¡Ese médico es mío! Capítulo 3
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Capítulo 3

—Ayer por la noche Fabiana puso otra publicación en Instagram —me dijo Aroa.

—No quiero saber nada de ella ni escuchar su nombre.

Le di el primer sorbo a mi segundo café con leche.

Hacía un rato que habíamos terminado de desayunar y en cuanto nos bebiéramos los cafés extras que nos habían apetecido, nos iríamos de la cafetería para dar una vuelta.

Estábamos en el centro del pueblo, en la zona peatonal más animada y donde se agrupaba una buena cantidad de comercios de todo tipo.

Por lo de pueblo, no os imaginéis uno pequeño. Nada que ver. De hecho, era el más grande que había en muchos kilómetros alrededor y rozaba la categoría de ciudad.

—Cariño, tienes que tomártelo de otra manera —me pidió mi amiga—. Su presencia aquí no puede joderte a ti.

—Es que no me jode, Aroa. Simplemente, para mí esa mujer no existe desde hace muchos años, por lo que no quiero tener nada que ver con ella. Ni siquiera quiero escuchar su nombre. Me molesta el sonido. ¿Entiendes? Me importa menos que nada, pero si no dejas de hablar de ella, me enfadaré.

—Esto es lo último que te digo de ella. Anoche salió en una fotografía con el tío de la playa.

Creo que era él porque se parecía muchísimo, pero como en la playa no llevaba las lentillas…

—Se señaló los ojos—. Salen muy acaramelados y en el texto ponía que ahora sí, que ahora era feliz y que no iba a irse nunca más.

—Me importa una mierda todo.

Me encogí de hombros.

—¿El qué te importa una mierda? ¿Y por qué lo dices como si no te importara? —me preguntó Rubén.

No lo vi acercarse y me sobresalté al escucharlo a mi lado.

—Lo que estamos hablando —le contesté—. No sé cómo lo he dicho, pero ha sonado así porque no me importa.

—Estamos hablando de Fabiana —le dijo Aroa—. ¿Te has enterado de que está aquí? Ha vuelto. La vimos en la playa.

Puse los ojos en blanco, mientras negaba con la cabeza.

Miré a mi amigo con curiosidad porque no se sorprendió.

—Ya la has visto —le dije a Rubén, sorprendida—. Sabes que está otra vez en el pueblo.

Retiró la silla de mi lado y se sentó.

—Tengo los clientes atendidos, puedo tomarme unos minutos —comentó—. Yo no he visto a Fabiana, pero sí sé que está aquí. Leti me lo contó hace un par de días. Se llevó una sorpresa y no buena, cuando entró en una tienda y vio dentro a Fabiana.

—¿Esa le dijo algo? —preguntó Aroa.

—No, Leti evitó que la otra la viera. Solo la observó.

—Qué grande es. Nos ha salido detective —rio Aroa.

—¿Por qué tiene que afectarte esa tía todavía? ¿Qué más te da si está aquí o no? —quiso saber Rubén—. Tú tienes tu vida y si la ves por la calle o en cualquier sitio, es tan simple como cambiarte de acera e ignorar su presencia en el lugar que sea. No quiero que sufras más por esa.

—Joder, es que no me afecta. Lo que pasa es que desde que la vi en la playa no dejo de escuchar cosas de ella. —Bufé—. Intento ignorarla, pero así es muy difícil.

—Solo quería informarte —comentó Aroa.

—Es que no quiero ninguna mierda de información sobre esa. ¿Qué parte no entiendes de que para mí no existe?

—¿Paula?

Me quedé rígida en la silla al escuchar la voz que me llamó. Por un momento pensé que la mente me había fallado, pero solo tuve que ver los ojos abiertos al máximo de Aroa y escuchar de Rubén varios insultos susurrados, para darme cuenta de que había oído perfectamente la voz.

No me lo podía creer, habíamos invocado la presencia de Fabiana.

¿Cómo se atrevía a venir aquí, siquiera acercarse? Esta cafetería y los metros de alrededor de ella estaban vetados para la imbécil que estaba a mi espalda.

Y ella lo sabía, pero le había dado lo mismo.

Giré la cabeza despacio, para mirarla por encima del hombro. Fue solo durante unos segundos, después dirigí la vista hacia delante, ignorándola.

—¿No vas a saludarme? Ya sé que eres tú —dijo riendo.

—Muy astuta.

Mi voz sonó fría y cortante.

—¿Oye? ¿No estarás todavía enfadada conmigo?

Mientras me preguntaba, se movió, para quedarse frente a mí.

Recosté la espalda en la silla y alejé la taza de mí, porque había muchas posibilidades de que terminara golpeándole con ella la cabeza.

—No me lo puedo creer —dijo Fabiana, sorprendida.

Más bien fingiendo el asombro, porque era muy falsa.

—Pensaba que con el tiempo que ha pasado ya ni te acordarías.

Sonreí de medio lado, pero en mi gesto había de todo menos alegría.

Fabiana llevaba un vestido ajustado al cuerpo que le llegaba varios dedos por encima de medio muslo. Era de palabra de honor.

—¿Qué narices haces aquí? —le pregunté, ignorando todo lo demás—. Te dije hace mucho que ni se te ocurriera la idea de venir. Lárgate.

—¡Eso fue hace doce años! —Jadeó.

—¿Y? Era para toda la vida.

Entrecerré los ojos.

—Joder, Paula, pensaba que me habías perdonado.

Solté una carcajada cargada de ironía.

—Es mejor que te vayas —le habló Rubén, mientras se levantaba de la silla.

—Hola, guapo.

Fabiana le dio un buen repaso visual y después volvió a mirarme. Mi amigo ignoró su provocación, pero no la perdió de vista.

