Ese CEO es mi tentación Capítulo 32
91%

Capítulo 32

Y de nuevo, era él el que me incitaba, pero era yo la que me dejaba llevar y actuaba.

Sin soltar la camiseta, lo agarré de la nuca y pasé una pierna por encima de las suyas.

Me quedé a horcajadas encima de él.

David retiró la camiseta y me agarró del trasero. Primero por encima de la braga, después, por debajo, cuando coló las manos y me agarró directamente de la carne.

Me mordí el labio inferior cuando el bulto de su erección dio en el punto exacto entre mis piernas abiertas.

Le rodeé el cuello con las manos y él me pegó más a su cuerpo, por el trasero.

—No te imaginas cuántos puñeteros días he pensado en esto y lo he soñado —dijo con voz ronca.

—Yo también —susurré sobre sus labios.

Me estremecí cuando una de sus manos cubrió mi sexo con la palma. Cerré los ojos unos segundos, deseando y esperando mucho más.

Abrí los ojos cuando sus dedos se movieron por encima de la tela de la braga, arriba y abajo, una y otra vez, empapándomela con mi excitación.

Enseguida me tuvo jadeando y todavía sin profundizar.

Le mordí el labio inferior y él me devolvió el mordisco, haciéndome gemir, al acelerar al mismo tiempo el movimiento de sus dedos en mi intimidad.

Comencé a mover la cadera, desesperada por encontrar más fricción que me diera más placer.

Gemí con fuerza, agarrándome a su cuello, cuando apartó la goma de la braga y deslizó del todo la tela hacia un lado.

Abrió sus piernas, consiguiendo que las mías se extendieran más a sus lados. Dejó mi sexo a su merced y lo utilizó muy bien.

David me besó para acallar mis sonidos de placer cuando me apresó el clítoris entre varios dedos y me torturó de una manera deliciosa.

Mi desesperación aumentó, de la misma manera que moví la cadera. Sus manos y dedos recorrieron todo mi sexo. Estaban por todas partes, enloqueciéndome, hasta en la entrada trasera.

En ese punto me tensé, haciendo más fuerza alrededor de su cuello, pero solo tanteó la zona. Cuando se alejó de ahí, tuve una mezcla rara de desilusión y tranquilidad.

La primera embestida de varios de sus dedos me supo a gloria, pero enseguida fue insuficiente.

—Más… —jadeé—. Te necesito —le pedí.

No me dio vergüenza sonar como que suplicaba, con tal de conseguir lo que tanto necesitaba.

Terminó de besarme, succionándome los labios, para sacarme la camiseta de un tirón fuerte hacia arriba.

Me quedé casi desnuda, con los pechos al aire y la braga enrollada. Poco ocultaba a estas alturas y quería que ocultaran menos.

Por eso me moví rápido, antes de que él pudiera atraparme.

Me levanté, mientras los ojos ardientes de David seguían todos mis movimientos, centrado en mis pechos y mi sexo.

Me quité la braga tan rápido como pude, quedándome completamente desnuda frente a él.

No me preocupó mi desnudez. Mi porche no era visible para ningún vecino, estaba libre de miradas, por lo que tenía plena libertad de hacer o estar como me diera la gana.

David colocó una mano sobre su bragueta y se la apretó. Me pareció muy sexi, y es que en él todo lo era.

Cuando toqué con el trasero el borde de la mesa, me impulsé para quedarme sentada en el filo.

Ahí, frente a él, abrí las piernas todo lo que pude hacia los lados, exponiendo mi intimidad a sus ojos.

—Eres un puto espectáculo —habló con la voz rasposa.

—No más que tú. Enséñame lo que tienes para mí —Jadeé, cuando mis dedos subieron y bajaron por mi sexo.

—Mierda —susurró, sin poder apartar los ojos de lo que me hacía a mí misma.

—Date prisa —le pedí—. Te quiero a ti aquí.

Mientras lo decía, metí varios dedos en mi interior. Gemí cerrando los ojos. Estaba muy excitada.

David se quitó la camiseta de varios tirones y lo mismo hizo con las bermudas y el bóxer.

Disfruté viendo cómo se desnudaba para mí, pero, sobre todo, viéndolo desnudo delante.

Cogió las bermudas y de uno de los bolsillos sacó una tira de sobrecitos de condones.

—He llegado preparado de casa, para venir aquí —me dijo, antes de rasgar uno—. Sigue tocándote —me exigió—. No quiero dejar de ver tus dedos resbalando por tu sexo.

Jadeé, con los ojos entrecerrados, mientras hacía encantada lo que me había pedido. Me mordí el labio con fuerza.

David se puso a la carrera el condón.

—Y no los he echado porque tuviera claro lo que iba a suceder. No soy adivino, aunque estaba dispuesto a todo para llegar a este momento.

