Capítulo 21
—No puedo más —dije riendo.
Me dejé caer en una silla, agotada de tanto bailar y moverme. Todo lo que había bebido también estaba influyendo. Mucho. El salón se movía un poco.
—Pero si estamos en lo mejor de la fiesta —gritó Cata, moviendo las caderas delante de mí, con los brazos levantados.
Solté una carcajada.
—¿Qué hora es? —le pregunté—. ¿Y dónde está mi móvil? —Miré alrededor, pero no lo encontré sobre la mesa—. Mierda. ¡Lo he perdido! —exclamé, lamentándome.
—¿Qué dices? Si hace un buen rato que lo metiste a presión en mi bolso…
—Ah. ¡Es verdad!
Reímos.
—¡¡Chicas!!
Miramos a mi prima y volvimos a reírnos.
Ismael llevaba a Sandra a caballito, a su espalda. Mi prima se había subido la falda del vestido y hacía todo lo que podía para que su marido la llevara. Para Ismael no parecía ser un impedimento mantenerla pegada a él.
—Nos vamos a la habitación —nos dijo Ismael.
—¿Ya? —se sorprendió Cata.
—Son las tres de la madrugada y mañana tenemos que levantarnos temprano. Hay que correr para hacer las maletas —contestó mi prima, riendo.
Ella también iba bastante afectada por el alcohol. Sonreí y me emocioné.
—¿Qué te pasa? —se preocupó al darse cuenta.
—Que estoy muy feliz por vosotros —hablé con la voz llena de emoción y conteniendo las lágrimas.
—Ay. Luci. —Hizo un puchero Sandra.
—Valeee… —intervino Ismael—. Tiempo muerto. Ya está —dijo y nos hizo reír—. Esa es la señal para que nos vayamos todos a dormir.
—¿Y los que quedan? —preguntó Cata.
A estas alturas de la noche no éramos muchos en el salón. Mis padres hacía dos horas que se despidieron de nosotros, junto a mis tíos, los padres de Sandra. Los demás invitados se habían ido poco a poco.
De Carlos nos despedimos media hora atrás. Más o menos, si no me fallaban los cálculos por cómo me encontraba.
—Los que se queden aquí ya se las apañarán cuando los del hotel les digan que tienen que irse —contestó Ismael, encogiéndose de hombros—. Nosotros ya hemos cumplido. Mis amigos no tardarán en irse.
Al mencionarlos, la mirada se me fue hacia donde estaban David y Cristian.
Ambos se encontraban sentados en un sofá que en algún momento habían traído los trabajadores del hotel, cuando apartaron del todo las mesas. No era el único sofá, repartidos por el salón había varios.
Cristian estaba diciéndole algo a David y se reía en algunos momentos, mientras que David observaba hacia delante, serio y con su copa en la mano. Nos miraba a nosotros, a nuestro grupo.
—Disfrutad mucho de lo que queda de la noche —les pedí a mi prima y a Ismael, con un guiño—. Y que vaya muy bien el viaje mañana. Escribidme cuando lleguéis, para quedarme tranquila.
—Acércate —le pidió Sandra a su marido.
Sin soltarla, llevándola a su espalda, vinieron hacia mí y me levanté de la silla. Los abracé a ambos como pude y terminamos riéndonos.
—Pasadlo genial y divertíos a tope —les deseó Cata.
También se abrazaron.
—Lo haremos todo. Y claro que te avisaré cuando lleguemos —me confirmó mi prima—. Y también te escribiré para contarte cómo nos va y te enviaré fotos para que nos veas disfrutar —dijo con una gran sonrisa.
—Gracias por estar con nosotros siempre, por formar parte de nuestras vidas, nuestra familia —nos dijo Ismael y rio por las caras que pusimos—. Y por el regalazo tan importante e impresionante que nos habéis hecho. Descansad.
—Igualmente. ¡Aprovecha bien la liga, Sandra! —gritó Cata.
Ismael se fue casi corriendo por eso, mientras que mi prima y nosotras reíamos sin poder parar. Era una suerte que no tuvieran que moverse mucho para llegar a una cama, ya que el hotel les había regalado la estancia de la noche de bodas.
—Me arrepiento de no haber reservado una habitación —suspiré—. Tendríamos que haber cogido una para las dos y mañana irnos tranquilas, después de desayunar. No, que ahora tenemos que pedir un taxi y esperar a que llegue.
—Joder, hubiera sido increíble —lloriqueó Cata.
Se apoyó en la mesa.
—Lo que daría por cerrar los ojos y estar tumbada en una cama —rio y sonreí—. Pero bueno, el taxi llegará pronto. A esta hora será rápido.
—Eso espero.
—Oye, podemos preguntar si tiene habitaciones libres —me propuso—. Seguro que hay, y en la recepción siempre hay alguien.
—Da igual. Mañana agradeceremos despertarnos en nuestras casas —dije.
—Eso sí. —Asintió, conforme—. Entonces, ¿pido ya el taxi?
—Sí. Voy a ir al baño. ¿Tú tienes que ir?
—No. Estoy bien.
—Vale.
La dejé entretenida con lo del taxi y recorrí el salón, sin mirar a otro lado que no fuese la puerta. Cuando llegué a ella, me paré y me giré, pero Cata ya no estaba donde la había dejado.
Para mi sorpresa, se había unido a los amigos de Ismael, Cristian y David. Estaba sentándose en el sofá, al lado de Cristian. Él enseguida le dijo algo que hizo sonreír a mi amiga, mientras Cata miraba la pantalla de su móvil, pidiendo el taxi en la aplicación.
No tardé en cruzarme con unos ojos que miraron en mi dirección.
