Capítulo 5
Me pasé la toalla por el pelo, con energía.
Acababa de salir de la ducha y ahora tocaba arreglarme porque, en cuanto terminara, me iría al bar en el que había quedado con mis amigos.
Después de la comida en la casa de mis padres, la que había ido genial, vine a la mía para echarme una siesta.
Era lo que había estado haciendo hasta hacía quince minutos, descansar.
Me sequé el pelo con el secador y fui a la habitación, donde había dejado encima de la cama la ropa que iba a ponerme.
Lancé la toalla que me cubría el cuerpo y comencé a vestirme.
Después de la ropa interior, me coloqué unos pantalones cortos que quedaban monísimos y una camiseta que tenía solo un tirante.
Los colores combinaban perfectamente y para completar el conjunto, me calcé unas sandalias con cuña que eran comodísimas.
Cuando terminé, volví al baño. Me cepillé el pelo por última vez y me recogí un lateral con una horquilla, para después echarme la crema de la cara y maquillarme con colorete, máscara de pestañas y pintalabios.
No me compliqué, aparte de que tenía un color muy bonito en la piel de los días que me había puesto al sol.
No necesitaba nada más, me gustaba ir lo más natural posible.
Me perfumé y regresé a la habitación. Revisé que había metido todo en el bolso pequeño que había elegido para esta noche, metí el móvil dentro y me lo colgué cruzado al pecho.
Antes de irme de la habitación, cogí del armario una chaqueta fina de punto, por si refrescaba. La doblé tan bien que conseguí meterla dentro del bolso, un poco a presión, pero era lo que había. Comprobé la hora que era en el móvil y lo dejé sobre la chaqueta, para acceder rápido a él.
Cuando salí de casa y di los primeros pasos en la acera, apareció el taxi.
Ese iba a ser mi transporte, ya que no quería estar pendiente de si bebía más vino de la cuenta o de cuántas copas podía tomarme después de la cena.
Me negaba a calcular la hora en la que debía parar de beber alcohol, por poco que fuera.
Diez minutos después, el taxista paró en una calle ancha, de doble sentido de circulación.
—Gracias —le dije, ofreciéndole la tarjeta para pagar.
—De nada —me sonrió—. Que tenga buena noche. —Me devolvió la tarjeta.
—Igualmente.
Le devolví el gesto sonriente y me bajé del coche, para caminar por la acera.
Me adentré hacia el centro por las calles, donde no había nada de tráfico porque las calles eran peatonales. Solo por las mañanas pasaban vehículos, sobre todo, furgonetas, ya que iban a los diferentes negocios.
No tuve que caminar mucho para llegar al bar en el que había quedado con mis amigos. Sonreí al ver a Rubén, a Sergio y a Mario sentados a una mesa de la terraza. Aroa todavía no había llegado.
Fue Sergio el primero en verme y avisó a los demás. Se levantaron para recibirme.
—Buenas tardes, preciosa —me dijo Mario, antes de darme un abrazo y un beso en la mejilla.
—Buenas tardes —le correspondí, dirigiéndome a los tres.
También pasé por los brazos de Sergio y de Rubén, recibiendo y dando besos.
—¿Cómo sería nuestro reencuentro si hiciera un mes que no nos vemos? —preguntó Rubén, mientras nos sentábamos.
Soltamos una carcajada.
—Todavía estaríamos enganchados —dijo Mario, con diversión.
—Ya te digo —confirmó Sergio—. Lo tuyo es peor —se dirigió a Rubén—. Nosotros vemos a Paula de fin de semana en fin de semana. Aunque no quedemos por la noche, nos vemos fijo los sábados por la mañana en la cafetería de Melisa —mencionó a mi madre—. Pero tú la ves también entre semana —rio.
—De lunes a viernes no siempre se pasa por la cafetería —dijo Rubén y sonrió de medio lado, haciéndome un guiño.
—Oye, que yo soy feliz con vuestros abrazos y besos, son los únicos que recibo de hombres. Así que…
Reímos.
—Porque tú no quieres, preciosa. —Elevó las cejas Sergio.
—¿Y Aroa? Pensaba que vendríais juntas. —Quiso saber Mario.
—Quedamos en vernos aquí —respondí—. Debe estar a punto de llegar.
Saqué el móvil del bolso y sonreí al ver un mensaje de mi amiga.
—Me ha escrito —les informé—. Está viniendo en taxi.
—Perfecto.
Un camarero llegó con tres jarras de cerveza y le pedí otra para mí.
—Oye, ¿y Leti? —le pregunté a Rubén.
—Ya había quedado con su hermana y su cuñado para ir a cenar esta noche, pero me ha dicho que a la próxima se apunta.
—Vale —sonreí.
—Nos ha dicho Rubén que hoy no has trabajado —me habló Mario.
—No, esta semana tengo un fin de semana largo —sonreí.
—Guay —comentó Sergio.
—¿Cómo ha ido el paseo con Aroa y la comida en casa de tus padres? —me preguntó Rubén.
—Todo genial. El paseo ha terminado con varias compras y en la casa de mis padres siempre se está genial. Además, mi padre ha preparado su especialidad, pescado en salsa.
—Joder, qué bueno está.
