Capítulo 24
David
—Hola —me saludó Lucía.
—Hola —le correspondí y después la saludó Cristian.
Desde que la habíamos visto en la terraza del bar, mi amigo no había dejado de sonreír.
Sin perder esa sonrisa, le hizo un guiño a Lucía.
—¿Qué tal?
Cristian y yo miramos al hombre que estaba sentado al lado de Lucía. Lo conocía, era el camarero de este mismo bar.
Lo que no entendía era que hacía sentado a una mesa, ya que estaba en su horario de trabajo. De hecho, nos atendió a Cristian y a mí cuando llegamos temprano y decidimos pararnos a tomarnos un café, para esperar a que fuese la hora para entrar en la pista.
—Hola —lo saludé.
—El juego nos ha ido estupendamente. Le he dado una paliza —le respondió Cristian al camarero.
—Sigue soñando —le dije a mi amigo, negando con la cabeza.
Cristian rio y el camarero sonrió.
—Sé que estáis cansados de verme en este bar, pero como no sé si sabéis mi nombre… Me llamo Roberto.
Nos ofreció una mano y ambos se la aceptamos, dándole un apretón.
—Nosotros somos David y Cristian —nos presentó Cristian—. El que más te tiene visto es mi amigo. —Apoyó una mano en mi hombro—. Él es el que no se pierde ningún sábado. Le encanta el pádel —habló con diversión.
—No sabía que veníais aquí.
Al escuchar a Lucía, dirigí la mirada hacia ella, con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Ni siquiera por tu prima? —le pregunté, con el ceño fruncido.
Cristian nos observó con una gran sonrisa.
—Ni siquiera por ella —me confirmó, con las cejas elevadas.
—¿Ya has jugado, preciosa? —le preguntó Cristian.
—No —le contestó ella, sonriendo.
—Es su primer día después de unas largas vacaciones y necesita adaptarse. Está haciendo tiempo —comentó Roberto.
A Lucía pareció hacerle gracia su comentario.
Cuando se miraron con complicidad, mi desconcierto aumentó.
—Cata sí está jugando, con otra amiga —nos informó Lucía.
—Vaya, vaya… así que Cata está aquí.
Mi amigo sonrió de medio lado, mientras pensaba con rapidez.
—Así es —le confirmó Lucía—. ¿Qué tal os ha ido el verano?
Fue una pregunta de cortesía, como si se viera en la obligación de realizarla.
Metí las manos en los bolsillos del pantalón corto de deporte y la miré más fijamente.
—El verano no ha acabado —le dije.
—Ya… pero para una gran mayoría de personas, sus vacaciones sí. Y, aunque no fuera así, los meses más fuertes de verano sí que han pasado. A eso me refería.
—Yo he tenido un verano muy bueno —le contestó Cristian—. He vivido unas vacaciones inolvidables. —Le hizo un guiño.
—Me alegro —le sonrió Lucía.
—A él mejor que no le preguntes —continuó hablando mi amigo, señalándome.
Lucía lo miró extrañada.
—Es muy aburrido —suspiró Cristian, con dramatismo—. En todo el verano solo conseguí que descansara cinco días y obligado. Lo saqué a rastras de la empresa, con ayuda de algunos empleados.
Puse los ojos en blanco.
Esperaba que cambiaran de tema de conversación porque bastante me había dado Cristian con el poco descanso que había tenido.
Para mí fue más que suficiente, teniendo en cuenta que no tenía pensado hacer nada. Porque sí, casi tuvo que sacarme a la fuerza de la empresa.
De esos cinco días hubo alguno que no pude desconectar del todo de la empresa, de manera que los pocos días de desconexión se redujeron bastante más.
—No te quejes, que la próxima vez puede que no tengas tanta suerte —le advertí.
Miré de nuevo a Lucía y a Roberto. Pasé la mirada de uno a otro, varias veces.
—Me alegro de verte, de nuevo —le dije a ella.
—Gracias. Igualmente.
Al hablar nos miró a Cristian y a mí, dejando claro que iba también para mi amigo.
Sonreí de medio lado.
—Estaría encantado si algún día te animas y me propones jugar un partido —le dije—. Sería divertido y muy interesante, como poco.