Me di la vuelta y caminé rápido por el pasillo, yendo directa al baño.
Desde el momento desconcertante del baile no había vuelto a acercarme a David, más allá de las veces que nuestros grupos se habían juntado. Pero, de todos modos, en esos momentos nos mantuvimos cada uno en una punta.
En el baño hice lo que me urgía y mientras me lavaba las manos, observando mi imagen en el espejo, no pude parar de pensar que faltaba muy poco para despedirme definitivamente de David.
Una vez lo dejara atrás esta noche ya no iba a pensar más en él. Y si coincidíamos en el club de pádel, que sería normal que sucediera, ahora, como él me reconocería, lo saludaría porque no me quedaría más remedio. Pero lo de estar pendiente de él y observarlo como una tonta, se terminó.
Me pregunté quién sería la mujer con la que se besó en la terraza del bar del club, días atrás. Según mi prima no sabía que David estuviera saliendo con alguna chica.
Había venido solo a la boda, por lo que tenía sentido la versión de Sandra. Aunque podía no significar nada, al igual que podían ser varias las posibilidades para la ausencia de ella.
O tal vez era verdad que para él los besos que se dio en la terraza tan solo fueron parte de un rollo corto con esa chica.
No tenía ni idea porque no le había preguntado a Sandra nada de la vida de David, más allá de lo que salió en nuestra conversación en el jardín, cuando mi prima me pidió hablar y estuvimos solas.
Sandra, lo único que había hecho durante la noche había sido sonreírme con picardía, en todos los momentos que me había pillado mirando disimuladamente a David. O cuando yo lo buscaba sin darme cuenta.
El gran momento fue cuando David y yo terminamos de bailar. Ahí no solo ella sonreía de oreja a oreja, todos los que estaban atentos a nosotros nos miraban con una pizca de picardía y diversión.
Y eso que Oliver, que estaba presente en ese instante, no tenía ni idea de nada de lo que pasaba entre David y yo. La breve historia que arrastrábamos, aunque David tampoco la supiera.
Solté un suspiro y respiré profundo, al apoyar las manos en la encimera del baño. De esa manera cerré los ojos, para terminar de despedir una etapa de años y dar paso a una nueva.
Adiós, a la etapa de los nervios y de las emociones que me provocaba ver a David y encontrarme con él, cuando no sabía quién era ni su nombre.
Adiós, a todas las veces de los sábados por la mañana en las que él era la chispa que me daba una alegría, siempre desde lejos y manteniendo las distancias.
Adiós, a mis sentimientos, los que, hasta hacía poco, ni siquiera sabía que existían. Adiós, a quedarme contemplándolo como una tonta.
Ahora tocaba dar la bienvenida a la etapa en la que David solo existía como uno de los mejores amigos de Ismael. Al que cuando lo viera en el club tendría que saludar por cortesía, para continuar después por mi camino y con mi vida, ignorándolo.
Escuché como se abría la puerta del baño y eso me sirvió para espabilarme. Después de una última mirada al espejo, me separé de la encimera y me giré hacia la puerta.
Saludé a la mujer con la que me crucé y salí del baño, para recorrer el pasillo. Cuando llegué al salón busqué con la mirada a Cata, pero no la encontré.
Todavía quedaban personas, unas seis que se negaban a irse hasta que no los echaran.
David y Cristian tampoco estaban. El sofá donde los dejé con Cata se encontraba vacío.
No llevaba mi móvil, lo tenía mi amiga en su bolso minúsculo, por lo que esperé un rato. Cata no apareció y me extrañó mucho.
Entré en el salón y me acerqué al grupo que hablaba con las últimas copas en las manos.
—Perdonad —les dije—. ¿Habéis visto a mi amiga? Hasta hace poco estábamos juntas y cuando he ido al baño se ha sentado en ese sofá. —Lo señalé.
—Yo la he visto. Se ha ido con uno de los hombres que la acompañaban —dijo una de las chicas.
—A mí me ha parecido oír a uno de ellos decir que iban fuera a esperar —comentó un chico—. Ha sido cuando yo volvía del baño.
—Ah. Muchas gracias —sonreí—. Que terminéis de pasar una buena noche.
—Gracias. Igualmente —me dijo otro chico.
Los dejé disfrutando de los últimos minutos y salí del salón, para ir al exterior.
Una vez fuera, con una temperatura muy agradable, miré hacia los lados de la parte del jardín a la que salí.
Era el mismo jardín en el que estuve con mi prima. El banco en el que nos sentamos Sandra y yo era visible por las luces que decoraban esta parte.
—Joder. ¿A dónde mierda se han metido? —pregunté sin esperar respuesta.
Me llevé las manos a las caderas. Comenzaba a cabrearme, pero, sobre todo, a preocuparme.
Cata llevaba en su bolso mi pequeño monedero, mis llaves y mi móvil. No podía ponerme en contacto con ella, ni siquiera entrar en mi casa para coger dinero, pagar el taxi y entrar a descansar.
Eso sin contar que quería saber ya dónde estaba mi amiga, porque no iba a irme sin ella.
Como no escuchaba ningún ruido, ya que el jardín se encontraba en completo silencio, decidí ir hacia el estacionamiento por si Cata había acompañado a Cristian y a David.
En cuanto di el primer paso para buscar a mi amiga, me quedé parada al escuchar una voz conocida.
—Eso me gustaría a mí saber. No tengo ni idea de dónde se han metido, aunque puedo hacerme una buena idea. Cuando he ido al baño me han dicho que me esperaban fuera, en el jardín. Pero aquí llevo unos minutos, solo. Como tú.