Ese CEO es mi tentación Capítulo 6
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Capítulo 6

—Lucía.

Me giré sonriendo hacia la puerta de mi despacho, para encontrarme con Fran.

—Si vienes a darme más trabajo, date la vuelta y desaparece. Pero si vienes a invitarme a comer, me lanzo sobre ti y te como a besos.

Fran rio.

—Joder, lo mío es ser gafe —se quejó, negando—. Ni una cosa ni la otra. Me quedo sin abrazo de koala y sin besos —suspiró dramáticamente.

Solté una carcajada.

Cerré la puerta del armario y me colgué el bolso. Me acerqué a mi mesa y cogí el móvil, para guardármelo en un bolsillo del pantalón. Iba a utilizarlo en breve, para hablar con Cata.

—Tranquilo. He quedado con mi amiga para comer —le dije con un guiño.

—No puedes torturar a un pobre hombre como yo.

—Tú de pobre no tienes nada —hablé con diversión.

Ya tenía el papeleo recogido y apilado a un lado de la mesa, en sus carpetas. Y el portátil apagado y con la tapa bajada. De manera que no me quedaba nada más por hacer en mi despacho.

Rodeé la mesa y caminé hacia la puerta, cerca de la que estaba Fran.

—¿Has venido a despedirte? —le pregunté.

—En un principio no, pero gracias al motivo que me ha traído hasta aquí, sí que puedo despedirme —sonrió.

—¿Mi padre?

Salimos de mi despacho y, después de cerrarlo con llave, caminamos por el pasillo.

—Efectivamente —me confirmó y rio—. ¿Quién si no se arriesgaría a retenerte cuando pasan un par de minutos del final de la jornada de trabajo? Yo no, te lo aseguro.

Reímos.

—Haces bien. Nunca lo intentes. Ahí va un gran mensaje de una amiga.

—¿Cuándo comenzarás a verme sin la etiqueta de amigo? —me preguntó con diversión.

—¿El día que caiga dinero del cielo?

—No me tientes, preciosa, porque soy capaz de alquilar todos los helicópteros de la ciudad para que lancen billetes donde tú estés. Sobre tu cabeza.

Reí con ganas.

—¿Y arriesgarte a que todo el mundo coja una parte de tu dinero? —le pregunté divertida.

—En ningún momento he especificado qué tipo de billetes serían. Pueden ser de juguete.

—¿Tan poco valgo?

Me hice la indignada, mirándolo, hasta que soltamos una carcajada.

—Nos vemos mañana, preciosa —me dijo Fran—. Que vaya bien la comida con tu amiga y el resto del día.

—Hasta mañana.

Nos sonreímos, antes de separarnos al tomar direcciones diferentes. Fran se fue hacia el ascensor y yo hacia el despacho de mi padre.

Él era el dueño de la empresa y aquí estaba yo, trabajando para él. Llevaba en el negocio familiar desde un año después de terminar el último máster.

Cuando terminé los estudios me tomé un año sabático, para vivir. Fue tal cual, ya que estuve muchos años esclavizada por los estudios.

Cursé dos carreras al mismo tiempo, por lo que tenía una doble titulación. Aparte de dos másteres en varias especializaciones.

Una vez finalicé mi año de descanso, me incorporé a la empresa de mi padre.

Hasta ese momento, en ningún momento de mi vida me vi obligada o presionada por mis padres para entrar en el negocio. En absoluto. Ellos jamás me empujaron o me tentaron para formar parte del negocio familiar.

Desde que tuve edad suficiente para decidir por mí misma, y fui aclarándome con lo que quería conseguir en mi futuro, ellos se mantuvieron al margen y me dejaron hacer, respetándome.

Y mi elección la tenía clara: trabajar para mi padre.

Que no me lo hubieran pedido no significaba que no lo hubieran deseado, ya que mi padre quería que la empresa fuese mía cuando él se jubilara.

Para eso aún quedaba, pero él me formaba día a día. Me enseñaba poco a poco el funcionamiento detallado de todo, cuando me tomaba un tiempo libre en mi trabajo.

Me paré frente a la puerta de su despacho y la golpeé con los nudillos, varias veces.

—Adelante. —Me dio paso y sonreí.

Entré y lo encontré de pie a un lado de la mesa, remangándose la camisa.

—¿Qué brillante mente creó la moda de que un hombre de negocios, para ser respetado, tiene que ir en camisa y pantalón de vestir, o con traje y camisa, que es todavía peor? ¿Qué pasa, que si uno no va elegante no van a respetarlo igual? Manda narices.

Le pegó un tirón a una manga y me acerqué a él riendo.

—Déjame —le pedí.

—Sí, que solo de pensar el calor que hace en la calle… —suspiró.

—Cámbiate. Ponte una de las camisetas de manga corta que tienes en el armario —le propuse, mientras le enrollaba una de las mangas.

Mi padre tenía una muda informal y otra formal en su armario. Le gustaba estar preparado para todo, siempre. Incluso tenía calzado de repuesto.

Solo lo había visto echar mano de ello una vez. Fue un día de invierno que diluviaba y llegó empapado, a pesar de que solo tuvo que hacer el camino del aparcamiento hasta la empresa.

—Con el pantalón del traje.

