Ese CEO es mi tentación Capítulo 16
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Capítulo 16

—Decidme que lo que estoy viendo es una alucinación —les pedí a Carlos y a Cata.

—Joder —dijo sorprendida mi amiga—. ¿Qué más puede pasar hoy?

—Mejor no digas nada porque, por poder, pueden pasar muchísimas cosas más —carraspeó Carlos.

—No puedo tener tan mala suerte —me quejé.

—Habla con tu prima.

Eché un vistazo al salón, recorriendo con la vista todas las mesas que había repartidas por él.

Los invitados ya habían ocupado sus lugares. No había nadie fuera de sitio, aparte de Carlos, Cata y yo.

Por ese motivo tenía tan claro que las únicas tres sillas que había vacías eran para nosotros.

Hasta ahí bien, incluso perfecto, porque no teníamos que buscar en qué mesa nos había tocado.

El problema era la mesa que nos había tocado, las personas con las que estábamos.

Miré hacia la mesa nupcial y no tuve que esperar a que mi prima me mirara. Sandra ya lo hacía y por su expresión supe que estaba disculpándose por ponernos con Julia y Mariana. Por lo menos estaban alejadas de nosotras.

Solo faltaba que las hubiéramos tenido a los lados.

Sabía que si mi prima lo había hecho de esta manera era porque tenía un motivo. Seguramente, en su momento, no tendría otra mesa en la que meterlas a ellas.

Con lo poco que las soportábamos, íbamos a tener que aguantarlas. A Sandra le sucedía igual que a nosotras.

Mi prima me hizo una mueca. Yo negué.

No estaba cabreada. O sí. De verdad que ya no sabía cómo me encontraba porque la boda, desde el inicio, no estaba saliendo como había imaginado. Ni por asomo se acercaba a la idea que me había hecho en mi cabeza.

Esta idea era la de pasarlo genial, no parar de reír, beber, comer, disfrutar con las personas que quería, hasta que el cuerpo aguantara.

Pero la realidad iba dándome bofetadas, una y otra vez, y sinceramente mi vaso de agua estaba a punto de rebosar.

Estaba esforzándome por no enfadarme, porque no quería darle el día a mi prima. Tampoco que recordáramos este día por algo malo. A pesar de que para mí en muchos momentos sería así.

Esperaba que al final tuviera más importancia lo bueno y bonito, que lo malo y desastroso.

Y si no tuviéramos bastante, Julia y Mariana, y de esto no tenían culpa ni Sandra ni Ismael porque no tenían ni idea, también debía sumarle que en nuestra mesa estaban pádel y el hombre que se mantenía a su lado.

Era increíble. Si lo hubiera querido, no hubiera sucedido de esta manera. Bastaba para no querer algo, para que la vida te lo diera por partida doble, triple y suma y sigue.

Iba a tener que aguantar la presión y los nervios de lo que se me venía encima. Al menos también nos acompañaban en la mesa los primos de Carlos y míos: Oliver y Juanjo. Nos llevábamos bien con ellos. Eran simpáticos y se podía hablar tranquilamente con ambos.

—Venga, chicas, al mal tiempo, buena cara —dijo Carlos.

—Yo ya no sé lo que es eso —comenté, negando.

Miré hacia la mesa donde estaban sentados mis padres y como si hubieran estado esperando a que yo los mirara, ellos ya estaban pendientes de mí.

Vi la súplica en la mirada de los dos, para que no dijera ni hiciera nada, sobre la mesa que nos había tocado.

Respiré profundo y sin mirar a nadie más, porque a estas alturas todo me sobraba, comencé a caminar con pasos seguros y firmes, yendo directa hacia la mesa.

Carlos y Cata me siguieron apoyándome en silencio.

—No te enfades con Sandra —me pidió Carlos, susurrando.

—No estoy enfadada. Molesta con todo, sí, pero por ahora me he propuesto dejar al margen a nuestra prima. No quiero ser un motivo de que tenga un mal recuerdo de este día —suspiré.

—Todavía no has hablado con ella de pádel . No le has dicho quién es ese hombre, de qué lo conoces de vista —me dijo Cata.

—La sorpresa que va a llevarse… —comentó Carlos.

—Lo sé —confirmé.

—Y seguro que lo de Mariana y Julia es porque a Ismael y Sandra no les ha quedado más remedio que colocarla en una mesa con nosotras —añadió Carlos.

—Estoy por pedir que nos traigan una mesa plegable y colocarla en la otra punta. Íbamos a estar muy tranquilos a nuestro rollo —dije.

—Puede apostar a que sí —rio Cata.

—Cuidado —nos advirtió Carlos—. A partir de ahora, si no es entre nosotros y hablándonos bajo, controlar lo que decís. Julia y Mariana utilizarán cualquier cosa para tocarnos las narices, cuando menos lo esperemos.

—No las soporto. —Bufé.

—Solo tienes que ignorarlas —me pidió Cata—. Yo es lo que voy a hacer.

Nos quedamos callados cuando nos faltaban unos metros por recorrer.

—Hola —saludamos al unísono, antes de sentarnos en nuestras sillas.

