Capítulo 2
Me encantaba el buen tiempo que hacía. Las calles cobraban vida porque los días invitaban a salir, a estar al aire libre.
Caminando por la acera, iba entretenida viendo de pasada a la gente que se había parado a desayunar en las terrazas de las cafeterías y de los bares, a las personas que circulaban por el carril bici, y a las que, como yo, nos movíamos a pie, sin prisas.
Los comercios comenzaban a tener actividad. Algunos todavía no habían abierto, pero no faltaba mucho para que dieran paso al público.
A esta hora de la mañana la temperatura era la ideal. Levanté la mirada hacia el cielo y sonreí. Estaba completamente despejado, no había ni una nube solitaria.
Tardé unos diez minutos en llegar a mi destino, que no era otro que mi cafetería favorita, por encima de todas y todo lo demás.
Pasé de largo de la terraza, donde pensaba ocupar una mesa. No había muchas libres, por lo que no quise arriesgarme. Fui a la entrada del local para coger del carro que había pegado a la pared, una placa que ponía reservado.
Lo llevé a una mesa y entonces sí, pude entrar al local.
—Buenos días —saludé, cuando me paré en la barra.
Apoyé los brazos en ella, sonriendo.
—Paula —me dijo Leti, la camarera de la cafetería.
—Hola, preciosa.
—Hola. Buenos días —me sonrió y le devolví el gesto.
Nos dimos un abrazo por encima de la barra.
—¿Qué tal ha empezado el día? —le pregunté.
Solo había que mirar alrededor, pero aun así…
—Desde que abrimos hasta mínimo las doce es un no parar —me dijo con un guiño.
—Como si no lo supieras.
La voz a mi espalda me hizo sonreír y después reír.
Me giré hacia Rubén y le quité el trapo con el que me había dado en el trasero, al hablar.
—Tienes las manos muy largas de buena mañana —le dije con diversión.
—Los momentos están para aprovecharlos.
Sonrió de medio lado.
Nos dimos un abrazo y se fue a atender a unos clientes.
—Voy a ver a la jefa —le dije a Leti.
—Toda tuya. Trátamela bien y así todos tendremos un día genial.
—Como te oiga…
Solté una carcajada.
—Por eso te lo he dicho ahora y tú vas a callarte, por tu bien.
Me señaló y puse cara de inocente.
Caminé a lo largo de la barra y, al final de esta, giré hacia la derecha para acceder a un pequeño pasillo que solo llevaba a un despacho, al almacén y a la sala donde los empleados dejaban sus pertenencias. En esa sala había un sofá de dos plazas, un sillón y un armario.
Los empleados eran solo dos: Leti y Rubén.
El baño para los clientes se encontraba en el lateral contrario.
Al llegar a la puerta del despacho la abrí directamente. La jefa de la cafetería levantó la cabeza de los papeles que estaba mirando y sonrió de oreja a oreja, al verme.
—Cariño.
—Hola, mamá —le devolví la sonrisa.
—Hola, tesoro.
Se levantó de la silla, mientras me acercaba. Nos dimos un abrazo y varios besos.
—¿Estás liada con el papeleo? —le pregunté.
Tenía una carpeta abierta sobre la mesa, con varias hojas esparcidas.
—Sí, pero tendría que haber terminado ya. El asesor me ha pedido que firme al final de cada grupo de papeles, pero resulta que estaban enganchados con un clip y se me han soltado todos. Se me ha caído al suelo la carpeta —suspiró.
—Déjame a mí.
Me senté en su silla y mi madre se apartó. Rodeó la mesa para ocupar la silla que estaba al otro lado.
—Las hojas no tienen número —me dijo.
—Ya lo veo —comenté concentrada, poniéndolas en el orden que creía correcto—. Pero algunas tienen aquí el nombre del documento y a partir de ahí será más fácil seguir el hilo del texto.
Le señalé una esquina de la hoja, enseñándole las letras que había en vertical y en tamaño muy pequeño.
—Ah, no me había fijado.
Tardé poco en tener los grupos de papeles ordenados y cogidos con clips, tal y como se los dio el asesor a mi madre.
—Ya está. Te falta por firmar estos dos.
Se los puse delante para que lo hiciera y después lo guardé todo dentro de la carpeta.
—¿Quieres que se la lleve al asesor cuando me vaya? Así te ahorro el viaje.
—Te lo agradecería, cariño.
—Hecho. Recuérdamelo cuando me despida, por si acaso.
—Lo haré. Anda, vamos fuera.
Salimos del despacho para ir hacia la zona de las mesas.
—Qué raro. Todavía no ha llegado Aroa.
—Llámala, a ver si se ha dormido —me pidió mi madre.
Me acarició la cara, me dio un beso en la mejilla y se separó de mí para acceder a la barra.
Yo la rodeé y me puse por el otro lado donde se quedó ella, junto a Leti.
Llamé a mi amiga, pero no descolgó. Iba a volver a intentarlo, cuando fue ella la que me devolvió la llamada.
—Ya sé que no puedes vivir sin mí, pero paciencia. ¡Estoy cerca!
