Capítulo 22
Mientras David me hablaba, mi corazón dio un vuelco.
Después de la sorpresa y de recuperarme de ella, me giré despacio hacia donde había escuchado su voz.
Era normal que no me hubiera fijado en él. Estaba apoyado en la pared y cubierto por sombras.
La poca claridad que llegaba de las luces del jardín solo me permitía ver su silueta, aunque fijándome mucho.
Si no me hubiera hablado, me habría pasado desapercibido. Perfectamente.
—¿No sabes dónde están? —le pregunté, a pesar de que me había dejado claro que no.
Di varios pasos hacia él, para verlo un poco mejor. Me quedé a una buena distancia.
—No —repitió.
En mi cabeza también escuché el: ya te lo he dicho .
—No tardarán —dije.
Me giré dándole la espalda, para mirar hacia el jardín.
—Yo no estaría tan seguro. Vale que no estarán horas desaparecidos, pero si es por lo que pienso, aún les queda un rato para que aparezcan.
Lo miré por encima del hombro.
—¿Crees que…?
—Sí.
Su confirmación fue decisiva, por la seguridad con la que la dijo.
—Qué bien. —Bufé.
Me crucé de brazos, sintiendo como los nervios iban creciendo en mi barriga, al notar la presencia de David.
O tal vez era hambre. Eso tenía mucho sentido, ya que hacía bastante que no comía.
Qué va, por más que quería esconder la verdad, no podía porque, a pesar de la poca iluminación que había, lo sentía más que nunca.
Todo lo que me había dicho a mí misma en el baño lo había mandado a la mierda ahora mismo. No me había dado tiempo a hacerme a la idea, cuando ya estaba saltándome todo lo relacionado con este hombre.
—¿Qué te molesta? ¿Qué tu amiga esté pasándoselo bien, para terminar la noche, o que no seas tú la que se lo esté pasando igual de bien?
Su pregunta me descolocó y sorprendió. Fue tanta la sorpresa, mientras pensaba bien en lo que acababa de decir e insinuar, que me quedé rígida. Completamente inmóvil.
—Cata puede hacer lo que quiera, pero hubiera estado genial que me hubiera avisado —susurré.
—No creo que le haya dado mucho tiempo a pensar, antes de actuar.
Tomé una malísima decisión cuando me giré de nuevo hacia él.
David se había movido sin que me diera cuenta y me lo encontré de repente casi pegado a mí.
Me quedé mirando su camisa, mientras que su olor, el que había decidido que me nublaba la mente, se me metió por la nariz al aspirarlo con fuerza inconscientemente.
—¿Qué te gustaría que pasara ahora, Lucía?
Las sombras bailaban a nuestro alrededor, dejándonos ver partes del otro.
Abrí la boca, pero no conseguí que me saliera la voz. David se dio cuenta.
—Imagínate que este momento no va a repetirse en tu vida. Que esta es la única oportunidad que se te va a presentar. Imagínate que llevas todo el día queriendo besarme, pero no te has atrevido a hacerlo. Imagínate que después de hoy, de esta noche, no volveremos a vernos.
Hizo una pausa en la que seguí callada.
No estaba para hablar. No cuando un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies, al mismo tiempo que notaba un ligero temblor.
Además, se me secó la garganta de golpe, todo porque me cubrió el cuello con una mano y comenzó a mover los dedos, haciendo pequeñas caricias a los lados del cuello.
Me puse más nerviosa. No pude controlarlo y me dio mucha rabia porque estaba exponiéndome ante David. Él debía estar sintiendo mi pulso ir como loco, muy acelerado.
¿En qué momento de tantos adioses como me había repetido en el baño, estaba que estuviéramos cara a cara, con una cercanía que traspasaba la intimidad, y una posición difícil de ignorar?
Si su contacto me quemó al hacernos las fotografías, cuando apoyó una mano en mi cintura, y también cuando bailamos en el salón, tocándonos el uno al otro, en este instante, con su mano cubriéndome la garganta y sus dedos rozándome la piel, me sentía arder todo el cuerpo, al mismo tiempo que mis piernas parecían de gelatina.
—Después de imaginar todo lo que te he dicho, ¿qué harías teniendo la oportunidad a tu alcance? ¿Me robarías un beso para guardártelo en tus recuerdos o dejarías pasar la oportunidad, para vivir pensando en lo que podrías haber hecho, siempre que recuerdes este momento?
Le tenía tantas ganas. Me sentía tan sobrepasada y débil, por su cercanía…
Todo ello, la mezcla de sensaciones y sentimientos, me llevaron directamente a actuar, antes de pararme a pensar en lo que iba a hacer.
Porque sí, lo había imaginado todo, ya que cada imagínate suyo para mí había sido muy real. No tenía que echarle imaginación. Todo lo que había dicho era exactamente lo que me había propuesto que sucediera después de hoy.
Él era algo que nunca más se iba a repetir. En mi cabeza y en mi corazón. Esta era la única oportunidad que tenía para cometer una locura, antes de olvidarme por completo de él y rechazar su recuerdo.
Y claro que llevaba todo el día queriendo besarlo, pero no solo hoy. Eso era algo que David no sabría nunca. Para mí quedaban todas las veces que había deseado y soñado besarlo, al verlo en el club de pádel.
El último imagínate era con el único que se había equivocado, ya que sí que volveríamos a vernos. Y muy pronto. Él no tenía ni idea, por lo que se sorprendería mucho al verme en el club de pádel. Ya no sería invisible para él.
