¡Ese médico es mío! Capítulo 8
20%

Capítulo 8

Aroa: ¡Ay, qué cositas más bonitas! ¿Y esos nombres? Son los más maravillosos del mundo. ¿Quién es el dueño? Necesito conocerlo ya. Es el amor de mi vida.

Paula: Ja, ja, ja… El dueño es mi nuevo cliente. Los perros están en la casa en la que Nadia y yo vamos a trabajar. Acabamos de llegar y yo de conocer a estas dos preciosidades.

Aroa: ¿Podré acompañarte algún día? Tengo demasiadas horas libres.

Paula: Aroa, estaré trabajando.

Aroa: Y yo te prometo que haré tan poco ruido que no te acordarás de que estoy ahí. Porfi, porfi… ¡Hasta te olvidarás de mí cuando tengas que irte y volverás a por tu querida amiga!

Paula: Ja, ja, ja… Ya hablaremos. Ahora tengo que dejarte, Nadia me está esperando para enseñarme la casa. Ella estuvo aquí el viernes. Hablamos a la tarde.

Aroa: Valeee… Que vaya bien, cariño. Gracias por enseñarme esas monadas y acordarte de mí. Te quiero.

Paula: Y yo te quiero animada, ¿eh? Con Yoda y Leia a mi lado es imposible que no me acuerde de ti. Ja, ja, ja… Te quiero. Hasta luego.

Aroa: Ja, ja, ja…

Guardé el móvil sonriendo y caminé más rápido, para alcanzar a Nadia. Me había quedado retrasada al ir pendiente de la conversación con Aroa.

—¿Le ha gustado? —me preguntó Nadia.

—Sí. Quiere venir conmigo algún día.

Sonreí de medio lado.

—No habría problema con eso.

—No le des alas —reí—. Pero sí, si ella quiera la traeré algún día. Le vendrá bien distraerse y en este lugar, con tanto jardín y espacio, se lo pasará genial con Yoda y Leia.

Nadia asintió.

Mientras avanzábamos, observé lo bonito que era el terreno de la vivienda. Nada más entrar por la puerta de hierro, lo primero que llamaba la atención, y de lo que estaba rodeada, eran de zonas verdes y árboles que parecían estratégicamente colocados.

Estos hacían de barrera, tapando la visión de la casa y de todo lo que había más allá de ellos.

—Joder —dije sorprendida, en cuanto vi la casa—. Pues no tiene nada que envidiarle a la mansión de la que me despido hoy.

—Ya te he dicho que es una pasada —rio Nadia.

—Me encanta —suspiré—. Llevamos mucho tiempo retrasándolo, tenemos que hablar seriamente con el jefe. Debería pagarnos un plus muy elevado por realizar nuestro trabajo.

—¿Por la depresión que nos entra cuando volvemos a nuestras casas al final de la jornada?

—Efectivamente, amiga.

Soltamos una carcajada.

Llegamos a la entrada de la casa con Leia y Yoda.

—Adelante.

Nadia me pidió que abriera la puerta y la miré divertida, con el llavero en una mano.

Negué con la cabeza y después de unos largos segundos, de probar cuál de las llaves encajaba en la cerradura, conseguí abrir y darnos paso.

—Madre mía —dije impresionada, por el espacio abierto que se presentó ante nosotras.

—Sabía que ibas a poner esa cara —rio Nadia—. ¿Qué te parece para trabajar aquí durante semanas? —me preguntó, pasándome un brazo por los hombros.

—Es una locura, podemos hacer maravillas.

—Sí. Ven. —Me cogió de una mano y me llevó con ella—. Te enseño la distribución actual de la casa, para que tengas una buena idea de ella, y después te doy los planos. En ellos están anotadas todas las reformas que el dueño quiere hacer.

—Me lo llevaré a casa, así me lo miro con calma —dije pensativa.

Una vez que me despidiera de los clientes de la mansión, ya no tenía nada más que hacer por hoy. Con cada final de trabajo teníamos el resto del día libre, sin importar a qué hora fuera.

Por lo tanto, hoy llegaría antes del mediodía a mi casa.

Nadia me paseó por toda la vivienda. De la planta principal fuimos a la primera y cuando bajamos por las escaleras y estuvimos en la principal de nuevo, fuimos directas a la parte trasera.

Yoda y Leia nos acompañaron en todo momento.

—Qué bonito está el jardín aquí —dije sonriendo.

Era una maravilla, destacaban todos los colores. Había muchos, de flores de todo tipo.

—Un jardinero viene cada semana, para encargarse de todo el exterior —me comentó.

—Se nota lo bien cuidado que está todo. Esta parte parece un invernadero, pero al aire libre.

Había anchos arcos de madera que iban de una punta a otra. Era una imagen muy bonita.

—Vamos por dentro al porche, que no hemos abierto la corredera para poder entrar desde él al salón.

Asentí.

