Capítulo 23
Casi dos meses después…
—Hola, preciosa. No te imaginas cómo te he echado de menos. Ha pasado demasiado tiempo.
Sonreí al escuchar a Roberto, mi camarero favorito.
—Hola, guapo —le correspondí—. Ya será para menos. ¿Qué tal te ha ido el trabajo en mi ausencia?
—Muy aburrido.
Solté una carcajada.
—Esa ha sido buena —sonreí—. Gracias, pero no te creo —le dije con un guiño—. Tienes muchas clientas y más de una te da trabajo extra, porque te hace ir una y otra vez para que la atiendas.
—Mi jefa está muy contenta por eso. Dentro de poco me cuelga una medalla.
Reímos.
—El trabajo aquí como siempre. Rutinario, tranquilo por momentos y estresante en otros. ¿Y el tuyo? ¿Cómo ha ido la vuelta?
De nuevo era sábado, por eso estaba en el club de pádel. Cata y Rita hacía unos minutos que habían entrado a una pista para jugar, después de un tiempo desconectadas.
Era el primer día después de una gran pausa. Retomábamos la rutina de los fines de semana.
Y aquí estaba yo otra vez. Otra semana más con mi ropa deportiva, monísima y yendo a la última, para disfrutar de todo lo que Roberto me sirviera.
La semana que había pasado había sido la primera de trabajo, una vez finalizado mi mes de vacaciones. Cata y Rita también habían coincidido conmigo en sus vacaciones.
Había aprovechado muy bien el descanso de la empresa. Casi no había parado, entretenida con unas cosas y otras.
Los primeros quince días estuve de viaje con Cata. Fuimos a una isla a disfrutar del sol, el mar, los cócteles, la tranquilidad y la fiesta. Todo ello hizo la mezcla perfecta y regresamos con un color de piel precioso, y con las pilas cargadas.
Después de un día para lavar la ropa y descansar en nuestras casas, nos fuimos una semana a un campin de playa, con mi prima Sandra e Ismael. Nos alojamos en un bungalow y estuvimos de maravilla.
Los cuatro días restantes estuvimos en nuestras casas, preparándonos para las incorporaciones al trabajo, pero sin dejar de hacer cosas.
Había aprovechado al máximo el tiempo y estaba satisfecha por ello.
Sandra e Ismael casi enlazaron el viaje de novios con sus vacaciones. Los días que pasaron en una isla como recién casados fueron increíbles y se lo pasaron genial. Cuando regresaron, trabajaron dos semanas y después cogieron el mes de vacaciones de verano.
Pero durante ese mes solo salieron la semana que estuvieron con Cata y conmigo en el campin, más cuatro días más que se fueron a un pueblo de montaña, muy tranquilo. El resto del tiempo hicieron cosas por la ciudad, pero sin viajar más.
Tenían pensado hacer unas reformas en la casa, por lo que llevaban un tiempo ahorrando para ello.
Debo decir que yo no venía al club en el horario de siempre, desde el sábado antes de la boda de mi prima e Ismael.
Después de lo que sucedió entre David y yo, no tuve fuerzas ni ganas de pasearme por aquí, ni de exponerme en esta terraza. Había necesitado mi tiempo para recomponer todos los trocitos que se rompieron de mí aquella noche.
Cuando Cata me dijo a principios de semana que había quedado con Rita, para comenzar la rutina del deporte de los sábados, me lo pensé muy bien para acompañarla. Ella no me presionó.
Si estaba aquí era porque no quería que nada más influyera en mi rutina y para mí esto lo era. La rutina de los sábados por la mañana con mi amiga, aunque Cata se uniera a mí después de jugar. Hoy esperaba que Rita la acompañara, para estar un rato juntas las tres.
Me encontraba nerviosa porque no tenía ni idea de cómo iba a reaccionar cuando volviera a ver a David, ni cómo lo haría él. Llevaba peor lo segundo que lo primero. Mi amiga Cata me comprendió desde el inicio, una vez le conté lo que sucedió con David.
Por cierto, ella se lo pasó en grande con Cristian. Tuvieron sexo en el coche de él, así que imaginaros lo bien que terminó para mi amiga el día de la boda de mi prima.
Cata y Cristian se escribían de vez en cuando. No habían perdido el contacto, pero tampoco eran cercanos. Así estaban las cosas porque ninguno de los dos quería ir más allá, a pesar de que era evidente que se atraían mucho.
