Ese CEO es mi tentación Capítulo 8
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Capítulo 8

Sentada en el porche de mi casa, le di el primer sorbo al café.

Hacía poco que me había despertado y lo primero que había hecho había sido ir a la cocina, directa a la cafetera.

Todavía necesitaba el café con urgencia, para que me despertara del todo. Me notaba dormida, como si mi cuerpo fuese a ralentí y no terminase de arrancar.

Y no era porque no hubiera descansado ni dormido las horas suficientes…

La noche anterior, después de estar gran parte de la tarde haciéndole la manicura a mi amiga y a mí misma, Cata y yo salimos a cenar, pero no lo alargamos mucho. Llegué a casa a las once y media de la noche y al poco de meterme en la cama ya no me acordaba de nada.

Lo hicimos precisamente para estar al cien por cien hoy, ya que era el día de la boda.

Sí, el sábado especial para mi prima e Ismael había llegado.

Tenía muchas ganas de verlos y achucharlos, y pasar un día inolvidable junto a ellos y las personas más cercanas de mi familia. Los demás me sobraban, sinceramente.

Bebí otro sorbo de café y cerré los ojos, disfrutando de lo bien que se estaba tan temprano en el porche. Ojalá se mantuviera la temperatura que hacía ahora mismo, porque el calor iba a acabar conmigo. Me tenía agotada.

Me gustaba el verano y el buen tiempo, pero hacía casi dos días que teníamos una ola de calor intensa encima y era insoportable y agobiante. Asfixiante.

La idea de llevar el pelo suelto, o una parte de él suelta, se había esfumado por completo.

El plan era tomarme tranquila el café. Seguramente caería uno más, antes de ir a darme una ducha.

Cuando terminara en el baño me vestiría cómoda, cogería el vestido que metería en la bolsa de la tienda, y prepararía una mochila para guardar todas las cosas que iba a necesitar para arreglarme en la casa de mi prima.

Hacia allí también iría Cata. Ambas llegaríamos en taxi, para no preocuparnos de los coches, ya que iríamos con mi padre a la iglesia y al restaurante. Para volver a nuestras casas lo haríamos en taxi, porque mi amiga y yo sabíamos que terminaríamos la fiesta mucho más tarde que mis padres.

Cata y yo nos arreglaríamos en la casa de mi prima y, después, la ayudaríamos a ella a prepararse. Ismael no estaba. Había pasado la noche en la casa de sus padres, por petición de mi prima.

Esa decisión no le gustó nada a Ismael, pero lo hizo por Sandra. Él veía una tontería lo de separarse la noche de antes de la boda, cuando llevaban tantos años viviendo juntos.

Ella no quería que nada saliera mal, ni el día de su boda ni el resto de su vida junto a Ismael. Quería la normalidad a la que estaban acostumbrados y eso la había hecho echarlo de la casa, para que no les diera mala suerte.

Teníamos toda la mañana para tomárnoslo con calma, ya que hasta la una no comenzaba la boda.

Nada más abrir los ojos y apagar la alarma, vi que mi prima estaba bien despierta antes de las ocho de la mañana. Me encontré con muchos mensajes suyos, entre los que me metía prisa para que fuera a su casa porque creía que iba a darle algo por los nervios.

Ahora debía estar duchándose. Era donde la había enviado, después de hacerle una llamada rápida con voz de sueño. Estaba advertida de que yo también tenía que ducharme y prepararme para ir con ella.

Conociendo a mi amiga Cata, no llegaría hasta las diez, más o menos. Así que mi prima y yo tendríamos tiempo de sobra para dejarlo todo preparado y para tomarnos varios cafés, mientras la esperábamos. Por si no tuviéramos pocos nervios, nosotras los potenciaríamos.

Cuando vacié la taza, decidí irme ya a la ducha y reservar el segundo café para tomármelo con Sandra. Cerré la corredera del salón que daba al porche y fui a la cocina, para lavar la taza. Al terminar, me dirigí a mi habitación, donde me desvestí para darme la ducha.

Tardé más porque me sequé el pelo y le puse mucho mimo para arreglármelo, aunque fuese a llevarlo recogido. Igualmente, en la casa de mi prima retocaría las ondas que me había hecho.

Al terminar, me puse la ropa interior y me vestí con un pantalón corto vaquero y una camiseta de tirantes. Después de calzarme las sandalias planas, dejé la bolsa con el vestido al lado de la puerta de la habitación y cogí una mochila.

En ella metí todo lo que iba a necesitar, aunque mi prima podía dejarme gran parte de las cosas. De todos modos, cargué bien la mochila. Eché la crema de la cara, ya que cuando me la echara no quería sudar antes de tiempo.

También metí el maquillaje, el ondulador, el perfume, la ropa interior que iba bien con el vestido, las sandalias de tacón, el bolso, por si cambiaba de opinión y lo utilizaba, el cargador del móvil y una batería externa.

Lo último fue coger la cartera donde llevaba la documentación y donde metí un billete de cincuenta euros, por precaución.

