Capítulo 25
Lucía
Al escuchar su pregunta de si estaba preparada, no supe si ponerme a reír como una histérica o a llorar desconsoladamente.
Más nerviosa no podía estar. Todavía estaba intentando comprender cómo era posible que hubiera aceptado esto, lo que estaba a punto de suceder.
Por Dios, si no sabía ni coger una pala de pádel.
Bajé la mirada a mi mano, la que sujetaba el mango. O como se llamara. No tenía ni puñetera idea y tampoco me importaba. No iba a quitarme el sueño entender este deporte y todo lo relacionado con él.
Aunque ahora mismo estaba al límite.
Tenía a mi lado a David. Estaba esperando a que me levantara del banco. Mi vista iba hacia sus deportivas y hacia la pala, mientras mi estómago se revolvía.
¿Qué hacía? ¿Le confesaba que había mentido? ¿Qué daba igual la ropa de deporte que llevaba puesta, porque solo me la ponía para sentirme bien, cómoda y acorde con el club? Me moría de la vergüenza y me faltó muy poco para reírme cuando pensé en que quería mantener mis uñas intactas.
Como si con este deporte tuviera que raspar el suelo con las uñas… Daba igual, cualquier excusa era buena y más que aceptable. Muy bienvenida.
¿Cómo me había metido en este lío? Si me viera Cata ahora mismo, se echaría las manos a la cabeza.
Llamé a mi amiga en mi mente, mucho y muy fuerte, con la esperanza loca de que notara y me buscara, para venir a mi rescate, sin saber qué me pasaba.
Nada de eso iba a suceder, estaba completamente sola. Ah, no, con David a mi lado y observándome.
—¿Lucía? ¿Estás bien?
Levanté la cabeza y le sonreí. Al menos fue mi intención, después, lo que viera realmente David, ya era otra cosa.
—Claro —le confirmé.
—Otra vez con el claro… —Negó con la cabeza.
—¿Qué quieres que te diga?
—Sí. Claro. Por supuesto.
Me encogí de hombros.
—Pues vamos —dijo mirando su reloj de pulsera—. Tenemos un poco más de media hora.
—Estupendo —susurré.
Estuve por decirle que yo con un minuto tenía más que suficiente, pero me callé. Era lo mejor, como con todo lo anterior.
Igualmente, David estaba a nada de darse cuenta de la verdad, así que no necesitaba abrir la boca para que se diera cuenta.
Lo vi caminar hacia un lado de la red y tragué saliva, mientras me levantaba del banco mirando el otro lado como si, en cuanto lo pisase, fuese a ser mi final.
No supe ni cómo conseguí las piernas, de lo que me temblaban. Las manos también, por lo que apreté el agarre de la pala.
—Vamos —me susurré—. Alguna vez has estado un rato en la pista con Cata y Rita. Las has visto jugar, algo se me debió quedar. Y también había observado a David jugar, como a otras personas.
—Saca tú —me pidió.
—Eh.
Me giré justo cuando la pelota botó delante de mí. David la había lanzado para que la cogiera, pero no lo hice como él esperaba.
A la mierda la elegancia en este deporte y en esta pista.
Lo primero que hice fue esquivarla, asustada. Después tuve que correr detrás de ella, mientras la puñetera pelota parecía escaparse de mí.
Para cuando conseguí tenerla en la mano, solté un gran suspiro de alivio y me giré, para mirar hacia David.
Él tenía los labios apretados, pero fue listo y no abrió la boca para hacer algún comentario.
Bufé, agobiada, y como no sabía cómo hacerlo, seguí mi instinto, el que estaba fatal en este deporte, y caminé hacia un lateral de la pista.
David no se perdía detalle de todo lo que hacía, debía estar pasándoselo genial con mi sufrimiento, porque estaba claro que ya me había dejado en evidencia.
Respiré profundo, lancé la pelota al aire y la golpeé.
—¡Sí! —grité.
Levanté los brazos y la raqueta, cuando la pelota pasó por encima de la red.
David atrapó la pelota sin problema y fruncí el ceño, ya que la cogió con una mano.
