¡Ese médico es mío! Capítulo 1
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¡Ese médico es mío!

¡Ese médico es mío!

Por Ariadna Baker

© inepub.com

Capítulo 1

Paula

—Por Dios. ¿Cómo puede hacer tanto calor a principios de junio? Estamos a día dos y la temperatura es insoportable. ¿Qué va a ser de nosotras en julio? A agosto no llegamos, te lo digo yo.

Esa era mi amiga Aroa, quejándose con un bufido.

Yo me puse a reír porque sus gestos eran muy graciosos y porque tenía toda la razón.

Quién no estaba a remojo o con la posibilidad de darse un baño cuando le apeteciera, o en algún lugar cerrado con el aire acondicionado funcionado a tope, no sé cómo podía sobrevivir a la sensación de asfixia.

Quemaba hasta el aire, a cada respiración.

Aroa y yo habíamos sido listas al rechazar cualquier plan que no incluyera el agua. Aquí estábamos, estiradas cómodas en las tumbonas y protegidas del sol por una sombrilla. Pero no por ello dejábamos de sudar, era insoportable, aunque no era nada que un buen baño no quitara.

Teníamos frente a nosotras una playa maravillosa y una piscina fantástica en dirección contraria. Podíamos elegir, agua salada o dulce. Por el momento iba ganando la salada, pero no teníamos ninguna prisa por irnos.

Cogí mi copa de la mesa baja y redonda que estaba entre nuestras tumbonas, para beber un buen sorbo del vino que se mantenía fresco gracias a que dejábamos las copas dentro de una cubitera que habíamos pedido y preparado para ello.

—¿Te has desmayado? —me preguntó Aroa.

—No.

Reí.

—Joder, niña, pues háblame si no quieres que me asuste y me lance a hacerte el boca a boca.

—¿Por qué el boca a boca? ¿Sin ahogarme?

Giré la cabeza hacia ella.

—Porque como te haga otra reanimación termino contigo, del todo.

Rio y sonreí, antes de volver a cerrar los ojos.

—Si es lo máximo que puedes hacer, te pido por favor que arrastres hasta mí al tío más potente de la playa y lo obligues a hacerme el boca a boca. Que lo último que recuerde sea a él, aunque no lo vea ni lo sienta, no a mi mejor amiga dándose el lote conmigo inconsciente.

—¡Eres imbécil! —se quejó.

Reímos.

—¿Y si no vas a enterarte qué más te dará que sea yo la que te bese soplándote como un globo? A ver si vas a abrir los ojos y te encuentras con un tío que quita el sentido, entonces sí que te pierdo del todo.

—Sería un final feliz.

Soltamos una carcajada.

—Teniendo en cuenta cómo está mi lista de posibles candidatos…

Me incorporé para quedarme sentada en el lateral de la tumbona, hacia mi amiga. Ella hizo lo mismo.

—¿Tienes hambre? ¿Vamos ya a comer? —me preguntó.

Las tumbonas en las que estábamos eran propiedad del restaurante que se encontraba en la arena de la playa. Este lo teníamos a unos metros de distancia, hacia un lateral.

Cuando llegamos y las reservamos, también le pedimos al chico que nos guardara una mesa para comer sobre la una y media.

Coloqué a mi lado en la tumbona el bolso de playa tipo capazo y busqué dentro el móvil.

—Queda un cuarto de hora para la una y media —dije.

—Pero nuestra mesa la tienen reservada igualmente, incluso agradecerán que vayamos antes porque dejaremos la mesa libre más pronto, para otras personas.

—Lo mismo ahora está ocupada porque los clientes se irán antes de que lleguemos nosotras —comenté—. ¡Mierda! —dije, alucinada.

—¿Qué pasa?

—Coge tu bolso y levanta el culo, nos vamos al restaurante.

—¿Y ahora por qué tienes tanta prisa? —se extrañó—. ¿A quién has visto?

Se incorporó de la tumbona, colgándose el bolso.

—Siéntate.

—¿Cómo? ¿Estás de broma?

—Que te sientes, joder —insistí.

Me giré en la tumbona y me puse a buscar algo imaginario dentro del capazo.

—¿Qué mierda pasa? —me preguntó Aroa, insistiendo.

—La impresentable de Fabiana está aquí —le conté—. Hacía tantos años que no la veía en persona… ya podría haberme quedado como estaba.

Bufé.

—¡No fastidies! ¿Dónde?

Aroa comenzó a disimular también con su bolso.

—En la orilla.

Mi amiga miró hacia allí para localizarla y soltó un gritito, antes de darle la espalda al mar.

—¿Por qué mierda continúa siendo normal en apariencia? —preguntó cabreada—. Tenía la esperanza de que le hubiera crecido la nariz con una gran verruga en la punta, por lo bruja que es.

Solté una risilla.

—Controla si se va.

—Claro. Esa no va a estropearte el día, como que me llamo Aroa. Si no se larga me acercaré a cualquiera de la playa para pedirle que la saque de aquí con alguna excusa.

Sonreí.

—Oye…

—¿Qué? —le pregunté, mirando una red social en el móvil—. ¿Se ha acercado?

—No, no… La bruja está muy entretenida hablando con el tío con el que está. Lo que no me extraña, menudo cuerpazo que tiene.

Silbó.

—No te despistes —le pedí—. ¿Entonces qué ibas a decirme con ese oye ?

