Capítulo 15
—¿Estás bien? —me preguntó mi prima.
—Estupendamente —le contesté.
Le sonreí y le di un beso en la mejilla. Solo con eso ella me devolvió la sonrisa.
Posamos para el fotógrafo, inmortalizando el momento. Salimos sonriendo y riendo a carcajadas, felices.
Felicidad que se evaporó para mí cuando Ismael habló.
—Uniros, chicos —les dijo a pádel y al otro.
Ambos se acercaron y esperaron instrucciones.
—Poneros a los lados detrás de las chicas y vosotros —se dirigió a los recién casados y a mi grupo de tres—, abriros un poco. Así, muy bien. Id detrás —les repitió a los chicos—. Tú, ponte detrás de ella.
—No puede ser —susurré.
Noté la mirada de Cata y Carlos, pero no me atreví a mirarlos para no alterarme más. El puchero fotógrafo se había lucido, pero bien.
Acababa de ordenarle al acompañante de pádel que se pusiera detrás de Cata. Había señalado a mi amiga, por lo que no podía equivocarse.
Así que, para mi sorpresa y bochorno, pádel caminó directo hacia mí, por la espalda.
—¿Seguro que estás bien? —insistió mi prima.
Normal, estaba agarrada a ella y algo había debido de notar. Quise soltarla, pero si lo hacía, ella lo encontraría más raro aún.
Me quedé quietecita, aguantando el tipo, intentando controlar mis reacciones. Sobre todo, cuando pádel se paró a mi espalda.
Estaría bien conocer su nombre real. Total, qué más daba ya. De perdidos al río. Pero, por otro lado, no me apetecía saberlo, ya que era como dar un paso más. Conocer a alguien, saber su nombre, era como algo más personal.
—Chicos, colocad una mano en las cinturas de las chicas —pidió el fotógrafo.
Me tensé. No pude controlarlo. Mi prima giró la cabeza hacia mí, extrañada al darse cuenta.
Me esforcé para sonreírle, pero igualmente no coló. Sandra frunció ligeramente el ceño y después miró hacia atrás.
Tragué saliva.
Por suerte, cuando volvió la vista hacia delante, sonreía.
Lo peor de todo fue el momento en el que él puso su mano en mi cintura. Sentí un pequeño escalofrío. ¿O fue como una descarga? No estaba para prestarle atención a lo que me pasaba, porque de repente el contacto de la mano de pádel me quedó a través de la tela del vestido.
—Pegaos más a las espaldas de ellas —volvió a ordenar el fotógrafo.
Tuvo suerte de que no me encontrara bien porque en otras circunstancias me habría lanzado sobre él, para que se callara y dejarlo fuera de juego. Tampoco lo hice para no dar que hablar, aunque a mi prima ya le habían saltado todas las alarmas de que le había mentido.
Sandra lo disimulaba bien y lo estaba dejando pasar, por el momento.
—Muy bien. Perfecto. No os mováis —nos volvió a hablar el fotógrafo.
Sin darme cuenta, me fui alejando un poco del hombre de atrás. Lo hice de manera inconsciente, por la necesidad de escapar, de huir.
—¿Todo bien?
Me quedé rígida al escuchar su voz demasiado cerca de mi oído.
—¿Estás incómoda? ¿Se te han hundido los tacones?
Miré de reojo para verlo, pero no lo conseguí porque tendría que haberme girado un poco. Sandra parecía no enterarse de nada, observando hacia delante y sonriendo, pero estaba muy atenta a lo que pasaba a su lado.
—Estoy bien —conseguí decir, después de carraspear.
—¿Seguro?
Se me escapó un bufido, no pude controlarme, de lo que me arrepentí al instante.
—Lo siento —dije, de manera precipitada—. Es que no me gusta el contacto físico —solté y me quedé tan a gusto.
Noté la sorpresa en mi prima. Al no habernos soltado, sentí cómo se tensaba.
Me miró de reojo y yo la imité.
—Lo lamento —dijo pádel.
¿Por qué mierda tenía esa voz? ¿Es que este hombre no tenía nada mal?
—El fotógrafo… —continuó, pero lo interrumpí.
—Da igual.
—Las veces que te he visto no me ha parecido que te molestara el contacto físico.
Agrandé los ojos.
—¿Cuándo me has visto tú? —le pregunté.
Apreté los labios. La voz me había salido temblorosa.
—Por favor, chicos. Ahora no habléis —nos pidió el fotógrafo—. Pon bien la mano, pégate a su espalda —le pidió a pádel —, y en unos segundos os dejo libres.
Él hizo lo que le pidió y a mí no me quedó más remedio que aguantarme. Me olvidé de cómo me sentía por unos segundos, para salir lo mejor posible en la fotografía.
No iba a pedir una copia. Para nada. Por supuesto que no. O ya se vería, el fotógrafo tardaría en irse todavía. Pero no era mi intención inicial, aunque, por otro lado, era otra foto más para el recuerdo.
Me encantaría ver qué cara tenían Cata y Carlos, debido a la situación. No me cabía duda de que la foto sería para enmarcar
Me quedé con la duda de lo que me había dicho, aunque pensándolo bien, claro que me había visto. Primero cuando estuve con Ismael, tanto sentada como de pie. Y al cabo de unos minutos, cuando fui la única que recorrió el pasillo central para salir de la iglesia, en busca de la novia.
