Ese CEO es mi tentación Capítulo 14
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Capítulo 14

—No entiendo nada —susurré.

—El que no lo entiende soy yo —habló Carlos, muy perdido.

—A veces es mejor vivir en la ignorancia —comentó Cata.

—A ver. —Se cruzó de brazos mi primo—. ¿Vais a decirme de una vez por todas de qué estáis hablando y a quién o qué, habéis visto que os ha sorprendido tanto? Porque yo no veo por el jardín a ninguna persona con cuatro cabezas. —Arqueó una ceja.

—Carlos…

Me giré hacia él.

—¿Qué? —Frunció el ceño.

—¿Tú conoces a ese hombre? —le pregunté con la esperanza de entender algo.

—¿A qué hombre? Como no seas más clara… Aquí hay bastantes.

—¿Has visto con quiénes estaba tu tío hasta hace un momento, el padre de Luci? —le preguntó Cata.

—Sí. Vosotras también habéis mirado. ¿Por qué? —Elevó las cejas.

—Joder. ¡Qué a lo mejor teníamos las respuestas al lado y no lo sabíamos! No hemos caído en eso —habló de carrerilla Cata, con los ojos abiertos por la sorpresa.

—Me tenéis otra vez perdido. ¿Se supone que tengo que conocer a alguien que os interesa? Es lo único que estoy entendiendo.

Negó con la cabeza.

—¿Conoces al hombre que estaba al lado de mi padre? Es al único que ha tocado mi padre antes de irse del grupo. Han hablado.

—Sé quién dices. Me he fijado, pero no lo conozco. De hecho, no sé quiénes son los que están con tu padre —contestó y miró hacia el grupo.

Cata y yo hicimos lo mismo, pero ya no estaban. Se habían dividido y por más que busqué al hombre del pádel, no lo encontré.

—Qué mierda… ¿Está jugando al escondite? ¿Por qué desaparece siempre? —Bufé.

—Ahora me decís de qué conocéis vosotras a ese tío y por qué tenéis tanto empeño en él, pero ¿no sería más fácil preguntarles a Ismael y a Sandra? Ellos son los que saben quién es ese y los que os pueden aclarar todas las dudas. Al menos algunas.

—Sí. —Hice una mueca—. Tenía la esperanza de no tener que hacerlo, pero…

—Ponedme al día —nos pidió.

Quedamos con Carlos en que, para no liarnos, porque al no saber el nombre del que íbamos a hablar era un rollo referirse a él todo el rato como el hombre de…, a partir de ahora lo llamaríamos pádel , a secas.

Fue Cata la encargada de contarle de qué conocíamos a pádel . El lugar no tenía mucho misterio porque el nombrecito lo decía todo.

De esa manera mi amiga comenzó a darle todos los detalles a mi primo. Yo me mantuve callada y fastidiada. No porque Carlos lo supiera, ya que, de mis dos primos favoritos, él era el segundo. La lista se cerraba con Sandra y él.

Con los demás primos me llevaba bien, pero para un rato de risas, porque no tenía confianza con ellos para profundizar en las conversaciones.

Julia y Mariana eran la excepción, ya que, como había quedado claro, ni Sandra, ni Carlos, ni Cata, ni yo las soportábamos.

No era para menos. Cuanto más lejos se mantuvieran de nosotros, mejor.

El caso era que mi molestia se debía a que, por cada persona más que sabía lo que me ocurría con pádel , en este momento me refería a mi primo, a mí me daba la sensación de que le otorgaba a pádel un poquito más de importancia en mi vida.

Y lo que quería y buscaba era todo lo contrario. Mi propósito era sacarlo de mi vida, eliminarlo de mi cabeza, pero de repente, pádel había aparecido en el sitio más inesperado.

No era justo. Este era mi espacio, con mi familia, la boda de mi prima, a la que estaba muy unida. Este día pádel no debía existir.

—Ya veo —dijo Carlos, cuando Cata terminó.

—Ahora ya sabes el motivo de nuestra sorpresa. —Se encogió de brazos mi amiga.

