Capítulo 11
—¿Qué dices? ¿Quién es él? —me preguntó Cata, acercándose a mí.
Me agarró de una mano, justo cuando noté una presencia al lado.
—¿Todo bien? —quiso saber Ismael.
Se había dado cuenta de que algo me pasaba, seguramente por la cara que había puesto Cata al verme.
Se había acercado a nosotras para preocuparse y asegurarse.
—Sí, sí… —conseguí decir, con un carraspeo.
—Tu cara no dice lo mismo —insistió él.
—No te preocupes —me esforcé para sonreírle, para transmitirle lo que le había dicho—. Vuelve al altar y nosotras al banco, que deben estar a punto de llegar.
—Si te mareas o no te encuentras bien por el calor…
—Después de estar un rato en la calle, a una hora de las más calurosas, te aseguro que estar en el interior de la iglesia es un lujo y una gozada —le dije con un guiño.
—A ver si es eso —comentó Cata—. Lo mismo te ha sentado mal al cuerpo el calor de fuera. Es que ha sido una gran bofetada al salir.
—Que no. Estoy bien, de verdad —repetí—. Os quiero mucho, pero no me agobies ahora mismo —reí.
—Uy, huye, Ismael. Todavía estás a tiempo de llegar al altar intacto —le habló Cata.
Después de unas risas compartidas, él se fue a su lugar. Estaba más nervioso por ver a mi prima.
Cata y yo continuamos hacia el banco. Mi amiga fue hacia él sin mirar a ningún otro lado, a mí se me fue la vista hacia lo que me había dejado descolocada y loca.
Todavía no me lo creía. No entendía cómo era posible. ¿Estaba teniendo una alucinación? Podía ser que mi mente hubiera colocado a ese hombre entre los invitados.
Con miedo por esa posibilidad, me dispuse a aclarar todas mis dudas.
—Cata.
—¿Qué? No me digas que nos has mentido para no preocupar a Ismael y no te encuentras bien.
—No es eso.
—Ah.
Giré la cabeza hacia ella y me incliné para hablarle más bajo. No quería que nadie se enterara, mucho menos mi madre.
Hablaba de todo con mis padres, tanto con uno como con otro. No tenía secretos con ellos, aunque sí que a veces retrasaba unos días en darles cierta información.
El tema era que a esto no quería darle importancia, porque no la tenía. Punto. Solo quería saber si lo que había visto era real o producto de mi imaginación.
En cuanto Cata me lo aclarara, pasaría página, sin importar cuál fuera la respuesta de mi amiga.
Por eso no quería que mi madre nos escuchara, porque era insignificante. Y también porque pasaba de aguantar sus preguntas en este día en el que solo quería pasármelo en grande.
—¿Qué es, entonces? —me preguntó.
—Baja la voz —le pedí.
Me miró extrañada, pero asintió.
—Lo que me ha…
—¡La novia! —gritó alguien, interrumpiéndome.
—¡Por fin! —se escuchó por otro lado.
—¡Ismael! ¡No se ha dado a la fuga! —dijo otra voz.
Después de unas risas, todos nos centramos en los recién llegados. Bueno, Ismael había pasado de todo porque su objetivo solo era mi prima. Desde que había entrado por la puerta con su padre, mi tío, el futuro marido no había apartado la mirada de ella.
Sonreí porque el vestido y lo preciosa que estaba habían tenido el efecto que esperábamos en él.
Le leí los labios, cuando dijo: joder.
Nos levantamos como los demás y nos giramos para ver cómo la novia y el padrino avanzaban por el pasillo.
Mi prima estaba muy emocionada. Le brillaban mucho los ojos. Yo estaba igual que ella, al verla en uno de los días más importantes de su vida y por poder compartirlo con ellos.
—Luego seguimos —me susurró Cata al oído y asentí.
Cuando Sandra pasó cerca de nosotras, se emocionó más y movió ligeramente la cabeza, asintiendo.
Cata y yo le devolvimos el gesto y le lanzamos un beso cada una. Mi tío nos hizo un guiño, antes de que pasaran de largo.
Los seguimos con la mirada hasta el altar y hubo un completo silencio cuando ambos se pararon frente a Ismael. Mi tío le dijo unas palabras a su yerno, él lo consideraba un hijo más.
La relación entre ambos hacía muchos años que era familiar y especial. Mis tíos adoraban a Ismael.
Mi tío debió decirle algo con mucho sentimiento porque Ismael se emocionó e hizo un esfuerzo para aguantar. Sandra no lo consiguió, se secó las lágrimas con cuidado.
Cuando mi tío se apartó, la pareja se cogió de la mano y se miraron con tanto amor…
Ya no estaban nerviosos. Se les notó que la tortura de la espera había finalizado y que, una vez juntos de nuevo, iban a por todas.
Todos seguimos los pasos que marcaron los novios y el cura, comenzando por volver a sentarnos.
Sonreí al ver a Cata secarse las lágrimas con un pañuelo, dándose toquecitos.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Estupendamente —le contesté, susurrando.
Oculté todas las sensaciones y emociones que sentía. Que no eran pocas.
—Con muchas ganas de que se den el sí «quiero», de una vez —añadí.
—Ahora ya está hecho.
