Ese CEO es mi tentación Capítulo 31
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Capítulo 31

Llevábamos un rato en silencio, pero no uno incómodo.

Para mi sorpresa, me sentía bien, a gusto y tranquila. Seguramente por ese silencio, porque una vez que David volviera a hablar, mis nervios se dispararían.

Por el momento lo tenía todo bajo control, hasta a mí misma.

Me comí una aceituna y cuando la mastiqué y tragué, me metí en la boca un trozo de fuet. Para terminar, para mantener el sabor de la aceituna, me comí otra al final.

—¿Dónde vives tú? —le pregunté.

Preferí adelantarme y sacar yo un tema de conversación, antes de que él se lanzara a hablarme de ciertas cosas.

—Me refiero a si es una casa, un piso, en el centro, a las afueras… No sé.

—Vivo en una casa, en una urbanización muy tranquila. Está bastante apartada de las zonas más activas.

—Suena genial.

—Aquí debes estar bien, también. No hay mucho movimiento por esta zona.

—Sí —sonreí—. Vivo muy tranquila y los vecinos son muy tranquilos. Nos llevamos muy bien entre todos, hay muy buen ambiente.

—Eso es muy bueno. —Asintió.

—Muy importante —dije.

—Estoy de acuerdo.

—¿Quieres otra cerveza? —le pregunté, al ver que se la había acabado.

—¿Tú?

—Sí.

—Puedo ir yo, si quieres.

—No hay problema —sonreí.

Se levantó y entró al salón, para ir a la cocina.

Lo seguí con la vista, hasta que me giré para mirar hacia el jardín, soltando un suspiro.

—Aquí tienes.

Cuando miré lo que me dejó a mi lado reí. No solo me había traído el botellín de cerveza, sino que también una lata de aceitunas.

Busqué su mirada, divertida y al mismo tiempo un poco emocionada, por el detalle.

—Gracias.

—No hay de qué. Yo también voy a comer —me dijo con un guiño.

Había abierto la lata para vaciar el líquido en la cocina, por lo que terminé de quitar la tapa y volqué la lata en el cuenco.

Las primeras me las comí rápido.

—¿Ya estás preparada para hablar de nosotros? ¿Estás tranquila?

Esperó a hacerme esas preguntas cuando ya había tragado. Por suerte, tuvo el detalle de esperar.

—¿Hay un nosotros? —le pregunté, bajando la voz.

—¿Hace falta que te lo aclare?

—Sí.

—Hay un nosotros, una historia que todavía no está acababa.

—David, yo…

—Espera. Escúchame antes. Lo que viste el sábado no tuvo importancia para mí, ninguna. Y tampoco lo quería o esperaba. Me pilló por sorpresa que Aurora se me echara encima para besarme. No lo vi venir porque no pensé que se atrevería o se tomaría tanta libertad.

—No fue la primera vez que te vi besarla.

Me arrepentí al instante, en cuanto lo dije.

—Yo…

—Lo sé.

—¿Cómo que lo sabes? —le pregunté, con los ojos abiertos al máximo—. No puedes saber que te vi la vez anterior porque por aquel entonces yo no existía para ti. No me veías.

—Te equivocas. Te veía tanto como tú a mí.

—¿Qué…?

Me dejó sin palabras.

—Voy a terminar con lo de Aurora y ahora sigo con lo otro.

Como te he dicho, me pilló de sorpresa y créeme, le dejé muy claro que ni se le ocurriera acercarse a mí de esa manera.

Sí, la besé con anterioridad, pero también corté con todo con ella, a los pocos días de aquella vez que viste.

No teníamos nada, solo un rollo. Así lo hablamos desde el principio y ambos aceptamos.

—¿La conociste en el club?

—No.

Cogió su botellín y sin apartar la mirada de la mía, volvió a hablar.

—Trabaja en mi empresa.

—Mira qué bien, todo queda en casa. —Bufé—. Eres su jefe.

—Lo soy, y nunca he tenido con ella más allá de unos besos y dos noches de sexo. Punto.

—No… no tienes que darme explicaciones.

—Sí, porque te molestó ver lo que viste el sábado. Te dolió.

—¿Cómo…? ¡No puedes afirmar algo así! —exclamé.

—Lo afirmo porque es verdad, ya que sé que no me equivoco. Al igual que te digo que a mí me jodió verte con Roberto, el camarero del bar.

—Es amigo.

—Lo sé, pero me jodió igual.

—¿Qué es esto? —susurré.

—La conversación que he venido a tener —habló con decisión—. Ya te he dicho lo de Aurora y que actuó por su cuenta. Para que lo sepas, desde la noche de la boda de tu prima e Ismael, después de lo que sucedió entre nosotros, no he estado con ninguna otra de esa manera.

No supe qué decir, con cada cosa que él decía, me dejaba con menos palabras y sin saber reaccionar.

Era imposible que reaccionara con todo lo que estaba oyendo, porque para mí era…

—¿Te acuerdas cuando el fotógrafo nos estaba colocando para hacernos la foto con los recién casados y te apartaste de mí? —Asentí, avergonzada—. Cuando tú me dijiste que no te gustaba el contacto físico, yo te dije que las veces que te había visto no me había parecido que te molestara.