—¿Qué haces? —le pregunté.
—Un saque bueno, pero para el tenis —comentó con diversión—. En el pádel se saca diferente —me informó, con un guiño—. Buen intento para despistarme. Ahora vamos a empezar.
Lanzó hacia mí de nuevo la pelota y esta vez, por suerte, la atrapé al cuarto bote.
Me erguí con un suspiro profundo, notando que en cualquier momento podía vaciar lo poco que tenía en el estómago.
¿Cómo mierda se sacaba en el pádel? Joder, con los nervios no era capaz de recordar a Cata o a Rita haciendo sus saques.
Mi agobio fue en aumento e incluso sentí que me mareaba un poco.
—David —lo llamé, pero solté un grito.
Cuando levanté la cabeza para mirarlo, me lo encontré justo delante, a un paso de mí. Me encontraba tan mal que no me había dado cuenta de que se había movido, para venir hasta mí.
David me quitó la pala de Cristian, la dejó a un lado en el suelo, con cuidado, y se acercó de nuevo.
—No sabes jugar —dijo.
No vi ni sentí ningún tipo de burla en él. Solo hizo el comentario confirmando lo evidente.
—No sé —le confirmé, susurrando—. Lo siento.
—Lo he sabido desde el principio —me confesó, ladeando un poco la cabeza.
—¿Y por qué me has dejado llegar tan lejos? —le pregunté con un suspiro.
—Por eso mismo, porque quería ver hasta dónde eras capaz de llegar y ver cómo te enfrentabas al momento.
—Para reírte de mí —dije, desviando la mirada.
Me puse en tensión cuando David dio un paso hacia mí y se quedó casi rozándome. Me agarró de la barbilla con varios dedos y me giró la cabeza, levantándomela para que lo mirara.
Me encontré con sus ojos y su cara tan perfecta. Olía de maravilla. Era todo tal como recordaba.
Estábamos demasiado cerca y tuve que decirme todo lo que había trabajado para olvidarme de él, el esfuerzo que había supuesto arrancarlo temporalmente de mi memoria. Hasta que dejara de doler, de la forma que fuera.
¿Tanto para nada? ¿Y el tiempo que había pasado para qué? Porque con su toque, con su respiración rozándome, su olor y su proximidad, ahora mismo era como si hubiera retrocedido en el tiempo.
No. Yo era más fuerte. No podía permitirme…
—¿Me has visto reírme de ti?
—No —contesté susurrando.
—Algún momento me ha parecido gracioso, pero porque la situación ha sido divertida. No, tú.
—Vale —suspiré.
—¿Por qué no me has dicho la verdad desde el principio?
Contuve la respiración cuando sus ojos se dirigieron a mis labios, los que comenzó a rozar con el pulgar.
¿Qué estaba pasando? ¿Otra vez? ¿Qué significaba esto?
—Has dado por hecho que jugaba y después me ha dado vergüenza quitarte la razón.
—Tú me has hecho creerlo.
Ladeó un poco la cabeza.
—¿Y el conjunto deportivo?
—Monísimo. ¿A qué sí?
David soltó una carcajada y después negó con la cabeza, sin dejar de sonreír.
—Así que solo te lo has puesto para lucirlo.
—Sí —admití con una risilla.
—Pues lo luces genial. Te queda demasiado bien —me dijo serio.
—Gracias —susurré.
—¿Y Roberto, el camarero, te ha seguido el rollo por qué…?
—Nos ha salido de manera natural. Me ha seguido el rollo.
Me encogí de hombros.
—Entiendo —sonrió de medio lado.
—¿Quieres que le diga a Cristian que venga? —le pregunté.
—No creo que puedas moverlo del bar, por mucho que le dijeras —comentó con diversión.
—Voy a… volver. —Señalé hacia la puerta de la pista.
—Claro.
Ocultó las manos detrás de su espalda y las dejó ahí.
—Siento no haber podido jugar para que aproveches la pista.
—No te preocupes. Aunque puedo conseguir que eso cambie. Otro día, claro.
—No lo creo —dije riendo.
Arqueó una ceja.
—No me gusta.