Cargada con todo, sin olvidarme de lo más importante, el vestido, fui al salón para comprobar que el taxi estaba fuera.

Sonreí al ver el vehículo parado en el acceso al camino que llevaba a mi garaje. Me fui de casa, yendo directa al taxi.

—Buenos días —saludé al conductor.

—Buenos días —me correspondió, sonriendo.

Coloqué las bolsas a mi lado en el asiento y, mientras me abrochaba el cinturón, le di la dirección de la casa de mi prima.

Cuando faltaban un par de calles para llegar, le escribí un mensaje a Sandra, avisándola.

Mi prima me esperaba fuera de su casa, con la puerta entreabierta y una taza de café en las manos. Sonreí al verla.

Le pagué al taxista, me despedí de él, y me bajé del coche.

—¡Tardona! No puedo con los nervios. Me mordería las uñas, pero con lo duro que es el material, me saltaría un diente —me dijo Sandra, riendo.

Me paré frente a ella.

—Ya te vale —reí—. Deja de beber café, este es para mí. —Le quité la taza y la alejé de ella.

—Oye, ¡qué lo necesito!

—Lo único que necesitas son varias tilas para bajar los nervios. ¿Vas a hacer que me lo tome aquí de pie? —le pregunté con las cejas elevadas.

—Debería, por quitármelo —contestó riendo.

Me agarró de un brazo y tiró de mí hacia dentro.

Mi prima llevaba un vestido fresquito del mismo estilo de los que utilizaba yo. A ambas nos gustaba estar por casa cómodas y de la misma manera.

Se había dejado un poco húmedo el pelo, todavía se notaba que estaba recién salida de la ducha.

Solté la mochila en una silla del salón y colgué en el respaldo la bolsa con el vestido.

—¿Tienes tila?

—No voy a beber hierbas el día de mi boda. —Bufó.

—Te va a sentar mal el café… ¿Cuántos has bebido desde que te has despertado?

—Ese era el cuarto. —Señaló la taza en mi mano.

—No me lo puedo creer. —Agrandé los ojos—. Joder, Sandra. —Negué con la cabeza.

—¿Qué? Estoy bien.

—Sí. Maravillosamente alterada. Anda que… ¿Tienes descafeinado?

—No. —Arrugó el gesto.

—Pues se acabaron para ti.

Al decirlo, levanté la taza hacia ella y me bebí de golpe el contenido.

—A la mierda el café, ya no hay —le dije, con un guiño.

—Pero hasta que llegue Cata y durante el resto de la mañana, ¿qué voy a beber para acompañarte y pasar mejor el tiempo? Jolín. —Hizo un puchero.

—Voy a ver qué puedo apañar.

Fui a la cocina con mi prima detrás.

Abrí la nevera y saqué varias piezas de fruta, ya que con el calor que hacía, si no estaban en frío, no duraban nada.

Lo preparé todo sobre la encimera para hacer dos buenos batidos de fruta con leche vegetal. Cuando los tuve listos los serví en dos vasos altos y anchos que me dio mi prima, y lo rematé con dos pajitas duras y reutilizables.

—Aquí tienes —le ofrecí uno de los vasos.

—Qué pinta tiene. Eres la mejor —rio.

—No es cafeína, pero… Pruébalo antes —le pedí, divertida.

No necesitaba su confirmación. Sabía que estaba bueno porque los preparaba mucho en mi casa.

La cara de mi prima y el sonidito que hizo al sorber de la pajita me confirmaron lo que le gustó.

Reí mientras íbamos al salón, para sentarnos en el sofá.

—Quiero ver el vestido —me pidió—. Seguro que es más impresionante que en las fotos.

—Lo es. —Asentí, levantándome del sofá.

Dejé el batido en la mesa baja de enfrente y fui a por la bolsa. Cuando lo saqué y lo extendí frente a mi prima, soltó un pequeño jadeo y se apresuró a acercarse.

—Es una pasada —dijo emocionada—. Preciosas se queda corto para como vais a estar —sonrió de oreja a oreja.

—La única que tiene que destacar este día eres tú. —Le hice un guiño.

—Yo voy a destacar para mi maridito, de muchas maneras —reímos—. Pero tú y Cata tenéis que dejar atontados a todos los invitados hombres solteros.

—Ya veremos… ese plan inicial ha ido haciendo aguas con el paso de los días —reí.

—¿Y eso?

—No sé. Solo pienso en disfrutar contigo e Ismael de este día tan especial, Sandra. Paso de todo lo demás. A ver, si sucede algo interesante, pues oye, perfecto. No soy tan tonta como para negarme —sonreímos—. Pero no voy a ir buscando nada.

Me encogí de hombros.

—¿Cata sabe ese cambio? Porque con lo emocionada que estaba con cada parte de la boda… —habló con diversión.

—No lo sabe ni lo sabrá, hasta que se dé cuenta por ella misma —sonreí—. No voy a estropearle la ilusión y la emoción. Además, aunque yo me quede al margen, ella puede seguir con el plan y llevarse algunas alegrías extras.

Reímos.