¡Ese médico es mío! Capítulo 6
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Capítulo 6

—¿Bien?

Le sonreí a Rubén y asentí.

—Se está bien aquí —le dije.

—Sí.

Me hizo un guiño.

—Esos tres lo están dando todo.

Se refirió a nuestros amigos. Sergio y Mario bailaban alrededor de Aroa, podían llevar perfectamente una hora moviéndose en la pista.

Los chicos no permitían que nadie se le acercara a Aroa, más allá de algún empujón normal, al estar rodeados de personas. Era a la que más le había subido el alcohol, pero estaba tranquila mientras que Sergio y Mario estuvieran con ella.

—Están bailando lo de ellos y lo nuestro —dije con diversión.

Nos miramos y reímos.

Habíamos cenado de maravilla en un restaurante mexicano, en el que estuvimos hasta que decidimos continuar la noche tomándonos unas copas.

Durante la cena cayeron tres botellas de vino, pero por lo visto no había sido suficiente alcohol porque todos teníamos nuestras copas en las manos y ya íbamos por la segunda ronda. Para Aroa era la última, eso lo teníamos claro los chicos y yo.

—Llevas días sin decirme nada de Gina —comenté.

Lo miré de reojo.

Rubén se llevó la copa a los labios, sin apartar la vista de delante.

—Porque hace esos mismos días que no la veo.

—¿Ni en la cafetería? ¿No ha ido a desayunar por las mañanas? —le pregunté.

Se encogió de hombros.

—Eso es raro. Lleva meses sin faltar ni un día —dije pensativa.

—Da igual.

—No, no da igual. A ti no te lo da.

—Déjalo, Paula. De verdad.

Negó con la cabeza.

—¿Le has escrito?

—Sí.

—¿Y?

—Y nada. Ni siquiera ha visto mi mensaje.

—¿En serio? ¿Cuánto hace que le escribiste?

—Cuatro días.

—Eso es más raro aún, Rubén.

—No, si es su forma de mandarme a la mierda. Es eficaz y lo ha hecho sin alterarse.

Rio, pero sin ganas.

—Imagino que también la has llamado.

Asintió.

—Como un idiota.

—No digas eso.

Hice una mueca.

—Eso lo sería ella, si es que lo está haciendo aposta. Ya es mayorcita para hablarte claro si no quiere seguir viéndote.

Se bebió de golpe el contenido de su copa y la dejó en la barra, donde teníamos las espaldas apoyadas.

—Acaba de quedarse un sofá libre, vamos —dijo.

Me agarró de una mano y tiró de mí, para llevarme hacia el sofá.

Estábamos en un pub que tenía una terraza al aire libre. En ella estábamos, al igual que nuestros amigos. Había varias zonas de baile, tanto en el interior como en el exterior, aunque la gente bailaba donde le apetecía. Cualquier sitio era bueno.

Había varios sofás repartidos por la terraza exterior, pero hasta hacía muy poco todos estaban ocupados.

Rubén fue rápido y gracias a eso llegamos segundos antes que otras tres personas.

Nos pusimos cómodos y le ofrecí mi copa, para que bebiera.

—Sinceramente, no creo que Gina te deje sin una explicación. Ella no es así —retomé la conversación.

A Rubén le gustaba mucho Gina.

Eso era lo que él decía, aunque yo sabía que ese gustaba equivalía a un «estoy enamorado». Por el momento, le había hecho creer a mi amigo que creía su versión y esta noche no era el mejor momento para decirle que lo de solo gustar hacía tiempo que lo había dejado atrás.

Gina y Rubén se conocieron cuando ella comenzó a ir cada mañana a la cafetería. Por lo que le contó ella a Rubén, empezó a trabajar en una oficina que se encontraba cerca.

Esa fue la excusa al inicio. Después, con el paso de los días y del acercamiento que hubo entre ellos, Gina iba a la cafetería solo por Rubén. Y él pasaba las horas deseando que llegara un nuevo día.

