Capítulo 19
David
—Es realmente muy interesante.
Miré de reojo a Cristian.
—¿El qué? —le pregunté.
—Lucía. La chica que hasta hace unos minutos estaba sentada frente a nosotros.
Me llevé el último trozo de tarta a la boca. Todavía quedaba en el plato, pero ya había sobrepasado mi ración de dulce semanal.
No era de comerlo. Ni postres, ni galletas, ni chocolate, ni cualquier variedad que se me pusiera por delante. Era algo que no me tentaba y que pasaba desapercibido en mi vida.
Los cafés me los tomaba solos, sin endulzar. Rara vez comía postre, debía ser en alguna ocasión especial. Las tartas de mi cumpleaños las probaba porque, según mis amigos, era comenzar mal el año. Podía continuar con una larga lista.
—¿No vas a comer más? —me preguntó Cristian.
Sonreí de medio lado, cuando deslizó mi plato hacia él.
—No sé para qué te pregunto —dijo.
—Eso digo yo. —Negué con la cabeza.
—¿No vas a decirme nada de la fijación que te ha entrado con Lucía? —me preguntó en voz baja, mientras masticaba un bocado de mi tarta.
—¿Por qué hablas tan bajo? No hay nadie más en la mesa.
—Yo qué sé —contestó riendo.
Se habían ido levantando todos, hasta que nos quedamos solos Cristian y yo.
En primer lugar, se fueron Lucía, Carlos y Cata. Después les siguieron Oliver y Juanjo. Y, por último, se alejaron Mariana y Julia, de lo que daba gracias porque eran bastante insoportables con sus comentarios.
No eran los únicos invitados que no estaban en sus mesas. La mayoría había aprovechado que la comida había terminado, para ir a hablar con unos y con otros, ya que lo último había sido la tarta.
El momento de la tarta había sido divertido y romántico, ya que Sandra inició una pequeña guerra con la cobertura y al final Ismael y ella terminaron con las caras manchadas.
El beso que se dieron para terminar fue muy dulce e intenso.
—Yo no tengo ninguna fijación con nada ni con nadie —le dejé claro a Cristian.
—Claro, por eso muchas de las veces que te he mirado hasta ahora, tú la observabas a ella. No has sido muy disimulado, que digamos. Y, por supuesto, que no se te van los ojos buscándola, desde que se ha levantado para irse con su amiga y su primo.
—No tienes ni idea de lo que dices.
Cogí la copa y le di un sorbo al champán. Cristian rio.
—Estoy deseando que Ismael entre en esta conversación.
—Ni se te ocurra —le advertí—. Es la prima de su mujer. Ellas están muy unidas y nuestro amigo la quiere como a una hermana. No vayas a liarla por tus paranoias sin sentido.
Estaba quitándole la razón, pero era verdad que había estado pendiente de Lucía. Se lo negaba a Cristian porque no quería tenerlo hablándome ni preguntando sobre el tema el resto del tiempo que estuviéramos en la celebración de la boda.
Si había observado tanto a Lucía era porque me habían desconcertado las reacciones que tuvo hacia mí, mientras posábamos para el fotógrafo.
Eso y porque no llegaba a comprender el motivo de por qué se había comportado como si yo tuviera algo contagioso. A pesar de que intenté calmarla, preocupándome por cómo se encontraba, fue evidente que lo único que ella deseaba era alejarse de mí. Lo más rápido posible.
Me había creado curiosidad e interés, para averiguar qué narices le sucedía con la cercanía conmigo. Por más vueltas que le había dado, mientras la miraba, no había llegado a ninguna conclusión.
Y sí, la había mirado mucho. Comer, beber, reír, sonreír, hacer bromas con su amiga y primos, cada una de las veces que les había plantado cara a las que también eran primas de todos los de la mesa, menos de Cata, de Cristian y de mí.
Aunque no parecieran familia, dada la tensión y el malestar que se respiraba. Todo era culpa de Julia y Mariana, e iba todo dirigido hacia ellas.
Demasiada paciencia tenían. Yo solo había intervenido una vez, al principio, después me había mordido la lengua, reservándome por si era necesaria mi aportación para dar el toque final.
Lucía había dejado claro que podía con ambas, sobradamente. No habían podido con ella, a pesar de que la habían elegido como objetivo de sus ataques.
La envidia era muy mala, ya que ni Mariana ni Julia estaban a la altura de Lucía. En cuanto abrían la boca, lo estropeaban todo.
—No quieres que se lo cuente a Ismael porque él conseguirá que sueltes toda la verdad —rio Cristian.
—Lo que tú digas, pero quédate callado.
—¿Qué estáis tramando? Sea lo que sea, me uno.
Cristian y yo sonreímos, al mismo tiempo que giramos las cabezas hacia nuestro amigo Ismael. Él era el que había hablado.
Rodeó la mesa y se sentó en la silla de Carlos, para estar frente a nosotros.
—¿Qué se siente al ser un hombre casado? ¿Cómo te va la vida recién estrenada? —le preguntó Cristian, con diversión.
—No hay mucha diferencia a como me sentía ayer, pero hoy es un día especial. La felicidad baila constantemente a nuestro alrededor —contestó con un guiño—. Y mi vida va a continuar de la misma manera. Como si fuera a variar después de tantos años con Sandra.
Negó con la cabeza.
—Tampoco quieres que cambie —dije.
—Exacto. Quiero seguir como siempre con ella —sonrió.
—¿Ya sabéis dónde os vais de viaje? —le pregunté.
