Capítulo 20
Lucía
Le hice una señal a mi tía Claudia, la madre de Sandra, y ella llamó la atención de su marido, mi tío Javier.
Me entendieron rápido y cuando me aseguré de que el regalo de Cata y mío estaba en camino hacia nuestra mesa, donde ya se encontraba Ismael, Cata y yo agarramos de las manos a mi prima y la llevamos con nosotras.
—No llevo liga, ¿eh? —nos advirtió, para que no le montáramos un numerito.
—Esa sí que es buena —dijo Cata, riendo—. Joder. ¿Ya no te acuerdas de que te hemos ayudado a vestirte? No me lo puedo creer.
Soltó una carcajada.
—Mierda —se lamentó mi prima.
—Tranquila, esa liga es solo para Ismael. Por favor, no queremos los detalles de lo que será de ella ni para qué la quieres —comenté.
Esta vez reímos las tres. De esa manera, entre risas, llegamos a la mesa. Mis tíos ya estaban hablando con Ismael, David, Cristian y Juanjo. Carlos y Oliver todavía estaban por algún lado del salón. Las otras dos, como si se hubieran ido.
—Hola —saludé.
Mi tía me sonrió y me rodeó la cintura con un brazo, al quedarme a su lado. Mi tío me hizo un guiño.
—Cata y yo queremos daros nuestro regalo —hablé mirando a mi prima y a Ismael.
—Os dijimos que no hacía falta —comentó Ismael.
Cata y yo nos miramos y tuvimos que contenernos para no reírnos, al pensar que cuando supieran cuál era nuestro regalo, se llevarían las manos a la cabeza.
—Pero nosotras queríamos hacéroslo —comentó Cata—. Nos hacía mucha ilusión y, aunque no sea algo material que perdure en el tiempo, sabemos y tenemos la esperanza de que los guardéis en un lugar especial de vuestros recuerdos.
—¿Qué es? ¿No podemos cogerlo? —preguntó con curiosidad mi prima.
Mi tío Javier, su padre, sacó de un bolsillo un sobre y me lo dio. Lo cogí agradeciéndoselo con una sonrisa.
Cata también cogió el sobre, por la punta contraria, y ambas lo acercamos a los recién casados.
Ismael lo cogió, con una ceja elevada. Imaginé que algo se olía ya.
—¿Qué es…? ¡Oh, joder!
Mi prima se llevó las manos a la boca, en cuanto Ismael sacó los billetes de avión y las hojas de la reserva del viaje, con todo lo que incluía.
—Os habéis vuelto locas —susurró Ismael, emocionado—. ¿Diez días? ¿En serio? Es demasiado. Los vuelos, la estancia en un hotel de lujo en un destino paradisiaco…
—Hombre, no os íbamos a mandar tres días, para que perdierais dos en viajar —dijo Cata, riendo.
Yo sonreí de oreja a oreja, con un nudo en la garganta. Sandra estaba llorando y no podía hablar.
—Los tíos nos ayudaron con la información y para despistaros. Os hicieron creer que el regalo sería cosa de ellos —les informé—. Sé las ganas que teníais de hacer un viaje de ese tipo y no hay nada que quiera más, que veros disfrutar y ser felices.
Tragué saliva.
—¿Es una locura? Tal vez —continué hablando—. Pero una locura hecha con mucho amor y esfuerzo, para que dos personas que queremos muchísimo la disfruten.
Sandra lloró más fuerte y se lanzó a mis brazos. La abracé con fuerza y después se unió Cata, cuando mi prima la agarró. Nos abrazó a cada una con un brazo.
—Gracias —susurró, sin poder dejar de llorar.
—No hay de qué, cariño. —Le di un beso en la mejilla.
Cuando nos separamos Cata se quedó abrazándola y yo me acerqué a Ismael, cuando me agarró de un brazo, para abrazarme también.
—Os habéis pasado —me susurró al oído y sonreí, muy emocionada.
—Ojalá pudiera daros mucho más.
—No digas tonterías.
Me agarró de la cara con las manos, separándonos.
—Lo único que necesitamos es tenerte en nuestras vidas. Los demás son extras que vienen y van.
—No me hagas llorar —le pedí entre llorando y riendo.
Le di varios golpes en el pecho, haciéndolo reír por todo.
Cata se acercó a Ismael y me aparté un poco, para dejar que se abrazaran.
—Nos vamos mañana —comentó mi prima, mirando bien los billetes de avión—. El vuelo sale a las cinco y media de la tarde, tenemos que estar en el aeropuerto para facturar sobre las tres o un poquito antes. Me gustaría ir con tiempo. Podemos llegar sobre las dos, facturar y comer con calma.
—Tranquila. Tenemos tiempo de sobra —le dijo Ismael—. Me parece bien comer allí. —Asintió, antes de darle un beso.
—Tampoco tenemos tanto —rio mi prima, nerviosa—. Esta noche terminaremos tarde la fiesta, después dormiremos aquí, en el hotel. Por muy pronto que nos levantemos no será antes de las ocho y hay que ir a casa a preparar las maletas. Me estoy agobiando —rio.
—Hija, tenéis toda la mañana para hacerlo.
—Yo os llevaré al aeropuerto. ¿Paso a buscaros un poco antes de las dos? —les preguntó mi tío.
—A las dos menos veinte, papá —le confirmó Sandra, después de que Ismael asintiera.
