Capítulo 18
Negué con la cabeza, anticipándole la respuesta. Mi prima agrandó aún más los ojos.
—No estás equivocada, no —terminé de confirmarle—. Da la puñetera casualidad de que David es el mismo hombre del club de pádel, del que siempre te hablo cuando sale el tema los fines de semana —dije con una mueca.
—Joder, joder… ¡Qué fuerte!
Se tapó la boca con las manos y puse los ojos en blanco.
—A mí vas a decirme lo fuerte que es. Todavía estoy haciéndome a la idea. Por eso no quería que me tocara, no podía… joder, estaba muy nerviosa teniéndolo a mi espalda.
—David es un buen hombre, educado y atento. Por eso se ha preocupado por ti.
—No digo que no sea todo eso y más. No lo conozco, Sandra, pero tampoco lo quiero cerca —susurré.
—¿Por qué? Ya sé que esta mañana tenías claro que formaba parte de tu pasado. Nos lo has repetido a Cata y a mí varias veces, porque lo viste besándose con otra. Vale, lo entiendo, pero ahora ya no es un desconocido total. Está muy presente en tu vida, al menos hoy David es más real que nunca.
—Pero eso no cambia nada —murmuré—. Sé que nunca le he dado importancia cada vez que lo veía por el club, pero la última vez me sentí mal cuando lo vi en la terraza del bar, con la mujer que se besó.
Negué con la cabeza.
—En ese momento me prometí que ese hombre estaba completamente fuera de mi vida. Pero, sobre todo, de mis pensamientos. Con el paso del tiempo, no supe ver que la tontería y las bromas dejaron de serlo en algún instante.
—No tenía ni idea de que David estaba con alguien —dijo pensativa—. Se lo preguntaré a Ismael, pero estoy segura de que esa mujer era solo un lío corto. Tal vez ya no esté con ella.
—Ni se te ocurra preguntarle nada a Ismael —le quité la intención—. ¿Me oyes?
No dejé de mirarla fijamente a los ojos, hasta que me lo confirmó. Asintió con una mueca.
—Me da igual todo, Sandra. No es bueno para mí y punto. Ya has visto cómo me he puesto y solo se ha acercado a mi espalda y ha colocado una mano en mi cintura. Su contacto me quemaba.
—Madre mía. Es para flipar.
—Ya… Jodida casualidad.
Bufé.
—¿No sabías que David practicaba el pádel? —le pregunté.
—Sí, pero desconocía a dónde iba a jugar —contestó, encogiéndose de hombros—. Vamos, es que ni se me pasó por la cabeza la posibilidad de que David fuera al mismo club que Cata y tú.
Solté una carcajada de repente, por lo que mi prima me miró extrañada.
—¿Qué? —me preguntó.
—Joder, que si antes digo y decido que quiero mantenerme lo más lejos posible de ese hombre, voy y me lo encuentro en la iglesia de sopetón.
Después tengo que verlo aquí y encima, a ti no se te ocurre otra grandísima idea que juntarnos para una fotografía.
Manda narices con eso y con el fotógrafo, por sus órdenes para sacarnos la foto.
Bufé.
—Y encima os pongo compartiendo mesa —carraspeó mi prima.
—Hoy te has lucido con todo, a lo grande —Bufé—. Me cago en mi suerte, parece que hoy hay algo que me lleva una y otra vez hacia ese hombre.
Puse los ojos en blanco.
Nos miramos serias y estallamos en carcajadas.
—David debe estar preguntándose qué te ha pasado para alejarte tan rápido de él, como si tuviera algo contagioso —dijo con una risilla—. Y hay un gran problema con eso.
—¿Qué problema?
—Que le has creado curiosidad. Que te ha visto. ¿Entiendes? No de pasada ni como una persona que acaba de presentarse. Si fuera el caso de lo último, te añadiría a su lista de personas recién conocidas, para después no recordar su nombre.
—¿Y dónde ves tú el problema? Porque lo que has dicho a mí me da exactamente igual.
Fruncí el ceño.
—A David, no. Sé lo que digo.
No me dio tiempo a insistirle para que me explicara bien lo que había querido decir. Sandra se levantó del banco y me ofreció una mano, para que hiciera lo mismo.
Me puse en pie a su lado.
—Vamos dentro, estarán retrasando servir el plato principal porque nosotras no estamos —comentó con diversión—. Y hace un ratillo que nos fuimos.
—Porque no estás tú, que eres la novia. Lo raro es que Ismael no haya salido ya a buscarte —comenté, cuando comenzamos a caminar hacia la puerta.
—Sabe que necesitábamos hablar —sonrió y yo también.
—Tienes cara de enamorada.
—Porque lo estoy —rio.
—Y de tonta enamorada también tienes la cara.
—Sí —me confirmó y reímos.
Entramos en el hotel y enseguida estuvimos recorriendo el pasillo que llevaba hacia nuestro salón.
—Prométeme que no perderás los nervios por Julia y Mariana —me pidió, junto a la puerta doble cerrada.
—Tranquila. Ya se me ha pasado la impresión —le dije, con un guiño.
