Ese CEO es mi tentación Capítulo 12
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Capítulo 12

Cuando la miré, Cata me sonreía con cariño.

—Era evidente que el del pádel te había calado hondo, aunque quisieras negarlo y disimular. Te ha afectado porque, como dices, lo que sientes ahora por él es algo mucho más profundo que el deseo. Aunque eso siga siendo un punto muy fuerte.

—¿Tanto se me notaba? No te ha pillado por sorpresa, ni un poco.

—¿Sorpresa? Que te siguiera el rollo no significaba que no supiera lo que había. Te conozco muy bien, Luci.

Se encogió de hombros y yo tomé una respiración profunda.

—La he cagado y es para reírse, porque estoy así por un tío al que ni siquiera me he acercado. Es ridículo —reí.

—No hay nada ridículo en lo que te pasa —negó—. Te lo aseguro. Joder, y te entiendo, ¿eh? Que no veas cómo está ese tío. —Silbó.

—¿Y qué piensas de que haya alucinado y lo haya visto aquí?

Negué con la cabeza.

—Pienso que hacía muchísimo calor fuera y era muy mala hora para estar al sol.

Hemos estado ahí un buen rato. Y si a eso le sumas los nervios y la preocupación porque la novia no llegaba, pues todo puede ser.

No te lo he dicho, pero cuando hemos entrado a mí me dolía un pelín la cabeza e incluso me he sentido un poco mareada.

Se encogió de hombros.

—Pero un dolor de cabeza no es comparable a lo que me ha pasado a mí.

—No le des más vueltas —me pidió.

—¿Se te ha quitado todo? —me interesé.

—El mareo, sí. El dolor de la cabeza no, pero es muy leve. En cuanto me tome la primera copa se me pasará.

Reímos.

—Yo necesito varias para quitarme de encima todo y dejar de pensar. Quiero reírme y…

—Joder. ¡Calla! —exclamó.

—¿Qué pasa?

Continuó mirando hacia atrás y estuve tentada de hacer lo mismo, pero Cata se giró en el asiento, para sentarse bien. Se quedó rígida como una tabla.

—Dios, no vas a creértelo —me dijo, susurrando.

—¿Ahora por qué hablas tan despacio? —le pregunté, imitando su tono de voz.

—No has alucinado, cariño —me dijo y fruncí el ceño—. El hombre del club de pádel está aquí.

Agrandé los ojos, de la misma manera que los tenía mi amiga. Ambas mirando hacia el altar vacío. Éramos las únicas que todavía estábamos tan cerca. El resto, los que no estaban fuera de la iglesia se encontraban cerca de la puerta de salida.

—No —dije.

—Oh, sí. Lo he visto con estos ojazos. —Se los señaló.

—¿Cómo puede ser? Joder. Estoy flipando —dije incrédula.

—No tengo ni idea. Como sea un conocido de tu prima, nos va a dar algo. ¿Te imaginas? Tanto tiempo hablándole de ese hombre para enterarnos hoy de que son amigos… Qué fuerte.

Nos miramos serias, pero enseguida soltamos una carcajada nerviosa.

—¿Seguro que lo has visto bien? —le pregunté.

—Tan bien como tú, cariño. Así que ya puedes quedarte tranquila, que tienes la mente perfectamente. Demasiado bien.

Cata miró hacia atrás otra vez, pero más disimuladamente. Estuvo unos largos segundos observando a la gente. Imaginé que eso fue lo que hizo para tardar tanto tiempo en volver a su posición normal.

—¿Qué? —le pregunté.

—Que ninguna de las dos nos equivocamos. Ese tío está aquí, por fuerte que nos parezca. Y no, antes de que me lo preguntes, no me estoy equivocando. Es imposible que ese hombre pase desapercibido, solo hay que ver a algunas de tus primas.

—¿Qué les pasa?

—Que no le quitan la vista de encima.

Puse los ojos en blanco.

—Pasa de todo.

Giré la cabeza hacia ella, al notar los nervios en su voz.

—Tranquila. Es lo que voy a hacer. Ese tío, sea quien sea, no va a arruinarme la boda de mi prima e Ismael.

Cata asintió, varias veces.

—Aunque me ha dejado loca y me muero de ganas por saber qué narices hace aquí, la curiosidad es muy grande, voy a mantenerme lo más lejos posible de él. Durante todo el día.

—Así se habla. —Aplaudió mi amiga—. Estoy muy orgullosa de ti. Pero una cosita… Recuerda que él no tiene la culpa de cómo te sientes. No puedes echarle en cara los besos que se daba con una chica en la terraza del bar del club.

—Ya… Él no sabe ni que existo. Lo tengo claro. —Me encogí de hombros.

—No lo veo acompañado —comentó, echando otro vistazo—. Mierda, acaba de salir.

—Déjalo ya. No vayas a estar todo el tiempo así, ¿eh? He dicho que voy a ignorarlo y me saldrá genial porque él no me conoce y no sabe nada.

—¿Quién no te conoce y no sabe nada? ¿De qué?