—Si fueras puntual, ni me acordaría de ti.
—Traidora —rio—. Deja de darme el culo, estoy a tu espalda.
Me giré sonriendo, al mismo tiempo que colgaba.
Mi amiga se acercó a mí con una sonrisa pícara. Nos abrazamos y después saludó a mi madre y a Leti.
—¿Qué vais a querer de desayunar? —nos preguntó Leti.
—A mí ponme una buena tostada con jamón y tomate y un café con leche —le contestó Aroa.
—Yo lo mismo.
—Marchando dos. —Dio una palmada.
Les sonreí a mi madre y a ella, antes de ir hacia la terraza para ocupar la mesa que yo misma me había reservado.
Y menos mal, porque durante el tiempo que llevaba en el interior de la cafetería era la única que quedaba libre. Por el cartelito, porque si no…
—Has sido lista —me dijo Rubén, cogiendo el cartelito.
Llegó a nuestra mesa cuando estábamos sentándonos.
—Siempre lo soy —le rectifiqué riendo.
—Hola, preciosa —saludó a Aroa.
—Hola, guapetón.
Le hizo un guiño.
—¿Te has pensado ya lo que te propuse ayer? —le preguntó Aroa.
Elevó las cejas varias veces, de manera graciosa.
—¿Lo de que dejara de ser tan frío y cortado, para darte un poco de amor? Según tú, no voy a arrepentirme.
—Efectivamente.
Aroa asintió, para dejarlo todavía más claro.
—Sigo dándole vueltas, pregúntamelo mañana —le pidió él.
Reímos porque cada día que se veían repetían lo mismo, aunque de diferente manera. Llevaban meses así.
Y no, no era porque se gustaran. A ver, Aroa era una mujer espectacular y sobre Rubén solo os diré que muchas de las clientas jóvenes, y no tan jóvenes, solo venían a la cafetería de mi madre por él, para verlo.
Mi madre siempre le decía en broma que lo mejor que hizo por el negocio fue contratarlo. En parte era cierto, por la clientela, pero Rubén era mucho más en el negocio. Al igual que Leti.
Con los años que llevaban trabajando y apoyando a mi madre, yo estaba muy unida a ellos y les tenía un aprecio muy grande. Como decía, con el tiempo que llevaban con nosotras, los considerábamos parte de nuestra familia. El sentimiento era mutuo.
Aparte, Rubén y yo teníamos una historia de amistad fuerte que comenzamos desde niños. Era mi mejor amigo, junto a Aroa.
Mi madre los cuidaba mucho a ambos. Entre otras cosas, tanto Leti como Rubén tenían salarios elevados.
—¿Ya habéis pedido? —nos preguntó él.
—Sí —le contesté.
—Yo también te pido a ti —dijo con una risilla Aroa.
—Pues lamento decirte que te quedarás solo con los restos, porque antes pasará por mí —comenté.
Rubén soltó una carcajada, antes de dejarnos solas.
—Quién lo pillara —suspiró mi amiga.
—Es territorio prohibido.
Hizo un puchero.
—Me da igual, no me das ninguna pena —le dije.
Reí.
Nuestro amigo regresó con los desayunos.
—¿Qué plan tenéis para hoy? —nos preguntó.
—Ahora mismo este, después no lo sabemos —le respondió Aroa.
—Lo que surja —añadí.
—Qué bien vivís.
—Igual que tú —sonreí—. Este fin de semana lo tienes libre, ¿no?
—Sí.
Me hizo un guiño.
Hoy era viernes, por lo que, cuando cerraran al mediodía, ya no tenía que volver hasta el lunes.
Como ya he comentado, mi madre cuidaba mucho a Rubén y a Leti. Para que tuvieran dos fines de semana libres al mes, y así pudieran hacer sus planes desde los viernes por la tarde, contrataba a personal extra para que cubrieran sus puestos de trabajo en esas ocasiones.
—Guay. Podemos quedar esta noche o mañana —le propuse.
—Cuando quieras, todavía no he hablado con Mario y Sergio.
Sergio y Mario eran otros amigos suyos. Aroa y yo también los conocíamos muy bien. Quedábamos bastantes fines de semana con ellos, para salir todos juntos.
—¿Cena esta noche?
—Por mí, genial —habló Aroa—. No me dejáis atrás —rio.
—En ningún momento hemos pensado que te quedarías atrás —le dijo Rubén, con diversión—. Pues ya te tengo plan para esta noche.
—Díselo a los chicos cuando hables con ellos.
—Se unirán encantados —me confirmó—. Os dejo desayunar tranquila.
Me acarició la mejilla y se fue. Aroa volvió a suspirar.
—Joder, ¿por qué solo te toca así a ti?
—Porque a mí me considera como una hermana pequeña, y tú eres la amiga de su hermana.
Reí.
—Pues menuda mierda.
Bufó.
—La vida es dura, amiga.
Le hice un guiño.
Después de varios resoplidos suyos comenzamos a desayunar. La tostada nos sentó de maravilla, disfrutamos comiéndola y de lo bien que se estaba en la terraza.