—Lo siento, cariño.
Me abrazó y se lo devolví.
—Está bien.
—Pasa de ellas. Como si no existieran.
Abrí las puertas y todas las miradas se dirigieron a nosotras.
—Estupendo —susurré.
Odiaba ser el centro de atención y mi prima rio.
—Piensa que estás luciendo el vestido, sacándole partido al dinero que te costó.
—Muy graciosa —suspiré—. Ahora tenemos que comer rápido, ¿no? Debe hacer un rato que han terminado los demás.
Éramos las únicas que teníamos los platos llenos con la comida del primer plato del menú. Por eso había comentado mi prima que nos esperaban para servir el plato principal.
—¿Engullimos? —me preguntó.
—Tonta la última —le contesté, riendo.
La abracé con fuerza, sin que ninguna de las dos dejáramos de reír. Cuando nos separamos me alejé caminando rápido hacia mi mesa.
Mi prima hizo lo mismo hacia la mesa nupcial.
—Te recuerdo que me has dicho que eso ya lo soy hoy —me dijo, alzando la voz.
Se refirió a lo de tonta, por si perdía, y volví a reírme.
—Subo la apuesta —hablé, sin parar de caminar—. ¡Quién pierda pagará la próxima cena, que será cuando regreséis del viaje de novios!
Apreté los labios cuando escuché el gritito de Sandra.
Miré por encima del hombro y tuve que reírme otra vez, al verla correr hacia su mesa. Se había agarrado la falda de su vestido, para llegar cuanto antes.
Yo la imité. No iba a ser menos.
Nuestras risas llenaron el salón, mientras muchos de los invitados nos observaban sonriendo. El resto con curiosidad.
Estaba segura de que nuestra entrada había dejado del todo tranquilos a los que se quedaron preocupados.
Mi primo Carlos y mi amiga Cata sonreían de oreja a oreja, al igual que mis otros primos, Juanjo y Oliver. Cristian también tenía una pequeña sonrisa en los labios, mientras que David no parecía mostrar ninguna expresión en su cara.
El último solo me miraba, por encima del borde de su copa.
A las otras dos ocupantes de mi mesa ni me molesté en prestarles atención. Tampoco a lo que susurraron cuando me dejé caer en la silla, de golpe.
Carlos rio cuando comencé a comerme el tartar de salmón, por lo rápido que lo hice.
Poco me importó que los demás me observaran, ya que ellos ya habían comido.
—¿Todo bien? —me preguntó Cata, mirándome divertida.
—Genial —le respondí masticando.
—¿No te han enseñado que no se habla con la boca llena? —me preguntó Julia, de malas maneras.
—¿Y a ti no te han enseñado lo que es el respeto y la educación? —le devolví la pregunta, con diversión.
Eso le molestó. Era exactamente lo que había buscado.
—Si te molesta tanto mirarme gira la cabeza, chica —continué—. Va para las dos.
Me llené la boca de nuevo y mastiqué de manera más exagerada, sin apartar la mirada de la suya. Después volví a hablar sin tragar, para fastidiarla más.
—Ah, no, que si hacéis eso no podéis comeros con la mirada, tú y tu hermana, a los dos únicos hombres que no son familia en esta mesa.
Solté una carcajada cuando tragué, al ver las caras que pusieron ambas.
No fueron las únicas sorprendidas. Cuando dirigí la mirada hacia delante me encontré con la de David. Él tenía las cejas elevadas.
A su lado Cristian apretaba los labios, para no reírse.
—¿Cómo te atreves a decir esa barbaridad? —me preguntó Mariana.
—¿Barbaridad? —repitió Cata, riendo.
—Ni caso. No pierdas el tiempo en ellas —me pidió Carlos, mirando a mi espalda—. Come más rápido si no quieres pagar la cena que te has apostado —me advirtió, divertido.
Soltó un grito y me olvidé de todo, mientras mis primos Oliver y Juanjo reían.
Cuando golpeé la copa con el tenedor, como hacíamos cada vez que terminábamos algún juego comiendo, justo en ese instante se escuchó el mismo sonido en otra parte del salón.
Me giré buscando con la mirada a mi prima y ambas, con los mofletes abultados por la comida que todavía masticábamos, tuvimos que taparnos las bocas para no vaciarlas por las ganas de reír.
Ambas levantamos el puño, en un empate claro. La cena la pagaríamos a medias, la primera noche que saliéramos después de que regresaran del viaje de novios.
Ismael, sentado al lado de mi prima, me hizo un guiño sonriéndome con cariño. Le devolví la sonrisa, les lancé un beso con la mano, y me giré para quedarme bien sentada.
—Anda, bebe un poco —me pidió Oliver, ofreciéndome su copa.
Las de todos los demás estaban vacías.
Se lo agradecí con la mirada y di un sorbo pequeño, para que me bajara bien la comida.
Los camareros no tardaron en solucionar el problemilla de la bebida. Aparecieron rápido para rellenar las copas y dejar varias botellas de agua en cada mesa.
Cuando cogí mi copa y me la llevé a los labios, bebí sosteniéndole la mirada a David.