Capítulo 29
—Primero de todo quiero hablarte de la empresa con la que llevo unos años trabajando. Ni a Cristian ni a ti os he dicho el nombre, cada vez que ha salido el tema. Tampoco he querido profundar en ello, ya que evito hablar de todo lo relacionado con el trabajo, para no aburriros.
—¿Qué pasa? ¿Va todo bien con esa empresa? Vienes de allí, ¿no?
—Sí, y en los negocios todo va estupendamente. Estamos muy contentos con los resultados que estamos obteniendo, pero ahora más que al principio es cuando hay que volcarse más, para afianzar los resultados.
—Pues suena bien.
—Así es. Lo que quería contarte es quién es el dueño de esa empresa.
—¿Por qué? ¿Es que lo conozco?
—Lo conoces muy bien.
Frunció el ceño, pensativo.
—No sé. Ahora mismo estoy en blanco.
—El dueño de la empresa es Alejandro, el tío de Sandra, tu mujer, y el padre de Lucía.
—Joder. ¿En serio? —preguntó sorprendido.
—Sí —le confirmé.
—Alejandro tampoco ha comentado nada nunca.
—Porque ninguno de los dos sabíamos que teníamos a personas en común.
—No fastidies. ¿No sabíais quiénes erais?
—Más allá de los negocios no. Imagínate la sorpresa que me llevé cuando lo vi en la boda y al saber que tenía un papel importante. Entonces comencé a relacionar cosas y una me llevó a la otra, hasta que ubiqué a Alejandro, antes de enterarme bien qué papel ocupaba en tu familia.
—Qué casualidad —dijo, pensativo.
—Sí. Casualidad como la que me guste la hija del hombre con el que llevo trabajando desde hace cuatro años. La misma con la que me besé e hice algo más, la noche de tu boda.
—Un momento.
Mientras mi amigo agrandaba los ojos yo me llevé la taza a los labios, para darle un sorbo al café.
—No me jodas. ¿Lucía y tú os liasteis en la boda? Estoy alucinando.
—Sí.
—¿Y por qué estoy enterándome ahora?
—Porque he querido esperar para contarlo. Cristian tampoco lo sabe. Bueno, durante la boda él sí que se dio cuenta de que me gustaba Lucía, pero nada más. Cuando nos liamos Cristian había desaparecido con Cata. También la conoces muy bien, y cuando volvimos a vernos no le dije nada. Eso quedó ahí.
—Qué escondido lo has tenido.
Negó con la cabeza.
—No ha sido intencionado. Me refiero a que al principio solo quise esperar y después, pareció que ya no tenía sentido hablar de ello. Todo quedó en pausa, llegó el verano y todo fue pasando con calma.
—Vaya, qué fuerte.
—Quería decírtelo porque he decidido que se acabó la espera.
—¿Eso qué significa? —me preguntó con curiosidad.
—Significa que cuando me despida de ti y haga un poco de tiempo, iré a la casa de Lucía, para arreglar la tensión y lo demás que hay entre nosotros.
Sonrió de medio lado.
—Joder, tío. ¿Y eso no te dará problemas con el trabajo? Alejandro es un buen tío, razonable y con el que se puede hablar sin problema, pero Lucía es su hija y al mezclar lo personal con el trabajo…
—Ha sido Alejandro el que me ha dado la dirección de Lucía.
Ismael soltó una carcajada.
—Esta mañana ella me ha encontrado en el despacho de su padre. Lógicamente, se ha sorprendido, porque no esperaba que yo estuviera allí y ni mucho menos que la empresa de su padre y la mía llevaran tiempo trabajando juntas con un mismo objetivo.
—¿Y cómo ha ido?
—Muy tenso.
—Me lo imagino. —Negó con la cabeza.
—Sobre todo, cuando su padre le ha dicho que a partir de ahora será ella la que tendrá que trabajar conmigo, porque él tiene que comenzar a atender otro negocio.
—No jodas. Si es que estoy imaginando a Luci.
Apretó los labios.
—Pues creo que te sorprenderías.
—¿Qué quieres decir?
Frunció el ceño.
—Que no está bien.
Las arrugas de su gesto se marcaron más.
—¿Cómo qué no?
—Lleva varias noches sin dormir. Su padre la ha mandado a su casa a descansar. Debido a ello se la veía cansada.
—¿Y por qué no duerme? No lo entiendo.
—Eso es más difícil y requiere más tiempo —comenté, pensativo.
Le expliqué lo que pensaba que le ocurría. Estaba seguro con un alto porcentaje de acierto, convencido de que no me equivocaba.
Fui contándoselo poco a poco a Ismael, mientras nos tomábamos los cafés. Mi amigo fue sorprendiéndose por momentos, pero me escuchó atento, sin interrumpirme.
—Eso es todo. No tengo nada más que contarte —le dije, al terminar.
—¿Te parece poco? —me preguntó con diversión.
Después soltó una carcajada que me hizo sonreír de medio lado.
—Gracias por contármelo.
—Lo hubiera hecho mucho antes, pero bueno, las cosas se han dado de esta manera. La verdad es que yo tampoco quise darle importancia, fue haciéndose más grande sin que me diera cuenta.
—Ya te digo. ¿Y cuál es tu plan cuando vayas a su casa? ¿Qué le dirás cuando te abra la puerta? —sonrió con picardía.