—Claro —le confirmé, encogiéndome de hombros—. ¿Qué más da? Pero te echa para atrás, puedes poner el pantalón vaquero. Ahí ya lo rematarías.

Le hice un guiño.

—Eres muy mala influencia, como tu madre. Me hacéis dudar, mientras que yo intento mantener la imagen de empresario y jefe duro, para que me respeten.

Solté una carcajada.

—A ti te respetan y te admiran al máximo todos tus trabajadores, papá.

Una persona no se mide por su apariencia.

Sí, claro que influye la primera imagen, pero después es conocer a la persona y ver lo que hace o deja de hacer.

Todos tus trabajadores saben que pueden contar contigo para lo que necesiten.

Lo has demostrado en más de una ocasión.

—Estoy muy orgulloso de ti, hija.

Sonreí al recibir su beso en la frente.

—El mérito es tuyo y de mamá, por cómo me habéis educado.

Le devolví el beso, pero en la mejilla.

—¿Qué quieres? ¿Necesitas algo? —le pregunté—. Fran ha venido a por mí a mi despacho y me ha dicho que querías verme. Me ha pillado por los pelos, ya me iba.

—Quería hablarte de unas cosas de trabajo, pero me lo he pensado mejor. Vete ya, cariño.

—¿Seguro?

—Claro, si no te tendría ya sentada en la silla —sonrió.

—Vale. Pues no voy a insistir —reí—. He quedado con Cata para comer y después iremos a una tienda en la que, según ella, ha visto los vestidos perfectos para la boda de Sandra e Ismael.

—Te acompaño.

Caminamos hacia la puerta e igual que yo, mi padre cerró el despacho. Recorrimos la planta y llegamos al ascensor, en el que no tuvimos que esperar para montarnos.

—A ver si tenéis suerte. Tu madre anda loca con ese tema —me dijo, negando con la cabeza.

—Pero si me dijo que lo había encontrado cuando fue con la tía.

Me referí a la madre de Sandra, que era la misma que la hermana de mi madre.

—Eso dijo, pero cuando se lo probó en casa empezó a ponerle pegas.

Puso los ojos en blanco.

—Acabará encontrando uno que la enamore —le dije, riendo.

—Esperemos, porque falta poco para que te pida a ti que la acompañes y ya sabes lo que supone eso.

Me miró serio, hasta que estallamos en carcajadas.

—Joder, papá, eso es una amenaza en toda regla —suspiré.

—Yo solo te estoy avisando.

—Gracias por prepararme, eres el mejor —le dije divertida.

Salimos del ascensor en la planta principal y, despidiéndonos de los empleados que fuimos encontrando, llegamos a la calle.

Nos dirigimos al aparcamiento y tuve que reírme cuando mi padre metió el turbo, por el calor que hacía. Entendía perfectamente que estuviera deseando llegar a casa para quitarse la ropa.

En cuanto me monté en el coche y arranqué, con el aire acondicionado a tope y las ventanillas bajadas, llamé a Cata.

Mi amiga descolgó al primer tono y su voz llenó el interior del vehículo.

—Ya voy de camino. Estoy saliendo del aparcamiento de la empresa —la informé.

—Muy bonito. Ni un hola, ni nada. ¡Qué fuerte!

Reí.

—Hola, preciosa. ¿Contenta?

—Hola, cariño. Por supuesto —rio—. Ven tranquila, yo ya he llegado. He ocupado una mesa, antes de que se llene más.

—Vale. Llegaré en unos minutos.

—No hay prisa. ¿Quieres que pida algo para que te lo encuentres en la mesa cuando llegue?

—Bien pensado. Así no tenemos que esperar más. Estoy hambrienta. Elige tú lo que quieras, todo me parecerá bien.

—Vale. Pues voy a mirar la carta.

—Te dejo. Ahora nos vemos —le dije.

—Hasta ahora —se despidió animada.

Me dejó sonriendo y así hice una buena parte del trayecto.

Faltaban pocos días para la boda de mi prima e Ismael. Estábamos a martes y se celebraba el sábado. Todavía no teníamos vestidos para ponernos.

Se nos estaba echando el tiempo encima, pero es que ni Cata ni yo habíamos tenido suerte para encontrar unos vestidos cómodos y elegantes, que al mismo tiempo tuvieran un punto atrevido. Pero sin pasarse. Y para rematarlo, que nos gustaran.

Mi familia se puso loca de contenta por la noticia de la boda, de la que sabíamos desde hacía unos días, que mi prima se había salido con la suya.

En tiempo récord estaba organizando una boda para sesenta y cuatro personas y por ahora quedaban muy pocos por confirmar. Estaban haciendo un pleno porque ninguno iba a faltar.

El regalo para ellos lo teníamos desde hacía unos días. Nos lanzamos la manta a la cabeza, como se suele decir, y nos volvimos un poquito locas. ¿El resultado de ello? Que el viaje de novios corría a cuenta de Cata y de mí.

Les pagábamos los aviones y la estancia de diez días. Ya lo teníamos todo comprado y reservado, gracias a la ayuda de mi tía.

Ismael y Sandra pensaban que eran los padres de ella, mis tíos, los que les habían regalado el viaje. Por eso los novios se habían desentendido de todo, dejándolo en manos de mis tíos, después de decirles dónde les gustaría ir.