Capítulo 7
—¿Cómo fue el viernes? —le pregunté a Nadia.
—Como el resto de la semana de trabajo —contestó con una sonrisa.
—Bueno, algo mejor, ¿no? Salió el trabajo de la casa que veremos ahora.
—La vivienda es una pasada, Paula.
Silbó.
—Las fotos que me has enseñado son muy bonitas.
—Uf, pues eso no es nada. El viernes salí un poco antes del trabajo para venir a recoger la llave y me quedé impactada. Vas a alucinar —dijo convencida.
—¿Cuánto tiempo estaremos trabajando con ella? ¿Toda la vida? Si ofrece tanto, no quiero irme.
Reímos.
Bebí un sorbo de café.
Estábamos en una cafetería, muy cerca de la dirección a la que teníamos que ir.
Me había encontrado aquí con Nadia, una compañera de trabajo y amiga. Cada una había venido en su coche, porque una vez que termináramos debíamos irnos hacia direcciones diferentes del pueblo, para continuar trabajando.
—Yo puedo empezar mañana en esa casa, hoy me quedo libre —le comenté—. De hecho, cuando acabemos aquí voy a darles las llaves a los dueños de la mansión, a enseñarles cómo ha quedado todo y a despedirme de ellos.
—Has hecho un gran trabajo, Paula. Te ha quedado impresionante.
—Gracias —le dije con un guiño—. Han sido meses de mucho trabajo y calentamientos de cabeza, pero todo ha merecido la pena.
—¿Los dueños han visto cómo les has dejado su vivienda?
—Solo una pequeña parte —le contesté, con una sonrisa—. Estoy deseando ver sus caras cuando vayan descubriéndolo todo.
—Joder, van a flipar —rio.
—Eso espero, porque como me hagan retocar algo…
—¿Te imaginas? Vuelta a empezar.
—Una mierda.
Bufé y soltamos una carcajada.
—Pues mañana empiezas tú en la casa nueva. Yo me uniré a ti en cuanto pueda. Toma, te doy la llave ya, porque como abra y me la guarde, la liamos.
A Nadia le faltaban unos días todavía para terminar con el trabajo con el que estaba liada, por lo que yo estaría durante ese tiempo sola.
Lo normal era que fuésemos por libre, trabajando individualmente, a no ser que la vivienda a remodelar y decorar fuera muy grande.
Esto último no había sucedido con la mansión de la que me despediría hoy, después de meses intensos de trabajo. Los clientes, los dueños, pidieron expresamente un único interiorista, a pesar de las dimensiones de la vivienda, y mi jefe me eligió a mí para el trabajo.
Nadia dejó el llavero de la casa nueva encima de la mesa y me lo quedé mirando, un poco impresionada.
—Has dicho la llave —dije—. Aquí hay un montón.
Las señalé.
—Ya —rio Nadia—. Imagínate la que lie el primer día para encontrar la buena, porque no me acordaba cuál de ellas abría la puerta principal de la vivienda. Y encima nerviosa, con un perro observándome sin pestañear, a mi lado.
—¿Qué dices? ¿Hay un perro?
—Dos, y grandes.
Agrandé los ojos.
—¿Y están sueltos?
—Sí, pero tranquila, sigo viva.
Levantó los brazos a los lados de su cuerpo.
—Menudo consuelo.
Puse los ojos en blanco, haciéndola reír.
—La mujer que me entregó la llave me los presentó y estuvimos un rato junto a ellos, en el jardín, para que los perros supieran que yo tenía permiso para acceder a la vivienda.
—Ah.
—Me aseguró que a partir de ese momento me reconocerían y que no me darían problema. Son un amor. Cuando me fui me siguieron hasta la gran puerta de hierro de acceso al terreno de la propiedad.
—¿Y los operarios y el trajín que habrá? ¿Y yo?
—Tú no serás un problema y cuando lleguen los demás, ya estarán más que acostumbrados a nosotras.
—Vale —suspiré.
—El otro perro me recibió dentro de la casa, cuando conseguí abrir —rio—. Hay una puerta especial para ellos, por la que salen y entran cuando les apetece.
Asentí.
—¿Por qué te costó tanto abrir si estaba contigo esa mujer?
—Porque se fue. Ella solo estaba para recibirme, darme las llaves y acercarme a los perros, para el primer contacto.
—Entiendo.
—No tienes que preocuparte por nada, con los animales me llevas ventaja. Con Ray, el perro de tus padres, estás más acostumbrada que yo, aunque él esté en la casa de tus padres. Lo adoras y has vivido muchos años con él.
—Eso no me preocupa, es solo que no me lo esperaba. No tenía ni idea, pensaba que la casa estaría completamente vacía.
—Yo también me llevé una sorpresa, pero ya verás qué bien se portan.
—¿Y lo dices después de cuánto tiempo con ellos?
—No llegó a media hora —contestó, riendo.
—Ya te diré mañana qué bien se portan, después de un día completo con ellos.
Me encogí de hombros y volví a hablar.
—¿Y quién los atiende? ¿Quién les pone de comer? El viernes me contaste que el dueño está de viaje e igualmente todavía no vive en la casa.
