Capítulo 27
—David —susurré.
—Sí, hija. Cierra la puerta —dijo mi padre.
Lo hice. Cerré la puerta como me pidió, cuando lo que más quería era salir corriendo del despacho.
Contradiciéndome, me quedé dentro, para no hacer sospechar a mi padre de nada. Sabía que se daría cuenta de que pasaba algo con David y era lo último que quería.
No podía creerme mi mala suerte con este hombre. ¿Por qué narices me encontraba con él en todas partes? Era desesperante.
Después de dejar la puerta encajada, caminé despacio hacia la mesa de mi padre. Me paré cuando casi rozando el filo.
No tenía ni idea de qué hacía aquí David, pero no perdí la esperanza y pensé que mi padre realmente me había llamado para darme la carpeta de la que me había hablado Fran. Después me iría.
Y, sorpresa, de pasada coincidía con David.
—No quiero interrumpiros ni molestaros —carraspeé—. Fran me ha dicho que querías verme para darme algo de trabajo.
—Así es —confirmó mi padre, asintiendo.
Abrió uno de los cajones del escritorio que tenía a su izquierda y me dio la carpeta que sacó.
—Dime que hay muchos papeles en blanco —le pedí.
Me referí al grosor de la carpeta, por la documentación que guardaba en su interior.
—Siento tener que decirte que cada una de las hojas que hay dentro es importante —me dijo, con diversión.
—Estupendo —suspiré—. Vale. Pues os dejo para… no sé. Adiós, David.
Me giré hacia él, más animada porque, para lo mal que podía haber ido para mí, al final iba a terminar bastante bien.
No quería saber qué había traído hasta la empresa de mi padre a David. No quería que me metieran en sus asuntos.
—Espera, Lucía.
Al escuchar a mi padre, se me cayeron a los pies los ánimos, las esperanzas, y todo.
David y yo nos mantuvimos la mirada. Él sentado en la silla. Yo, de pie a su lado.
No pude saber por su expresión lo que estaba ocurriendo. Desde que lo había visto su cara no había cambiado, continuaba serio.
—Os conocéis de la boda de Sandra e Ismael —volvió a hablar mi padre.
—Sí. ¿Y?
Por fin pude dejar de mirarlo para dirigir la vista a mi padre.
—¿Sucede algo? —me preguntó extrañado.
—Que tengo prisa, papá —le dije, mostrándome impaciente.
Eso ya de por sí era raro, ya que yo nunca me comportaba de esa manera. Por muy agobiada que estuviera.
A mi padre se le borró la sonrisa de la cara y después de observarme serio, hizo lo mismo con David. Pasó de uno a otro varias veces.
Como no quería que dijera algo que me hiciera sentir peor, ya que sabía que comenzaba a unir los primeros cabos sueltos entre nosotros, decidí llamar su atención de nuevo.
—Papá. No sé qué quieres decirme, pero te agradecería que fuese ya para poder irme a mi despacho cuanto antes. Tengo bastante trabajo acumulado y ahora esta carpeta enorme se suma a la lista de prioridades.
Me llevé la carpeta al pecho y la apreté con las manos, como si fuera mi salvavidas en este instante.
—Como he comenzado a decir, David y tú os conocisteis en la boda de tu prima e Ismael. Me consta que os lleváis bien y…
—Y vosotros también os conocisteis allí —lo interrumpí—. Os vi hablando en el jardín, en el cóctel de bienvenida —comenté.
Cambié el peso del cuerpo de un pie al otro, cada vez más inquieta y nerviosa.
—Nosotros ya nos conocíamos de antes.
Miré a mi padre sorprendida.
—¿Desde cuánto antes?
—Llevamos trabajando juntos cuatro años —contestó David por mi padre, hablando por primera vez.
Me giré hacia él sin poder ocultar el asombro.
—David es el dueño y el CEO de una empresa internacional importante, una muy conocida mundialmente.
Hace las funciones de director general y de director ejecutivo —me contó mi padre—.
Te he mantenido al margen de nuestra cooperación hasta ahora porque, como bien has dicho, estás desbordada de trabajo y no quería darte más.
—¿Y por qué me lo estás contando en este momento? ¿Qué ha cambiado? —quise saber.
—Porque yo voy a dejar de trabajar con David y vas a ser tú la que lo hagas. Ya te liberaré de parte de tu trabajo. Pondré a trabajar a Fran en ello.
Agrandé los ojos.
—¿Cómo?
La voz me salió demasiado aguda.
—Hija, ¿estás bien? Estás comenzando a preocuparme.
Mi padre frunció el ceño.
—Estoy perfectamente —susurré.
—Pues no lo parece. Nunca tengo que repetirte las cosas y te noto demasiado tensa y nerviosa.
—Qué va, papá.
Le quité importancia rápido, notando como la vergüenza se apoderaba de mí.
—Es solo que no tengo un buen día —suspiré—. Vengo de tomarme el tercer café porque no consigo espabilarme. Y mira qué hora es.
—¿No has descansado esta noche?
Me fastidió tener que responder delante de David, pero no me quedó más remedio porque no quería preocupar más a mi padre.
Ignoré la presencia de David.
—Llevo varias noches seguidas que no duermo bien. No descanso nada.
—¿Por qué no me lo has dicho hasta ahora?
Frunció el ceño.