—Se me ha olvidado.

—No me lo puedo creer. La madre que te parió.

Bufé, con diversión.

—Con mi Manoli cuidado.

—Manoli es una santa que no vio venir el tormento que sería su hija.

—Joder, qué mal te ha sentado hoy cabrearte —rio.

Negué con la cabeza.

—Ya puedes ponerte bien, antes de que te dé un tirón en el cuello.

—¿El peligro se ha ido? —le pregunté, para asegurarme.

No quería volver a ver a mi enemiga.

—Sí. La bruja se va volando por la orilla —me confirmó.

Sonreí, mientras me colocaba bien sentada.

—No ha mirado en ningún momento hacia aquí —me informó.

Vi la espalda de Fabiana, se alejaba cada vez más. Debía estar en otra parte de la playa porque únicamente llevaba el bikini.

Iba paseando con el mismo hombre con el que la habíamos visto parada en la orilla.

Cogí mi copa y me bebí todo el vino que quedaba.

—Olvídate de esa —me pidió Aroa.

—Me da mucha rabia —suspiré.

Nos levantamos de las tumbonas, en las que dejamos las toallas para que supieran que estaban ocupadas, y nos pusimos los pareos y unas camisetas de tirantes, para ir al restaurante.

Nos colgamos los bolsos y nos dirigimos hacia la terraza. Esta tenía partes protegidas del sol.

Nos acercamos a un camarero y le comenté que teníamos una mesa reservada. Las únicas que estaban libres eran las que tenían el cartelito de reservadas.

El hombre nos pidió que lo acompañáramos, después de comprobar mi nombre y la mesa que nos habían guardado.

Por suerte nos llevó a una zona ideal, porque el sol daba a varias de las sillas de nuestra mesa, pero por el otro lado las otras sillas se encontraban a la sombra.

Elegimos sin dudar las de la sombra y una de las otras la acerqué a mí, para dejar los bolsos.

El camarero se esperó para tomarnos nota de la bebida.

—¿Continuamos con vino o prefieres otra cosa? —le pregunté a Aroa.

—Vino, pero que esté fresquito.

—De acuerdo —dijo el camarero—. ¿Alguna preferencia?

—Nos fiamos de ti —le dije con un guiño.

Sonrió.

—Enseguida vuelvo.

—Te ha puesto ojitos —me dijo Aroa, con una risilla.

Siguió con la mirada cómo el hombre se alejaba.

—El sol lo habrá deslumbrado.

—Hoy tienes el tonto subido —se quejó.

—Bebe y cállate un ratito —le pedí, con diversión.

—Y una mierda —soltó una carcajada—. ¿Para qué crees que habrá venido Fabiana? —me preguntó pensativa.

—Ni lo sé ni me importa. Sigue sin existir para mí, así que mientras que no vuelva a cruzarme con ella…

—Con el daño que te hizo… —suspiró—. Voy a cotillearle el Instagram, seguro que encuentro algo.

Puse los ojos en blanco.

Yo tenía a Fabiana bloqueada de todo. El día que la saqué de mi vida no me dejé ningún cabo suelto.

Cogí la carta del restaurante para entretenerme con algo.

No necesitaba hacerlo porque cuando llegamos a la playa y vinimos directamente para hacer todas las reservas, antes de irnos a las tumbonas, le hicimos fotos a una de las cartas, para tener claras las opciones y decidir con calma lo que comeríamos.

—Aquí está —dijo mi amiga, mirando concentrada la pantalla de su teléfono.

Justo en ese momento el camarero regresó con la botella de vino.

En el momento en el que la dejó en la cubitera, una vez que nos sirvió en las copas, le pedí el arroz negro para las dos, un plato de calamares a la andaluza y una ración de ensaladilla rusa. Los dos últimos, también para compartir.

Cuando el camarero se fue, me recogí mejor el pelo. No soportaba que ni un mechón me rozara la piel, por pequeño que fuera. El agobio del calor lo llevaba fatal y el estar pegajosa, peor.

Cogí mi copa, para refrescarme la garganta.

—Tendríamos que habernos dado un baño antes de venir —comenté.

Aroa me ignoró porque ahora para ella solo existía el cotilleo y el querer saber cosas sobre Fabiana, para ponerme al día. Lo hacía para ayudarme, pero en realidad el resultado era el contrario.

No le dije nada, preferí callarme y seguirle el rollo.

—No lo dice claro, pero por lo que parece ha vuelto porque está recuperada del todo. Qué hipócrita. —Bufó—. Que no digo que lo que le hizo su prometido no le hiciera daño, pero ni en una puñetera foto ha aparecido triste.

—Pues qué bien —dije con ironía—. Ahora tendré que salir de casa preparada, por si la veo.

Negué con la cabeza.

—Tranquila, averiguaré más cosas para ti —dijo animada, para animarme a mí—. A qué gimnasio irá, por las zonas que se moverá, la gente con la que volverá a quedar…

—¿Y cómo vas a conseguir eso?

Elevé las cejas.

—Tengo mis métodos —rio—. Confía en mí.

—Miedo me da tu parte de detective.

Bufé.

—No hagas ninguna tontería —le advertí.

—¿Yo? ¿Por quién me tomas?

Soltó una carcajada y yo un suspiro.

—Se acabó. No quiero escuchar nada más de esa —le dejé claro.