Aparte de verse a diario, porque los fines de semana Gina también iba a desayunar, comenzaron a quedar algunas tardes, lejos de los trabajos.

En principio, ninguno de los dos se lo tomó como algo serio. Quedaban para tomar algo, mientras hablaban para conocerse, o iban al cine, o a cenar. Todo parecía ir bien y solo había que observar cómo se miraban para darse cuenta de lo que había.

Yo conocía a Gina porque Rubén me la presentó una mañana de un sábado, en la cafetería.

Después de eso coincidí con ella muchas veces, en las que hablamos y reímos.

Me caía genial, incluso comentamos que vendría a una de nuestras salidas, los viernes o sábados por la noche.

Por eso y, por todo lo demás, no entendía el comportamiento de Gina. No me cuadraba.

—No quiero hablar de ella.

Mi amigo me devolvió la copa después de beber y apoyó la cabeza en el respaldo, con los ojos cerrados.

—Llevo días sin poder dejar de darle vueltas al motivo de su ausencia. He llegado a pensar de todo, pero las suposiciones son una mierda. No quiero fastidiarme el resto de la noche.

—Vale.

Le agarré una mano y le di un apretón. Me lo devolvió, sin abrir los ojos.

Yo apoyé la cabeza en su hombro y de esa manera nos quedamos, mientras la música y el murmullo que nos rodeaba nos envolvía.

Yo también comencé a darle vueltas a lo de Gina, pero lo hice en silencio para no poner peor a mi amigo. Aunque no pude evitar hacerle una última pregunta.

—¿Sabes en qué empresa trabaja?

—Sí, pero no voy a hacer el imbécil yendo allí.

Bufó.

—No he dicho que vayas tú.

—Ni se te ocurra, Paula.

—Tranquilo. No lo he pensado.

—Ya… que nos conocemos.

Reí.

Me callé de nuevo, porque no me hacía falta que él me diera los datos que necesitaba. Si Rubén sabía en qué empresa trabajaba Gina, y encima esta se encontraba cerca de la cafetería, estaba segura de que Leti también conocía esa información.

—No voy a tardar en irme —me dijo Rubén, al cabo de un rato.

—Yo tampoco. ¿Les han dado cuerda? ¿Por qué no se cansan? —me referí a nuestros amigos.

—Ni idea, hemos bebido lo mismo —contestó con humor.

—Vamos a buscarlos y les preguntamos si se vienen o se quedan un poco más.

—Venga.

Cuando nos levantamos del sofá dejé la copa en la primera repisa que encontré en mi camino y nos dirigimos hacia la pista de baile, hacia donde estaban nuestros amigos.

—Chicos —los llamó Rubén, captando la atención de los tres.

Aroa se rio. Tenía los párpados ligeramente caídos, parecía a punto de dormirse. Se enganchó al cuello de Rubén y apoyó la mejilla en su pecho, antes de cerrar los ojos.

—Va a quedarse dormida así —le advertí a Rubén, sonriendo.

—Lo noto —comentó él.

Le rodeó la cintura con un brazo, para mantenerla con firmeza de pie. Yo le retiré el pelo de la cara a Aroa.

—Sí, está cayendo —confirmé.

—Pues es hora de irse —habló Sergio.

Mario estuvo de acuerdo y nos movimos por el pub , en busca de la salida.

Rubén llevó como pudo a Aroa, ya que con tanta gente alrededor era difícil. Sergio, Mario y yo fuimos delante, para abrirle paso.

Vi iluminado el letrero de salida y deseé estar ya fuera, porque de repente me entró el agobio. En el interior había mucha más gente que en la terraza y el aire caliente, junto con los cuerpos sudorosos que daban empujones, por el poco espacio que había, comenzó a alterarme.

Aceleré el paso, con ganas de respirar al aire libre de nuevo, pero un empujón fuerte frenó mi avance y me lanzó hacia atrás.