—Y yo me sorprendí preguntándote cuándo me habías visto tú. Era la primera vez que hablábamos y nos veíamos.

—Ahora ya sabes que no es verdad, por lo que ahí tienes la respuesta.

No solo de cuándo te había visto, sino de cuántas veces.

Muchos sábados en los que tú lucías modelitos deportivos, con los que llamabas mucho la atención.

Por eso sabía que no tenías ni idea de jugar al pádel y que era Cata la que iba a jugar.

—Joder. ¿Me dejaste hacer el ridículo? —Agrandé los ojos.

—Solo quería saber hasta dónde ibas a llegar —dijo, con una sonrisa pícara.

—La madre que…

Solté una carcajada nerviosa. No, histérica.

—Tanto ocultarme, tanto disimular… para nada.

Negué con la cabeza.

—Lo siento, pero ni te ocultaba bien ni sabías disimular —me dijo con un guiño.

—Pues yo no te vi a ti ninguna vez mirarme. Pensaba que era invisible para ti.

—Porque yo sí sé disimular y controlo las situaciones —dijo riendo.

—Me has dejado…

Notaba la cara ardiendo.

—Entonces siempre has sabido que te observaba —le dije, para eliminar cualquier mínima duda.

—Sí —me confirmó—. Porque yo te observaba a ti.

—¿También sabías quién era mi padre? Lleváis cuatro años trabajando juntos.

—Te aseguro que no supe que erais padre e hija hasta la boda de Sandra, cuando os vi. Tampoco supe que me unía a Alejandro, tu padre, más de lo que podía imaginar fuera de los negocios. Me refiero a que es tío de Sandra e Ismael es uno de mis mejores amigos. Desde pequeños.

Hizo una pausa para beber cerveza y yo no perdí la oportunidad. Se me había quedado la garganta seca con tantas confesiones, verdades y vergüenzas.

No salía de mi asombro.

—Cuando te vi y te reconocí en la iglesia me llevé el primer impacto. Después, en el hotel donde se celebró la boda, fui uno detrás de otro.

—Joder.

—Esta es mi confesión. Ya no tengo nada que callar. ¿Y tú? ¿Vas a reconocer que yo era tu entretenimiento los sábados en el club?

—No tiene sentido que lo niegue —susurré.

—No. Pero me gustaría escucharlo de ti, de la misma manera que yo me he abierto a ti.

Respiré profundo.

—¿Por qué llevas días sin dormir bien, Lucía?

—No sé qué me está pasando, porque mi cuerpo se niega a dormir y después no puedo con él durante los días —suspiré—. No me da vergüenza decirte que me fui mal el sábado, después de ver a esa Aurora besarte.

—Ya te he dicho…

—Sí, pero en ese momento no tenía ni idea de nada.

Me encogí de hombros.

—Empezaste siendo una distracción, David.

Los sábados por la mañana se convirtieron en el momento de la semana más perfecto si te veía.

Me alegraba solo con verte pasar, o desde lejos.

Y si daba la casualidad de que podía verte jugar…

Y sí, y con todo eso y el tiempo que llevo yendo al club, no sé cómo se saca en el juego.

Puse los ojos en blanco, mientras que David reía.

—Pero esa distracción, esa ilusión del fin de semana, no sé cómo, porque no lo vi venir, pero se convirtió en algo más. Como una necesidad, como algo que tenía el poder de entristecerme si no coincidíamos, o de ponerme feliz, si sucedía lo contrario.

Bebí un buen trago de cerveza.

—Así que lo que comenzó como una tontería, entre risas y comentarios picantes con mis amigas, terminó siendo para mí algo muy importante. Por eso siempre he querido mantenerme lejos de ti, porque no me convenía, para no sufrir.

—Si lo hubiera sabido…

—No tiene sentido pensar en cómo habría sido todo si nos hubiéramos comportado de otra manera.

Negué con la cabeza.

—¿Sabes lo que significa todo esto, Lucía?

Su voz más ronca me erizó la piel.

—Que los dos nos gustamos —me atreví a responder.

—¿Qué más?

—Que lo que sucedió entre nosotros en la boda no fue casualidad. Que nos teníamos ganas desde hacía mucho tiempo.

—¿Qué crees que va a pasar ahora?

—¿Qué quieres que pase?

—Soy un caballero —dijo, con una sonrisa pícara—. Igual que te dejé elegir la noche de la boda, en el jardín, ahora tienes tú también la elección de lo que quieres que suceda. Tú decides.

Me lo quedé mirando por unos segundos. Tal vez fueron minutos.

Mi cuerpo tenía claro lo que quería y deseaba: a él.

Pero mi parte lógica me decía que iba a tener que trabajar con él, para sustituir a mi padre.

Que era mejor que dejara las cosas como estaban y que, después de tantas confesiones y liberaciones, hiciera las paces con mi pasado y me reconciliara con mi presente.

Al final hubo un claro vencedor.

Me levanté despacio del banco y me quedé de pie a su lado. Me subí un poco la camiseta, no necesité mucho para que se me viera el inicio de la braga.

La mirada de David se incendió, en cuanto la dirigió entre mis piernas.