Capítulo 34
—¿Qué haces? —le pregunté nerviosa.
David acababa de golpear un botón y el ascensor se había parado.
—Bájame.
Me moví inquieta sobre él.
—No me gusta estar parada aquí dentro. ¿Y si después no va? ¡Nos quedaremos encerrados de verdad!
—No me preocupa nada de lo que has dicho ahora, pero sí lo de antes. No ha pasado nada entre Aurora y yo, y ya me has oído. Le he dejado claro lo que hay y lo que habrá si no para de tocarme las narices.
—No te he visto apartarla cuando estabais solos dentro. Bájame —insistí.
—Porque acababa de acercarse tanto. Dime que me crees.
Bufé.
—Muy bien.
—¡Oh, por favor! ¿Quieres bajarme? ¿Qué van a pensar tus empleados de ti?
—Ya has visto lo que me ha preocupado en la planta baja. Lo mismo sucederá en toda mi empresa. Si quieres te paseo por toda la empresa. Soy el jefe y el dueño, todos me respetan, así que nadie se atreverá a decirme nada.
—¿Y si yo estuviera en apuros? Menuda ayuda.
Bufe.
—No pensarían eso nunca. Me conocen y saben que yo nunca te haría daño, sin importar quién eres.
Suspiré.
—¿Puedes bajarme?
—Claro.
Me alegré de que por fin entrara en razón, porque no quería pasar más vergüenza, pero para mi sorpresa, antes de soltarme, David me subió la falda, agarró la cinturilla de goma de mi braga y tiró de ella hacia abajo.
—¿Qué…? —jadeé.
Me sacó la braga por los pies y cuando no quería que me bajara, ya que, una vez se guardó mi braga en un bolsillo, pasó varios dedos por mi sexo, acariciándome de arriba abajo, varias veces.
Después me puso de pie frente a él, con una sonrisa burlona.
Me crucé de brazos.
—Dame mis bragas.
—Todavía no.
—¿Con qué derecho me has tocado entre las piernas?
—Con el que tú me has dado, ya que no me has rechazado e incluso has abierto más las piernas. Puedes seguir, pero no te va a servir de nada.
Negué con la cabeza.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó.
Se puso a mi lado y apoyó el brazo en la pared del ascensor. Giré la cabeza hacia él.
—He…
—La verdad —me pidió.
Puse los ojos en blanco.
—Quería darte una sorpresa —susurré.
Sonrió de medio lado.
—Súbete la falda, apoya las manos en el espejo y separa el cuerpo de él, para quedarte con el culo en pompa.
—Estás de broma.
—Tienes pocos segundos para hacerlo, antes de que lo haga yo y active el botón, para ponernos en marcha. Como nos encuentren será cosa tuya.
Solté un jadeo.
Hice lo que me pidió porque yo también lo estaba deseando, así que no tenía sentido retrasarlo más.
Estaba deseando tenerlo dentro de mí otra vez. Caliente, duro y resbaladizo.
Me subí la falda, dejando al aire todo. Después de dejar la falda enrollada en la cintura, di varios pasos y me paré para inclinarme hacia delante.
Apoyé las manos en el espejo, dejé el culo en pompa y también abrí las piernas, dándole libre acceso a todo lo que quisiera hacerme y ofreciéndole una buena visión de mi sexo y trasero.
—Mierda. Me tienes a punto de explotar —dijo con voz rasgada.
Solté un jadeo cuando vi por el espejo cómo se desabrochaba el pantalón del traje, se bajaba la cremallera y liberaba su erección del bóxer, sin apartar la mirada de mi sexo.
Me mordí el labio inferior, mientras David se colocaba el condón. Segundos después tenía su pecho sobre mi espalda y la punta de su miembro frotándose con mis fluidos, provocándome jadeos de placer.
—Me encantan tus visitas —me susurró cerca del oído—. Puedes hacerme todas las que quieras. No separes las manos del espejo y mantén la posición, esto va a ser rápido y muy duro.
Gemí con la embestida fuerte y profunda, con la que entró dentro de mí de una forma maravillosa.
Tal y como me había adelantado, tomó un ritmo de locura, mientras me pedía que nos mirara en el espejo.
Lo hice y me excitó mucho más. Me corrí con sus dedos pellizcándome el clítoris y su miembro entrando y saliendo con energía.
David se liberó al cabo de unos minutos, aunque no supe controlar cuánto tiempo pasamos teniendo sexo en un ascensor bloqueado.
Al terminar, me bajó la falda y él se deshizo del condón. Se lo guardó en un bolsillo, cuando acabó de arreglarse.
