Ese CEO es mi tentación Capítulo 7
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Capítulo 7

—Tenías razón. ¡Son perfectos, Cata! Me encanta —le dije emocionada.

Acababa de ver el vestido del que me había hablado mi amiga. Tenía la percha agarrada con una mano, en alto para verlo bien.

—Lo mejor de todo es que hay dos iguales. Tenemos que probárnoslos ya.

—Sí.

Reímos mientras íbamos hacia los probadores, al caminar con prisas y querer llegar cada una la primera.

La dependienta que estaba en la entrada, en cuanto nos vio, sonrió y se aguantó la risa.

Después de que nos dijera que si necesitábamos ayuda la avisáramos, Cata se metió en un probador y yo en otro.

En cuanto tuve el vestido puesto, supe que era el elegido. Era precioso, elegante y sugerente en algunos sitios. Me fascinó, al verme guapa y sexi.

Salí del probador llamando a mi amiga, porque quería verla con el vestido. Si a Cata no le iba bien o no le gustaba, quedaba descartado. La idea era ir iguales, al ser las damas de honor.

A ella y a mí nos hacía ilusión y a mi prima Sandra le encantó la idea.

—¡Estás divina! —exclamé en cuanto la vi—. Joder, voy a emocionarte y todo.

Reímos.

—Ay, tú también. Somos unas reinas —dijo, haciendo un puchero.

—Tenemos vestidos, ¿verdad? —quise asegurarme.

Cata asintió, con una sonrisa de oreja a oreja, y terminamos abrazadas y dando saltos en medio del pasillo de los probadores.

Varias chicas se asomaron por el alboroto. Nos sonrieron y volvieron a lo suyo.

—Os quedan perfectos.

Al escuchar la voz de la dependienta, nos giramos hacia ella.

—Gracias —le dijimos, al unísono.

—Vais a causar impresión. —Nos hizo un guiño.

—Esa es la intención. Vamos a una boda este sábado. Es una muy especial y aparte de eso, queremos triunfar —rio.

—No des tantos detalles —me quejé, divertida.

Cata volvió a reír. Le entró la risa floja y se la contagió a la dependienta. La chica se fue y cuando nos quedamos solas, mi amiga entró en su probador para cambiarse de ropa.

Yo hice lo mismo, quitándome el vestido con pena.

Me había sabido a poco. Estaba deseando verme con él puesto, con las sandalias plateadas de tacón que reservaba para ocasiones especiales. Estas eran de tiras y en cada tira tenía brillantitos. Eran monísimas y elegantes.

Bolso también tenía. Hacía el conjunto perfecto con los zapatos, aunque no sabía todavía si llevaría bolso o no. La documentación podía dársela a cualquiera de mis padres y dinero no iba a necesitar, ya que estaba todo pagado en la celebración.

Aunque seguramente para eso también echaría mano de mis padres, porque algo sí que me llevaría. Más que nada porque tendría que pagar el taxi de regreso a casa, a la hora que fuera de la noche.

Cuando salimos de los probadores fuimos directas hacia la caja, para pagar. Cata tampoco necesitaba zapatos ni bolso, en su casa tenía los que quedarían ideales para conjuntarlos con el vestido.

Pagamos felices, tanto que hicimos reír a la chica que nos cobró y nos metió los vestidos con mucho mimo dentro de las bolsas.

—Menos mal que los tenemos —dije, con un suspiro—. Creía que llegaría el viernes y continuaríamos sin nada.

—Pensaba que iba a ser más fácil. Pero ya está, la espera ha merecido la pena.

—Sí —sonreí—. ¿El viernes por la tarde te hago las uñas?

—Claro. Cuento con eso.

—Yo también me las haré. Podemos quedar a comer también, pero en mi casa. Así estamos tranquilas, nos echamos una pequeña siesta si lo necesitamos, y después me pongo manos a la obra para hacernos unas manicuras fabulosas.

—Ya tenemos plan para el viernes —aceptó y sonreímos—. Puedes hacerme todo lo que quieras, no me quejaré.

Reímos.

—¿Tienes pensado hacerte algo en el pelo o te lo dejarás suelto? —le pregunté.

—¿Con el calor que hace? Ni loca. —Bufó—. Estaría sudando antes de salir de mi casa. Ni hablar. ¡Qué agobio!

—Es para pensárselo, sí.

—¿Tú ibas a dejártelo suelto? —me preguntó sorprendida.

—Había contemplado la idea, pero tienes razón. No quiero llegar a la iglesia con el pelo pegado a la cara.

—En el convite no te digo lo que parecerías.

Soltamos una carcajada.

—¿Has hablado con tu prima?

—Anoche. Me informó de que todo seguía según lo previsto y me dijo que iba a por otra noche más, porque se le acababa el tiempo.

