Capítulo 9
—Dios, voy a llorar —dijo Cata, tapándose la boca con las manos.
—Cariño, estás… Joder, si yo me he quedado sin palabras, Ismael no llega a mañana.
Mi prima rio encantada, mientras intentaba contener las lágrimas.
Acabábamos de ayudarla a colocarse el vestido y cuando la vimos con él puesto, las sandalias de tacón, maquillada y peinada…
Estaba más que preciosa. Me emocioné.
El vestido era el ideal para ella, le sentaba genial el corte sirena. La tela era preciosa, de encaje, y se ajustaba a su cuerpo desde el pecho hasta por encima de las rodillas. A partir de ahí hasta el bajo, la tela se abría para dar una forma holgada. Terminaba en una cola pequeña.
En la parte de arriba tenía un escote corazón que se ajustaba a sus pechos y dejaba ver la curva del inicio de ellos. Terminaba en unos tirantes finos que le recorrían toda la espalda. Esta quedaba completamente al aire, ya que el vestido, en la parte de atrás, comenzaba por encima del trasero.
Las sandalias se veían cómodas, a pesar del tacón que tenían. Sandra nos lo confirmó dando un giro.
El pelo se lo había recogido yo. Le había quitado la mayor cantidad de la cara y los hombros, para que no se agobiara. Aun así, sabíamos que no sería suficiente, pero tendría que aguantar hasta que estuviera en el restaurante en el que se celebraba la boda.
Con el aire acondicionado las cosas se veían mejor en verano.
De todas maneras, Cata llevaría en su bolso pequeño algunas gomas para el pelo porque, en algún momento de la noche, o quizá antes, a ninguna de las tres nos importaría nuestra apariencia, solo sobrevivir al calor y al cansancio, hubiera aire acondicionado o no.
—Estoy muy nerviosa —dijo mi prima, con un puchero.
—Ismael no te ha contestado porque debe estar muy liado —la tranquilicé.
—Yo apuesto más porque no está pendiente del móvil —comentó Cata.
—¿Y si ha pasado algo? ¿Y si se está replanteando su vida y termina dejándome al margen? ¿Y sí…?
—Oh, por favor. ¡Ismael está loco por ti! El único motivo por el que se echaría para atrás sería porque le impidieran salir de casa.
Agrandó los ojos.
—No tendrías que haberlo echado ayer por la tarde —le dijo Cata, con cariño—. Ahora mismo estaría por la casa.
—Sé que son tonterías, pero… —suspiró.
—Vamos a solucionarlo.
Cogí mi móvil y marqué el número de mi madre. Mis padres habían estado con nosotras un buen rato, haciéndonos compañía, hasta que se fueron a la casa de los padres de Ismael, para ver al novio nervioso.
—Mamá —le dije, en cuanto descolgó.
—Hola, cariño. ¿Cómo vais? ¿Sandra, bien?
—¿Qué le pasa a Sandra?
Reí porque la última pregunta la escuché lejana y la dijo Ismael.
—Nada, hijo, solo he preguntado por ella —le dijo mi madre.
—Déjame el teléfono —le pidió Ismael.
—Está genial y ahora preocupado porque piensa que te ha pasado algo —le susurré a mi prima.
Su mirada se iluminó al instante y sonreí. Puse el altavoz, para que las tres lo oyéramos bien.
—¿Hola? —habló Ismael.
—Soy Lucía. No te has parado ni a mirar la pantalla —hablé con diversión.
—Ah, joder. ¿Cómo está Sandra?
—Estupendamente. Madre mía, si la vieras, Ismael. Se te caería la mandíbula al suelo y la encerrarías en la habitación, para tirar la llave y olvidaros del mundo. Es un buen adelanto de lo que verás dentro de poco.
—Mierda, Luci. ¿Por qué narices acepté irme de casa? —preguntó con un bufido.
Sandra soltó una carcajada, encantadísima por la reacción de su futuro marido y por escuchar su voz.
—La espera merecerá la pena —le dijo Cata.
—Con ella siempre merece.
Las tres sonreímos como tontas.
—Te quiero —habló mi prima.
—Cariño, yo también te quiero. Ya queda poco. ¿Cuánto te falta? Podemos presentarnos antes y hacer presión en la iglesia, para que nos case el cura. Me da igual si más de la mitad de los invitados se lo pierden.
Reímos.
—Me encantaría, pero como has dicho, falta muy poquito y quiero seguir haciendo las cosas bien.
—Vale —suspiró él, resignado.
—Ya estamos preparadas las tres. Mi prima y Cata también van divinas, ya las verás. Van a volver loco a más de uno hoy —rio.
—Ahora vamos a tomarnos unas cervezas, para aligerar el tiempo y que pase más rápido —le dije a Ismael.
—No, que sois capaces de llegar borrachas a la iglesia y que el cura se niegue a casarnos. Ni hablar.
—Por una no va a pasar nada —le dijo riendo Cata—. Tu mujer tiene prohibido el café, desde temprano.
—En la nevera hay refrescos suficientes como para que repitáis varias veces las tres —remarcó Ismael, por si no nos habíamos dado cuenta.
Yo sí, ya que había abierto la nevera en diferentes ocasiones.
—¿Tú cómo lo llevas, amor? —le preguntó Sandra.
Cata y yo le hicimos un guiño a mi prima, por conseguir desviar la conversación para que a Ismael se le olvidara lo de las cervezas.
—Aburrido de estar aquí.
—¿Ya estás arreglado?
