Capítulo 13
—Vamos a por una copa. La necesito —le pedí a Cata.
—Yo también. —Asintió mi amiga.
Acabábamos de salir del baño. Íbamos por el pasillo hacia la parte del jardín en la que habían montado un pequeño salón improvisado para el cóctel de bienvenida.
Había bebida y aperitivos en mesas alargadas, y sillas suficientes para poder descansar. Estas últimas, por el momento, solo las utilizaban las personas que, por unos motivos u otros, no podían estar tanto tiempo de pie.
Los invitados estábamos haciendo tiempo para que los novios terminaran de hacerse el reportaje fotográfico y se unieran a nosotros.
Nada más llegar al hotel, cuando nos dijeron dónde teníamos que dirigirnos para llegar al cóctel de bienvenida, a mis padres, a Cata y a mí se nos cambió la cara de golpe. Nos mandaron al exterior, lejos del aire acondicionado.
Los cuatro fuimos pensando en el calor que pasaríamos, pero nada más lejos de la realidad. Sorprendentemente, fuera se estaba de maravilla, porque había mucha sombra en la que resguardarse.
El jardín estaba lleno de grandes árboles, con copas espesas que no permitían que el sol se colara.
Aparte, colocados con pocos metros de distancia, había ventiladores potentes.
Tanto enganchados a los troncos de algunos árboles, como sujetándose de un pie largo.
También había un sistema de refrigeración, el que de vez en cuando expulsaba gotas muy finas de agua.
Se estaba de lujo. Cata y yo lo comprobamos bien, ya que, antes de ir al baño, estuvimos al lado de una de las máquinas que pulverizaban agua.
Al salir del hotel, haciendo el camino en sentido contrario hacia el baño, recorrimos el lateral de una terraza solitaria. La parte del jardín destinada para la boda de mi prima e Ismael se encontraba todo recto. No tenía pérdida.
Te adentrabas en un camino muy bonito, en el que las ramas de los árboles se entrelazaban unas con otras y hacían un túnel perfecto y fresco.
—He llegado a la conclusión de que nos hemos vuelto locas las dos —me dijo Cata.
—¿Y para saber eso has necesitado tantos años como tienes? —le pregunté con diversión.
Soltamos una carcajada.
—Joder. Es que no hemos vuelto a ver al del pádel —comentó.
Mientras nos acercábamos al resto de los invitados, Cata fue mirando de un lado al otro, buscando a ese hombre.
—Calla. No lo menciones. —Bufé—. Mejor así, no sabes la alegría que me da eso. Y no estamos locas, lo hemos visto las dos. Lo que pasa es que, seguro que es uno de los que solo iban a la iglesia.
Me encogí de hombros.
—Es verdad. —Asintió—. Puede ser así.
—¿Cómo están las mujeres más guapas y atractivas de esta boda?
Al escuchar a mi primo Carlos, nos giramos hacia él, riendo.
—¿Y tú? —le devolvió la pregunta Cata—. Con todo lo que ha pasado no nos ha dado tiempo a hablar. Mira lo sexi que estás con ese traje.
Mi amiga hizo un gesto como si quisiera morderlo y los tres reímos.
—Pues siento decirte que no voy a tardar en perder todo lo sexi que ves en mí —comentó con diversión él—. En menos de diez minutos he ido al coche a dejar la americana y para quitarme la camisa. Me he traído una camiseta.
—¿No esperas a las fotos? —le pregunté riendo.
—Lo importante es que yo salga en las fotos, para el recuerdo, no como vaya vestido —me dijo con un guiño.
—Totalmente de acuerdo. Si es que encima eres listo —rio Cata—. El más listo de la familia.
—¿Perdona? ¿Me has quitado el primer puesto?
—Celosilla —dijo con una risilla—. Tu puesto es fijo, cariño. Cada uno encabezáis una lista, la de las mujeres y la de los hombres.
—Como se entere mi padre de que le has quitado el puesto… —comenté, con una gran sonrisa.
—Alejandro me lo perdona todo. —Me hizo un guiño, mencionando a mi padre.