—Estupendo. Pues a esa hora pasaré a recogeros.
—Las maletas las haréis rápido —le dije.
—Ya te digo. Teniendo en cuenta que lo que más vais a utilizar van a ser trajes de baño y vuestra propia piel… —habló Cata, con diversión.
—¿Vuestra propia piel? —preguntó mi tía.
Todos la miramos divertidos.
—Cariño… —le dijo su marido.
—¿Qué?
—Tía, Cata ha dicho eso porque van a pasar mucho tiempo desnudos. ¿Entiendes? —le aclaré.
—Oh. —Se sonrojó y todos reímos.
—Ves montando los modelitos en la cabeza y cuando te pongas mañana, tendrás mucho adelantado —le dije a Sandra.
—Buena idea. —Me hizo un guiño.
—Ha llegado el momento del baile —nos informó Ismael—. Acabo de decirle que sí. El encargado me lo ha preguntado desde la puerta.
Ismael rodeó la cintura de mi prima y se fueron hacia el pequeño espacio que dejaban las mesas, al estar puestas en forma de círculo.
Al verlos todos se quedaron en silencio. Ellos se abrazaron, ajenos a todo lo que los rodeaba, y cuando la música comenzó a sonar, empezaron a moverse al ritmo de ella.
Al escuchar la canción sonreí. Era la de ambos, con la que se dieron el primer beso y la que había estado muy presente en sus vidas. No podía ser otra la que sonara únicamente para los recién casados, en un día tan especial.
A mitad de la canción, Sandra e Ismael pidieron a los invitados que quisieran que se unieran a ellos.
La pista improvisada no tardó en llenarse de parejas de todo tipo. Padres con hijas, primos, amigos, matrimonios, novios…
Mis padres y mis tíos no tardaron en unirse. Mi primo Carlos bailó con su madre, ya que su padre estaba terminando de recuperarse de una operación de rodilla.
Cata se vio arrastrada a bailar por la persona que menos esperábamos. Ambas nos quedamos sorprendidas cuando, sin decir nada, Cristian, el amigo de David e Ismael, se puso delante de mi amiga y le ofreció una mano.
Ella la aceptó sin dudar, entre emocionada y divertida.
Los vi alejarse hacia los demás y cómo se acercaron el uno al otro, en una especie de abrazo en el que mantuvieron una pequeña distancia.
—¿No te animas?
Giré la cabeza hacia David. Me puse nerviosa al instante.
—¿Y tú? —le devolví la pregunta—. Hay más de una que está esperando que vayas a sacarla a bailar.
Sonrió de medio lado.
—Pues resulta que estoy aquí, a tu lado, y voy a ofrecértelo a ti.
—Yo… Lo siento. Ya te he dicho antes que…
—Que no te gusta el contacto físico. Sí, me acuerdo. —Miró hacia donde los invitados bailaban—. Y yo te dije sobre eso que, las veces que te he visto, no me ha parecido que te molestara mucho.
Nos miramos y nos mantuvimos las miradas
Antes de que me diera cuenta o de que pudiera reaccionar, David se giró hacia mí, me agarró de las caderas y pegó nuestros cuerpos.
Contuve la respiración cuando nos quedamos tan cerca el uno del otro. Mi vestido rozó su camisa, a la altura de mis pechos. Hacía un buen rato que se había quitado la chaqueta del traje.
Levanté la mirada, para encontrarme con la suya. Sus ojos se veían diferentes, había algo distinto en ellos. Tal vez fue la intensidad con la que me observaba, la que me desconcertó.
Empezó a moverse y a llevarme con él. Mis pies se movieron solos siguiendo sus pasos y su ritmo. En algún momento mis manos se fueron involuntariamente hacia sus caderas, donde las dejé bien colocadas.
No dejamos de mirarnos durante lo que duró la canción. Y para mi sorpresa, David no dejó de bailar cuando la música se acabó. Al cabo de unos segundos, otra canción sonó y seguimos de la misma manera, sin apartar los ojos del otro.
Su olor era demasiado bueno, al igual que él. Noté muchísimo calor por todo el cuerpo y las pulsaciones disparadas.
—¿Bien? —me preguntó, con la voz más ronca.
—¿Qué?
—Que si estás bien con el contacto físico. No me has apartado y me estás siguiendo, así que lo tomo como una buena señal.
—En este momento me gusta esta cercanía —susurré.
—Eso pensaba —dijo, con una sonrisa ladeada.
—Tampoco te lo creas tanto. Puedo cambiar de opinión en cualquier momento —carraspeé.
—Ya…
Cerré los ojos unos segundos, cuando sentí sus pulgares hacer círculos en mis caderas.
En el momento en el que la segunda canción terminó, nos quedamos quietos, mirándonos fijamente.
—Me alegro de que te hayas animado —dijo Cristian, su amigo.
Yo me sobresalté, ya que no noté que alguien se acercaba a nosotros.
Al mirar hacia Cristian, me di cuenta de que no estaba solo. A sus lados se encontraban Ismael, Sandra, Cata, Carlos y Oliver. Los seis nos observaban muy sonrientes a David y a mí.
Una llamada a David nos salvó del momento y de las preguntas. Al menos por el momento.
David sacó su teléfono y se disculpó con nosotros, antes de recorrer el salón. Se fue para atender la llamada.