Capítulo 26
—La semana va a acabar conmigo —le dije a mi prima.
Estábamos hablando por teléfono. La había llamado mientras bajaba a por un café con leche. Era el tercero que iba a tomarme y todavía no eran ni las diez de la mañana.
Acababa de salir a la calle y ya estaba deseando que fuese la hora del desayuno, para salir de nuevo.
Desde que me levanté de la cama iba arrastrándome. El cansancio y el sueño me tenían fatal. Mi carácter no era el mejor.
—¡No! ¡Tú vas a terminar con la semana! ¡Vamos! ¡Qué puedes con todo!
—Joder. ¿Hace falta que grites? —me quejé, con un bufido.
Sandra soltó una carcajada que me hizo poner los ojos en blanco. Sentía que en cualquier momento la cabeza me estallaría.
—Estás demasiado sensible —me dijo.
—Te lo he dicho al poco de descolgar —suspiré.
—Vale, vale… ¿Por qué no te has quedado en casa? Como se entere tu padre de cómo estás, te manda de una patada.
Sonreí.
—Tendría que haberlo hecho. Si estuviera trabajando desde casa tendría mejor humor.
—Ánimo, cariño. Ya es miércoles, la semana está casi superada.
—Eso no me consuela.
—Lo sé. A mí tampoco.
Reímos, aunque yo no con tanta intensidad como mi prima.
—Espera —le dije, mientras recorría el pasillo central de la terraza de la cafetería.
Entré y me dirigí a la barra.
—Buenos días.
—Buenos días —le correspondí al chico, devolviéndole la sonrisa—. Un café con leche.
Miré hacia la terraza.
—No me lo pongas para llevar —le dije, porque ya me conocía.
Sabía que, si no venía sobre las diez y media que comenzaba mi horario para desayunar, las demás veces todo era para llevar.
—Me lo tomaré rápido en la terraza.
—Estupendo. Pues ve a sentarte, enseguida te lo llevo.
—Gracias.
Fui hacia la puerta y una vez salí a la terraza, ocupé una de las mesas que estaban completamente en la sombra.
—Ya está. Me lo voy a tomar aquí —le dije a mi prima.
—Te he oído y haces muy bien —habló animada.
Sonreí.
—Hoy estoy cansada de todo, sobre todo, de mí misma.
—Pues tienes que animarte, cariño.
—Es difícil, antes necesito dormir un día entero —suspiré—. Llevo sin dormir varias noches.
—Varias es poco. Llevas desde el sábado por la noche, Luci, y estamos a miércoles —suspiró—. No puedes estar así por lo de David.
—No es por él. Bueno, no es del todo por él —rectifiqué, cuando carraspeó.
—No me mientas.
—No lo hago.
Bufé.
—Gracias —le dije al camarero, cuando me dejó la taza de café en la mesa.
Me sonrió y se fue.
No le pagué porque me cobraban una vez al día, agrupando todo lo que tomaba hasta la hora del desayuno. Si hasta el mediodía, que era cuando terminaba de trabajar, me tomaba algo más, eso lo pagaba en la cuenta del día siguiente.
Así era más práctico y cómodo.
—Vale. Si no me mientes a mí, entonces no te mientas a ti misma porque todo lo que te pasa es por lo que sucedió el sábado con David.
—¿Por qué me afecta tanto? —le pregunté, susurrando.
Le eché el azúcar al café y lo removí.
Mi prima lo sabía todo. El mismo sábado, por la tarde, la llamé para contarle lo que había pasado.
Esa noche del sábado ella y Cata se presentaron en mi casa y se quedaron a cenar y a dormir. No quisieron dejarme sola. Ellas durmieron a pierna suelta, mientras que para mí fue la primera noche viendo las horas pasar.
—Porque estás enamorada de David, cariño. Y no se te ocurra contradecirme —habló rápido.
Debido a ello cerré los labios, porque se anticipó a que pudiera decirle que se equivocaba.