Vestidos, como si no hubiera pasado nada, aunque yo continuaba sin braga porque no me la dio, me hizo sentarme encima de él, en el suelo.
Primero se sentó David, con las piernas estiradas. Después fui yo, acomodándome como me dijo, sobre sus muslos y de lado.
—Siento que hayas tenido que ver otra vez una escena que te ha hecho daño —me susurró, con los labios en la sien—. Si hubiera sabido que estaba aquí, habría bajado por las escaleras.
—No pasa nada —susurré.
Apoyé la cabeza en su hombro.
—Me has dicho lo que ha sucedido y le has hablado claro delante de mí y de varias personas más. No es culpa tuya que seas tan guapo e irresistible.
—¿Guapo e irresistible? —repitió.
—No te emociones mucho.
Rio.
—Cásate conmigo.
—¿Qué?
Me aparté de golpe, para mirarlo a la cara.
—Cásate conmigo —repitió, como si no lo hubiera escuchado bien.
—Estás loco —dije, con los ojos abiertos al máximo—. Acabamos de conocernos, ayer fue el primer día que estuvimos juntos, después de hacer el tonto y…
—Y nada. Quiero que seas mi mujer.
—David… —susurré y tragué saliva.
—Sé muy bien lo que digo, Lucía. No me he vuelto loco al tomar esa decisión. Porque sé cómo me siento y que nunca me he sentido así, sé que te quiero a mi lado siempre. No hace falta que sea este año, ni el que viene. Puedo esperar, pero si me prometes que te casarás conmigo algún día.
—¿Cómo una especie de compromiso?
—Sí. Eso mismo. Ahora no tengo un anillo ni nada que pueda ofrecerte, pero pronto lo haremos oficial si aceptas. Lucía. —Me agarró la cara con las manos—. No quiero que te pueda la presión, yo solo…
—Entiendo lo que me has dicho y me has pedido. No me estás presionando. Yo tengo la última palabra.
—¿Y cuál es? —me preguntó.
Por primera vez noté un ligero temblor en su voz. David estaba afectado, nervioso.
Comencé acariciándole la mandíbula y después le acaricié toda la cara, hasta los párpados. Conseguí que se relajara un poco.
Con su pulso acelerado no pude hacer nada porque yo estaba igual que él.
—Quiero comprometerme contigo. Aunque sea una locura —reí.
Su mirada se iluminó.
—Estoy cansada de esperar. ¿A qué? ¿A que sea el mejor momento? ¿El más apropiado? No quiero esperar más para ser feliz. Sí, claro que querré casarme contigo de aquí a un tiempo. Primero tenemos que ver si nos soportamos el tiempo suficiente —le dije con diversión.
—Lo sabremos con el tiempo, pero yo apuesto a que sí —me dijo con un guiño, agarrándome de la nuca.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque tenemos lo más importante: las ganas, el deseo y la ilusión.
Sonreí.
David me acercó a él y nos besamos. No fue un beso corto, ni rápido, ni desesperado, ni ansioso. Fue un beso lento, lleno de un cariño y un amor que me dejaron temblando entre sus brazos.
—Ahora, por favor, haz que esto se mueva —le pedí, sobre sus labios.
David rio y nos levantamos del suelo del ascensor. Una vez de pie, pulsó un botón, haciéndome un guiño, y comenzamos a movernos.
Solté un suspiro de alivio.
—¿Qué te apetece hacer? —me preguntó.
Me rodeó los hombros con un brazo y le sonreí. Todavía me parecía tan irreal todo lo relacionado con él.
—Quiero pasar el día contigo, antes de que piense que me he vuelto loca y me he imaginado lo de ser tu prometida.
David soltó una carcajada.
Salimos del ascensor en la primera planta y me dejé guiar por él.
—Deseo concedido.
—¿De verdad? —me sorprendí por la facilidad de que dejara el trabajo.
—Sí. Mañana tendré que apretar más, pero hoy soy todo tuyo.
—Eso suena muy bien.
—Vamos a mi despacho, recojo, cojo algunas cosas para casa, y ya podemos irnos.
Sonreí de oreja a oreja, cuando me dio un beso en la sien, sin dejar de caminar. Tampoco se apartó de mí cuando nos cruzamos con algunos de sus empleados.
Levanté la cabeza para mirar su perfil. Era tan perfecto, incluso con sus imperfecciones, y este hombre quería compartir su vida conmigo.
Apoyé la cabeza en su cuerpo y cerré los ojos. Pensé en la chica que veía desde lejos e ilusionada, en el club de pádel, a un hombre que la hacía suspirar con solo su presencia.
A esa chica le dije: Lo has conseguido .