Sonreímos.
—¿Qué ibas a decirme antes? ¿Qué te ha pasado?
—Cuando termine. No quiero perderme nada de la boda.
—Claro. Yo tampoco.
Miramos hacia los novios y no se nos borró el gesto sonriente en ningún momento, muy atentas a cómo se desarrollaba la boda.
Un tiempo después, cuando el cura dijo: Os declaro marido y mujer , todos comenzamos a aplaudir y vitorear a los recién casados, mientras ellos se daban el beso que sellaba el compromiso que acababan de contraer.
Se giraron riendo, hacia todos, para darnos las gracias por acompañarlos en un día tan especial. Después ambos se fueron con el cura y junto a los padrinos.
Los más valientes salieron rápido de la iglesia, pero la mayoría nos quedamos un rato más a cubierto de la temperatura de la calle.
Había que esperar al momento en el que salieran los recién casados, para lanzarles los pétalos de rosa y el arroz, antes de irnos a los coches para dirigirnos al restaurante. Los que estuviéramos en el convite.
Mi madre se había encargado de traer pétalos suficientes para ella, mi padre, Cata y yo.
—Aquí tenéis, niñas —nos dijo y la miramos sonriendo.
Cogimos una bolsa cada una, de los pétalos que había repartido en ellas. De esa manera era más cómodo.
—Eres la mejor, Erika —le dijo Cata—. Por cierto, ¿te he dicho que te ves espectacular con ese vestido?
—Sí —rio mi madre, encantada—. Pero se agradece escucharlo otra vez.
—Se te ve radiante.
Apreté los labios y miré hacia el altar. Mi amiga no estaba diciendo ninguna mentira, mi madre estaba impresionante. Ese era el motivo por el que mi padre no podía dejar de mirarla y por el que iba a su lado con orgullo. Él no se quedaba atrás.
Hoy, todavía, mi padre no se había quejado de llevar traje.
Aunque sabía que, a pesar de estar acostumbrado, al vestir de la misma manera en la empresa, una vez llegáramos al restaurante en el que se celebraba el convite, aprovecharía la mínima oportunidad para deshacerse de la chaqueta del traje. Como poco.
—Las tres estáis increíbles —nos dijo mi padre—. Así que cuidado con quienes se os acercan —comentó con diversión.
—A mamá no creo que se le acerque nadie. No vas a separarte de ella —reí.
—Exactamente. Hoy puede ser el día en el que encarguemos un hermano para ti, hija.
—¡Alejandro! —exclamó mi madre—. No le digas esas cosas a la niña.
—La niña sabe más que vosotros dos juntos —comentó Cata.
Mi padre, mi amiga y yo soltamos una carcajada. Mi madre nos miró espantada, aunque terminó sonriendo de medio lado.
—Os vemos fuera, para irnos al restaurante —nos dijo mi padre.
Se levantó y le ofreció la mano a mi madre, para que hiciera lo mismo. Ella se la agarró encantada y se quedó de pie a su lado.
—Os buscaremos cuando vaciemos las bolsas.
Mis padres nos dejaron solas. Se acercaron a mis tíos y algunos primos, y se fueron todos hacia la puerta de la iglesia. No salieron, se quedaron cerca, hasta que los novios aparecieran por algún lado.
Nuestro banco, el de delante y varios por detrás, se quedaron vacíos. La gente se había movido para hacer grupos y hablar.
Dirigí la vista hacia donde me había encontrado con la presencia del hombre que me había desconcertado. El sitio estaba vacío, por lo que miré por todas las partes de la iglesia que eran visibles.
—A ver, cuéntame qué te ha pasado antes. ¿Qué has querido decir con lo de: es él ? ¿Y a quién buscas ahora?
—A nadie, porque no lo veo —contesté, volviendo a la posición normal para sentarme recta.
Me encogí de hombros.
—¿A quién no ves? —Frunció el ceño.
—Es una locura —reí, negando con la cabeza—. Joder, ¿cómo he podido pensar que era real? La semana que viene tengo que plantearme ciertas cosas. —Bufé.
—No entiendo nada. ¿De qué hablas? ¿Puedes empezar por el principio?
Se giró hacia mí en el banco.
—Creo que he perdido momentáneamente la cabeza —le dije, haciendo una mueca.
Cata me observó sorprendida y extrañada. Por lo seria que estaba yo, ella sabía que no estaba bromeando.
Esperó a que continuara y fue lo que hice, para terminar con la tontería que me había entrado con ese hombre desconocido.
—He visto al hombre del club de pádel. Estaba sentado en uno de los bancos del otro lado. ¿Te lo puedes creer? En mi cabeza era tan creíble —suspiré—. ¿Qué narices pintaría él aquí?
Solté una carcajada, pero se me fue la diversión cuando fui más consciente que nunca de la verdad.
Me abrí a mi amiga sobre ese tema, por primera vez. No lo dejé pasar ni le quité importancia, habiendo bromas.
—A lo mejor debo admitir que ese hombre me ha afectado más de lo que imaginaba, que con el paso del tiempo se fue convirtiendo en algo más que un deseo y una tentación —susurré. —Dime que estoy loca y quítame las tonterías de golpe —le pedí.