—Sí. Aunque sea una locura o nos lo parezca.
Estabas enamorada de David mucho antes de coincidir en mi boda, Luci.
¿Cómo pasó? Pues como suceden las cosas que van cociéndose poco a poco.
Tanta ilusión, tanta expectación, tantas bromas por ver al hombre desconocido en el club.
Y los días que lo veías lo contabas con la cara iluminada.
—Pues vaya mierda.
Bufé.
—Sí, pero no es algo nuevo para ti. Sabes muy bien que te diste cuenta de que tenías sentimientos fuertes por él hace tiempo.
—¿Cómo la he cagado tanto? Joder, y al final resultó que no es un desconocido total —suspiré.
—La verdad es que, si se piensa bien, es bastante loco —comentó.
Cogí la taza y me la acerqué a los labios, para darle un sorbo al café.
—Este fin de semana voy a descansar. No iré al club, me quedaré en casa —le dije.
—Te invitamos a desayunar —me propuso rápido y sonreí.
—Puedo estar sola.
—Anda, pues claro —rio—. Pero quiero verte e Ismael me pregunta a menudo por ti. Creo que se huele que te pasa algo.
—¿Qué dices? —Agrandé los ojos.
—Yo no le he dicho nada, pero sabe que estoy muy pendiente de ti. Más de lo normal.
—Joder, ¡no vuelvas a llamarme estando en casa! ¡Olvídate de que existo!
Sandra soltó una carcajada.
—Si hago eso, entonces sí que sabría que pasa algo, y grave. Es imposible que no nos llamemos. Además, ¿no confías en Ismael? Sabes que él nunca te traicionaría, aunque David sea uno de sus mejores amigos. Sabe muy bien diferenciar las cosas.
—Tienes razón —dije con una mueca—. No es que no confíe en él.
Sabes que lo adoro y que para mí es una de las personas más importantes en mi vida.
Sé de sobra que me guardaría el secreto.
No dudo de ello. Es solo que, si le cuento lo que me pasa, se preocupará por mí y lo pondré en una posición con su mejor amigo que no quiero.
—Pero si Ismael hablara con David puede que…
—No.
Fui tajante. No la vi, pero la imaginé haciendo una mueca.
—Te dejo, cariño. Más tarde hablamos, ¿vale? No quiero retrasarme mucho para subir a mi despacho y me apetece tomarme tranquila el café.
—Claro. Disfrútalo. Te quiero.
—Gracias. Yo también te quiero.
Colgué la llamada, me guardé el móvil en el bolso, y me olvidé de todo, menos de tomarme el café y mirar a toda la gente que pasaba por delante de mí, por la acera.
Había bastante porque en la parte de la ciudad en la que me encontraba se agrupaban bastantes empresas. Por eso había mucho movimiento.
Cogí la taza con ambas manos y la levanté, apoyando los codos en la mesa. No hacía falta que les dijera a los camareros de la cafetería cómo me gustaba el café con leche. Todos sabían cómo preparármelo, sin excepción, así que en cuanto me veían tenía que decir muy poco.
Bebí varios sorbos cortos seguidos, pensando en cómo me había complicado yo solita la vida. Sentía rabia por lo tonta que había sido de enamorarme de alguien que… daba igual, ya era tarde, pero conseguiría terminar de olvidarme de él.
Esa rabia se mezclaba con la tristeza que me provocaba toda la situación. Solo al recordar la escenita del beso del sábado pasado…
Cuando me di cuenta, una lágrima me mojaba la mejilla y me la retiré enfadada, molesta.
Como la primera vez que lo vi besar a la primera mujer, no podía culparlo esta segunda.
David y yo no éramos nada. Nos besamos y me regaló un orgasmo en la boda de mi prima, pero ¿y qué?
Habíamos bebido, estábamos cansados y nuestros amigos habían desaparecido para terminar la noche por todo lo alto.