A mi prima también le conté lo que pasó con David, lo que hice con él antes de irme del hotel. No se extrañó, solo me sonrió y me miró con cariño, antes de abrazarme y decirme que respetaría todas las decisiones que tomara respecto a David.
Así había sido. Ismael no sabía nada por mi prima, ya que le pedí, por favor, que me guardara el secreto. Las dos únicas personas que sabían cómo terminó el día de la boda eran Cata y Sandra. La lista empezaba y terminaba en ellas.
La vida continuaba y yo estaba mucho más fuerte para seguir adelante. Me sentía preparada para enfrentar lo que fuera, al igual que hacía en el trabajo.
—Mi vuelta al trabajo ha sido un poco de locura —le contesté a Roberto.
Él sabía por Cata que me había incorporado al inicio de esta semana. Mi amiga estuvo aquí el fin de semana pasado, vino a comer con Rita y Damián, el marido de Rita.
Yo rechacé la invitación, preferí quedarme en mi casa tranquila, reservándome para el primer día que las chicas vinieran a jugar. Una semana después. Hoy.
—Se te ha acumulado mucho —dijo.
—Sí —suspiré—. Una coge las vacaciones con ganas, se va mereciendo el descanso, pero, joder, si regresar ya es duro de por sí, cuando te encuentras la mesa tan llena de trabajo que, si te sientas en tu silla, no se te ve desde la puerta, se te baja hasta la tensión.
Bufé y me uní a la carcajada que soltó Roberto.
—Qué mal lo pintas. —Negó con la cabeza.
—Pues es peor de lo que te he dicho, así que…
—Te invito a lo que quieras —me dijo con diversión—. Como llevas mucho sin venir, he acumulado todos los extras que me dan para invitar a los clientes. ¿Qué te parece?
—Es broma —le dije riendo.
—Que no —rio también—. Me repito, pero me alegro muchísimo de verte.
—Yo también, Roberto.
Nos sonreímos.
—¿Qué te apetece tomar?
—Tráeme un refresco, para empezar. Todavía es pronto para pedir una cerveza.
—Van a ser las once y media —me informó, después de mirar la hora en su reloj de pulsera.
—Pues eso. Para mí es muy pronto para beber cerveza —le dije con un guiño—. A no ser que quieras que cuando venga Cata me encuentre saltando de mesa en mesa, cantando o intentándolo.
—Joder, eso sería espectacular.
—Mira qué gracioso —reí, negando—. Anda, tráeme un refresco de limón.
—Marchando, preciosa. Ahora vuelvo.
Asentí y cogí mi móvil. Me centré en él, para entretenerme, porque si miraba hacia delante la vista se me iría hacia todos los lados, buscando a alguien, y era lo que no quería.
David no tenía por qué estar aquí hoy. Con el tiempo que hacía que yo no venía, a saber, si él había cambiado sus costumbres de los sábados por la mañana.
Además, cabía una gran posibilidad de que David estuviera en el club, pero que no coincidiéramos por lo grande que era el lugar.
Roberto regresó con mi refresco de limón y dos montaditos que tenían una pinta estupenda.
—Te los comes y te callas —me dijo, antes de que pudiera decirle algo.
Apreté los labios.
—No sabía esta faceta tuya de mandón.
—Puedo enseñártela bien. Esto solo ha sido una pequeña pincelada.
Me hizo un guiño y reímos.
—Con los montaditos llenas un poco el estómago y coges fuerza para la cerveza.
—Tienes mucho interés para que comience a beberlas.
Elevé las cejas.
—¿Yo? —Se señaló.
—No veo a nadie más que me esté insistiendo.
Roberto rio y yo sonreí, pero el que cada vez era más amigo mío, se puso serio.
—Solo quiero que tus sonrisas parezcan de verdad, que te rías con ganas, no forzada o aparentando normalidad. No sé qué te pasa, Lucía, pero se nota que hay algo. No eres la misma que vi la última vez aquí mismo, meses atrás. Te falta parte del brillo que siempre desprendías.
Me dejó sorprendida porque supo que estaba esforzándome mucho desde que había llegado. Y no, no se me notaba tanto porque lo estaba ocultando bien. Sin embargo, Roberto había sabido que me pasaba algo.