—Y no irá a vivir definitivamente hasta que no acabemos nosotras el trabajo.
De los perros se encargaba hasta ahora la misma mujer con la que estuve el viernes, ella iba cada día a ponerles de comer y a cambiarles el agua.
También pasaba un rato con ellos y los fines de semana los sacaba a dar un paseo, al estar el dueño de viaje.
Ahora con nosotras en la casa ya no hará falta.
Nadia hizo una pausa para beber un sorbo de café.
—Aunque lo del paseo daría igual, porque con todo el terreno verde que tienen alrededor de la casa… Lo verás dentro de poco, es una pasada.
—Ya… están como reyes.
Nadia asintió, con una gran sonrisa.
—¿Por qué el dueño no los tiene donde está viviendo ahora? —pregunté.
—No sé dónde se encuentra de viaje, pero donde vive provisionalmente tiene un espacio mucho más reducido y no quiere privarles del espacio del que pueden disfrutar en la casa.
—En parte lo entiendo —dije, pensativa—. Y si están bien atendidos…
—Te aseguro que sí. Los perros tienen mejor cara, cuerpo y pelaje, que tú y yo juntas.
Soltamos una carcajada.
—¿Cuánto tiempo calculas que te llevará terminar el trabajo con el que estás? —le pregunté.
—Exactamente no lo sé.
Puso los ojos en blanco.
—No queda mucho, pero me han fallado varias entregas y lo han retrasado todo.
—Bueno, no te agobies. Yo iré haciendo y al final del día te informo de todo.
—Estupendo.
Me hizo un guiño.
Nos tomamos los cafés, mientras Nadia me explicaba con detalle todo lo que vio el viernes en la casa. Desde su punto de vista, la vivienda estaba perfecta, ella no tocaría nada, pero el dueño ya había dejado claro que quería darle un cambio radical.
Había que tirar algunas paredes y levantar otras, para variar la gran mayoría de la distribución. La decoración sería lo último y para eso quedaba bastante tiempo.
Cuando terminamos pagué yo los cafés y fuimos caminando por la acera, hasta la vivienda. Tan solo nos separaban de ella tres calles, por lo que dejamos los coches estacionados donde estaban.
Llegamos pronto y nos paramos frente a una puerta de hierro. Era grande, para los vehículos, pero había otra pequeña que estaba integrada en la grande. Hacia ella se dirigió Nadia y la seguí.
—Tienes las llaves tú —me dijo, al ver que no las sacaba.
—Ay, que no me acordaba.
Reímos.
Me hizo abrir a mí, lo que costó probar varias llaves en la cerradura.
En cuanto entramos me quedé muy quieta, al lado de Nadia.
—Hola, guapos —saludó a los perros.
Los teníamos delante, ambos estaban sentados, observándonos fijamente.
En cuanto Nadia les habló, se levantaron moviendo el rabo y se acercaron a ella, para saludarla.
Sonreí al ver cómo se subían con las patas al cuerpo de mi compañera y amiga, mientras ella reía haciéndoles caricias.
—Ya, ya… —les dijo—. Esperad, chicos, voy a presentaros a una amiga estupenda. También es mi compañera y estaréis unos días solos con ella, desde mañana.
—Hola —hablé.
—Ellos son Yoda y Leia —me los presentó, señalándolos.
—¿En serio? —le pregunté—. Ahora me dirás que también está por aquí Darth Vader.
Arqueé una ceja.
—Qué tonta eres.
Reímos.
—Está claro de qué películas es fan el dueño —comenté.
—Sí —sonrió—. Ven, acércate.
Lo hice sin apartar la vista de Yoda y Leia. Me encantaban sus nombres.
Yo entraba en el grupo de las poquísimas personas que no habían visto ni una de las películas de ese mundo. Lo que a mí me daba igual, para otros era una barbaridad.
Sinceramente, era una saga que no me llamaba la atención, mientras que a mi amiga Aroa le apasionaba. Si conocía a los personajes era por ella, y porque eran famosos de por sí, sin tener la necesidad de pasarse horas interminables delante de un televisor.
—Chicos, ella es Paula —les habló mi amiga—. Es tan buena como yo, así que tenéis que tratarla muy bien.
—Sois muy guapos, ¿eh?
Di un paso más hacia delante y dirigí la mano, con cuidado, a la cabeza de Yoda.
Este se quedó completamente quieto, hasta que buscó mis caricias. Me hizo sonreír cuando se pegó a mi cuerpo, animando a Leia a hacer lo mismo.
Enseguida los tuve constantemente a mi alrededor, conociéndome.
—Vais a hacer muy feliz a alguien —les dije.
Saqué el móvil del bolso y les hice una foto preciosa. En ella salían una al lado del otro.
—¿A quién? —me preguntó Nadia.
—A mi amiga Aroa. Es una apasionada de las películas —le aclaré.
Rio, mientras yo entraba en la aplicación de mensajes.
Paula: Vengo a darte envidia, ¡mira a quién tengo conmigo! Te presento a Yoda, el del pelo color caramelo claro. Y a Leia, la del pelo blanco como la nieve. Ja, ja, ja…