¡Ese médico es mío! Capítulo 4
10%

Capítulo 4

Reí mientras aparcaba.

Había tenido suerte de encontrar un sitio a unos metros de la casa de mis padres, ya que a esta hora costaba mucho estacionar.

Eran las dos menos diez de la tarde.

Mis risas se debían a que Ray, el perro de mis padres, uno más de la familia, intentaba asomar el hocico por las pequeñas aperturas que tenía la puerta de hierro.

Sabía que yo había llegado.

Me bajé del coche y fui directa hacia la puerta estrecha de la entrada, la que se encontraba alejada unos pasos de la gran puerta de hierro por la que Ray se dejaba un poco ver. Esta era el acceso para los vehículos.

En cuanto entré en la propiedad de mis padres, Ray se me echó encima. Lo abracé riendo de nuevo, aceptando mis mimos y su efusividad. Cuando lo calmé y después de darle varios besos en la cabeza, ambos fuimos hacia la casa.

Se encontraba cerca, por lo que llegamos rápido.

Me encantaba la casa de mis padres. Era una construcción de dos plantas, muy bonita, y alrededor tenía césped. En la parte trasera había una piscina, tumbonas y una barbacoa hecha de obra.

—¿Hola? —dije al entrar en la vivienda.

Olía a hogar. Cada vez que venía era como si nunca me hubiera ido.

Dejé el bolso en la mesa alta del salón y seguí a Ray, cuando fue corriendo hacia la cocina.

—Cariño —dijo mi padre y sonreí.

Salió de la cocina con el delantal puesto, una pala de madera en una mano y en la otra un paño de cocina.

—Hola —lo saludé.

Nos abrazamos.

—Hola, pequeña. No sabía que venías.

Me dio un beso en la frente.

—Mamá ha querido que fuera una sorpresa.

Le hice un guiño.

—Esta mujer… —Negó con la cabeza—. Se está buscando un buen castigo.

—Por favor, conserva la inocencia de tu hija, o sea, yo.

Me señalé y reímos.

Ray frotó la cabeza en mi pierna y le acaricié la cabeza.

—¿Cómo te está yendo el día de fiesta? —me preguntó.

Se fue hacia la cocina y lo seguimos.

—Genial. He ido con Aroa a desayunar a la cafetería y después hemos dado un buen paseo. Nos hemos comprado algunas cosillas. El día terminará mejor porque esta noche vamos a cenar con Rubén y sus amigos. No sé si Leti podrá venir, Rubén se lo comentará.

—Pues sí que suena bien —dijo sonriendo.

Fui a la nevera y saqué un botellín de cerveza. Mi padre tenía el suyo en la encimera.

Después de abrirlo, me acerqué a la pequeña barra que había en un lateral y me senté en un taburete. Ray se tumbó al lado.

Ernesto, mi padre, era un hombre muy atractivo. El paso de los años para él había sumado a mejor, porque su atractivo se había potenciado. Tenía el pelo castaño claro, los ojos de un azul turquesa precioso, y unas facciones muy varoniles y marcadas.

Mi madre no se quedaba atrás, era un bombón de mujer. Ella tenía el pelo muy rubio y los ojos verdes. Hacían una pareja maravillosa.

Según mis padres, yo había salido a mi abuela materna, tanto en constitución, como en el color del pelo y de los ojos. Mi pelo tenía un color rojizo claro, con algunos mechones más intensos que se diferenciaban del resto. Y mis ojos eran de color marrón.

Solo podía compararme con mi abuela materna a través de fotografías antiguas, porque yo nunca llegué a conocerla. A mi abuelo, el padre de mi madre, sí que tuve la suerte de poder disfrutar de él. Pero hacía seis años que nos dejó.

De mis abuelos paternos no sabía nada y tampoco quería. Ni ganas, sabiendo lo mal que se lo hicieron pasar a mi madre y todo lo que provocaron para alejar a mi padre de mi madre. Los odiaba sin conocerlos.

—Después de comer iré a casa a descansar.

—Tu madre me ha dicho a quien has visto en la cafetería —comentó.

Me daba la espalda, de pie frente al fregadero.

—He visto a mucha gente, y por la calle.

—Paula…

—Quiero olvidarme de una vez de ese tema, y no consigo una mierda porque cada persona que veo me lo saca. Ya no sé cómo tengo que decir que dejéis de hablarme de lo mismo, joder.

Mi padre se secó con calma las manos con el paño y cuando terminó, lo dejo despacio a un lado. Después se giró hacia mí y se cruzó de brazos, apoyando el final de la espalda en la encimera.

—¿Te das cuenta cómo suenas? Dolida.

—Pues lo estaré, pero es que nadie me lo pone fácil para apartar de mi cabeza a esa tía. ¿Por qué nadie entiende que la borré de mi vida hace años?

—Porque no es cierto. Si lo fuera no te alterarías por nada de ella.

Bufé.