—¿Es necesario hablar? Conozco otros métodos muy buenos para llegar a acuerdos y para aclarar las cosas.
Ismael soltó una carcajada y yo tapé mi sonrisa con la taza del café.
—Vais a ir fuerte.
—Voy a ir a por todas. Sí —le confirmé.
—Tengo que hacerme a la idea.
—Eres rápido, lo conseguirás antes de lo que te imaginas.
—Joder, tío, con la prima de Sandra.
—Sé lo que la quieres y lo que significa para vosotros. La unión que tienen las primas.
—Sí —sonrió—. Por eso, como le hagas daño intencionadamente, te quedarás sin huevos.
Solté una carcajada.
—Contaba con ello desde el principio —le dije con un guiño.
—David.
—¿Qué?
—Que seremos más familia de lo que ya lo somos. Nos unirá algo más.
—¿Y eso te emociona? Porque para mí más unidos no podemos estar.
—Mierda, sí. Claro que me emociona —rio—. Es verdad lo que dices, pero no me digas que no te haría ilusión que, en cierta manera, fuésemos primos.
—Estaría bien, la verdad —le confirme.
—Pues venga. Vamos a terminar aquí y te largas a la casa de Lucía.
Reí.
—No hace falta que corra tanto, todavía no voy a ir.
—¿Por qué?
—Porque cuando me iba del despacho de Alejandro, me ha dicho que su hija acababa de echarse en el sofá a descansar. No voy a despertarla, al menos no hasta que lleve un buen rato descansando.
—¿Y qué vas a hacer cuando me dejes? No creo que estés muy centrado para trabajar.
—He pensado en irme a casa, para quitarme el traje, darme una ducha rápida y ponerme ropa más cómoda y fresca.
—Bien pensado. No puedes pasearte en traje con el calor que hace. No sé cómo puedes aguantar.
Bufó.
—Creo que he llegado a acostumbrarme tanto a llevarlo que no lo noto por momentos.
—Ese es tu superpoder —rio.
—Ya ves tú —sonreí de medio lado.
Hablando del trabajo de Ismael, esperé a que él se terminara su café con leche. Mi café solo hacía rato que me lo bebí.
Cuando mi amigo acabó, pagué la cuenta y volvimos caminando hacia su empresa.
Nos despedimos en la acera, cerca de la entrada.
—Que vaya bien, tío. En cuanto puedas dime cómo ha ido, ¿vale? —me pidió—. Para quedarme tranquilo. No esperaré a ninguna hora, pero sí a saber de ti antes de irme a dormir.
—Cuenta con ello.
Nos dimos un fuerte abrazo y nos separamos, para ir cada uno hacia un lado.
De nuevo en el coche montado, tomé la dirección de mi casa, para hacer lo que le había dicho a Ismael.
Estaba deseando desprenderme del traje.
Fue lo primero que comencé a hacer nada más entrar en casa. Me quité la chaqueta del traje mientras recorría el salón y cuando llegué a mi habitación ya no llevaba tampoco la camisa.
Dejé la ropa en el respaldo de una silla, donde también puse el pantalón y todo lo demás que me quité, hasta quedarme desnudo.
Fui al baño a darme una ducha rápida que me sentó de maravilla y con el cuerpo todavía mojado, me dirigí al vestidor con una toalla enrollada en la cintura.
Elegí vestirme informal y fresco. Cogí unas bermudas y una camiseta, más unas zapatillas casuales para este tiempo.
Cuando estuve arreglado, comprobé la hora que era, y decidí hacer un poco más de tiempo. Hice una llamada a la empresa, para asegurarme de que todo estaba bien, y después me centré en enviar varios correos electrónicos.
Lo último fue pedirle a mi secretaria que anulara todas las reuniones del día siguiente y que las trasladara a otros días en mi agenda. Después de decirle que me pasara la planificación cuando terminara, me olvidé del trabajo y me dispuse a arreglar mi vida personal.
Ya iba tocando que me diera prioridad a mí, antes que a la empresa y a los negocios.
Una hora después salí de casa montado de nuevo en mi coche, con una dirección clara a la que ir. No me hizo falta mirar la hoja que me había dado Alejandro, recordaba perfectamente a la calle que debía ir.
Me dirigí hacia allí y en cuestión de un poco más de un cuarto de hora estaba apagando el motor, a unos metros de distancia de la casa de Lucía.
Era una vivienda de dos plantas, con un camino para llegar a pie a la entrada de la casa. Camino que partía en dos el pequeño jardín que había a cada lado.
Quité la llave del contacto, sin dejar de observar la zona, y me bajé del coche, para caminar con calma hacia la puerta de la casa de Lucía.
Era un hombre de decisiones firmes, que no titubeaba cuando quería algo. Y sí, también había tenido claro durante el transcurso de mi vida todo lo que había querido y lo que no.
No dudaba. Poquísimas cosas me echaban para atrás. Cuando me marcaba un objetivo no había nada ni nadie que me disuadiera para que me apartara de él…
Y aquí estaba de repente, sorprendido conmigo mismo, mientras mantenía la mano levantada y un dedo casi rozando el timbre de la casa de Lucía.
Por primera vez en mi vida vacilé en tomar una decisión, en si pulsar el timbre ya, o esperar un poco más. A saber, para qué.