros, porque no os volveré a ver.

Suspiré y sonreí, al ver cómo me miraban concentrados en mí.

—Yo también tengo un perro, de raza grande. A lo mejor, mientras vuestro dueño está de viaje, puedo traerlo conmigo. Estoy segura de que os lo pasaréis muy bien y Ray, que así se llama mi perro, se volverá loco con tanto terreno.

Amplié la sonrisa.

—En realidad vive con mis padres, pero yo he crecido con él. Para mí sigue siendo mi perro y es uno más de la familia.

Leia ladró y reí.

—¿Te ha gustado la idea de hacer un amigo nuevo?

Volvió a ladrar.

—¿O quieres ligar?

Elevé las cejas.

—No seas coqueta que mi Ray está prohibido —le dije divertida.

Esta vez fue Yoda quien ladró y me reí con ganas, porque pareció como una queja.

—Paula…

Levanté la mirada hacia mi compañera. Entré en el salón y caminó hacia mí.

—Qué bien os veo —sonrió de medio lado.

—Pues sí —le devolví el gesto sonriente—. ¿Qué te ha dicho ese?

—Que ya ha dejado de mirar por las cámaras —carraspeó.

Puse los ojos en blanco.

—Pero es mejor tener cuidado, por si acaso.

—Me importa una mierda que esté escuchando todavía. Es su casa, pero también es mi libertad de expresión y no voy a callarme ni a cortarme en ser como soy. No estoy haciendo nada malo aquí.

—Tranquila.

—Lo estoy, te lo aseguro, pero me ha tocado las narices. Mucho.

Bufé.

—Menudo susto nos ha dado —rio y yo negué con la cabeza.

—Aquí ya está todo hecho por hoy —le dije, mientras me levantaba.

Antes de hacerlo, les di un beso a los perros.

—Vámonos ya —le pedí y asintió—. Voy a por los planos.

Nadia fue a cerrar la corredera y yo me dirigí hacia la cocina.

Junto a la encimera de la isla, enrollé con cuidado los planos y después de sujetarlos con una goma del pelo que encontré en el bolso, fui al encuentro de mi amiga, para irnos de la casa y de la propiedad.

Yoda y Leia nos siguieron.

Como no tenían problema para entrar y salir por su puerta privada, cerré con tranquilidad la de la casa.

Recorrimos los cuatro el camino que llevaba hasta la puerta de hierro y cuando llegamos, nos volvimos hacia Yoda y Leia.

—Os quedáis solos —les dije—. Portaos bien.

Leia ladró y sonreí. Le acaricié la cabeza.

Reí cuando Yoda se frotó en mi pierna, reclamando lo mismo. También lo acaricié, al igual que hizo Nadia.

Fue cuando ella se despedía, cuando me fijé en una cámara que enfocaba a la gran puerta de hierro.

Entrecerré los ojos, al verla colgada del tronco de un árbol.

—Qué mierda… —dije al ver cómo se movía.

—¿Qué pasa?

—Nada. Larguémonos de aquí ya.

Bufé.

Les dimos un último beso a los perros y salimos de la propiedad, sin mirar hacia ningún otro lado. Al menos yo.

Me guardé el llavero en el bolso, en cuanto la puerta pequeña de hierro encajó en la grande, y Nadia y yo comenzamos a caminar por la acera.

—Ahora que estamos a salvo y no nos puede oír —dijo, riendo—. No me ha parecido tan mal tío.

Arqueé una ceja.

—Lo digo en serio —rio más fuerte—. Me ha hablado muy correcto y hasta ha hecho una broma.

—Pues mira qué bien. A mí no hace falta ni que me hable.

Negué.

—Habéis empezado con mal pie, pero seguro que cuando os veáis en persona cambiaréis de opinión.

—Pero tardará en volver del viaje, ¿no? Además, vive en otra casa. No tiene por qué pasarse por esta, para molestar. Yo no trabajo así.

—Este cliente ha pedido seguir el proceso.

—Si es de los que incordian, me lo quito rápido de encima o me largo yo. Si no he dejado que se acerque el matrimonio a la mansión a la que voy ahora y son un encanto, menos voy a permitirle a ese.

—Alejandro no permitirá que te eches a un lado.

Alejandro era nuestro jefe y por desgracia para mí, en este caso, Nadia tenía razón. Antes de abandonar yo este trabajo, Alejandro me haría un interrogatorio del motivo por el que no quería hacerlo y entonces hablaría con el dueño de la casa, con el tal Héctor. Lo sabía de sobra.

—Estoy segura de que no será para tanto —continuó, sonriendo—. Solo ha sido un mal comienzo, uno desafortunado por parte de Héctor. Ya verás cómo lo arregla cuando os veáis.

—Espero que no pase nunca —suspiré—. Muchas confianzas te noto al hablar de él, ¿no?

—Me ha caído bien —me dijo riendo.

—Ya…

—Anda, deja ya el mal humor —me pidió, agarrándome del brazo.

—Yoda y Leia me han enamorado —sonreí.

—Te lo dije antes de ir.

Nos paramos al lado de su coche, el mío estaba estacionado a unos metros del suyo.

—Hablamos mañana. —Me abrazó.

—Claro. Avísame por la tarde, cuando ya estés en tu casa cómoda.

—Vale —sonrió—. Que vaya muy bien en la mansión y descansa el resto del día.

—Y a ti que no se te haga muy pesado el trabajo.

Nos dimos un beso en la mejilla y nos separamos.

Yo continué caminando hacia mi coche, en el que me monté para poner rumbo hacia la mansión.

Tenía una media hora de trayecto, tirando alto. Esperaba llegar antes porque a esta hora el tráfico estaba muy bien.

La mansión se encontraba bastante apartada del centro y aún más de donde me encontraba.

Con la idea de llegar cuanto antes, con la ilusión y la impaciencia porque mis clientes vieran cómo había quedado su vivienda, por ver sus reacciones, y con el pensamiento de ir al supermercado una vez terminara, para no tener que salir una vez que llegara a mi casa, el tiempo se me pasó volando y cuando me di cuenta, la puerta de acceso a la propiedad se abría frente a mí.

Sonreí emocionada en cuanto llegué a la entrada de la mansión y vi cómo los propietarios se bajaban de su coche. Habíamos llegado a la vez, con muy poca diferencia, lo que era una suerte para la impaciencia de ellos.

Me bajé del coche y me acerqué.

—Buenos días —los saludé, ofreciéndoles la mano.

El marido me la estrechó, sonriéndome, pero su mujer pasó de mi mano y me abrazó.

—Ya no puedo esperar más —me dijo ella, inquieta.

—No puedes llegar a imaginar lo que he tenido que hacer para retenerla hasta ahora —comentó el marido, con diversión.

Asentí, mientras reía.

—Se acabó la espera. Ha llegado el momento. Espero de corazón que os encante y que os quedéis satisfechos con todo. Por favor. —Levanté las manos hacia ellos—. Si tenéis alguna queja no quiero saberla.

Terminamos riéndonos, de esa manera entramos en la casa.

Hasta que mi clienta soltó un gritito por la sorpresa, al ver el salón.

Y solo era el comienzo. Un comienzo perfecto al que le esperaban más gritos. Mínimo uno por cada estancia y espacio decorado, y había muchos en la mansión.