Después en la iglesia, cuando iba a sentarme, después de saber que Sandra estaba a punto de llegar. Ahí nuestras miradas se cruzaron por casualidad y debió llamarle mucho la atención que lo observara muy sorprendida.
O tal vez era una invención mía y a él le dio igual y pasó de mí.
Más tarde, una vez terminada la ceremonia, cuando Cata y yo hicimos nuestra salida triunfal de la iglesia y nos encontramos de frente con toda la atención de los asistentes que esperaban ver a los novios. En ese momento tuvimos un pequeño baño de arroz.
Lo último era la posibilidad de las ocasiones que había podido verme, de pasada y desde la distancia, durante el tiempo que llevábamos aquí, en el hotel.
Y tanto que había sido visible. Para él y para todos.
Sentí que el fotógrafo se tomaba demasiado tiempo para hacer unas fotografías, aunque la realidad fue que a mí los segundos se me hicieron interminables.
—Ya está. Han quedado estupendas —dijo el fotógrafo.
Eso fue todo lo que necesité para alejarme varios pasos de pádel . No me atreví a mirarlo a la cara. Él no tenía la culpa de cómo me encontraba y me sentía mal por mi comportamiento, porque no se lo merecía.
No me había hecho nada directamente. Indirectamente, sí, pero él no lo sabía. Por Dios, si hasta hoy yo pasaba desapercibida para él.
No era que fuera muy diferente ahora mismo, pero algo había cambiado.
—¿Vamos a por bebida? —les pregunté a Cata y a Carlos—. Necesito algo fresco.
—Claro —me contestó Cata.
Ambos se pusieron enseguida a mis lados, lo que les agradecí porque me sentí protegida.
—Ahora nos vemos, pareja —les dije a Ismael y a mi prima.
—Llévalas por la sombra. Será responsabilidad tuya si estos bombones se derriten —soltó Ismael, dirigiéndose a Carlos.
Fue inesperado, por lo que soltamos una carcajada. Las risas me sentaron genial.
—Muy bonito, hombre —dijo quejándose Carlos—. Y a mí qué me den, ¿no?
—Tú no sé qué haces todavía con la chaqueta del traje —comentó con diversión Ismael.
Carlos y él se llevaban genial. Congeniaron estupendamente y de una manera especial, desde el mismo momento que se conocieron.
—Me ha venido bien esperar, para las fotos. Pero se acabó.
Carlos se quitó la chaqueta, se abrió varios botones de la camisa y nos pidió que lo acompañáramos al coche para cambiarse. Iba a ponerse su camiseta de manga corta y pasaría el resto del día más que feliz.
Nos despedimos de todos, yo evité mirarlos mucho, y nos fuimos hacia el coche de mi primo.
—Joder. Qué jodida locura todo —dijo Cata.
Ya nos habíamos alejado y podíamos hablar con normalidad.
—Te prometo que cuando el fotógrafo ha dicho cómo debíamos ponernos… —Bufó—. He pensado: Esta se me desmaya y se cae redonda a la hierba.
Soltó una carcajada, mientras que yo ponía los ojos en blanco. Carlos frunció los labios, conteniéndose.
—Pues no te creas, podía haber pasado perfectamente. Me temblaba todo.
—Normal. No ha sido para menos —suspiró Cata.
—Se te ha notado mucho que te pasaba algo —comentó Carlos.
—¿No me digas? —Negué con la cabeza—. Lo sé de sobra, pero me da exactamente igual.
—Cuando le cuentes a tu prima lo que ha pasado… —dijo con una risilla Cata—. Va a alucinar, como nosotras. El pádel debe ser amigo de Ismael y ella. ¿No?
—Ni idea. —Me encogí de hombros—. Lo mismo es un familiar.
—Puede ser —habló pensativo Carlos.
Cuando llegamos al coche de mi primo, él dejó la chaqueta del traje estirada en los asientos traseros. Después se quitó la camisa e hizo lo mismo. Por último, sacó de una mochila una camiseta de manga corta y se la puso.
—Estás divino —le dijo Cata.
—Gracias, preciosa. —Le hizo un guiño—. Pero, aunque fuera la camiseta más fea de mi armario, te aseguro que me la pondría igual.
—Tú no tienes nada feo —le dije, con una gran sonrisa.
—¿Eso qué significa? ¿Lo has visto enterito para opinar eso? —me preguntó Cata.
—Me he referido al contenido de su armario —aclaré, riendo.
—Sigue despistándola —me pidió Carlos, mientras cerraba la puerta—. Que no sepa lo que me has visto o no.
—Oye… Si escondéis algo turbio entre primos, yo quiero saberlo ahora mismo —nos exigió.
—¿Turbio? —pregunté sorprendida, antes de soltar una carcajada.
Carlos se unió a mis risas y Cata no pudo resistirse. Terminamos los tres riendo, mientras recorríamos el estacionamiento.
—Venga, que lo peor ya ha pasado —nos dio ánimos Cata—. A partir de ahora todo va a salir rodado y como ya has tenido extras de pádel , no hay nada más que pueda afectarte.
—Estoy deseando brindar por eso.
—Ya mismo lo estamos haciendo —confirmó Carlos, con una media sonrisa—. Los demás ya deben estar en el salón.
—Qué ganas de sentarme —suspiré.