Nos importó poco el orden de cómo debíamos ponernos. Según los cartelitos de la mesa, de izquierda a derecha, íbamos Carlos, Cata y yo.

Nosotros nos colocamos como nos dio la gana y mejor nos sentimos. De izquierda a derecha, Cata, yo y Carlos. Mi primo y mi amiga quisieron dejarme en medio. Lo que les agradecí con una sonrisa.

Los primeros en devolvernos el saludo fueron los otros primos, Oliver y Juanjo. Después les siguieron los dos hombres de los que no sabíamos los nombres. Julia y Mariana se quedaron calladas, mirándonos con superioridad.

Que les dieran.

—No habéis cumplido los deseos de los novios —dijo de repente Mariana—. Os hablo a vosotros. Y encima habéis llegado tarde, los últimos.

—Ah, ¿qué es a mí? —Me señalé—. Pensaba que, como no has tenido la educación de saludarnos, no te atreverías a hablarnos. Y mucho menos a echarnos en cara algo que me importa una mierda. Con todos mis respetos —le dije con un guiño.

Mariana soltó un jadeo, ofendida.

—No tienes ninguna clase —me atacó Julia.

—Joder, qué bien han empezado. Ni unos minutos han tardado en dar la nota —susurró Cata.

No habló tan bajo como para que no la escucháramos.

—El veneno es muy difícil de contener, amiga —le dije.

Cogí la servilleta del plato, la desplegué despacio y de la misma forma me la puse sobre las piernas.

Cuando levanté la mirada, me encontré con otra que me cortó por unos segundos la respiración. pádel estaba sentado frente a mí, un poco desplazado a la derecha.

Su expresión era seria. Parecía molesto, por lo que lo ignoré porque no estaba para aguantar a más pijos. Bueno, Julia y Mariana se las daban de pijas y no tenían nada de eso. Ay, lo que las fastidiaba que lo dijéramos.

Me miré la manicura que me hice el día anterior, como si fuera lo más interesante que ver.

—Eres una artista. Te quedaron divinas —me dijo Cata—. Y las mías también las dejaste preciosas.

Sonreí cuando me dio un beso en la mejilla.

—Gracias —susurré.

—¿Y te parece algo grande no tener para ir a que os hagan la manicura? —nos preguntó Julia, con malicia—. Sois ridículas. Y encima lo decís para que se entere todo el mundo.

—¿Por qué no os calláis de una puñetera vez u os largáis de esta mesa?

La voz fuerte, contundente y fría del hombre del club, pádel , dejó la mesa en completo silencio.

Julia no supo dónde meterse, roja como un tomate, porque se dirigió a Mariana y a ella. Aunque no apartó la mirada de Julia.

—Joder. Menos mal —soltó Juanjo—. Te has adelantado, iba a decir algo. Me estaba dando dolor de cabeza —sonrió de medio lado—. Mi nombre es Juanjo —se presentó, ofreciéndole una mano a pádel—. Soy primo de la novia.

—Encantado. Yo soy David —le dijo, aceptando el apretón.

—Yo, Cristian —se presentó el acompañante de pádel.

También se dieron la mano y la siguiente presentación llegó de Oliver, nuestro otro primo.

—Disculpadlas —les pidió a David y a Cristian, hablando de Julia y Mariana—. Suelen estar encerradas en casa porque no saben comportarse. A la vista está, porque las únicas ridículas son ellas.

Al decirlo, nos miró a Cata y a mí y nosotras le sonreímos, agradeciéndole la defensa.

—Nosotros somos Cata, Lucía y yo, Carlos —nos presentó mi primo, lo que le agradecí muchísimo.

Por el momento no me apetecía hablar más.

—Encantado —dijo David, observándome fijamente.

Su amigo, Cristina, nos dijo algo parecido.

Mariana y Julia se levantaron y se fueron sin decir nada. Estuve por hacer una gran ola, pero sabía que la alegría y la tranquilidad solo durarían el tiempo que regresaran del baño.

A lo mejor habían salido para hablar con sus padres, para contarles lo mal que las estaban tratando.

Así eran ellas. Nunca hacían nada, para todo lo que recibían. Qué gracia.

Mis padres debían estar preocupados. Incluso Sandra. Pero no me giré para buscar la mirada de ellos, para transmitirles que todo estaba bien.

Pasé, porque si querían paz y amor, que no nos hubieran sentado en esta mesa. Punto.

No iba a agachar la cabeza ante las dos que se habían ido. Jamás.

—Que no os hagan sentir mal —nos dijo Juanjo—. Ya han dejado claro cómo son, han superado el récord que tenían. Nuestros compañeros de mesa, Cristian y David están preparados. Vosotras a lo vuestro.

—Si las dejamos de lado se cansarán —añadió Oliver, con un guiño—. No quiero verte triste, incómoda, enfadada o molesta. ¿Vale? —se dirigió a mí.

Asentí, sin poder hablar porque en mi cabeza lo único que daba vueltas era el nombre del pádel , el verdadero: David.

Ya podíamos referirnos a él sin tener que hablar en clave.

David. Repetí varias veces más.