Capítulo 30
Lucía
Abrí la nevera para sacar un botellín de cerveza, para acompañar a las patatas chips, a las aceitunas y al fuet que había partido en rodajas.
No era la mejor hora para comer eso, pasaban unos minutos de la una de la tarde, por lo que dentro de poco tocaba preparar la comida y seguramente no tendría hambre.
Pero me había apetecido y me lo acababa de preparar, ya está. Iba a disfrutarlo en el porche que daba al jardín lateral de la casa.
Se estaba genial, porque en esa parte daba la sombra.
Hacía un poco más de media hora que me había despertado en el sofá, desde que me eché al llegar del trabajo.
Había dormido de lujo, mejor que en muchos días. Sin contar los que no habían conseguido dormir nada.
Habría seguido durmiendo, ya que no me puse una alarma en el móvil, pero varios bocinazos en la calle, seguidos por muchos gritos y voces fuertes, me despertaron de golpe.
En un instante se armó un revuelo muy cerca de mi casa. Me activé enseguida, levantándome casi de un salto del sofá, al pensar que había pasado algo grave. Y hubiera sido de esa manera, pero, por suerte, no tuvimos que lamentar nada.
Al hijo pequeño de unos vecinos se le fue una pelota a la carretera y el pequeño no se lo pensó para salir corriendo detrás.
Había que dar gracias al hombre que circulaba en ese momento por la carretera, a él y a sus reflejos, porque consiguió esquivar la pelota y al niño que salieron de golpe de entre varios coches aparcados.
El susto y el impacto duraron unos minutos, hasta que poco a poco la calle volvió a despejarse y la calma regresó. Pero para mí se acabó el dormir.
Bebí un sorbo de cerveza y dejé el botellín en la bandeja, junto a los cuencos con el pequeño picoteo que había preparado.
Cogí la bandeja y fui hacia el salón, para recorrerlo hasta la corredera que daba al porche. Al llegar a él coloqué la bandeja en la mesa ovalada y cuando estaba a punto de sentarme en el asiento mullido del banco que estaba entre la mesa y la corredera, sonó el timbre.
Miré hacia la puerta de la casa, extrañada. No esperaba a nadie, ya que el único que sabía que estaba aquí a esta hora era mi padre. Bueno, también David, pero él no contaba.
Ni a mi madre, ni a Cata, ni a Sandra les había dicho nada.
Fui a abrir, para ver quién era, y la sorpresa que me llevé al descubrir quién estaba al otro lado de la puerta, me dejó conteniendo la respiración y agarrando con fuerza el pomo y el marco de la puerta. A este último tuve que agarrarme.
—David… —susurré.
—Hola, Lucía —me saludó, como si nada.
—¿Qué…?
Miré hacia todos lados, esperando que en cualquier momento apareciera con él mi prima o incluso mi padre.
No sucedió nada de eso. David estaba solo.
Cuando volví a mirarlo a la cara me puse muy nerviosa, al darme cuenta de cómo estaba mirándome, recorriendo mi cuerpo con la vista.
Llevaba la camiseta ancha que me tapaba lo justo el trasero, la que me puse al llegar y cambiarme de ropa. No había pensado en ese detalle al ir a abrir la puerta. No me había acordado de cómo iba vestida.
Cuando pasó lo del casi atropello que me despertó, me puse un pantalón corto y las zapatillas, para salir con los vecinos, pero al volver al interior de mi casa me liberé de todo lo que me sobraba para estar más cómoda.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo sabes dónde vivo? —le pregunté.
Me esforcé para que mi voz saliera natural.
David levantó la mirada hacia la mía.
—Perdona por molestarte. He venido a hablar contigo y ha sido tu padre el que me ha dicho dónde tenía que venir.
Agrandé los ojos.
—Mi padre… —repetí, más sorprendida aún.
—Sí. ¿Puedo pasar?
—Pero… No voy a hablar contigo de trabajo. No estoy en la empresa.
—No estoy aquí para eso.
Se metió las manos en los bolsillos de las bermudas y lo miré con más atención que nunca. Y eso ya era mucho decir, porque siempre lo había mirado de una forma única y especial, y sin ninguna prisa.
No se lo dije con palabras, pero di varios pasos hacia atrás y me llevé la puerta conmigo.
Lo dejé entrar preguntándome si me había vuelto loca de remate. ¡Qué David estaba en mi casa! Y por si no fuera poco eso, con la puerta cerrada por mí.
—¿Te molesto? —me preguntó, mirando el salón—. Espero no haberte despertado. —Observó el sofá—. Tu padre me dijo que estabas descansando.
—Eh. Sí, he dormido y me ha sentado genial. Lo necesitaba.
—Se te notaba —me confirmó.
Noté un calor intenso en las mejillas.
