Capítulo 17
—¿Cómo va por aquí? ¿Qué tal os lo estáis pasando? —preguntó mi padre.
Apoyó las manos en mis hombros y levanté la cabeza, para mirarlo a la cara.
Me hizo un guiño y sonreí. No fue una gran sonrisa.
Mi padre había aprovechado para acercarse en cuanto Julia y Mariana regresaron a la mesa. Habían vuelto como si nada, pero con las barbillas en alto y desafiando.
Podía sentir la molestia de ambas, lo que me encantó. A pesar de lo mal que sonaba.
Si hubiera sido otra persona de la mesa la que le hubiera dado un toque de atención como el de David, se habrían reído y habrían actuado peor. Satisfechas por fastidiarnos.
Aquí el problema era que David era el que más les gustaba a ambas. Lo normal, no había nada sorprendente en eso. Y tampoco que lo siguiera de cerca su amigo, Cristian. Este también era guapo y atractivo, aunque de diferente manera. No llegaba a tener el magnetismo de David.
—Va bien, tío —Carlos le respondió a mi padre.
—Van a servir el primer plato.
Al escuchar a mi prima mi padre se apartó, separando las manos de mis hombros, y entonces la mí.
—¿Os habéis puesto de acuerdo? —les pregunté.
Podía parecer que hablé con diversión, pero nada más lejos de la realidad.
—Eso parece —me contestó Sandra, sonriendo—. ¿Puedes venir un momento conmigo?
—Acabas de decir que van a servir el primer plato.
Arqueé una ceja.
—Ya —rio—. Será rápido.
—Id tranquilas —nos pidió mi padre.
Con esas palabras y con la despedida que dio a todos los de la mesa, perdí la mínima esperanza de que mi padre hiciera algún comentario hacia David. No sucedió, no se dirigió a él.
—Protegeré tu plato de comida con mi vida —me dijo Cata, con un guiño.
Reí, antes de levantarme de la silla.
Lo hice despacio, notando como el cuerpo me temblaba un poco. El culpable era el hombre que no dejaba de observarme. No lo había hecho en ningún momento y ahora no era distinto.
Noté la mirada de David, más tiempo que cualquier otra, pero no me atreví a dirigir la vista en su dirección.
Después de apartar la mesa fui hacia Sandra. Mi padre también se había acercado a ella.
Él me pasó un brazo por los hombros y caminamos por el salón, hasta que nos paramos cuando mi padre se separó de nosotras.
—Ten mucha paciencia cuando vuelvas a la mesa —me pidió serio—. Si necesitas ayuda en algún momento, suelta un grito e iré al rescate.
Sonreí y lo abracé.
—Gracias, papá —susurré—. Estoy bien.
—No dejes que Mariana y Julia te arruinen la felicidad que tenías. —Me agarró de la cara con las manos—. El día de hoy es demasiado importante para ti, por tu prima e Ismael, como para permitir que algo se desvíe del camino correcto.
Si solo fueran esas dos…
—No te preocupes. Y dile a mamá que se relaje. De verdad, todo está bien. Sabéis que puedo con ellas sin problema, y tengo a mi lado a Carlos y a Cata, más a Oliver y a Juanjo.
Mi padre sonrió y asintió. Nos dio un beso en la frente a Sandra y a mí, y se fue hacia su mesa. Desde ella nos observaba mi madre, seguramente desde que mi padre se fue de su lado.
Si miraba hacia la mesa presidencial, sabía que me encontraría con las miradas de Ismael y de mis tíos, los padres de Sandra. Javier y Claudia.
Volví a caminar, yendo hacia la puerta del salón. Varios camareros entraron y otros salieron, en continuo movimiento.
Justo cuando llegamos al pasillo, aparecieron los que llevaban los platos de comida en bandejas.
—Regresaremos enseguida —le dijo mi prima, al que parecía ser el encargado.
—No hay problema —le sonrió él.
—¿Quieres ir fuera? —le pregunté—. ¿O dónde?
—Como quieras, pero fuera del hotel estaremos más tranquilas.
Asentí y continué. Cuando salimos nos dirigimos a una zona con sombra en la que había varios bancos de madera, al resguardo de los árboles.
—Te has enfadado —me dijo, nada más sentarnos.
—Para nada.
—Venga, Luci.
—¿Venga qué?
Giré la cabeza hacia ella.
—No quiero cabrearme, de verdad. Quiero estar tranquila para comenzar a disfrutar de tu boda.
—¿No has disfrutado hasta ahora? —me preguntó, con una mueca.
—Claro que sí, pero las pequeñas cosas que han sucedido me han descolocado.
Me encogí de hombros.
—¿Qué más, aparte de Julia y Mariana? —Ladeó un poco la cabeza, observándome con curiosidad—.
Antes de que me respondas, quiero pedirte perdón.
Sé que te hubiera gustado saber lo de esas dos, que esperabas que te contara una cosa así.
Y hubo muchos momentos en los que quise decírtelo, para que llegaras preparada.
Respiró profundo y miró hacia delante. Yo también hice lo mismo, ya que el jardín también estaba precioso en esta parte.