Cata y yo pegamos un brinco en el banco, al escuchar de repente la voz de mi prima. Al saltito lo acompañamos con un grito pequeño.

—Joder, ¡Qué susto! —se quejó Cata, con una mano en el pecho.

Sandra e Ismael nos miraban divertidos.

—¿Qué cuchicheabais? ¿Y por qué os habéis quedado tan apartadas?

—Hace mucho calor fuera, así que estábamos esperando a que salierais para ir con los demás —les dije.

—Ahora sí que estamos los cuatro solos —dijo Cata.

Me levanté del banco y me giré, para comprobar que era cierto. Los invitados debían haber visto a los recién casados y habían salido para prepararse. Tocaba lanzarles los pétalos y el arroz, quien lo tuviera.

Me agaché para coger la bolsa que me había dado mi madre. La dejé en el suelo. Cata hizo lo mismo y se puso a mi lado.

—Enhorabuena —les dije, sonriendo.

Los abracé a ambos, apretándolos, y me correspondieron de la misma manera.

—Gracias, cariño —habló emocionada mi prima.

—Por fin —comentó Ismael, con un guiño.

—Felicidades, pareja.

Fue el turno de Cata y también se abrazaron.

—¿Y los padrinos? —les pregunté.

—Han salido un poco antes que nosotros. No los habréis visto —me contestó Ismael, sonriente.

Asentí.

—Dadnos unos segundos de ventaja —le pedí, levantando la bolsa.

—Vale —dijo animada mi prima.

—¿Qué tal ha ido dentro? —me interesé.

—Aburrido —susurró su respuesta y apreté los labios.

—Vamos ya. —Cata me agarró de una mano—. Nos vemos en el restaurante, chicos. Recordad, todos por la sombra —rio.

—Nos vemos en un rato —habló Ismael.

Una vez que nos fuéramos de la iglesia, todos los que estábamos invitados a la celebración nos dirigiríamos al restaurante que formaba parte de un gran hotel.

Mi prima e Ismael también, ya que el reportaje fotográfico era en los jardines del hotel.

El lugar era una preciosidad. Desde que mi prima me dijo el nombre y busqué información sobre él, me quedé maravillada con todas las fotografías que vi.

Habían tenido mucha suerte de poder reservar con tan poco tiempo de antelación. Primero, porque la fecha estaba libre. Segundo, porque una celebración para tantas personas requería muchos preparativos. Comenzando por la comida del menú que los recién casados decidieron que sería el elegido.

Al salir a la calle no solo nos dio otra buena bofetada el calor que hacía, sino que algún despistado nos lanzó arroz. Nos cayó encima y Cata incluso escupió algún grano, ya que la pilló con la boca abierta, por la sorpresa.

Solté una carcajada y me doblé de la risa, mientras muchos de los invitados también reían y otros les pedían paciencia a los que nos habían lanzado el arroz.

—Como esto sea como lo de barrerte los pies, no me caso en la vida. —Bufó Cata y más me reí yo—. Joer, se te ha quedado en el pelo —rio ella.

Nos apartamos de la puerta y entre las dos y mi madre terminamos como nuevas.

—En vez de coger el ramo de la novia, me ha caído una lluvia de arroz. Esto no es serio —comenté, con humor.

—¿El ramo tú? Déjame que me ría —dijo mi amiga.

Fue lo que hizo, reír con mi madre, mientras mi padre sonreía de medio lado.

—¿Para qué querrías el ramo? No sé, tengo curiosidad.

—Tiene un valor sentimental. —Puse los ojos en blanco—. Podría secarlo y dejarlo bonito, metido en algún florero de cristal, cubierto. No sé.

Me encogí de hombros.

—¿Y por qué no por lo de casarte en un futuro o encontrar pareja? —me preguntó mi madre.

—Porque gracias a Dios no he llegado a ese punto de locura —le contesté con diversión—. Es muy difícil encontrar un amor como el vuestro, el de Sandra e Ismael, o el de los tíos, los padres de Sandra. Porque por los demás, me río yo del amor que deja ver más de uno. Ja.

—No hagas esos comentarios aquí —me pidió mi madre, susurrando.

—Déjala —le pidió mi padre—. Tiene toda la razón. Aquí hay mucha falsedad. Ya me gustaría a mí ver a muchos de puertas para dentro de sus casas.

Mi padre y yo chocamos las manos y después reímos. Mi madre puso los ojos en blanco, a pesar de que sabía muy bien que todo era cierto.

Muchos de nuestra familia se las daban de cosas que no eran ni nunca serían. Punto.

Hacía muchos años que llegué a la conclusión de que, quitando algunas excepciones, por lo demás, el resto de la gente no sabía querer. Así de simple y de triste al mismo tiempo.

Ismael y mi prima salieron por la puerta de la iglesia y ahora sí, todos los que los esperábamos comenzamos a lanzarles los pétalos y el arroz.

Nos regalaron otro momento muy divertido y, para terminar, uno muy bonito y romántico, ya que acabaron con un gran beso, sin importarles la lluvia variada que les caía encima.