Entramos en la vivienda solas. Leia y Yoda se quedaron fuera, después de que los llamáramos, aunque era una tontería porque tenían acceso a la casa, cuando les apeteciera.

Recorrimos el interior de la planta baja y al llegar al salón, nos dirigimos hacia la corredera.

Nadia abrió y salimos al porche. Este era alargado y ancho, quedaría una preciosidad cuando estuviera montado. En toda la casa no había ni un mueble. Estaba completamente vacía, a excepción de varias cosas para Yoda y Leia, como sus camas y sus cuencos para la comida y el agua.

—Tendré que pensar en hacerme de comer algo que pueda estar fuera de la nevera, porque con el calor que hace —dije pensativa.

Mi rutina de trabajo era quedarme ininterrumpidamente en las viviendas, hasta que a las cinco de la tarde terminaba de trabajar. A no ser que una entrega se retrasara, entonces me quedaba para recibirla, hasta la hora que fuera.

Por eso normalmente cada mañana salía con mis fiambreras de comida, pero sin una nevera y los grados elevados que hacía…

Los perros aparecieron corriendo y se tumbaron en la hierba, cerca de nosotros.

—Ahí está la piscina. —Me la señaló Nadia—. Y aquello más pequeño que está separado unos metros, es un yacusi.

—Joder, no falta de nada.

—No —sonrió—. Las partes más llamativas del jardín ya las has visto, son la trasera y este lateral. En el que está al otro lado solo hay hierba, árboles y un techado para coches, aunque hay un garaje en el que caben varios coches.

—Será para cuando vengan invitados.

—Seguro. —Asintió—. Vamos a ver el garaje que voy a darte una sorpresa.

—¿Y eso? ¿Vas a decirme que las llaves de esta casa son para mí? ¿Es mi regalo anticipado de cumpleaños?

Rio.

—Tu imaginación no tiene límites —dijo entre risas.

—No te lo imaginas, si yo te contara…

Reímos juntas.

Nadia me llevó al garaje, en el que, como me había dicho, cabían mínimo tres coches.

—Oh, era esto. —Caminé hacia un lateral.

—Sí —habló animada.

Nos estábamos refiriendo a una nevera con congelador. Una nevera que funcionaba perfectamente y que incluso tenía dentro botellas de agua, botellines de cerveza y latas de refresco.

Estaba claro que no iba a tocar nada de eso porque no era mío, básicamente, pero podía traerme toda la bebida que quisiera.

Aprovecharía para ir al supermercado cuando me despidiera de los clientes que vería dentro de poco.

—Pues sí que es una sorpresa y grande —le dije a mi compañera, sonriendo.

—Ya no tienes que preocuparte por la comida y la bebida. Yo tampoco, cuando me una a ti.

Asentí.

—Solo me falta darte los planos.

—Vale.

Volvimos a la casa dejando bien cerrada la puerta del garaje, para que Leia y Yoda no se quedaran atrapados por error.

Seguí a Nadia hasta la cocina, esta tenía unas dimensiones increíbles. Bueno, seguía la misma línea que el resto de la vivienda.

Nos acercamos a la isla central, donde estaban los planos sobre la encimera, uno encima del otro.

Los acerqué a mí y les eché un primer vistazo rápido.

—Aquí hay trabajo —hablé pensativa.

—Bastante, sí —suspiré—. Nos puede llevar meses, contando con los retrasos normales.

—Sí, y como no salgan imprevistos se nos irá el tiempo de las manos.

Me incliné hacia delante, sobre el primer plano. Era del salón.

—Me pregunto por qué el dueño querrá modificar tantas cosas —comenté pensativa—. Como has dicho, la distribución que hay está bien.

—No es de tu incumbencia.

Nadia y yo soltamos un grito y dimos un brinco, al escuchar la voz fuerte de un hombre. Sonó rara, como si la hubiera distorsionado a propósito, debido al aparato por el que hablaba.

—¿Qué…? —jadeó mi compañera, con una mano en el pecho.

Levanté la mirada para observar las esquinas del techo y fruncí el ceño.

Conté dos cámaras de vigilancia.

Salí al salón, donde vi una. Y estaba segura de que en todas las zonas principales había cámaras.

—¿Quién eres?

Hablé alzando la voz, la que me salió aguda. Todavía no me había repuesto del susto tan grande que nos habíamos llevado.

La pregunta no tenía sentido, tenía muy claro quién era el que había hablado. Y Yoda y Leia aparecieron para reforzar mi idea, porque llegaron corriendo y ladrando.

—Buenos chicos —les dijo la voz.

Los perros ladraron contentos y nerviosos.

—¿Héctor Durán? —preguntó Nadia, con voz temblorosa.

La miré mientras ella salía de la cocina. Le leí los labios, cuando me confirmó que era el dueño de la vivienda.

—El mismo.

—Buenos días, señor —lo saludó mi compañera, de manera profesional.