—No me has despertado, hace un rato que estoy en pie —le dije.
Asintió.
—Has dicho que has venido a hablar conmigo, pero si no es de trabajo…
—Creo que nos debemos una conversación centrada en nosotros. ¿No te parece? No quiero retrasarlo más, Lucía. Necesito aclarar las cosas.
—¿Qué cosas?
Mi voz salió más débil de lo que pretendía.
—Nuestras cosas. Todo lo que ha pasado entre nosotros.
En realidad, no tenía que pensar en si quería tener esa conversación, porque sí, yo también la necesitaba para cerrar una etapa de mi vida. una importante para mí.
Pero el asunto era… ¿Yo estaba preparada para tener esa conversación y asumir las consecuencias? ¿Podía soportar tener a David tan cerca y en mi propia casa?
Tenerlo aquí era un gran problema, porque este territorio era solo mío y a partir de este momento, tendría un recuerdo de él en el salón de mi casa y seguramente en el porche, ya que…
—¿Quieres una cerveza? —le pregunté—. Me has pillado a punto de tomarme una con un picoteo.
Señalé hacia el porche, para que viera lo que tenía sobre la mesa.
—Me apunto —contestó.
Sonreí y después de decirle que podía esperarme en el porche, me fui sola a la cocina.
Me paré en la puerta, para mirar a David por encima del hombro. Él no me vio, me daba la espalda mientras caminaba hacia el porche.
Por más que lo veía en mi casa no terminaba de creerme que estuviera aquí.
Las bermudas y la camiseta de manga corta que llevaba puestas le quedaban de maravilla. Demasiado bien.
Vestido así costaba imaginarlo con un traje de chaqueta puesto. Y cuando iba con la ropa de deporte, en el club de pádel, todavía más.
Pero daba igual cómo fuera vestido, de todas las formas cortaba la respiración durante los primeros segundos y te dejaba atontada el resto del tiempo que estabas en su presencia.
Cuando salió al porche, antes de que se sentara y pudiera mirar hacia mí, desaparecí de su vista en la cocina.
Fui hasta la nevera, saqué su botellín, lo abrí y cogí dos pinchos de metal con la punta decorativa, para coger las olivas y el fuet.
Para mí sola no había sacado uno, ya que me daba igual cogerlo todo con los dedos. Pero estando David aquí no dudé en sacarlos.
Con el botellín, los pinchos y las servilletas, fui a encontrarme con él en el porche.
—Tienes una casa muy bonita —me dijo, mientras lo dejaba todo en la mesa.
—Gracias.
Le dejé el botellín delante y coloqué los pinchos sobre una servilleta, antes de sentarme en el banco con las piernas subidas y flexionadas.
Tenía cerca a David, ya que había elegido sentarse en la silla más próxima al final del banco.
—Era lo que necesitaba —comentó, después de darle un sorbo a la cerveza.
—Me alegro —le sonreí.
Lo imité. Bebí un sorbo y después me comí una patata chip y una aceituna rellena. Las últimas eran mi perdición.
Si no tenía comida en la despensa, pero sí latas o botes de aceitunas, de las que fueran, siempre que fuesen verdes, yo no necesitaba nada más. Era la persona más feliz del mundo rodeada de aceitunas y podía subsistir a base de ellas.
—¿Qué? —le pregunté a David, después de tragar.
Estaba observándome con una sonrisa ladeada.
—Es curioso. Te ha cambiado la cara en cuanto te has metido en la boca la aceituna.
Reí.
—Es que me encantan. Son mi debilidad.
—Se ha notado —comentó, negando mientras sonreía.
Me hizo un guiño cuando él también cogió una aceituna y se la llevó a la boca.
—Gracias por esto, Lucía.
—No es nada. Además, con nuestro historial ya podemos considerarnos amigos. ¿No?
Al decirlo las palabras se me atragantaron por dentro, pero no lo mostré.
—No y sí.
—¿Eso qué significa? —pregunté en un susurro.
—Que no quiero ser tu amigo, como tal. No lo pretendo, pero para lo que sí pretendo, la amistad va vinculada.
—¿Tienes muchos estudios?
Mi pregunta lo sorprendió. O tal vez fue el giro que le di a la conversación.
—Tengo unos cuantos títulos, sí. De la universidad y de varios másteres. ¿Por qué?
—Porque ya imaginaba que eras listo, ya que una empresa como la tuya no la puede crear y dirigir cualquier persona —suspiré—. Pero para todo lo listo que eres, y todos los estudios que tienes, te explicas fatal.
Bufé.
—Amigos no. Pero luego amigos sí, porque va unido a yo qué sé… También puede ser que no sepas lo que quieres, aunque con tus años ya deberías haber madurado.
David soltó una fuerte carcajada y yo oculté mi sonrisa con los labios apoyados en el botellín.