Volvimos a reír.

—Anda que no está disfrutando estos días —comentó, con diversión.

—Sí —sonreí—. Ayer también hablé con Ismael. Está tan ilusionado como mi prima.

—Me lo imagino —sonrió—. Yo he podido hablar en el trabajo con Rita. Con calma.

—Ya era hora. Quién diría que os veis cada día en el trabajo.

Puse los ojos en blanco.

—La culpa es de nuestros compañeros. Para quedarnos solas, no veas la que tenemos que liar —rio—. Tampoco he tenido la necesidad de llevarla aparte para preguntarle, porque tenía una cara de felicidad…

—Eso es muy bueno.

—Sí. Damián se ha portado genial. Nos dijo que iba a arreglarlo y lo ha hecho —me contó feliz.

—Dime que su madre ya no está en la casa.

—No está, no. Y no solo eso. Ha vuelto a la suya, bien lejos. Damián le pidió a Rita que no estuviera en la casa cuando hablara con su madre, porque no la quería cerca de la explosión que daría esa mujer.

—Y fue lo que sucedió.

—Exacto. Tuvieron una fuerte discusión en la casa y eso provocó que esa mujer se largara de aquí. Nos ha hecho un favor a todos. No me da ninguna pena.

—Ni a mí. —Bufé—. Es demasiado dañina. En vez de estar feliz por ver a su hijo feliz y enamorado… No la soporto.

—Bueno, ya es historia. Además, a nosotras no va a acercarse. Yo creo que, si nos vuelve a ver, es capaz de esconderse, por lo que le dijimos de nuestras profesiones.

Nos miramos y soltamos una carcajada.

—Joder, ese momentazo fue buenísimo —me dijo.

—Me salió solo soltar esa bomba, por la rabia que sentía. A esas alturas de la noche estaba como una olla exprés a punto de reventar.

Negué con la cabeza.

—Pues lo bordaste. —Asintió varias veces.

—Tú también. No tardaste en seguirme el ritmo —sonreí de medio lado.

—Solo por ver la cara de miedo de esa mujer valió la pena.

Reímos.

—Me siento rara. No es normal que nos riamos, pero es que esa mujer no se merece nada bueno —suspiré.

—¿Qué dices? Nos reímos porque no es para menos.

Llegamos donde tenía el coche estacionado y nos paramos al lado de él.

—¿Quieres hacer algo más tarde?

—Por hoy ya he tenido bastante. Después del madrugón para ir al trabajo, las horas en la empresa, comer en el restaurante, y todo lo del vestido, estoy deseando llegar a casa. Quiero descansar y en cuanto me duche y me ponga cómoda, es lo que haré.

—Vale, cariño. Yo también descansaré. Tenemos que llegar frescas a la boda —sonrió.

Asentí, antes de darnos un abrazo y un beso en la mejilla.

—Ten cuidado —le pedí.

—Tú también.

Me lanzó un beso al aire, mientras me alejaba caminando por la acera. Se lo devolví y continué avanzando.

Mi coche estaba estacionado a varias calles de distancia. Me costó aparcar en esta zona, ya que era muy concurrida por la cantidad de tiendas que había, de todo tipo, y los restaurantes, bares y cafeterías que encontrabas cada pocos metros.

Cuando estuve montada en mi coche, tomé la dirección de mi casa, a la que tardé en llegar unos diez minutos.

Estacioné en el garaje y como le había dicho a Cata, lo primero que hice fue ir al vestidor para colgar el vestido.

Me quedé mirándolo durante un rato, con una gran sonrisa. No podía evitarlo, era precioso.

Después fui al baño a darme una ducha, en la que no me di prisa para salir. Una vez fuera, me puse un vestido fresquito de los que utilizaba para estar por casa, cogí el móvil del bolso y me dirigí a la cama, donde me tumbé.

Revisé que no tenía nada importante en el teléfono, antes de ponerlo en silencio y dejar activada una alarma.

No tenía intención de dormirme, porque era demasiado tarde y por la noche me costaría conciliar el sueño si ahora me dejaba vencer por él, pero por si acaso, fui previsora.

Coloqué el móvil en la mesita de noche, para sustituirlo por el libro que estaba leyendo.

Estaba yendo más lenta de lo normal, pero últimamente no estaba teniendo mucho tiempo para estar tranquila en casa. Y cuando coincidía que sí, o cuando me metía en la cama por las noches, entonces me encontraba tan cansada que no me daba tiempo ni a leer ni un par de líneas, antes de dormirme.

Me acomodé y lo mismo hice con el libro electrónico, para leer por lo último que me acordaba, que no era lo mismo que por donde lo dejé. La última parte debía estar más dormida que despierta porque no recordé nada.