—Pero al final pensé que no quería fastidiarte el inicio de mi boda, ni los días que quedaban hasta hoy —continuó hablando—. Sé que puedes con esas dos, con un soplido te las quitas de encima, pero…
—No voy a juzgar el motivo por el que nos has puesto en la misma mesa que ellas. Sé que si lo has hecho ha sido porque no te ha quedado más remedio.
—Así es. Nadie quería cerca a esas dos.
Puso los ojos en blanco.
—Se lo han buscado solitas. —Bufé.
—Y si te estás preguntando por qué las hemos invitado, es por la tía. Mi madre me lo pidió por su hermana, solo le faltó suplicarme para que hiciera el esfuerzo —suspiró.
Volví a mirarla.
—Ya están lo suficientemente distanciadas como para añadir una cosa más. Los tíos también estaban invitados, mi intención era poner a la familia completa junta, pero ellos no han podido venir por sus trabajos.
—Siempre lo han tenido muy complicado con eso. A ver si cuando se jubilen recuperan el tiempo —dije negando.
—Sí. Lo tendrán más que merecido. ¿Me perdonas?
—Ya te he dicho que no estoy enfadada.
—Ya… pero ¿me perdonas igualmente sin estar enfadada?
Reímos.
—Ven aquí, anda.
Extendí los brazos a los lados y mi prima no tardó en lanzarse para abrazarme.
—Hoy estás de suerte. Te libras de mi furia porque eres la novia —comenté con diversión.
Sandra rio.
—Te quiero —me dijo con un beso en la mejilla, antes de separarse—. A ver, ¿qué otras cosas te han descolocado? ¿Tiene algo que ver con lo nerviosa que estabas cuando el fotógrafo nos preparaba para hacernos la foto en grupo?
—Eres muy perspicaz —reí y aumenté su interés.
—No lo soy —negó, con una gran sonrisa—, pero ha habido un momento en el que casi te quedas con mi brazo, de lo fuerte que me lo apretabas. Eso y que temblabas a veces.
Hizo una pausa, pero como no hablé, continuó ella.
—Y si hablamos de tus reacciones hacia David… No entiendo por qué te has apartado de él. Era como si quisieras huir. Has rechazado su contacto y tú no eres así, ni con desconocidos. No te gusta hacer sentir mal a los demás.
Se quedó pensativa.
—Y ya, cuando le has dicho que era porque no te gustaba el contacto físico, después de que él se preocupara por ti… Me has dejado loca.
Elevó las cejas.
—David…
—Así se llama. Es uno de los mejores amigos de Ismael —me aclaró, por fin.
—Joder, ¿y cómo es que no lo había visto nunca? Salimos de vez en cuando todos juntos, uniendo amigos —hablé con el ceño fruncido—. Ni siquiera recuerdo que hayáis mencionado su nombre en algún momento, y has dicho que es uno de sus mejores amigos.
—David lleva años absorbido por el trabajo.
Demasiado tiempo —suspiró—. No hay semana que no viaje, siempre está cerrando acuerdos y abriendo otros.
Aunque, por suerte, los fines de semana se toma algunas horas para él.
Y claro que hablo con Ismael de David, pero cuando estamos solos, ya que no sacamos el tema cuando salimos.
Se encogió de hombros.
—Qué más da.
—Oh, ya te digo que sí que da. Mucho. —Hice una mueca—. Si lo hubiera sabido desde el principio… ¿Y Cristian?
—Cristian, David e Ismael llevan juntos desde que eran pequeños.
Da igual el tiempo que pasen sin verse, es como si no hubiera pasado.
Lo que sucede es que las veces que quedamos para salir con Cata y contigo tampoco ha coincidido que Cristian viniera —dijo pensativa—.
Aunque la verdad es que siempre tienes planes, antes de que le propongamos algo —sonrió.
—Vale —susurré.
—¿Por qué has dicho lo de si hubieras sabido desde el principio lo de David? —Ladeó un poco la cabeza—. ¿Por qué le das importancia a saber quién es?
—Joder, Sandra. —Bufé.
Miré hacia la puerta del hotel por la que habíamos salido. Esta estaba cerrada y a nuestro alrededor, en el jardín, no había nadie más.
—¿Qué pasa? —insistió.
—Pasa que David trabajará más horas que un reloj, pero los sábados no pierde la oportunidad para ir al club de pádel.
—¿Cómo?
—Que David va muchos sábados a jugar a pádel. No sé si todos. Y lo practica en el mismo club en el que juega Cata y en el que yo la espero en el bar, disfrutando del buen tiempo.
Me encogí de hombros.
—Un momento…
—¿Sí?
—Tu reacción… Tu rechazo, tu nerviosismo, tu tensión… Oh, joder, Luci. No me fastidies, ¿David es…? —habló con los ojos abiertos al máximo—. No puede ser.
Negó con la cabeza, muy sorprendida. Se puso tan nerviosa que no pudo quedarse callada, para que yo le contestara.
—Mierda, Luci. ¿Cómo no he caído nunca en eso? Es que ni se me ha pasado por la cabeza en todo el tiempo que hace que tú… ¡Madre mía! Tanto tiempo hablándome del hombre del club del pádel y resulta que yo lo tenía más cerca de lo que podía imaginar. Es que no me lo puedo creer.
Bufó.
—Dime que estoy equivocándome —me pidió.