—Nunca cambio de compañera —carraspeó.
—¿Cata? —le pregunté.
—Sí.
—Entiendo. Pero ahora podría ser un buen momento. ¿No te parece?
Agrandó los ojos.
—Has dicho que Cata está ocupada jugando con otra amiga, si juegas conmigo ella podrá descansar cuando termine. ¿Qué me dices?
Bajó la mirada hacia el plato que tenía dos montaditos y después miró su refresco, indecisa.
—Te prometo que seré suave —continué hablando—. Es tu primer día después de mucho tiempo y no tienes la misma forma física que practicando cada semana. —Ladeé un poco la cabeza—. No voy a hacerte correr mucho.
—Yo… —Miró a Roberto.
—Seguro que Roberto puede esperarte un rato —dije y también lo miré a él.
—Es que a Lucía le gusta tomárselo todo con calma y ahora quería tomarse lo que ha pedido, hacer tiempo y…
—Ya… —lo interrumpí—. ¿No será que no juegas bien y no quieres perder contra mí?
Entrecerró los ojos, observándome fijamente.
—Pierda o no, un juego es un juego.
—Exacto. —Asentí, de acuerdo.
—¿Vosotros no habéis terminado ya con la pista? —nos preguntó Roberto.
—No la hemos dejado todavía —le contestó Cristina.
Se había cruzado de brazos y estaba pasándoselo en grande como espectador.
—Hemos reservado la pista para dos horas. Hemos jugado una, ahora estamos en un pequeño descanso y después íbamos a regresar para jugar un poco más, antes de acabar por hoy —les aclaró Cristian.
—Vaya por Dios —susurró Roberto, cuando miró a Lucía y nos dio la espalda a nosotros.
Cristian y yo nos miramos de reojo. Mi amigo con los labios apretados.
Roberto no se dio cuenta de que lo escuchamos y Lucía estaba muy entretenida en buscar una excusa creíble para salir de la situación.
—Tranquilia —le dije, llamando su atención—. Olvídalo. —Me encogí de hombros—. Pensaba que serías más atrevida, que no te importaría enfrentarte a mí. Tal vez no me has superado.
Volvió a agrandar los ojos y abrió y cerró los labios, sin llegar a emitir ningún sonido.
—¿No lo has superado, cariño? —le preguntó Roberto.
Yo no aparté la mirada de Lucía.
—No le hagas caso. No tengo nada con él. —Bufó—. Y lo mínimo que hubo no significó nada. Fue hace tanto que ni me acuerdo, pasó desapercibido.
Hice un gran esfuerzo para no soltar lo primero que me vino a la cabeza, como que no pareció eso mientras jadeaba y gemía, como tampoco mientras se frotaba y se corría sobre mi muslo.
No iba a decir esas cosas. Era algo privado y si por algo se me conocía, era por mantener mi intimidad bajo llave. Daba igual lo cabreado que pudiera estar, jamás traspasaba las barreras que pudieran hacer tambalear quién era yo.
El respeto iba por delante, aunque en este momento me hubiese encantado hacer más de un comentario, para borrarle la sonrisa a Roberto.
Además, el único culpable de las palabras de Lucía era yo y mi metedura de pata, ya que ella había reaccionado a lo que le había dicho yo.
Lucía me sorprendió, cuando se levantó de la silla.
Roberto también pareció sorprendido, cuando se incorporó también. Cristian continuaba observándolo todo, con una sonrisa de oreja a oreja.
Ella cogió uno de los montaditos, para llevárselo a la boca. Se lo comió de varios bocados, sin apartar la mirada de la mía. Me esforcé por mantenerme serio.
—¿Estás segura? ¿No quieres dejar pasar un poco más de tiempo? —le preguntó Roberto—. Acuérdate de lo que odias las agujetas de los primeros días, así que cuanto antes empieces, más las sentirás.
Lucía lo miró con una sonrisa cálida y asintió. Movió los labios muy deprisa, pero me pareció leer en ellos que le decía que no se preocupara, que todo estaba bien.
—Guárdame este montadito —le pidió a Roberto, señalando el plato—. Y el bolso. —Se lo dio.
—Dalo por hecho y cuando vuelvas tendrás otro montadito más como recompensa.
