Capítulo 28
David
Minutos antes. Después de salir Lucía del despacho de su padre…
—¿Qué ha sido eso? —me preguntó Alejandro.
—¿A qué te refieres exactamente? —le devolví la pregunta, mostrándome muy tranquilo.
No lo estaba. Me había alterado no ver a Lucía bien. Se había notado demasiado el cambio desde que la vi el sábado en el club.
—A mi hija. Se ha puesto nerviosa al verte aquí.
Frunció ligeramente el ceño, pensando en ello.
—Tu hija y yo tenemos una breve historia —le confesé.
—¿Qué quieres decir? —me preguntó sorprendido.
—Hemos tenido algo y ese algo todavía está ahí —le aclaré—. Tú mismo lo has visto.
—No tenía ni idea. ¿Cuándo?
—El día de la boda, aunque hay más.
—Joder.
—Todo está bien, Alejandro. Lo único que necesito es un poco de tiempo para poner las cosas en su sitio.
—¿Estás seguro? Lucía no parecía muy contenta de verte y te puedo asegurar que no es de perdonar fácilmente. Por no decir que, si no es una persona cercana a ella, los demás le dan igual y los elimina de su vida, si le dan motivos de peso.
—Tranquilo. No voy a permitir que me aparte.
—Pareces muy convencido. —Arqueó una ceja.
—Porque lo estoy. Solo necesitamos tener una conversación seria y a partir de ahí…
—Vale, no me des muchos detalles —me interrumpió—. Prefiero verte aparecer de la mano de mi hija, que pongas imágenes en mi cabeza. Es mi única hija, mi pequeña. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —le hablé con diversión.
—Está bien —suspiró—. Joder… ¿Por qué no me avisaste antes? Podría haber enfocado vuestro encuentro de otra manera.
—Porque quería que se diera de manera natural. No pasa nada y has hecho bien en enviarla a su casa. De la que, por cierto, necesito la dirección.
Elevó las cejas.
—¿Quieres que arregle las cosas o no?
—Nada de detalles, ¿recuerdas?
Apreté los labios y asentí.
Sacó una libreta pequeña, de la que arrancó una hoja. En ella escribió y cuando terminó, deslizó la hoja por la mesa, hacia mí.
—Ahí tienes la dirección —me dijo, sin apartar los dedos de la hoja—.
Estoy confiando en ti porque os conocéis, por lo poco que me has contado y porque te conozco de bastante tiempo y sé cómo eres.
No hagas que me arrepienta de darte la dirección de mi hija, porque te prometo que, si la utilizas para mal, no tendrás país en el que esconderte.
No dudé de su amenaza.
—Lo último que quiero es hacerle daño a tu hija —le dejé claro.
—Pues algo me dice que tú tienes mucho que ver con la cara de agotamiento que tiene y las noches que lleva sin dormir.
—Puede ser —admití.
—Ya me estoy arrepiento.
Negó con la cabeza.
Cogí la hoja de la mesa, sonriendo de medio lado, y leí rápido la dirección. No necesité más. En mi cabeza hice la ruta más rápida para llegar.
—No tienes por qué arrepentirte. Te lo aseguro. Entre nosotros solo hay falta de comunicación, algo que no retrasaré por mucho más tiempo.
Alejandro se quedó mirándome fijamente, pensativo.
—Sabes que te admiro y te respeto, David. Solo porque confío en ti y sé que eres un hombre de los pies a la cabeza, te he ofrecido una vía rápida hacia mi hija.
—Tranquilo, Alejandro. Todo está y estará bien. Y si no es así, yo mismo me retiraré y no se lo haré pasar mal a tu hija. Mi vida personal queda aparte de la profesional. Pase lo que pase, ten claro que nuestros negocios están fuera de todo lo demás. Nada va a influir en ello.
—Está bien saberlo. —Asintió—. Joder, ¿y si te conviertes en mi yerno?
Sonreí de medio lado, al mismo tiempo que me encogía de hombros.
Alejandro soltó una carcajada y mi sonrisa se amplió.
—Necesito saber algo.
—Adelante.
—¿Te acercaste a Lucía en la boda cuando supiste que era mi hija? Espero que no te ofendas.
—No me ofendo porque te entiendo. La respuesta es un no rotundo.
—De acuerdo —suspiró—. Me quitas un gran peso de encima. No soportaría que utilizaras a mi hija y tampoco te lo perdonaría.
Asentí.
—No esperaría menos de ti —le dije.
Sonreímos.
—Bueno —habló bajando la mirada a la carpeta que te cerrada sobre la mesa—. Si te parece bien, creo que hoy podemos dejarlo como está.
Volvió a mirarme.
—Me parece genial. Tengo una cosa importante que hacer —le dije, con un guiño.
Alejandro asintió sonriendo.
Me levanté de la silla y le ofrecí la mano, como despedida. Nos dimos un apretón y caminé hacia la puerta.
—David.
Me giré hacia él, antes de pisar el pasillo.
