Capítulo 10
—Madre mía, cuánta gente —me dijo Cata, inclinada hacia mí.
Estábamos sentadas en la segunda fila. Yo era la primera, tenía el pasillo central justo a mi izquierda y mi amiga estaba a mi lado. El resto eran miembros de mi familia, comenzando por mis padres.
—A mí no me salen los cálculos —le comenté.
—A mí tampoco. Aquí hay más de sesenta y cuatro personas.
—Lo mismo hay gente que se ha acercado solo para acompañar a los novios en el momento de convertirse en marido y mujer, pero después no irán al convite —dije pensativa.
—¿Estáis seguras de que Sandra estaba preparada? —nos preguntó mi madre, sin alzar mucho la voz.
Para conseguir que la oyéramos bien, tuvo que echarse encima de Cata. Mi amiga soltó una risilla.
—Que sí, mamá —contesté, cansada de responder lo mismo varias veces en poco tiempo.
—¿Y por qué no entran ya? ¿No han llegado? —insistió.
—Llama a la tía —le pedí.
—No se va a enterar, seguro que tiene el móvil en silencio.
—Llama al tío —lo intenté, por otro lado.
—¿Por qué no lo llamas tú?
—Porque no quiero molestarlo y eres tú la que quieres localizarlos.
A mi prima y a mis tíos los traía Carlos, un primo de Sandra y mío. Ellos habían querido llegar los tres juntos, ya que normalmente la novia llegaba con el padrino y la madre de la novia se adelantaba para llegar por otro lado a la iglesia.
—Si hubiera pasado algo, lo sabría por Sandra. —Me encogí de hombros.
—¿Por qué no sales de la iglesia para ver qué pasa? —me preguntó.
—¿En serio, mamá? Basta que me mueva para que aparezca la novia y eche por tierra su entrada.
—Ay, hija, no tienes que ir hacia la puerta por el pasillo central.
—Tiene razón —comentó Cata, divertida.
—Cállate —murmuré, provocándole una risilla.
Me giré para mirar hacia la puerta de la iglesia y durante unos segundos, esperé que se abriera. Pero no sucedió.
—Luci.
—Ah. ¡Joder! —exclamé, llevándome una mano al pecho.
Ismael acababa de aparecer de la nada a mi lado. Estaba de cuclillas.
Debido al susto que me había dado, mi reacción había sido gritar. Por ese motivo muchas de las miradas de alrededor, de ambas partes de los asientos que se encontraban a los lados del pasillo central, miraban hacia Ismael y yo. No quise pensar que solo era a mí.
—Mierda, entre unos y otros os habéis propuesto acabar conmigo hoy —me quejé, con un suspiro.
Ismael me sonrió con cariño, pero la sonrisa le desapareció enseguida.
—¿Me puedes hacer el favor de salir a ver si han llegado o intentar averiguar qué pasa, si no hay nadie fuera? —me pidió—. Sandra y sus padres no han descolgado mis llamadas y a Carlos no quiero molestarlo conduciendo. Estoy a nada de irme de la iglesia para buscarlos.
—Yo me encargo de todo —le respondí, sin dudar—. Ni se te ocurra moverte —le pedí divertida—. Porque como mi prima llegue y no te vea, es capaz de desmayarse.
Sonreímos.
—Gracias, preciosa.
—No hay de qué. Y no te preocupes, seguro que el retraso es por una tontería.
—Oh, ¡qué bonito! —intervino mi madre, quejándose—. Te lo pido yo y te niegas a todo. Te pide lo mismo el novio y aceptas sin pensártelo.
—Exacto, mamá. El novio, al que, gracias a él, voy a comer y a beber todo lo que quiera en las próximas horas. Gratis. ¿No te parece motivo suficiente para tenerlo contento? —le pregunté con diversión.
Cata e Ismael rieron. Mi madre puso los ojos en blanco, pero al final terminó negando y sonriendo. Lo último que escuché de ella, antes de que se pusiera a hablar con mi padre, fue: estos niños…
—Te acompaño —me dijo Cata y asentí.
Cuando nos levantamos, Ismael regresó al inicio de los pocos escalones que había para subir al altar y mi amiga y yo recorrimos el pasillo, yendo directas hacia la puerta principal de la iglesia.
—¿No estás preocupada? —me preguntó Cata—. Con lo nerviosa que estaba tu prima, y la ilusión y las ganas que tenía por estar al lado de Ismael, me parece muy raro este retraso.
—Sé que fuera no están. Sandra me habría llamado.
—¿Y por qué no lo ha hecho igualmente? Sabe que estaremos preguntándonos dónde narices está. Y no me digas que no es raro que no haya descolgado la llamada de Ismael.
—Mierda, Cata. Me estás poniendo muy nerviosa.
Comencé a caminar más rápido y al llegar a la puerta, con el móvil en una mano, la empujé con todas mis fuerzas.
Recibí un golpe en todo el cuerpo por el calor intenso que nos recibió y tuve que cubrirme un poco los ojos, por el sol.
Miré hacia todos los lados de la calle y la plaza que teníamos enfrente, pero, como ya esperaba, no había rastro de mis primos ni de mis tíos.
Desbloqueé el teléfono y llamé a la única persona con la que nadie se había puesto en contacto: mi primo Carlos.
—Vamos, vamos… —dije, mientras escuchaba los tonos sonar.