Por todo ello, mi respuesta fue demostrarle lo que iba a hacer, al tener la oportunidad a mi alcance. No solo iba a robarle un beso, sino que intentaría quedarme con mucho más de él.
De aquí a un tiempo, cuando ya no me doliera ni me molestara pensar en él, entonces recordaría el puñetero beso como lo que iba a ser, algo mágico, excitante, caliente y muy especial.
Sin que él me soltara del cuello, notando el calor de su mano, le agarré la nuca y tiré de su cabeza hacia abajo.
Lo hice rápido, como también me puse de puntillas y busqué su boca con la mía.
Nuestros labios chocaron y por unos segundos ninguno de los dos se movió. Simplemente nos quedamos con las respiraciones aceleradas, respirando el aire del otro y su olor. Mantuvimos el contacto cálido.
Hasta que no pude soportarlo más y moví los labios sobre los suyos. Después de tirar con los dientes del suyo inferior y del pequeño gruñido que soltó por ello, profundicé el beso adentrándome en su boca.
Mi lengua se hizo paso buscando la suya y enseguida se entrelazaron, profundizando el beso lo máximo posible.
Gemí agarrándome con fuerza a él, pegando mi cuerpo por completo al suyo, por instinto y con necesidad.
La lengua y los labios de David tomaron rápido el control del beso y yo solo pude seguirle el ritmo. Mis barreras bajaron del todo, hasta el punto de que quería mucho más.
Noté su erección clavándose en mi barriga. La presión con cada empujón de nuestros cuerpos, para estar más cerca del otro, y por cada roce de nuestros movimientos, me ponía cada vez más excitada al comprobar cómo estaba por mí.
Quise hablar, separarme y decir algo coherente, brillante, si es que mi cabeza funcionaba con normalidad, pero David no me lo permitió. Gemí con más fuerza cuando me levantó del suelo.
Me agarró del trasero y me llevó hacia la pared, cubriéndonos a ambos con más oscuridad.
Cuando mi espalda tocó la frialdad de la pared, me estremecí. Por eso o porque notaba todo el cuerpo de David en contacto con el mío.
Sin dejar de besarnos, agarró los laterales de la falda de mi vestido y me la subió.
Mi respiración se descontroló por completo, mientras era yo la que me apropiaba del control del beso.
David continuó deslizando la tela del vestido hacia arriba, hasta que me la dejó más arriba de los medios muslos. Noté la temperatura de la noche más fresca acariciarme la piel.
Movió las manos sin soltar la tela, hasta que llegó a mis piernas. Volvió a agarrarme del trasero, pero esta vez directamente sobre la piel, ya que el tanga que llevaba no tapaba nada.
Me estremecí y por unos segundos dejé de besarlo. Nos quedamos respirándonos el uno al otro, mientras David colocaba una de sus piernas entre las mías. Me hizo caer sentada sobre su muslo, a horcajadas.
La presión que ejerció y el movimiento que me hizo hacer, con las manos en mi trasero, me hicieron jadear.
Debía estar notando la humedad entre mis piernas, el calor. La tela fina del tanga no era suficiente para retener todo lo que estaba provocándome. Si no estaba notándolo, lo que sí dejaría sería una marca visible cuando pudiera ver la tela de su pantalón.
La vergüenza no me contuvo. Me froté contra su muslo, con necesidad. David me observó durante unos largos segundos, mientras me daba placer a mí misma, hasta que se apoderó de mi boca para acallar mis jadeos.
El mundo entero comenzó a dar vueltas. Giró a mi alrededor demasiado rápido, por todas las sensaciones intensas que sentía.
Lo agarré del pelo con fuerza, acercándolo más a mí, mientras yo misma me movía sobre su muslo. Sus manos ahora solo me agarraban del trasero, dejándome hacer a mí. El contacto piel con piel era demasiado intenso y abrasador.
El orgasmo me llegó sin avisar y fue tan potente que me dejó temblando entre sus brazos, durante un buen rato. David evitó que mis gemidos se escucharan, al no separarse de mi boca.
Cuando la euforia pasó, cuando todo se pausó de golpe, mientras me recomponía y recuperaba la respiración, me quedé mirándolo a la cara. Quise memorizarlo, porque no se imaginaba lo que acababa de regalarme.
Notaba su tensión, su mandíbula apretada, pero no hizo ningún movimiento para saciarse él.
—¿Luci?
La voz de Cata me hizo salir del sueño en el que me había metido con David. Tragué saliva, antes de hablar, porque todo estaba a punto de terminar.
—Yo… —susurré.
—No digas nada. Todo está bien. —Me acarició los labios con el pulgar—. Ve y no mires atrás. Tu amiga todavía no se ha acercado lo suficiente, así que no verá de dónde sales. Eso te da más tiempo para poder hablar con ella, si quieres.
Asentí, despacio.
—Adiós, David —volví a susurrar.
—Hasta otro momento, Lucía —me dijo con un guiño.
David se apartó de mí y se colocó apoyado en la pared, como lo había encontrado.
Me bajé la falda del vestido con las manos temblando, y di el primer paso con cuidado, para no caerme. Mi estabilidad no era muy buena.
Mientras caminaba saliendo de la oscuridad de la noche, me pasé las manos por el pelo. No sabía qué aspecto tenía, o sí, podía imaginármelo.
No me importó y Cata no iba a darse cuenta a estas horas de la madrugada, y menos si ella venía de la misma manera. O peor.
Hice lo que David me pidió. No miré hacia atrás en ningún momento, siguiendo la voz de mi amiga, cuando me llamó otra vez.