—Espera un poco. No sé si tienes intención de ir ya a la casa de Lucía, pero me acaba de escribir. Se ha echado a descansar en el sofá.
—Tranquilo. —Asentí—. Haré varias cosas antes. Cuando vaya a la casa de tu hija estará despierta.
Con esas palabras cerré la puerta a mi espalda y recorrí el pasillo y la planta, para llegar al ascensor. Salí del edificio pensando en hacer una llamada y no la retrasé más, cuando estuve montado en el coche en marcha.
—Hola, David.
Sonreí al escuchar a Ismael.
—Hola. ¿Cómo estás?
—Bien. Hasta las narices esta semana, pero estamos ya a mitad.
Bufó.
—¿Y tú? ¿Todo bien? Es raro que me llames a esta hora. Tendrías que estar enterrado entre papeles en tu despacho.
—Pues ni estoy entre papeles ni en mi despacho.
—¿Estás en tu casa? ¿No te encuentras bien?
—Estoy perfectamente, aunque podría estar mejor.
Comencé a circular.
—Tampoco estoy en casa —continué hablando—. Estoy saliendo de la empresa con la que llevo un largo tiempo trabajando.
—Ah. Vale.
—¿Cómo lo tienes para escaparte un rato para tomarnos un café? Si puedes me desvío y voy a tu trabajo.
—A ti te pasa algo.
Solté una carcajada.
—Si quieres enterarte solo tienes que decirme que vaya.
—Joder. Ven. Te espero en la puerta.
—Perfecto. Sal en unos cinco minutos. Estoy cerca.
—De acuerdo. Hasta ahora, hombre misterioso.
Colgué riendo, pero la diversión desapareció en cuanto me vino a la cabeza Lucía.
No me gustaba nada cómo la había visto, lo que me habían dicho sus ojos. Debía arreglar las cosas entre nosotros de una vez por todas y de hoy no iba a pasar.
Estaba cansado de esperar. Esperar que sea el mejor momento. Esperar a que ella muestre el interés que siente realmente. Esperar a que todo lo de mi alrededor funcione bien, antes de dar el paso definitivo.
Con el tema central de mis pensamientos puestos en Lucía, llegué a la calle donde trabajaba Ismael. No me costó encontrar estacionamiento y cuando me bajé del coche, le envié un mensaje para avisarlo.
David: Voy caminando hacia la empresa. Acabo de aparcar.
Ismael: Aquí estoy esperándote.
Sonreí.
La distancia que me separaba de la entrada de la empresa en la que trabajaba mi amigo estaba bastante cerca, por lo que llegué enseguida.
Me paré en la acera, mientras Ismael venía hacia mí.
Mi amigo llevaba muchos años trabajando aquí. Bajo mi punto de vista, como empresario y hombre de negocios, estaba perdiendo el tiempo.
Se lo había dicho muchas veces, como también le había aconsejado que volara libre, laboralmente hablando.
Ismael tenía todo el potencial, los conocimientos y la experiencia como para montar su propia empresa.
Le había comentado que yo lo ayudaba, que tendría mi apoyo económico para arrancar al principio, pero el muy cabezota con terminaba de verlo claro.
Yo estaba seguro de que, si se arriesgaba y lo hacía, en menos de un año obtendría unos resultados que ni se creería.
Él era cabezota, pero yo más, así que no iba a parar de intentar convencerlo para que fuera su propio dueño.
—Hola —me saludó.
—Hola.
Nos dimos un abrazo.
Reí cuando me miró de la cabeza a los pies, un par de veces, como asegurándose que estaba bien y de una pieza.
—No te rías —dijo divertido—. Como si no fuera raro que estés aquí en horario laboral, un día entre semana.
Negó con la cabeza.
—Anda, vamos a tomarnos el café.
—Espera, vamos por este lado —me pidió—. Hace unas semanas abrieron una cafetería al final de la calle y ahora me gusta más ir allí. Está más cerca y tiene una terraza perfecta, con sombra de árboles. Aunque no dejo olvidada la otra. Las voy intercalando, pero a la nueva voy más.
Asentí y caminé a su lado para que me llevara a la cafetería.
—¿Estás bien, tío? —me preguntó, mirándome de reojo.
—Ya te he dicho que sí. Estupendamente —sonreí de medio lado.
—Joder, pues quién lo diría.
—Relájate —le pedí.
—¿Es por algo de Cristian? ¿Él está bien?
—Hasta donde yo sé, que es anoche, nuestro amigo está de maravilla. Lo que me ha traído hasta aquí no es nada por lo que tengas que preocuparte. Al menos creo que deberías.
—Te podrías haber ahorrado las últimas palabras.
Bufó y solté una carcajada.
Cuando la cafetería se hizo visible entendí enseguida porque se había convertido en la preferida de mi amigo.
Ocupamos una mesa de la terraza, a la sombra, y enseguida se acercó una camarera para atendernos.
—Un café con leche —le pidió Ismael, después del saludo.
—Un café solo —pedí yo.
Después de eso no tardamos en tener nuestras bebidas sobre la mesa.