—Esperad —nos pidió mi primo.
Se fue hacia un camarero que pasaba cerca, cargando con una bandeja con copas de champán, y cogió tres.
—Gracias, guapo —le dijo Cata, cuando nos ofreció las nuestras.
—A ti, preciosa. Se está bien aquí.
—Sí. Menos mal —sonreí—. Lo tienen muy bien montado para que no se note que hace un calor insoportable
—El hotel es una pasada —comentó Carlos—. ¿Habéis echado un vistazo por los alrededores de aquí?
—Lo justo. Lo que se ve en el camino para ir al baño —contestó Cata.
—Pues merece muchísimo la pena que vayáis a dar un pequeño paseo por los jardines. De verdad. Están muy bien cuidados y muy coloridos. Las fotos de los novios van a quedar impresionantes.
—¿Cuánto les faltará a los recién casados con las fotos? —preguntó Cata.
—No tengo ni idea, pero ya hace casi cuarenta minutos que llegamos. No creo que tarden mucho más —respondí, encogiéndome de hombros.
—¿Aprovechamos y damos una vuelta? —nos propuso mi primo.
—¿Con lo bien que se está aquí con los ventiladores y las gotitas de agua que nos caen? —preguntó sin muchas ganas Cata.
—Os gustará. Además, cuando volvamos estaremos aún más frescos porque seguro que ya entraremos al salón.
—Yo me apunto —le dije.
—Sabía que no me fallarías —me dijo mi primo, con un guiño.
—Oye, Carlitos, que yo tampoco te fallo. —Se cruzó de brazos mi amiga.
—No sé yo… No te he visto muy convencida, preciosa.
—Porque andar por la hierba con estos taconazos no es lo más apropiado ni glamuroso, y hoy Luci y yo hemos venido a triunfar, no a caernos en la hierba y revolcarnos por ella.
—Pues yo lo haría con mucho gusto —reí.
—Joder, y yo, pero entonces… ¡A la mierda los vestidazos!
—Un momento. Ya veréis como cuando vuelva no podrás resistirte a acompañarnos —le dijo Carlos a Cata.
Me dio su copa, para que la sujetara, y se fue caminando con calma.
Lo seguimos con la mirada y nos reímos cuando, después de pararse frente a uno de los camareros que llevaban bandejas de comida, habló con él muy pocos segundos, pero los suficientes para que el chico pusiera en las manos de mi primo la bandeja.
Carlos volvió con nosotras con cara de satisfacción, mientras Cata reía. Yo le sonreí de oreja a oreja, porque lo que no consiguiera mi primo, nadie más lo haría. Tenía una gran habilidad para llevar a la gente por donde él quería, de manera que siempre conseguía lo que se proponía.
Era una gran habilidad por la que su jefe lo tenía como un rey en su empresa. Aunque mi primo se lo ganaba a pulso, ya que se volcaba mucho en su trabajo.
—¿Qué? ¿A qué ahora, te vendrías con nosotros hasta el fin del mundo? —le preguntó Carlos a Cata, con una sonrisa pícara.
—Ya te digo —le confirmó mi amiga, riendo—. Menuda pinta tienen los canapés. ¡Y has traído la bandeja en la que están variados!
—Por supuesto, ¿por quién me tomas?
Reímos.
Nos comimos uno cada uno y nos apartamos a pasos tranquilos del resto de invitados. En cuanto estuvimos lo suficientemente lejos, Cata y yo nos quitamos los zapatos y entonces, sí, pudimos disfrutar bien yendo descalzas por la hierba.
Caminamos con cuidado, pero no sentimos más molestias que alguna piedrecita clavada en las plantas de los pies. Eso no era nada comparado con las sandalias de tacón.
Carlos nos llevó por los jardines que él había visto y le dimos enseguida la razón. Eran preciosos, lucían muchísimo y tenían una vida increíble. El colorido enamoraba.
Entre bocado y bocado, y sorbo a sorbo, no pasamos tanto calor, debido a todas las sombras que daban los árboles.