—No. Pero no me preocupa. Es el regalo de mis suegros, ellos saben lo que nos gusta y la idea que teníamos. Me fío de ellos, por completo.
—Tampoco sabes si salís mañana —comentó Cristian.
—Ni idea. Dentro de un rato, o tal vez a última hora de la tarde, lo sabremos todo. Ni mis suegros ni mis padres se quedarán a continuar la fiesta.
—Después de comenzar desde bien temprano hoy con todo el lío, es normal que no tengan cuerpo para alargar la celebración —sonreí.
—Sí. Vosotros os quedáis hasta el final, ¿verdad?
—Claro —contestó rápido Cristian.
—Yo ya lo iré viendo. Por ahora puedo decir que sí, más tarde ya se verá.
—¿Tienes que viajar la semana que viene? —me preguntó Ismael.
—Lo tenía planeado desde hace unas semanas, pero irá Santi. Lo he enviado a él.
—Joder, pues ya podrías hacer lo mismo con el ochenta por ciento de los viajes por trabajo. Como mínimo —comentó Cristian.
—Es mi empresa y soy el mayor responsable que hay. Ese es el resumen.
—Pero también tienes una vida, tío —insistió Cristian.
—Ahora me arrepiento de lo que te he pedido hace un rato. Lo prefiero al temita del trabajo. —Negué con la cabeza.
—¿Estás seguro? —me preguntó, sonriendo con picardía—. Piénsalo bien.
—¿Qué tiene que pensar? ¿De qué habláis? —nos preguntó Ismael.
—Nada. He sido rápido pensando: cállate —le pedí de nuevo a Cristian.
Él soltó una carcajada.
Dejé de prestarle atención cuando Lucía pasó con Sandra y Cata por delante, a unos metros por la espalda de Ismael. Iban riendo entre ellas y las seguí con la vista.
Los recién casados ya habían repartido el regalito del final.
—¿Qué estáis ocultándome? —quiso saber Ismael.
—En otro momento te lo contamos. Hoy no es el mejor —le dije.
—¿Cuánto queda para que comience la música y la barra libre? —preguntó Cristian.
—¿No has tenido bebida suficiente por ahora?
Ismael, que era quien le había preguntado, elevó las cejas, mirándolo con diversión.
—Claro. Pero hoy quiero darlo todo —rio Cristian.
—Dentro de un rato despejarán la zona. Apartarán las mesas hacia los lados, para dejar el centro del salón para quienes quieran bailar o lo que les apetezca. Pero antes de eso falta que Sandra lance el ramo y nuestro primer baile. Es lo último, después ya no habrá orden.
Ismael se giró en la silla y una vez que encontró a su mujer, sonrió viendo cómo se movía por el salón.
—Ya mismo se apartarán las que quieran hacer lo del ramo —comentó.
—Todo está saliendo genial —comentó Cristian.
—Sí —confirmó Ismael—. Para lo rápida que ha sido la organización… —Negó con la cabeza.
—Más no podríais haber corrido. Os entró la prisa de golpe —rio Cristian.
—Todo salió rodado y no queríamos esperar más —nos dijo con un guiño.
Nos callamos al escuchar el alboroto que se formó a unos metros de las últimas mesas. Allí, hacia un lateral de la puerta del salón, se encontraba un gran grupo de mujeres jóvenes.
Entre risas y comentarios que no eran entendibles desde donde estábamos, las mujeres ocuparon un lugar a la espalda de Sandra y esta, tras hacer una breve cuenta atrás, lanzó el ramo con fuerza hacia su espalda.
Todos los ojos fueron a parar a las manos de la mujer que agarraron el ramo. Después de unos segundos de silencio, el salón se llenó de gritos, risas y aplausos.
Cogí mi copa, para beber un sorbo de champán, mientras observaba como varias invitadas se echaban encima de Lucía, para abrazarla.
Sí, el ramo había ido a parar a ella. Al principio, Lucía se había quedado sorprendida, porque por su expresión estaba ahí por pasar un rato divertido y por participar, por su prima. En cuanto reaccionó, comenzó a reír, mirando a su amiga y a su prima.
Y ahora tocaban los abrazos y las felicitaciones. Las últimas fueron Cata y Sandra.
—¿Quién será el afortunado, hija? —le preguntó una mujer, alzando la voz.
Debía ser Erika, la madre de Lucía. Al decir lo de hija en su pregunta no era significativo, ya que lo había escuchado de muchas mujeres, como una expresión de cariño.
Pero si unía la forma de dirigirse a Lucía, la diversión en su voz, que estaba sentada al lado de Alejandro y que este las miraba a ambas con amor, estaba clarísimo que eran madre e hija.
Sabía que Alejandro era el padre de Lucía por cómo se acercó por su espalda, cuando ella estaba sentada a la mesa, y por cómo actuó con ella, las miradas y el beso que le dio en la frente, antes de alejarse de ella.
Posterior a eso, mi sospecha se confirmó en una de las conversaciones que se inició en la mesa. Oliver, Juanjo y Carlos hicieron un comentario sobre Alejandro, dejando claro que era el padre de Lucía y el tío preferido de Sandra.
—Todavía no ha nacido ningún afortunado, mamá —soltó Lucía, gritando también—. Este ramo es solo para mí.
La gente estalló en carcajadas.
—No ha nacido, dice. Qué graciosa —susurró a mi lado Cristian, para después carraspear.
Lo miré de reojo, pero fue muy breve, ya que devolví mi atención a Lucía. Ahora hablaba animada con Sandra, Cata y Carlos, quien se unió a ellas.