—Estaba riquísimo, como siempre. —Le hice un guiño.
El camarero llegó con mi jarra de cerveza.
La cogí para darle el primer sorbo, para refrescarme la garganta. Me supo de maravilla.
—¿Cómo os ha ido a vosotros el día? —les pregunté.
—Yo en la oficina como siempre, deseando que acabara la jornada —Sergio fue el primero en responder.
—A mí, la verdad, hoy se me han pasado las horas volando. He estado muy entretenido —dijo Mario.
—Yo he pasado un suplicio —habló Rubén y lo miramos los tres, sorprendidos—. He tenido que soportar a la mimada, pesada e insufrible hija de mi jefa, a la caprichosa de la amiga de esta, a una compañera irritante y a una jefa tocapelotas e insoportable.
Lo dijo tan serio…
—¡Eres imbécil! —me quejé riendo.
Rubén soltó una carcajada, risas a las que terminamos uniéndonos todos, mientras yo intentaba empujarlo sin éxito. Parecía una roca encima de la silla.
—Rectifica ahora mismo —le pedí, señalándolo.
—¿El qué de todo? —Arqueó una ceja.
—Por supuesto, me refiero a que corrijas lo de la hija de tu jefa, la mimada, la pesada y la insufrible, si no quieres añadir a tu descripción que tiende a la agresividad.
Me crucé de brazos, haciéndome la ofendida.
—No esperaba menos de ti —me dijo Rubén.
Los chicos volvieron a reír y yo los observé sonriendo.
—Eres muy tonto —suspiré.
—Pero me quieres igual.
Me rodeó los hombros con el brazo y me acercó a él, con silla incluida. Me dio un beso en la cabeza y con esas dos cosas, me ganó del todo.
—Holaaa…
Al escuchar a Aroa, giramos las cabezas hacia ella.
—¿Cómo puede ser que cada día estés más guapa? —le preguntó Sergio y silbó.
Mi amiga rio feliz y encantada con el piropo, mientras nos levantábamos para saludarla.
—Perdonad el retraso, el taxi ha llegado unos minutos tarde —nos dijo.
—No hay ninguna prisa, preciosa —comentó Mario, con un guiño.
Aroa llamó la atención de un camarero y le pidió otra jarra de cerveza para ella.
—Estabas deseando estrenarlo, ¿eh? —le dije.
Se había puesto el vestido del que se enamoró esta mañana, al poco de irnos de la cafetería. Después de llevarle la documentación de mi madre a su asesor, volvimos a la tienda de ropa donde lo vio.
En cuanto Aroa se probó el vestido se enamoró más, porque le quedaba de maravilla. No lo dudé en ningún momento, desde que se fijó en él supe que se lo compraría.
A Aroa siempre le quedaba la ropa bien. No tenía que preocuparse por nada.
—Sí —rio—. Es que es una pasada. Me encanta.
—A mí también me encanta cómo te queda —estuvo de acuerdo Sergio.
—¿Me estás lanzando indirectas esta noche, guapo? —le preguntó Aroa.
—Sí. ¿Se nota? ¿Las estás pillando todas?
Terminaron riendo de la broma.
—A ver si al final, entre tontería y tontería… —comentó Mario, antes de beber de su jarra de cerveza.
—Más quisiera yo, hijo —le dijo Aroa, con mucha gracia—. Pero mi mala suerte parece infinita.
Reímos.
—No eres la única a la que le pasa —comentó Sergio.
—Uy, ¡qué estás tentándome! ¿Terminamos esta noche con la sequía?
—Claro —le respondió él—. Tenemos toda la noche para hartarnos de beber.
Le hizo un guiño y rio. Los demás también nos unimos a sus risas.
El camarero le trajo su jarra de cerveza a Aroa y la conversación se centró en ella.
Nuestra amiga estaba buscando trabajo. Hacía cuatro meses que cerró la empresa en la que trabajó durante cinco años y todavía no había tenido suerte, a pesar de que llevaba echados muchos currículums.
—Ya verás cómo cuando menos te lo esperes te sale la gran oportunidad —le dijo Rubén.
—No sé —suspiró Aroa—. Quiero mantenerme optimista, alegre, pero es que es frustrante y triste ver pasar el tiempo y que todo lo que hago no sirva de nada.
Hizo una mueca.
—No te agobies —le pedí—. Te queda más de un año y medio de cobrar la prestación por desempleo y si cuando esté a punto de finalizar no has encontrado trabajo, mi madre te ayudará contratándote en la cafetería, hasta que te llamen de algún sitio.
—Lo agradezco en el alma y sé que lo hará sin dudar. —Se llevó una mano al pecho—. Pero no me gustaría obligarla a eso.
—Si Melisa estuviera aquí te habría dado una buena colleja —dijo Rubén, con diversión—. Por tu bien no repitas esas palabras delante de ella.
—Ya —rio Aroa.
—Por la suerte que vas a tener —dije, levantando mi jarra de cerveza.
Aroa me miró emocionada y asintió.
—Por la suerte que voy a tener y que os contagiaré —habló ella.
Rubén, Sergio y Mario chocaron sus jarras con las nuestras, en el centro de la mesa, y los cinco bebimos un buen trago, sellando nuestras palabras.