—Porque lo voy llevando como puedo. Pero, sinceramente, hoy debería haberme quedado en casa, para trabajar desde allí.
—Ya hablaremos otro día de lo de David. Puedo continuar varios días más trabajando con él. Tendré que retrasar el proyecto que iba a iniciar, pero pude esperar. Vete a tu despacho, recoge y lárgate a tu casa. No quiero verte por aquí en unos días y ni se te ocurra conectarte desde casa. Lo sabré.
—Ni hablar. Acepto descansar hoy, pero mañana estoy de vuelta. Te recuerdo que tengo la mesa llena de trabajo.
—Es una orden. ¿O tengo que recordarte quién es el jefe?
Bufé.
—Lucía… No hagas que me cabree porque lo que menos necesitas ahora mismo es que me enfade —me advirtió.
—Vale, que sí —suspiré.
—Vete ya.
Mi padre fue tajante.
Asentí y antes de ir hacia la puerta, enfrenté de nuevo a David.
—Hasta… otro día —me despedí.
—Hasta pronto, Lucía —me habló serio—. Espero que puedas descansar.
—Gracias —susurré.
Apretando la carpeta contra mi pecho, caminé hacia la puerta del despacho de mi padre.
En cuanto salí, una vez en el pasillo, respiré profundo varias veces, pero no se me quitó la sensación que sentía.
Me dirigí a mi despacho, caminando con pasos rápidos. Llegué sin cruzarme con nadie y en cuanto entré, fui hasta la mesa.
En ella dejé la carpeta, al lado de la pila de trabajo que tenía ordenada por prioridades, y apagué el portátil.
No me permití sentarme en la silla, ni unos segundos, a pesar de que me hubiera venido de lujo.
Recogí rápido y como ya llevaba el bolso colgado, no tuve que hacer nada más, aparte de decidir en el último momento que iba a llevarme varias carpetas.
Solo para echarles un vistazo, no para trabajar desde casa. Al menos hoy, ya que pasaba de cabrear a mi padre.
Al final fui al armario, de donde cogí una bolsa de tela. En ella metí tres carpetas, incluida la que acababa de darme mi padre. Tenía mucha curiosidad por ver en qué quería que trabajara y qué acumulaba tantas hojas.
Cargando con la bolsa y el bolso, con el móvil dentro porque no lo había sacado, salí de mi despacho y, lo cerré con llave.
Recorrí el pasillo y fui directa al ascensor, el que, por suerte, no tuve que esperar. Estaba en la planta, por lo que me monté y bajé.
Pude estar tranquila y sola hasta la planta principal, a la que en cuanto llegué me dirigí a la puerta de salida del edificio.
Me despedí de todos los trabajadores que fui encontrándome y, una vez en la calle, me dirigí hacia el estacionamiento.
Llegar a mi casa me llevó unos doce minutos. Hice el trayecto muy rápido, ya que casi no encontré tráfico.
En cuanto entré, dejé la bolsa de tela con el trabajo en la mesa baja de enfrente del sofá y fui a mi habitación.
Saqué el móvil del bolso, colgué este en el perchero, y entré en el baño quitándome la ropa.
Solté un suspiro al mirarme en el espejo. A pesar de que oculté mis ojeras antes de ir a trabajar, la cara de cansancio era bien visible.
Terminé de quitarme la ropa y me quedé en ropa interior. Después de meter en el cubo de la ropa sucia la que acababa de quitarme, me lavé la cara con agua fría.
Al salir del baño me quité el sujetador, liberándome de él, como me gustaba estar en mi casa.
Me puse una camiseta ancha que me llegaba por debajo del trasero y fui hacia el salón, revisando que no tenía nada importante en el móvil.
Entré en la aplicación de mensajes y le envié uno a mi padre, para que se quedara tranquilo.
Lucía: Tu hija favorita, ya que solo tienes una, está en su casa. Cambiada de ropa y dispuesta a ponerse cómoda en el sofá. Voy a ver si puedo dormir un poquito, porque ahora mismo tengo la sensación de que dormiría hasta mañana.
Lucía: Pongo el móvil en silencio, para que nada me moleste. Te quiero. Y no te preocupes, solo es una racha. Cuando me despierte te llamaré.
Le envié varios besos y salí de la aplicación de mensajes, sabiendo que mi padre no me respondería. Sí que los vio, al momento, y con eso tuve más que suficiente.
Fui un instante a la cocina, para beberme un vaso de agua, y regresé al salón con el vaso lleno. Lo dejé en un posavasos de la mesa baja, cogí el mando del aire acondicionado y me tumbé en el sofá.
Encendí el aire y me quedé mirando el techo, con la imagen en mi cabeza de David sentado en el despacho de mi padre.
Cuatro años. Hacía cuatro años que trabajaban juntos. Y David era como mi padre, pero con muchos años menos y a un nivel bastante superior. Un empresario y CEO.
Mi padre también era un hombre importante de negocios, pero no salía del territorio nacional. Hasta ahora, por lo visto.
Y yo que pensaba que lo más cerca que habíamos estado al principio había sido en el club de pádel, desde la distancia.
Tenía gracia y era una locura, lo cerca que siempre había tenido a David a través de mi padre. Y después de Ismael y mi prima.
Me giré en el sofá, de lado, cuando me costó mantener los ojos abiertos. El último recuerdo que tuve fue mirar el televisor apagado, antes de dormirme.