Durante un poco más de diez minutos, en los que volvimos a tener los zapatos puestos, nos perdimos por la zona. Hasta que dio la casualidad de que nos encontramos con mi prima e Ismael.
Ellos caminaban hacia nosotros, venían agarrados de las manos y riendo con complicidad. Cuando nos vieron, sonrieron.
—¿Qué hacéis por aquí? ¿Estabais buscándonos? —nos preguntó Sandra.
—Estábamos dando un paso y la verdad es que no pensábamos que os veríamos. Este sitio es muy grande —le contesté.
—Sí que lo es. —Bufó Ismael—. Si el fotógrafo no nos ha hecho recorrerlo entero, poco ha faltado. Me duelen los puñeteros pies y estoy hasta las narices de tanta ropa.
Su recién estrenada mujer rio.
—Ahora que ya os habéis hecho las fotos, como mínimo puedes quitarte la chaqueta del traje, ¿no? —le preguntó Carlos—. Yo voy a ir a dejarla en el coche, paso de cargar con ella de un lado al otro. Y, por supuesto, aún paso más de llevarla puesta. Es una tortura que no sé ni cómo estoy aguantando.
—Comiendo y bebiendo, guapo —le dijo Cata y rieron.
—¿Y el fotógrafo? —les pregunté.
Comenzamos a caminar para regresar junto al resto de invitados.
—Se ha despedido de nosotros, por ahora —respondió mi prima.
—¿Despedido? Si casi no le ha dado tiempo a hablar de lo deprisa que se ha ido. Estaba a punto del desmayo, te lo digo yo —habló con picardía Ismael—. Ahora mismo estará bebiendo como loco.
—¿Es que a quién se le ocurre casarse en medio de una ola de calor? Va a ser la primera boda en la que los novios y todos los invitados desfallezcan —reí.
—¿Y cómo íbamos a saber nosotros que duraría tanto la ola de calor?
—No sé, Sandra, cariño, pero yo creo que prestando un poquito de atención a las noticias algo habríais sabido —comenté con diversión—. Todavía pienso que estáis embarazados, porque tanta rapidez no es normal.
Los miré con suspicacia y terminamos todos riendo.
De esa manera, y haciendo bromas, llegamos junto al resto de invitados.
—Ahora nos vemos, amores —nos dijo mi prima, diciéndonos adiós con una mano, mientras Ismael la llevaba de la otra.
—Ya mismo entraremos —habló Cata, observando cómo los camareros recogían todo lo que ya estaba vacío y utilizado.
—¿Se han acercado a saludarte Julia y Mariana? —me preguntó Carlos.
Julia y Mariana eran unas primas lejanas de ambos, con las que no nos llevábamos nada bien. Sandra debía haberlas invitado por mi tía, por compromiso.
—No se han acercado, ni yo voy a ir. Que se queden donde están, alejadas.
—Deben estar muriéndose de envidia, por nuestros vestidazos y estilazos —comentó Cata.
—Que les den, pero no como a ellas les gustaría —sonreí con malicia.
Reímos.
—No sé… Oh, joder.
—¿Qué? —preguntamos Carlos y yo.
Al principio no reaccioné, porque hasta se me había olvidado la mínima posibilidad que había de que el hombre del club de pádel estuviera aquí. En mi mente ya lo había descartado.
Pero eso cambió de golpe, desde el mismo momento en el que vi la cara de mi prima y seguí la dirección en la que ella miraba.
Agrandé los ojos al instante, al encontrarme con ese hombre desde la distancia. Por si eso no fuera ya una grandísima sorpresa y choque, el remate final lo puso quien estaba a su lado.
Era mi padre, y ambos se encontraban rodeados por un grupo de seis hombres que se habían reunido para hablar y reír, de vez en cuando. Yo no salía del asombro.
Casi me dio algo cuando mi padre apoyó una mano en el hombro del hombre desconocido del pádel, le dijo algo, se sonrieron y después mi padre se alejó para ir hacia donde se encontraba mi madre con mis tíos, los padres de Sandra, y los padres de Ismael.