Normal que termináramos buscándonos. ¿No? En mi mente sonaba bien, con mucha lógica, pero desde la perspectiva de otra persona no tenía ni idea de cómo se veía.
Solté un suspiro y me terminé el café. No me lo bebí de golpe, pero si con sorbos seguidos.
Al terminar, me despedí de la camarera que atendía en la terraza, diciéndole que dentro de poco estaría de nuevo aquí para desayunar, y me alejé por la acera.
No tardé en estar dentro del edificio de la empresa de mi padre. Al llegar a la zona de la recepción, giré hacia la izquierda, hacia los ascensores, y esperé con un grupo de cuatro personas, después de saludarnos.
Subí con ellos y poco a poco me quedé sola. Al llegar a mi planta recorrí el pasillo sonriendo a los compañeros, ya que los saludé al llegar casi una hora y media atrás.
—Preciosa.
Al escuchar a Fran, mi compañero, me paré y me giré. Le sonreí al ver cómo se acercaba a mí.
—No puedes invitarme a un café porque vengo de tomarme uno y no es el primero ni el segundo.
—¿Desde cuándo es suficiente café? —me preguntó, con diversión.
—Pues tienes razón —le contesté arrugando la nariz—. Si quieres invitarme a uno, lo acepto.
Soltó una carcajada.
—Me lo apunto para después. Últimamente parece que me he convertido en el mensajero de tu padre.
—¿Otra vez te ha pedido que vaya a su despacho? —le pregunté con diversión.
—Sí —me confirmó con un guiño—. Me ha dicho que tiene una carpeta de trabajo para darte.
—Vale. La próxima vez haznos un favor a los dos.
—Dime.
—Huye cuando mi padre esté en el mismo espacio que tú, porque si no, te cogeré manía dentro de poco.
Reímos.
—Yo no tengo la culpa de que tu padre tenga un radar para encontrarme, preciosa. Pensándolo bien, creo que la que tendría que invitarme a un café eres tú. Por las vueltas que doy siempre para encontrarte.
—Eres un quejica —le dije riendo, mientras me alejaba de él—. De eso nada, lo de los cafés es cosa tuya. No dices nada del ejercicio que haces por mí, ¿eh? Eso es vida y es gracias a mí.
—Será posible…
Reí de nuevo, mientras levantaba una mano hacia él. Fran hizo lo mismo.
Me dirigí al despacho de mi padre, antes de ir al mío. Mientras me acercaba, fui pensando que esperaba que no me diera mucho más trabajo extra.
Estaba cargada de él, bastante agobiada porque parecía que no avanzaba, aunque prefería no comentarle nada.
El miércoles no podía ir a peor, ¿o sí? Cuando algo estaba por torcerse, sucedía y punto, sin que uno pudiera hacer nada para ponerle freno.
Me paré frente a la puerta del despacho de mi padre y la golpeé.
—Adelante —dijo.
Abrí con una gran sonrisa, como siempre entraba a ver a mi padre, a no ser que estuviera enfadada por algo.
Mi padre me recibió con la misma sonrisa, elegantemente vestido con su traje de chaqueta y sentado detrás de su gran mesa de trabajo.
—Pa…pá —terminé de decir algo cortada, al darme cuenta de que no estaba solo.
—Hola, cariño. Pasa —me pidió.
Me había parado a un paso de la puerta, la que todavía no había cerrado. Tampoco había soltado el pomo, porque me quedé mirando fijamente la parte de atrás de la cabeza del hombre que se encontraba sentado de cara a mi padre, por lo tanto, de espaldas a la puerta. A mí.
Algo en ese hombre llamó mi atención y me puso nerviosa.
Lo observé bien, sintiendo cómo había algo que no encajaba. O tal vez encajaba demasiado bien.
Y de repente lo supe, o me atreví a aceptarlo. En cuanto su olor me llegó, supe quién era el hombre que estaba en el despacho de mi padre.
El mismo hombre que se giró despacio, hasta que se mostró serio.