—Tenemos que averiguar quién es, para Sandra e Ismael —comentó, pensativo.

—Tengo mucha curiosidad, pero paso —dije.

Ambos me miraron.

—De verdad. ¡Qué no quiero pensar más en pádel ni estar pendiente de él!

Me da igual todo ya —suspiré—. Este día va a ser mío, completamente.

Voy a disfrutarlo y la influencia de la presencia de pádel no va a afectarme.

Estoy cansada de ser una tonta, mientras que él no sabe una mierda y hace su vida. Eso voy a hacer.

—No sabe nada porque tú no has querido nunca acercarte a él —comentó Cata.

—Y así va a seguir siendo. Pádel es un peligro.

—¿Dónde se ha metido? —preguntó Carlos.

—Ni idea —contesté—. Si hasta ahora no lo habíamos vuelto a ver, desde la iglesia. Pensábamos que no había venido a la celebración.

Me encogí de hombros.

—Me he quedado loca cuando lo he visto con mi padre. —Bufé.

—Eso digo yo, él también puede decirte quién es —comentó Carlos—. Joder, lo tienes muy fácil para averiguarlo. Yo lo haría, aunque pensara como tú. Más que nada para saciar la curiosidad y no dejar nada pendiente con respecto a él.

—Esa es buena —dijo Cata.

Mi amiga asintió conforme.

—Antes que a mi padre le pregunto a Sandra —dejé claro—.

No por nada en especial, ya lo sabéis. Es simplemente porque ella ya sabe quién es el del pádel .

Aunque nunca lo ha visto, le hemos hablado bastante de él, de manera que no tendría que dar explicaciones y responder a preguntas que no me apetecen.

—Vale —aceptó Carlos.

—¿Qué estarían hablando mi padre y él? ¿De qué se conocerán y desde cuándo? —pregunté, pensativa.

—Estamos en una boda, no tienen por qué conocerse de antes —comentó Carlos—. Aquí la gente va de un grupo a otro. Se saludan y esas cosas. Yo qué sé.

—Exacto —estuvo de acuerdo Cata—. Yo lo veo más de esta forma…

Tu padre acercándose para presentarse, diciendo: «Qué tal, soy el tío de Sandra».

Y después, pádel , le correspondería con un: «Hola.

Encantado. Soy amigo de los novios». Lo normal en una boda, ¿no?

Después alargarían la conversación hablando del calor que hace o de cosas sin importancia, y se acabó.

—Estoy de acuerdo —sonrió Carlos.

—No lo hemos visto acompañado, ni en la iglesia ni aquí —comenté.

—Pero sí que se lleva muchas miraditas —dijo con una risilla Cata—. A Julia y a Mariana solo les ha faltado babear.

—¿Te ha dado tiempo a observar tanto? —le pregunté, sorprendida.

—Es normal que capte la atención. El tío es atractivo y guapo.

—Sí, a lo que habéis dicho los dos —rio Cata—. ¿Crees que con la que se besaba en la terraza del bar del club era su pareja? —me preguntó.

—Ni idea y no me importa. Estoy en misión olvido. ¿De acuerdo?

—Vale.

—Yo lo dejaría para continuar mañana con esa misión. Hoy lo vas a tener complicado —carraspeó mi primo, con una sonrisa.

—Así no me ayudas.

—Soy realista, cariño —me dijo con un guiño.

Solté un suspiro e hice una mueca.

—Todavía hay comida y bebida, pero los camareros llevan un rato recogiendo y aquí no se mueve nadie —comentó Cata—. ¿Cuándo vamos a entrar al salón?

—Nadie tiene prisa. Con lo bien que se está, es normal —sonreí.

—Pues me da a mí que algo se va a liar —dijo Carlos.

Cata y yo lo miramos extrañadas, sin saber por qué había dicho eso. Hasta que oímos la voz de Sandra y nos giramos hacia ella.

Mi prima estaba subida en una pequeña tarima, más sonriente, imposible. Ismael estaba a su lado, pero con los pies en la hierba.

—Escuchad —pidió mi prima, alzando la voz.

Todos se callaron y le prestaron atención.