—¿El pádel?
—El deporte —volví a reír.
Comencé a caminar de espaldas, sin dejar de mirarlo.
—Nada de deporte —añadí.
—Has hecho un buen saque de tenis.
—Pura casualidad. Te lo aseguro.
Apreté los labios.
—Vale.
Negó con la cabeza.
—Hasta otro día, David —me despedí de él—. Supongo que volveremos a vernos.
—Supones bien —me confirmó y asintió.
Me paré, dejé de andar hacia atrás. Esperé algo, pero no supe el qué. Dio igual porque no sucedió nada, de manera que respiré profundo, me obligué a sonreírle y le di la espalda, para caminar hacia la salida.
Cata y Rita debían estar jugando aún. Si no me equivocaba, todavía quedaba para que se cumpliera la hora en la pista en la que estaban.
No busqué cuál era. Preferí dirigirme hacia la terraza del bar, para tranquilizar mis nervios y animarme un poco. No quería que mis amigas me encontraran cabizbaja y triste, cuando fueran al bar.
Tenía que planear muy bien mis siguientes pasos, porque no podía ser que cualquier cosa que hiciera David, cualquier cosa que nos pasara juntos, a mí me afectara hasta el punto de cómo volvía a sentirme.
No. Yo era más fuerte que unos sentimientos tontos que no me llevaban a nada.
Y para que me quedara más que claro, cuando llevaba unos veinte minutos en la terraza del bar, después de hablar con Roberto y de explicarle lo que me sucedía con David, y de pedirle una cerveza bien fría, mientras sentía en todo momento la presencia de David desde otra mesa de la terraza…
Después de todo eso, como decía, para que no tuviera duda de que mis sentimientos tontos no me llevaban a nada, la mujer con la que vi a David besarse meses atrás, apareció de repente en la terraza y se lanzó de nuevo a él.
Vamos, que lo besó en la boca. Y no fue un beso tímido, ni corto, ni contenido. Qué va. Fue un beso que me hizo apartar la mirada, tragar saliva y apretar la mandíbula, prometiéndome que se acabó. Definitivamente.
—¿Qué haces? —escuché decir a David.
Me pareció cabreado. Utilizó un tono de voz que nunca le había escuchado. Un tono de voz en el que noté rabia y desconcierto.
No quise mirar más hacia él. Busqué en el bolso deportivo la cartera, saqué un billete que dejé cogido por un plato, y me levanté de la silla.
No miré atrás cuando me largué de la terraza y como tenía el número de teléfono de Roberto, le envié un mensaje de despedida, mientras recorría el camino hacia las pistas.
Quería encontrar la de mis amigas y quedarme con ellas. Después, cuando terminaran, les pediría ir a tomar algo lejos del club.
Cogí el móvil y entré en la aplicación de mensajes.
Lucía: Hola, guapo. He tenido que irme rápido. Te he dejado el dinero cogido con un plato. Lo que sobra es para ti. Gracias por alegrarme el día, por apoyarme y por demostrarme que puedo confiar en ti. Nos vemos el sábado que viene, espero. Que tengas un buen día en todo.
Sus mensajes me llegaron casi al instante.
Roberto: Hola, preciosa. Sé por qué te has ido, lo he visto. No me ha dado tiempo a llegar hasta ti, has sido más rápida que yo. Lo siento. No te mereces sentirte mal por nadie.
Roberto: Aunque tengo que decirte que a David le ha pillado tan de sorpresa como a los demás, que esa mujer se le echara encima.
Te lo aseguro, de la misma manera que te confirmo que se la ha quitado rápido de encima.
No lo has visto, pero ella se ha quedado con una cara…
Me hubiera encantado que te dieras cuenta.
Roberto: Cuídate, preciosa. Y prométeme que te vendrás arriba. Que tengas buen fin de semana y una semana de trabajo productiva, en la que no te canses mucho. No puedes faltar el sábado que viene. Aquí te espero.
Sonreí con tristeza y me retiré las lágrimas de la cara, cuando me di cuenta de que estaba llorando.
Necesitaba a mis amigas y largarme de aquí.