Solté un suspiro de alivio cuando descolgó y escuché su voz al otro lado de la línea.
—Hola.
—¡Carlos! ¿Cómo qué hola? ¿Dónde mierda estáis?
—Lo siento. Tranquilízate, todo está bien.
—¿Bien? Lleváis mucho retraso. La gente empieza a preguntarse dónde está la novia. Mi madre me tiene la cabeza como un bombo, e Ismael está preocupado porque ha llamado a nuestros tíos y a su futura mujer, y ninguno de los tres le ha cogido el teléfono. ¿Se puede saber por qué?
—La tía me está diciendo que tiene el móvil en silencio. Y el tío se ha olvidado de coger una bolsa donde estaban los teléfonos de él y Sandra.
—Madre mía, no os puedo dejar solos. —Bufé y Carlos rio—. Nada, hombre, me alegro de que seas el único feliz aquí. Yo estoy fuera de la iglesia y ya mismo tengo el vestido pegado al cuerpo y el pelo a la cara.
Carlos rio con más ganas.
—Menos cachondeo que somos dos bombones y nos estamos derritiendo, chato —le dijo Cata, después de coger mi móvil y poner el altavoz.
—Hola, preciosa. Te prometo que en cuanto llegue os recogeré del suelo con mucho amor.
—Mira qué gracioso.
Rieron ambos.
—Pero ¿por qué os habéis retrasado tanto? No lo entiendo. Cuando han venido mis padres a recogernos a Cata y a mí, ibais a esperar solo unos minutos para salir, después de irnos nosotras.
—Nos hemos encontrado con obras y con varias calles principales cortadas. Ya puedes imaginarte el atasco en el que hemos estado. —Bufó—. ¿Cómo habéis llegado los demás sin problemas?
—No me lo puedo creer. —Agrandé los ojos—. ¿En qué mundo vives que no te has enterado de esas obras? ¡Empezaron hace una semana! Los demás hemos llegado esquivando las peores zonas, dando rodeos. Ya te vale —reí.
Me dio por la risa, porque no era para menos.
—Joder. ¿Te recuerdo que llegué ayer del viaje de trabajo, expresamente para la boda? Yo qué narices sabía la que habían liado, si me he pasado diez días fuera.
—Ay, Carlitos, tienes razón —le dijo Cata, riendo.
—Si es que ya os vale a todos vosotros, que siendo yo el chófer de la novia y con lo de mi viaje, a ninguno se os ha ocurrido advertirme ni me habéis sacado el tema. Ni siquiera el tío y Sandra se han acordado y eso ya es grave porque están conmigo —rio—. La tía se libra porque no conduce.
—¿Cuánto os queda para llegar? —le pregunté divertida.
—Unas calles. En pocos minutos estamos ahí. Entrad en la iglesia y protegeos del calor. También tranquiliza al novio, porque a la novia le va a dar algo al no poder hablar con él. La tía está abanicando en los asientos traseros a Sandra, por el agobio que tiene.
—Sandrita, cariño, que Ismael es capaz de esperarte hasta con la iglesia cerrada —la animó Cata.
—¿Está enfadado? —preguntó mi prima.
—Para nada —la tranquilicé—. Solo estaba preocupado y con razón. En cuanto hable con él se relajará y todo seguirá bien. La iglesia está llena y tú vas a hacer una entrada preciosa. Nos vamos dentro a calmar a todos y a ocupar nuestros sitios, para cuando lleguéis.
Después de despedirnos, Cata y yo nos apresuramos para entrar en la iglesia. Una vez que estuvimos a cubierto del sol, soltamos un suspiro de alivio.
Recorrimos el pasillo de vuelta, con Ismael mirándonos. Le transmití con la mirada que todo estaba bien y enseguida vi el alivio en su expresión. Después se lo confirmé con palabras, cuando le expliqué lo que les había pasado y el problemilla con los móviles de todos, menos Carlos.
—Vaya tela —dijo Ismael, conteniendo la risa—. Sandra debe estar histérica.
—Ya la he tranquilizado. Aunque eso no quita que, cuando entre en la iglesia, en vez de caminar luciéndose, entre a la carrera directa hacia ti, para lanzarse a tus brazos.
Soltamos una carcajada.
—Yo apuesto por la segunda opción. Nuestra chica entrará corriendo en la iglesia —comentó Cata.
—Yo también —estuvo de acuerdo Ismael.
—Ya queda muy poco —le dije—. ¿Preparado?
—Más que nunca —contestó y sonreí.
Nos abrazamos y Cata y yo fuimos hacia el banco de la segunda fila, para ocupar nuestros sitios.
Todo iba genial. La pequeña crisis o problema de retraso se había solucionado perfectamente. Quedaría como una anécdota.
Pero todo lo que había pasado hasta este momento se quedó en nada, cuando mi mirada se cruzó con otra que me cortó la respiración.
Me paré de repente, alucinada, y Cata se giró hacia mí, adelantada un paso.
—¿Qué haces? —me preguntó extrañada—. Venga, que ahora sí que va a entrar tu prima y nos va a pillar en medio del pasillo. Es capaz de saltar por encima de nosotras y pisotearnos, para llegar hasta el altar —rio.
Me quedé callada, sin salir de la sorpresa.
—¿Luci? ¿Qué te pasa? —se puso seria, observándome preocupada.
—Es él —susurré.