—Gracias —rio ella—. Por hacerme caso tan rápido y por acompañarnos a Ismael y a mí en un día tan especial e importante para nosotros. Estamos muy felices de poder compartirlo con vosotros.

Se escucharon varios aplausos y silbidos, y algún, «viva los novios», antes de que Sandra continuara.

—¡Ha llegado la hora de las fotos con los novios! Todos los que queráis podéis acercaros para que el fotógrafo nos saque bien guapos. —Más risas—. Os prometo que será rápido. Nos daremos prisa para ir al salón cuanto antes. Lo bueno está a punto de comenzar.

Mi prima silbó con los dedos e Ismael hizo lo mismo. Los invitados aplaudieron más y algunos les pidieron que se besaran. Ellos obedecieron encantados.

Cata, Carlos y yo nos acercamos a un lateral de donde se pusieron y desde ahí vimos cómo iban pasando la familia y los amigos para las fotos.

Sonreí cuando fue el turno de mis padres. Posaron felices, radiantes, ya que Sandra era como otra hija más para ellos. Al igual que sucedía con Carlos. A Ismael también lo querían mucho.

Poco a poco, pero a buen ritmo, muchos de los invitados fueron capturados en fotografías preciosas con los novios.

Contuve por unos instantes la respiración. Todavía era demasiado reciente como para que no me alterara ver en mi territorio, con mi gente, a pádel .

Apareció de entre la gente, con otro hombre al lado. Ambos caminaron sonrientes hacia Ismael y mi prima, los que le correspondieron imitando sus sonrisas.

Ver a pádel de esa manera me impactó, porque si serio era una perdición, con esa curva en los labios que le quedaba de maravilla, era una locura total.

—Madre mía, menudos dos especímenes de hombres —susurró Cata.

—¿Especímenes? ¿En serio? —preguntó Carlos, divertido.

—Calla, que me despistas.

Mi amiga dio varios manotazos al aire, ya que no llegó a darle a mi primo. Carlos rio y negó con la cabeza.

—Ahora vosotros —se dirigió a nuestro grupo de tres, Sandra.

Noté un calor intenso en la cara porque, al hablar mi prima, Ismael, pádel y el otro hombre miraron en nuestra dirección. Ismael nos sonrió con cariño.

Carlos nos agarró delicadamente de los brazos a Cata y a mí y tiró de nosotras, para ir hacia ellos. Ni siquiera sentí la inestabilidad de cada pisada en la hierba. No noté cómo los tacones se me hundían a cada paso.

Todo dejó de existir mientras nos acercábamos, y una vez que nos paramos a un lado.

—Chicos, quedaros cerca —les pidió mi prima a los que nos dejaban los sitios para la foto—. ¡Quiero una foto con todos juntos!

Agrandé los ojos cuando nos incluyó a nosotros, ya que pretendía que pádel , su acompañante, Carlos, Cata y yo saliéramos junto a ellos.

Era demasiado todo, para ser verdad.

—Joder, nena, vas a tenerlo hasta de recuerdo en una foto —me dijo Cata, con una risilla—. Estoy alucinando.

—No es para menos —carraspeó Carlos—. Si es que se venía venir.

—Pues lo verías tú. —Bufé.

—Está claro que tú no ves más allá de pádel —comentó con diversión.

—Cállate —le pedí nerviosa, mirándolo con los ojos abiertos al máximo.

—Tranquila. No se va a enterar. —Me hizo un guiño.

—Ten cuidado —me advirtió Cata—. Que la foto puede terminar en tragedia con un mal paso.

—Me tiembla todo —confesé.

—Lo imagino. Por eso lo he dicho —rio.

—Venga. ¿A qué esperáis? —nos preguntó Sandra, riendo.

Carlos tuvo que empujarme para que mis piernas se movieran. Por suerte, lo hizo cuando los dos hombres se alejaron un poco, para esperar y unirse cuando terminaran con nuestras fotos.

Me iba a dar algo.

Ni en mis mejores sueños habría vivido algo parecido. O, mejor dicho, en mis peores pesadillas. Ya no sabía lo que era.