—A medias, pero yo termino rápido. Quiero esperar el máximo tiempo posible, para que el traje se vea bien.
—Vale.
—Una vez que estemos juntos, el tiempo volará. Piensa en el día tan bonito que nos espera.
—¿Y tú en qué pensarás?
—Está claro, en ti y en el viaje de novios que comienza mañana —habló con diversión.
Los cuatro nos reímos.
—Bueno, mientras yo esté incluida…
—Siempre.
—Se acabó —me dirigí a ambos—. Que podéis estar así horas, si no os frenan.
—Lucía, cariño, te recomiendo que controles la envidia. No te sienta nada bien —me dijo Ismael y después soltamos una carcajada.
Nos despedimos del novio y salimos de la habitación, para ir al salón.
Cata fue la encargada de ir a por tres botellines de cerveza, los que comenzamos a beber sentadas en el sofá.
—Qué bien os quedan los vestidos —comentó mi prima, emocionada.
—Sí —confirmó Cata, ilusionada—. Hoy será nuestro día. —Me hizo un guiño.
—Mi día son todos. —Le saqué la lengua.
Mi amiga hizo como si no me hubiera escuchado.
—Tu prima tiene que darlo todo hoy. Tiene una meta que conseguir —carraspeó Cata.
Yo puse los ojos en blanco.
—¿Qué meta? ¿Yo la sé? —preguntó mi prima.
Negué con la cabeza, dándole la respuesta.
—¿Cómo qué no? —se sorprendió—. ¿Y cuál es esa meta?
—Liarse con un tío bueno que le dé la mejor celebración de su vida —rio Cata.
Sandra me miró extrañada, porque era todo lo contrario a lo que yo le había dicho.
—¿Te acuerdas del tío del club de pádel que tiene loca a tu prima? —le preguntó Cata.
Mi prima estaba al tanto de todo, ya que ese hombre sin nombre había salido en muchas de nuestras conversaciones. Casi cada fin de semana. A Sandra le creó tanta curiosidad que un sábado vino con nosotras al club.
Pero ella y yo no tuvimos suerte. Aquel día no nos cruzamos con él, mientras Cata jugaba al pádel con Rita. Sandra se quedó sin verlo y nunca más lo intentó.
Cata estuvo a punto de hacerle una foto, para enseñársela a mi prima, pero me negué en rotundo.
Una cosa era que yo fuera al club con la esperanza de verlo porque me encantaba, y otra muy diferente era traspasar ciertos límites de privacidad e intimidad, haciéndole una fotografía que él desconocía y para la que no había dado permiso.
—Me tenía loca. Pasado —rectifiqué a Cata.
—¿Cómo no me voy a acordar de él? —le preguntó Sandra a Cata.
—Pues es historia, como ya he dicho —continué yo, zanjando el tema.
Esa fue mi intención, pero en vez de zanjarlo abrí otro hilo del que comenzaron a tirar.
—¿Por qué? —quiso saber Sandra—. Con lo que te alegraba los sábados cuando lo veías…
—Tú lo has dicho. Alegraba. Ya no he vuelto a verlo más.
—Porque no hemos ido hoy al club —rio Cata—.
Él debe estar allí. Oye, ¿y si nos pasamos esta noche?
Lo mismo coincidimos también con él. Iremos lo suficientemente contentillas como para gritarle que ha dejado de ser tu deseo y tentación platónicos.
Así también le advertimos que no puede ir besándose con mujeres en sitios públicos.
—¿Quién dice que no puede? —preguntó Sandra, divertida.
—Nosotras y ahora tú. He dicho.
—Ah. Vale —aceptó mi prima.
Cata y ella se miraron, compartiendo no sé qué, mientras yo las observaba divertida.
—Puede besar a quien le dé la gana, que es lo que hizo el otro día —intervine—. Es su vida y si antes no tenía nada con él, ahora ni siquiera quiero verlo. Huiré de ese hombre cada sábado, empezando por el próximo porque no, hoy no vamos a ir.
Reí al ver las caras que pusieron las dos.
—Si vamos borrachas al club y da la casualidad de que ese hombre está, me arrepentiré el resto de mi vida y nunca volveré a pisar ese sitio. Así que si quieres arriesgarte y tener que volver sola… —me dirigí a Cata.
—De eso nada. Tú vienes conmigo los sábados, para calentar las sillas del bar y pasártelo bien con Roberto.
Reímos.
—Al final os habéis hecho amigas de ese chico —dijo mi prima.
Se refirió a Roberto, el camarero del bar del club de pádel.
—Eso parece. O al menos vamos por buen camino —confirmé.
Sonreí al recordar lo bien que nos trataba y lo estupendamente que me caía.
—Hay algo que no entiendo —habló mi prima.
—¿El qué? —le preguntó Cata.
—Que, si lo de ese hombre del club era una tontería, un alegrarte la vista como siempre decías… ¿Por qué parece que tengas un ataque de celos?
—No es verdad —me quejé—. Lo vi besándose con otra, ¿y qué? Me da igual.
—Oh, y tanto que es verdad. Estás celosa, hermana —comentó Cata.
—Hermana, te voy a dar yo a ti. —Bufé.
—Y ahora te enfadas porque te has puesto nerviosa —continuó analizándome mi prima.
—Sandra…
—¿Sí?
—Cariño, vete un ratito a la mierda y después, vuelve a tiempo para tu boda. No quiero que Ismael me mande a mí.
Soltamos una fuerte carcajada con la que conseguimos aligerar el momento. Se quedó olvidado. Todo. Lo que agradecí.