—¿Solo a este? —le pregunté.

Me ayudó a tumbarme de espalda, después de retirar la bandeja con los cuencos vacíos y los botellines. Cuando mi espalda tocó la fría superficie de la mesa, me agarró de un tobillo y lo llevó hacia su hombro, para dejarlo colgando de él.

Gemí cuando tiró de mis caderas, ayudado con la pierna que me mantuvo en alto. La punta de su miembro se deslizó por mis fluidos, varias veces, enloqueciéndome por la presión que ejercía.

—A este momento y a muchos más. Todos los que vengan, Lucía. Contigo lo quiero todo.

—Y yo quiero dártelo todo.

Me moví cuando la punta de su miembro pasaba justo por el sitio correcto. Impulsé la cadera y ambos jadeamos, cuando se introdujo unos centímetros dentro.

—Mierda —susurró.

Me agarró de la otra pierna y me la colocó como la otra. Me puse el pie sobre su hombro, apoyado en él. En esa postura me pidió que mantuviera las piernas y él me agarró con las manos de las nalgas, para separármelas.

Gemí cuando fue entrando muy despacio, tanto que fue una agonía.

—Abre un poco las piernas, manteniendo los talones en mis hombros. Quiero verte y sigue tocándome mientras te follo.

Sus palabras fueron mi perdición absoluta.

Hice lo que me pidió, abrí las rodillas un poco, dándome una buena visión de mi sexo cuando miró hacia abajo, y él se encargó de verlo mejor, cuando me apretó más las nalgas.

Pude notar lo que le provocaba verse dentro de mí, porque los últimos centímetros los entró de un empujón fuerte. Se quedó observando la unión de nuestros sexos y mis dedos moviéndose rápido, resbalando, sobre mi clítoris.

David se mantuvo llenándome, sin moverse, mientras mis jadeos y gemidos subían de nivel. Hasta que comencé a moverme inquieta en la mesa y él empezó a embestirme con tanta fuerza que me dejó sin respiración, hasta que me acostumbré.

Mis dedos volaron sobre mi clítoris, mientras mis pechos se balanceaban sin control, por cada embestida fuerte y profunda del miembro de David.

Sus gemidos, diciendo mi nombre, me parecieron lo más maravilloso que podía escuchar.

Me corrí con una intensidad que me cortó la respiración y después me hizo gritar. Y tanto que grité, no pude controlarme y tampoco quise.

Me importó una mierda que alguien pudiera escucharme.

David pareció no tener final, porque mi orgasmo fue como si recibiera una energía extra. Sus embestidas cobraron más fuerza y velocidad, dejándome por completo a su merced, mientras su mirada iba de mis pechos en movimiento a mi sexo, donde él se enterraba una y otra vez.

Hasta que se corrió. Se liberó con gemidos roncos.

Para cuando terminó de balancearse en mi interior, se quedó muy quieto, mirándome a la cara.

—Ha sido increíble —le dije.

Tuve la necesidad de que lo supiera, porque noté que me miraba preocupado. Cuando le vino el bajón, fue como si se diera cuenta de que se había dejado llevar demasiado, sin controlar, y temiera haberme hecho daño de alguna manera.

—Me he encantado. Me gusta que me vuelvas tan loca —añadí.

Poco a poco fue relajándose y donde antes había un gesto serio y preocupado, otro nuevo de satisfacción y relajación lo sustituyó.

David me bajó las piernas con cuidado, después de salir de mi interior muy despacio.

Se quitó el condón, le hizo un nudo para dejarlo en el suelo, y se inclinó hacia mí. Me agarró para cogerme, por lo que le rodeé la cintura con las piernas y enterré la nariz en la curva de su cuello.

Olía de maravilla.

Sin decirle nada, recorrió mi casa, después de dejar la corredera del salón cerrada.

Subió la escalera hacia mi habitación, la que encontró sin problema, y una vez dentro, me llevó a la cama.

A ninguno de los dos nos importó que fuera la hora de comer, ambos preferimos tumbarnos en mi cama, para abrazarnos y sentirnos. No hicieron falta palabras.

David me puso casi con todo el cuerpo encima del suyo y de esa manera, después de enredar nuestras piernas y apoyar mi mejilla en su pecho, me rodeó con los brazos, manteniéndome pegada a él.

—Cuando tengas hambre hacemos la comida —le dije, con la voz adormilada—. Porque te quedas a comer, ¿no?

—Claro que me quedo a comer. Y tranquila, cuando me entre hambre y necesite saciarme, te comeré enterita.

—Hablaba de comida —dije con una risilla, pero con todo mi cuerpo de acuerdo con sus palabras.

—Eso es lo que tú eres para mí, mi comida favorita. Y todavía no te he saboreado. Así que, vete preparando.

Fue lo último que escuché, antes de dormirme.