Ese CEO es mi tentación Epílogo
100%

Epílogo

David

Doce años más tarde…

Aparto la mirada de la pantalla del portátil, para dirigirla hacia la cristalera.

Sonrío al escuchar los gritos y me levanto de la silla en la que llevo varias horas sentado.

Son gritos buenos, gritos llenos de felicidad y de alegría.

Camino hacia la cristalera, para pararme frente a ella, y con las manos en los bolsillos del pantalón, observo con una sonrisa a mis hijos correr de un lado al otro, siguiendo a los demás niños de la familia.

Nuestros hijos, de Lucía y míos, se llaman Alba y Mateo. Alba tiene ocho años y Mateo cuatro.

Hoy es un día como otro cualquier en el que nos reunimos la familia y los amigos. Si acaso celebramos la vida y la unión.

Mi mujer camina por el jardín con su prima Sandra, mientras hablan. Sandra está embarazada de siete meses y necesita moverse, porque el calor que hace la tiene muy hinchada.

Mi sonrisa se amplía al ver la felicidad de Lucía.

Parece mentira cómo ha pasado el tiempo y lo que nos ha regalado la vida, a pesar de que no ha sido todo un camino de rosas. También hemos encontrado algún bache que otro. Lo normal.

Vivimos en la que era mi casa cuando mi mujer y yo comenzamos nuestra historia. Elegimos esta vivienda porque superaba bastante en tamaño a la casa de Lucía y porque, aunque la zona de ella era tranquila, esta lo era mucho más y teníamos un parque inmenso muy cerca.

Lucía vendió su casa, después de un tiempo pensando qué hacer.

Mi mujer es la dueña, la jefa y la directora ejecutiva de la empresa que fue de su padre. Cuando Alejandro se jubiló, dejó al cargo a su hija. De eso ya hace unos siete años. Mi suegro no es mayor, pero quiso coger la jubilación anticipada, para disfrutar más tiempo junto a su mujer.

De manera que Lucía está al frente de su propia empresa y tiene como mano derecha y persona de confianza a Fran. Yo también continúo llevando la mía. Y ambas empresas siguen colaborando juntas en según qué proyectos.

Lucía y yo llevamos a cabo lo del compromiso, esa idea loca que saqué de repente en el ascensor de mi empresa y que nos llevó a vivir la historia más bonita y especial que jamás hubiéramos imaginado. Nuestro destino a corto plazo quiso que nos casáramos dos años después de irnos a vivir juntos.

Hicimos una boda íntima, solo con las personas más cercanas a nosotros. Por supuesto, Julia y Mariana, las primas lejanas de Lucía, Sandra, Carlos, Oliver y Juanjo, no asistieron. Los demás que he nombrado sí nos acompañaron en un día tan especial.

El tiempo no había calmado los ánimos, pero es que con esas dos mujeres es muy complicado que suceda. A la boda de Carlos tampoco asistieron. Oliver y Juanjo siguen solteros.

La mirada se me va hacia Alejandro y Javier, mi suegro y el padre de Sandra, el tío de mi mujer. Son los encargados de la barbacoa, yo en breve saldré para unirme a todos.

Una urgencia de última hora me ha tenido encerrado en el despacho de casa, pero ya lo he solucionado.

Mi suegra y Claudia, la madre de Sandra, están sentadas a la mesa que se encuentra a la sombra de un gran árbol. Hablan y ríen, mientras que de vez en cuando atienden a sus nietos o a cualquier otro niño que también consideran familia, aunque no lo sea de sangre.

Sonrío al ver a Ismael, uno de mis mejores amigos, correr hasta su mujer embarazadísima. El matrimonio sigue igual de feliz que siempre. Vega, que así se llama la bebé que en unos meses conoceremos, no será la primera hija de Sandra e Ismael. También tienen a Iris, de siete años.

Mi amigo Cristian debe estar por algún lado del jardín de mi casa, o tal vez en la cocina, ayudando a su mujer Cata.