—Así que la cerveza puede ser una buena aliada para que te relajes un poco —continuó—. Y puede que pienses que casi no nos conocemos, pero quiero que sepas que sé ser un buen amigo. Sé escuchar y dar consejos, o solo escuchar.
—Gracias —susurré emocionada, de repente.
—¿Por qué? ¿Y por qué parece que vas a llorar? No era lo que quería, yo…
—Estoy emocionada para bien, Roberto —lo tranquilicé y le sonreí—. Creo que ya podemos decir que somos amigos. ¿No? Un desconocido no se preocupa por una clienta como haces tú conmigo.
—Somos amigos —me confirmó, sonriéndome.
—Solo por eso ha merecido venir hoy —suspiré.
—Pues me alegro de ser yo el responsable de algo bueno.
Me hizo un guiño.
Estaba sonriéndole, sintiéndome muy bien, relajada y contenta, cuando todo se estropeó de golpe.
Eso sucedió en el momento en el que miré hacia delante y me llevé una gran sorpresa.
Ahí estaba la prueba de fuego, para saber si podría repetir más sábados como este.
En cuanto miré hacia las pistas de pádel, la mirada se me quedó fija en el hombre que apareció caminando por el camino que comunicaba todas las pistas de esta parte del club.
David venía hacia el bar y no estaba solo, lo acompañaba su amigo Cristian, con el que iba hablando.
—Roberto… —susurré.
—¿Sí? ¿Qué pasa? ¿No te encuentras bien?
Me cambió la cara. Seguramente me quedé pálida, pero no lo suficiente como para preocupar del todo.
—¿Puedes hacerme un favor?
—Dime.
—¿Me sigues el rollo? —le pregunté.
—¿Cómo?
—Por favor. ¿Puedes seguirme el rollo? —repetí—. Te lo contaré todo en cuanto pueda, pero ahora te necesito. Pensaba que tendría más fuerzas, pero…
—Eh. Tranquila. No pasa nada. Sea lo que sea, lo superarás y, por supuesto, que te ayudo. ¿Qué tengo que hacer?
—Siéntate y háblame —le pedí—. ¿Crees que Marga se enfadará si se entera de que estás aquí?
—Eso lo arreglo rápido. No hay problema.
Así lo hizo. No necesitó mucho tiempo para sacar su móvil y escribir un mensaje. Después hizo una llamada y se guardó el teléfono, sonriéndome.
—Ya está. Marga ya lo sabe y mi compañero Miguel también, para que me cubra en la terraza. Puedes utilizarme todo lo que quieras, soy tuyo.
Reí, nerviosa.
—¿Cómo ha ido?
—¿De verdad quieres saberlo?
Asentí, sonriendo.
Sabía que Roberto estaba alargando la conversación por lo que le había pedido, y que lo que me respondiera no sería verdad. Se le notaba la diversión antes de hablar.
—A Miguel solo le he dicho por mensaje que necesitaba un rato para ayudar a una amiga. A Marga la he llamado para decirle directamente tu nombre. No necesitas más carta de presentación. En cuanto Marga lo ha oído, se ha puesto muy contenta.
Mi sonrisa se amplió.
—Me ha hecho prometerle que te acompañaré a la cocina, antes de que te vayas. Quiere saludarte y ya sabes que siempre está muy liada.
—Sí. Yo también tengo ganas de verla, después de tanto tiempo. A Cata también le hará mucha ilusión.
—Estupendo. Y ya me has escuchado al final de la llamada, antes de despedirme. Le he dicho a Marga exactamente que estaba emocionado porque la mujer de mi vida había regresado, después de un gran descanso y de unas largas vacaciones. De ahí que necesite estar un rato con ella.
Reímos.
—No le has dado tiempo a que te responda.
—Habrá dicho alguna pequeña barbaridad y después habrá sonreído. Ya está, lo importante es que la he informado y que sabe que serás mi futura mujer —me dijo serio.
Soltamos una carcajada.
—Lucía.
Al escuchar la voz de David nos callamos de golpe.
Tragué saliva, aguantando todas las sensaciones y emociones que me recorrieron al oírlo de nuevo, y por tenerlo tan cerca, una vez más.
Levanté la mirada para encontrarme con la de David, mientras que Roberto se giraba en la silla, para observar de frente a David y a Cristian. Lo hizo con curiosidad e interés.