Ella rio, nerviosa.
—Del refresco, olvídate —le dijo Roberto—. Cuando vuelvas, seguro que te apetece algo más fuerte.
—Segurísimo —le confirmó ella.
Puso los ojos en blanco, antes de moverse para ponerse frente a mí.
—No me importa enfrentarme a ti. Y sí, puedo ser atrevida cuando me da la gana.
—De acuerdo —le dije, sonriendo—. ¿Vamos?
Le señalé hacia el camino que llevaba a las pistas y, aunque dudó unos segundos, al final asintió.
—Te espero aquí —me dijo Cristian, divertido.
No le respondí porque, después de decírmelo, me dio la espalda, le apretó un hombro a Roberto y ocupó una mesa.
Me giré escuchando cómo mi amigo le pedía a Roberto una bebida.
Comencé a caminar por el camino, con la seguridad de que Lucía vendría detrás.
Cuando llegué al final del camino, miré por encima del hombro y me volví hacia ella, al verla acercarse despacio, dudando.
—¿Qué pasa? ¿Te has arrepentido? —le pregunté.
—Eh… no —carraspeó—. Es solo que, como no iba a jugar hasta más tarde, he dejado mi mochila y la pala en el vestuario, en una taquilla.
—Ya…
Sonreí por el rubor que le cubría la cara.
—No te preocupes. Cristian y yo lo hemos dejado todo en la pista. Como se ha quedado cerrada con llave y todavía es nuestra, no hay problema en dejar las cosas allí.
—Ah. Muy bien —suspiró—. Pues solucionado.
—¿Segura?
—Claro.
—No lo tengo yo tan claro.
Arqueé una ceja, mientras me cruzaba de brazos.
—Ese es tu problema.
Pasó por mi lado y me giré siguiéndola con la mirada. Sonreí de medio lado al verla dirigirse al camino al que daban todas las pistas.
Negué con la cabeza y la seguí disfrutando de las vistas. No podían ser más perfectas.
Me estaba refiriendo a lo bien que le quedaba el conjunto deportivo que llevaba puesto.
El pantalón se ajustaba a sus piernas como una segunda piel. Lo mismo sucedía con su trasero. Al pensar en esa parte de su cuerpo, el mío comenzaba a hervir, por el recuerdo que no había conseguido borrar de mi memoria.
Todavía me acordaba perfectamente de la sensación de tener las manos llenas de sus nalgas. De cómo se las apretaba y las empujaba para moverle la cadera, para que el roce con mi muslo le diera más placer entre las piernas.
Intenté pensar en otra puñetera cosa, pero mi mente traicionera no permitió que saliera de ese recuerdo.
Dirigí la vista hacia la parte alta de su cuerpo, con la esperanza de calmarme, pero recordé su espalda al aire con el vestido de la boda de su prima.
No comprendía cómo podía ser. Habían pasado meses de aquel día, sobre todo, de aquella noche, pero lo recordaba todo con una claridad impresionante. Y no solo eso, sino con la misma intensidad con la que lo viví.
Para cuando la adelanté para guiarla hasta la pista, mi erección era un gran problema.
No me oculté, tampoco podía. Por suerte, no me encontré con nadie de frente. Todos los que había por la zona estaban muy ocupados jugando al pádel, en las pistas.
Si mi amigo Cristian estuviera a mi lado iría riéndose de mí.
Dada mi situación, abrí la puerta de la pista y entré el primero, sin darle paso a Lucía.
Necesitaba que el bulto que me presionaba el pantalón bajara. Al menos un poco. Lo estaba consiguiendo, pero necesitaba un poco más de tiempo.
Por ello comencé a perderlo. Le dije a Lucía que podía sentarse en el banco, una vez llegáramos a él. Le di la pala de Cristian, sin girarme hacia ella.
Después de decirle que si quería agua podía beber, que teníamos varias botellas, y que fuera adaptándose a la pala, hice ver que me entretenía buscando algo en mi mochila.
Bebí agua y durante unos largos segundos estuve con el móvil. Me sirvió para revisar varios correos de trabajo, aunque los dejé para más tarde.
—¿Preparada? —le pregunté, cuando yo lo estuve.