Si no hubiera sido porque Rubén reaccionó extendiendo un brazo, para pararme con la mano por la espalda, y porque Sergio y Mario me agarraron de los brazos, para que no me cayera, me habría ido al suelo.

No me dio tiempo a recomponerme para decirle cuatro cosas bien dichas a la persona que me había empujado con fuerza, cuando esa persona se giró hacia mí, soltando un grito.

—Ay, ¡lo siento!

Agrandé los ojos, por la sorpresa.

Rubén soltó varios insultos a mi espalda, mientras que Sergio y Mario me miraron primero a mí, después a Fabiana y, por último, a Rubén, sin saber qué decir o cómo reaccionar.

—¡Paula! —gritó Fabiana—. ¡Qué alegría!

Solté un jadeo y los ojos casi se me salieron, cuando se lanzó sobre mí para abrazarme con fuerza.

—Joder, joder… —dijo Rubén.

—¿Qué haces? —conseguí preguntar.

—¡Qué ilusión verte! —rio Fabiana—. Jo, con lo que me dijiste esta mañana me dejaste muy preocupada.

Cuando logré separarla de mí, con la ayuda de una chica que debía ser su amiga, Fabiana hizo un puchero.

—Mi opinión y mi decisión son las mismas. No ha cambiado nada —le dejé claro.

—No puedes hablar en serio.

Hizo otro puchero.

—Éramos mejores amigas —añadió.

—Hasta que tú te cargaste todo lo que teníamos. Sigue con tu vida y no te acerques a mí.

—Perdóname. Fui una niñata, pero hemos crecido y he madurado.

—Estás borracha.

—Un poco —confirmó, riendo de manera exagerada.

—Vamos, Fabi —le dijo su amiga, tirando de ella.

—No, no… Paula tiene que ser mi amiga otra vez.

—Ves a dormir la mona y sueña con eso, es lo máximo que vas a conseguir —le dije, con un bufido.

Pasé por su lado dando grandes zancadas e ignoré los gritos de Fabiana al decir mi nombre.

Salí del pub mucho más agobiada, mientras mis amigos me seguían. Al menos Aroa estaba dormida en los brazos de Rubén, se había librado de presenciar la escenita.

—¿Estás bien? —me preguntó Sergio, cuando nos paramos en la calle peatonal.

—Sí —suspiré—. Perfectamente.

—Hoy has hecho pleno —me dijo Mario—. Rubén nos ha contado lo que ha pasado esta mañana.

Asentí. Ya lo esperaba, porque seguramente Rubén los había alertado de que Fabiana estaba de nuevo en el pueblo. Mario y Sergio sabían quién era ella.

—Pedid dos taxis, yo no puedo —habló Rubén.

Mario sacó su móvil y entró en la aplicación.

—¿Qué hacemos con Aroa? ¿La subo a su piso? —me preguntó Rubén—. Pero entonces alguno de vosotros tiene que irse con Paula, para que no vaya sola.

—Puedes venir tú con nosotras a mi casa —le propuse—. Prefiero que se quede conmigo esta noche. Total, mañana es sábado e iremos a la cafetería a desayunar. Aunque será tarde, pasadas las once.

—De acuerdo.

—Pues nosotros nos vamos en el otro taxi —dijo Sergio, contando con Mario.

—Ya está. —Mario se guardó el móvil—. Vamos a salir de la zona peatonal. Nos recogen en la parada de autobús.

—¿En cuánto tiempo? —quiso saber Sergio.

—En menos de diez minutos. Es rápido. ¿Te ayudamos? —se refirió a Aroa.

—No, voy bien —confirmó Rubén.

Recolocó mejor el cuerpo de Aroa y la cogió de otra manera, para llevarla más fácilmente.

Fuimos en silencio hacia la parada del autobús, dando la noche por acabada. Al final yo me iba con un mal sabor de boca, por lo último que había pasado. Ya era mala suerte.