—Lo mejor que puedes hacer es hablar con ella para hacer las paces contigo misma.

—En eso estaba pensando yo…

Puse los ojos en blanco.

—Hasta que no lo hagas siempre te atormentará lo mismo y saldré en cualquier momento, cuando menos te lo esperes. Te hizo mucho daño, vale, lo sé. Soy tu padre y sufro por ti, más que tú misma, así que a mí también me gustaría que esa mujer desapareciera y se fuera lejos de aquí.

—No tendré esa suerte —susurré.

—Pero después pienso en que tienes que aprender a cerrar esa herida que todavía se abre a la primera de cambio, porque si no perdonas y sanas, el daño seguirás haciéndotelo tú misma.

—¿Podemos dejar de hablar de esto? De verdad, no quiero que me joda el fin de semana.

—¿Y si la ves esta? El pueblo es grande, pero tú mejor que nadie sabes que las zonas de más marcha y movimiento se concentran todas en una zona en concreto.

Hizo una pausa y yo una mueca.

—O tal vez mañana vuelva a suceder lo de hoy, y volverás a alterarte sin tener necesidad de hacerlo. Cierra aquella etapa de una vez.

—Era mi mejor amiga y me hizo mucho daño.

—Lo sé muy bien todo, pero en la vida se avanza, no se retrocede. Cuídate y mira por ti, cariño.

La puerta principal de la casa se abrió y mi madre no tardó en aparecer en la cocina.

—Hola, amores —nos saludó, sonriente.

Se acercó a mi padre para darle un beso en los labios y después vino hacia mí, que estaba un poco más alejada.

—Hola —le correspondí.

Nos dimos besos en las mejillas.

—¿De qué hablabais?

—De nada —contesté, anticipándome a mi padre.

—Me estaba contado cómo le ha ido la mañana —dijo mi padre.

Respetó mi decisión de no hablar más del tema, en este momento.

—¿Te has comprado algo? —me preguntó mi madre.

—Sí —sonreí—. Una falda blanca muy bonita. Es larga y fresquita. Un par de tops, una camiseta de tirantes y dos pijamas. De pijamas estoy fatal.

—Te regalamos otros —dijo.

—No hace falta, mamá —negué—. Con los dos nuevos tengo suficiente por un tiempo. Además, no voy a deshacerme de los viejos, estos los dejaré para estar por casa durante el día.

—Déjanos darte un capricho —me pidió mi padre y les sonreí—. Luego te damos dinero para que te compres lo que quieras, más pijamas o cualquier otra cosa.

—Gracias.

—No digas eso, cariño —me dijo mi madre, antes de darme un beso—. Voy a refrescarme un poco y me uno a vosotros.

—Vale.

—Te acompaño —le dijo mi padre.

—Oye, oye…

Se giraron ambos.

—No vayáis a empezar algo que no podéis acabar. ¡Qué tengo hambre! —me quejé.

Se fueron de la cocina riendo y yo me quedé sonriendo.

Sabía perfectamente que lo que quería mi padre era advertir a mi madre para que no volviera a sacar el tema de Fabiana, aunque algunos besos y caricias caerían, y tanto que sí.

Me bajé del taburete y acaricié a Ray. Mi perro se había quedado adormilado y lo único que hizo fue mover las orejas.

Me acerqué a la vitrocerámica y cuando levanté la tapa de la cazuela en la que estaba haciéndose el pescado en salsa que a mi padre le salía de vicio, se me hizo la boca agua.

No pude resistirme a coger un trozo de pan, para mojarlo. Casi se me saltaron las lágrimas. No porque quemara, sino porque estaba delicioso.

Me aparté para alejarme de la tentación.

Volví al taburete y continué bebiendo del botellín, disfrutando de la sensación tan buena que tenía siempre en esta casa.

Era por mis padres y por Ray, por todos los recuerdos bonitos que tenía de ellos bajo estas paredes y fuera, en las zonas de césped y la piscina.

Dejé el taburete otra vez y con el botellín en una mano, salí de la cocina para ir a la parte de atrás.

Ray se espabiló y vino conmigo. Le acaricié la cabeza, para darle las gracias.

Al salir sonreí al ver al fondo la piscina. Podía darme un baño, en la que fue mi habitación siempre tenía algún bikini, incluso un par de vestiditos fresquitos y ropa interior. De invierno también tenía algo.

Pero no apetecía bañarme ahora mismo, tal vez después de comer.

Nada más salir de la casa, hacia la izquierda, había un balancín con asientos acolchados, un sofá y varios sillones.

Hacia el otro lado había una mesa rectangular, con sus sillas.

Una parte la tapaba el techo del porche, la otra un toldo que hacía de barrera, según la posición del sol en los momentos del día más calurosos.

Caminé hasta el balancín y tanto Ray como yo nos subimos. Él se tumbó y yo comencé a balancearnos, impulsándome con los pies.

Me llevé el botellín a los labios y cerré los ojos.