Sí, la pareja al final dejó de jugar al gato y al ratón y se pararon en el mismo punto.

Los demás llegamos a pensar que no sucedería, ya que Cata estuvo conociendo a otro hombre, Juan.

No llegaron a nada, lo máximo que se dieron fue un pico, pero la alerta saltó para Cristian.

Esa información animó a mi amigo y lo llevó a centrarse en lo que realmente quería.

Consiguió que Cata hiciera lo mismo, después de demostrarle de varias formas que estaban hechos el uno para el otro.

Y lo más importante, que se querían, pero no solo para un rato.

Se casaron cuatro años atrás y tienen tres hijos, Miguel, Leo y Miriam.

Por otro lado, está Roberto, el amigo camarero del bar del club de pádel.

Él continúa trabajando allí, ya que, Marga, que es la cocinera del bar, pero también la jefa, no quiere prescindir de él de ninguna manera.

Roberto ya no es camarero, hace años que pasó a ser el encargado.

Forma parte de nuestro grupo de amigos, nuestra familia, junto a su mujer Carolina. Tienen una hija, María.

Rita se une a mi mujer, a Sandra y a Ismael, para caminar por el jardín.

Cata y Rita siguen yendo a jugar a pádel, igual que yo.

La única diferencia es que desde hace años tengo una compañera fija.

Sí, Lucía ya no va solo a lucir modelito deportivo, sino que le hace uso jugando.

Aprendió. La enseñé, aunque no me lo puso nada fácil.

Damián, el marido de Rita, debe estar cerca de la barbacoa.

El matrimonio funciona genial. Por suerte, Damián supo poner a su madre en su sitio y darle el lugar que le pertenecía a esa mujer.

Su madre, Beatriz, cada vez viene menos a la ciudad y cuando viaja se queda en la casa de su amiga y el encuentro con su hijo y la familia de él se limita a una vez, o dos, como máximo.

Carlos, el primo de mi mujer y de Sandra, Oliver y Juanjo, encontró el amor en Verónica, una chica que desde el primer momento lo volvió loco, en muchos sentidos. Están casados y tienen un hijo, Mario.

Voy hacia la mesa y apago el portátil, para salir del despacho y no acordarme de él en casa, en una larga temporada.

Recorro el interior de mi casa, paso por la cocina que me encuentro vacía y cojo un botellín de cerveza bien frío.

Bebiendo de él salgo al porche y voy saludando a todos los que me encuentro, aunque ya los saludé cuando llegaron.

Piso la hierba y me dirijo hacia el grupo que sigue caminando. Lucía, en cuanto me ve, sonríe de oreja a oreja.

Lo que daría por ver esa sonrisa y su expresión de alegría durante el resto de mi vida.

Es todo lo que necesito para ser feliz, que ella lo sea. Al igual que nuestros hijos, amigos y familia.

—Hola —me susurra sobre los labios.

Al llegar hasta ella, no he podido contenerme para agarrarla de la cintura e inclinarme para besarla.

—Hola.

—¿Ya has terminado? —me pregunta, acariciándome el pelo.

—Sí. Soy todo tuyo.

—Eh, cuidado con lo que decís que hay menores delante —nos dice Sandra.

—¿Dónde? —pregunto, con una ceja arqueada.

—Aquí —contesta, acariciándose la barriga—. Vega lo oye todo

Ismael y yo reímos, pero enseguida nos callamos, por cómo nos mira Sandra.

—Es verdad —nos dice indignada.

—Amor, no te enfades, que eso también lo siente nuestra pequeña —le pidió Ismael.

Se acercó a ella y la abrazó.

—Ya sabemos que escucha, pero nos ha hecho gracia. Solo eso. ¿Vale?

—Vale —dijo con un puchero—. Estoy muy sensible —suspiró.

—Lo normal, prima.

Ambas se sonríen y volvemos a caminar, como si no hubiera pasado nada.

La familia aumenta y con ella nuestras ilusiones y amor.