—Tenemos que hacer las paces, Pau.

—No vuelvas a llamarme así. Perdiste ese derecho y todos los demás cuando me apuñalaste por la espalda. Una y otra vez. Si no quieres que te arrastre por la calle vete ya.

Hizo una mueca.

—Voy a hacer que me perdones.

Aroa bufó.

—Aprende primero a no hacer daño, te iría mejor en la vida —le soltó Rubén.

—Querido, no te metas. —Le dio un golpecito en el brazo.

Rubén se la quitó de encima rápido y sonreí con satisfacción, al ver la mueca que hizo ella.

—No malgastes tu tiempo, yo que tú lo emplearía para evitarme —le dije.

—Puedo quedarme en esta terraza.

—No, no puedes —le habló Rubén, cruzándose de brazos—. Tienes vetada esta cafetería, terraza incluida.

—¿Eso quién lo dice? —volvió a mirarlo de la cabeza a los pies, sin cortarse—. ¿Desde cuándo?

—Lo digo yo y desde hoy mismo, ya que con anterioridad has tenido la suficiente cordura para no acercarte aquí —le contestó con una ceja arqueada.

Fabiana buscó mi mirada y después de unos cuantos parpadeos, me habló de nuevo.

—¿No puedes perdonarme? Ha pasado mucho tiempo. Podemos quedar para hablar tranquilamente. Me gustaría contarte cómo lo viví yo.

Mi respuesta fue el silencio, porque como abriera la boca en este momento…

—Está bien —dijo con un suspiro—. Pero no voy a rendirme. Volveremos a ser amigas, te lo aseguro.

Sonrió y se giró, para irse. La vimos alejarse por la calle y no dejamos de observarla hasta que la perdimos de vista.

—Qué fuerte —habló Aroa.

—Como vuelva a escuchar su puñetero nombre o como me digas algo más de ella, te prometo que te arrepentirás —le advertí.

Mi amiga levantó las manos y después hizo el gesto de cerrarse los labios con una cremallera imaginaria.

—Has estado genial.

Miré a Rubén.

—Gracias.

Sonreí un poco tensa.

—¿Qué vas a hacer como se empeñe en hacer las paces contigo? —me preguntó mi amigo—. Como siga siendo tan pesada…

—Mandarla a la mierda cada vez que se atreva a acercarse a mí. Ya está avisada. Es su problema si lo hace.

Me encogí de hombros.

—¿Nos vamos ya? —me preguntó Aroa—. Nos vendrá bien dar una vuelta y comprarnos algunas cosillas.

—Vale.

Nos levantamos de las sillas y mientras Aroa se colgaba el bolso, yo, como cada vez que venía a la cafetería de mi madre, saqué la cartera para sacar un billete. Lo metí en un bolsillo de Rubén y le di un beso.

Mi amigo no dijo nada, solo me miró sonriendo, como cada día.

Y como cada día, hoy sería esta noche, me encontraría el mismo billete dentro de mi bolso o en algún bolsillo de la chaqueta, cuando la llevaba. Rubén siempre me devolvía el dinero con el que pagaba, y solo podía dárselo a él porque mi madre y Leti decían que era cosa de Rubén.

Sabían mucho, porque mi amigo me conocía muy bien y me dejaba hacer para que me fuera feliz, aunque fuese una felicidad falsa, ya que en cualquier otro momento sabía que el dinero regresaría a mí.

Los días que no volvíamos a vernos, me lo daba al siguiente o lo acumulaba para la siguiente vez.

Me colgué el bolso y entramos en el local, para despedirnos de Leti y mi madre. La última me dio la carpeta que ya tenía preparada para mí.

—¿Cómo estás, cariño? —me preguntó, colocándome el pelo detrás de la oreja.

—Bien —sonreí.

—He visto a Fabiana junto a vuestra mesa.

—Ya veo que las noticias vuelan.

Puse los ojos en blanco.

—No pasa nada, mamá. Igual que se ha atrevido a acercarse, se ha largado.

—Hija, ¿no sería mejor que hicieras las paces con el pasado? No quiero que te sientas mal cada vez que te encuentres de frente con él.

—Todo está bien.

Le di un beso en la mejilla y un abrazo.

—De acuerdo —sonrió—. ¿Vendrás a comer a casa?

—¿Sobre las dos? —le pregunté y amplió la sonrisa.

—Una hora perfecta. A tu padre le hará mucha ilusión.

—Allí estaré. ¿Tengo que llevar algo?

—No.

Me dio una palmada en la nalga y reí.

Aroa y yo salimos del local de la cafetería y esperamos en la terraza a que Rubén terminara de atender a unos clientes.

—Pasadlo bien —nos deseó—. ¿Esta noche a las ocho en el bar de siempre?

—Perfecto. —Asentí.

Nos despedimos de él con un abrazo. El mío duró bastante más que el de Aroa, por lo que mi amiga hizo un puchero.

Intenté no reírme, mientras la miraba por encima del hombro de Rubén.

En cuanto nos fuimos de la cafetería comenzamos a caminar con calma, haciendo las primeras paradas en los escaparates.

—Tengo que llevarle esto al asesor de mi madre —le dije a Aroa, mientras ella le ponía ojitos de enamorada al vestido del maniquí.

—Lo quiero.

—Estaba claro —reí.

—Anda, vamos al asesor y volvemos. Quiero probármelo.

Enlazó su brazo con el mío y volvimos a movernos.

—¿Seguro que estás bien?

Me miró de reojo.

—Estupendamente.

—Vale —suspiró.

El resto del recorrido lo hicimos en un silencio cómodo. No tardamos en llegar, ya que la asesoría se encontraba a cuatro calles de la cafetería. Estaba muy cerca.