Capítulo 5
—Vaya, vaya… Menuda sorpresa.
Cata y yo reímos, mientras nos acercábamos a Roberto, el camarero del club de pádel.
—Hola, guapo —lo saludé.
—Hola, preciosa. Me encanta verte por aquí tan pronto, otra vez.
Me hizo un guiño.
—¿Y yo? —le preguntó Cata—. Por lo menos me dirás: Hola, mi reina . Por dejarme olvidada y excluida —dijo con diversión.
Roberto rio. Yo sonreí.
—Me alegro de que todavía tengas ganas de hacer bromas en este sitio. Pensaba que después de cómo terminaste y te fuiste ayer, las próximas veces que vinieras lo harías a regañadientes.
—Calla, no me hagas pensar en lo que hay más allá de esta terraza —le pidió Cata, con un bufido.
Roberto y yo reímos, mientras que mi amiga hizo un puchero.
—Me duele hasta mover los párpados, con eso te lo digo todo.
—De algo me di cuenta ayer, cuando te despediste de mí como si no fueras a volver y por la forma de moverte —comentó Roberto.
—Ay, qué malita me puse. Pero es que hoy estoy el doble de mala. Tienes que mimarme para que se me pase un poquito.
—Sí. ¿Eh? ¿Y qué sugieres?
—Mmm… para empezar estaría genial que nos trajeras con las cervezas alguna tapita. Para ir abriendo el apetito y para que yo le vea otro sentido a la vida.
—Creo que puedo hacerlo —nos confirmó Roberto, con una sonrisa pícara.
—Menos mal que no venimos cada día, porque si no, en vez de cobrar tu sueldo a final de mes, tendrías que pagarle tú al bar por tantas invitaciones —dije.
Reímos.
—Venid —nos pidió Roberto y lo seguimos.
—Hoy no hay mucha gente —comenté.
Recorrí la terraza con la vista, lo que hice rápido por las pocas mesas ocupadas que había.
—Todavía es pronto. Ya veréis como cambia dentro de media hora. La mayoría de las mesas que veis vacías están reservadas.
—Ya decía yo… —habló Cata—. No era normal.
—Esta es vuestra mesa.
Se paró junto a una que tenía sombra, gracias a la copa de un gran árbol. Estaba en una zona privilegiada de la terraza.
Y por si aun así lo necesitábamos, por todo el espacio había repartidos ventiladores potentes.
—Es perfecta —dijo Cata.
Yo asentí, mientras me sentaba en la silla.
—Para mis clientas preferidas lo mejor. Ya lo sabéis —dijo con mucha gracia.
—Eres un encanto, Robert.
Él rio, negando con la cabeza.
—Gracias, preciosa. Lo mismo puedo decir de vosotras.
—Eso, tú no la dejes nunca fuera de los piropos. —Bufó mi amiga.
—Eres una envidiosa y celosa —reí—. Roberto solo intenta ser simpático y amable con las dos, para no hacernos sentir incómodas. Tranquilo —me dirigí a él, mirándolo—, nosotras no vamos a molestarnos por tonterías.
—No sé yo hasta qué punto es cierto eso —carraspeó, observando de reojo Cata.
Mi amiga se había cruzado de brazos y no había borrado de su cara la expresión de molestia.
Le di una patada por debajo de la mesa.
—¡Ay! —se quejó—. ¿Por qué me pegas?
—Porque estás siendo muy tonta y estás haciendo sentir mal a Roberto. Él nos conoce lo justo.
Cata rio y él se relajó al instante.
—Perdona, guapo. Estaba bromeando. Si quieres, para compensártelo, voy yo a por las cervezas.
—No hace falta —le quitó la intención rápido, cuando vio que se levantaba de la silla—. Enseguida vuelvo.
Después de hacernos un guiño, se fue hacia el interior del bar.
—Ya te vale —le dije, a modo de queja.
—¿Qué? Pensaba que había pillado la broma.
—¿Con lo bien que actúas? —Elevé las cejas.
—Si es que estoy más infravalorada… —suspiró—. No se ve mi talento.
—¿Tú crees que vendrá? —pregunté.
No hacía falta que especificara quién. Yo solo podía interesarme por una persona en este lugar.
—No lo sé, cariño. —Miró hacia las demás mesas.
—Estuvo ayer —suspiré.
—Y nosotras también. —Se encogió de hombros.
—Sí, pero nosotras hemos vuelto por la posibilidad de verlo de nuevo a él.
—Eso tú, bonita. Yo he venido por la comida que prepara Marga —rio y sonreí.
—También. Todo lo hace buenísimo. Qué hambre me ha entrado.
—Ahí viene nuestra salvación.
Sonreí al ver a Roberto acercarse cargando con una bandeja.
Cuando llegó a nuestro lado, dejó en la mesa las dos copas de cerveza y un plato con un guiso de carne con tomate que tenía una pinta espectacular. También nos había traído pan.
—Os vais a chupar los dedos —dijo convencido.
—Estamos seguras —le sonreí—. Gracias, Roberto, pero hoy todo lo que nos traigas tienes que ponerlo en la cuenta.
—Es una invitación de la casa.
—No. Es tuya y no quiero que tengas problemas por nuestra culpa.
—Te lo agradezco, Lucía, pero no tienes que preocuparte. Sé lo que hago, ¿vale? Al mes tengo pactado que puedo unas cuantas invitaciones de la casa y os aseguro que no suelo hacerlo.
—Joder. Entonces, ¿nos las llevamos todas nosotras? —le preguntó Cata.
—Correcto —le confirmó.
—Acabas de enamorarme, Robert —le dijo mi amiga, con una mano en el pecho.
Roberto y yo reímos.
—Si llego a saber antes que ese sería el resultado, os lo habría contado antes —dijo con humor.
—Eres un pillín —rio Cata.
—Disfrutad. Voy a atender a los clientes.
Se fue hacia una mesa que acababa de ocupar una…
—Oh, joder. ¡Está aquí! —exclamó Cata.
—Sí. —Apreté los labios, con rabia—. Pero con una mujer.
—No sabemos quién es. Puede ser una amiga, una compañera de trabajo, o del pádel, su hermana, su prima… Hay muchas opciones que… Vale, mierda. Ese beso lo ha dejado claro. —Bufó.
No aparté la mirada del beso que estaban dándose. Lo había iniciado él, agarrando del cuello a su acompañante. Tampoco perdí detalle de cómo la lengua de ambos se encontraba cuando las dejaban ver.
—Joder, qué poderío tiene ese tío —habló sorprendida Cata—. Pues no está consiguiendo que me excite—. ¿Luci?
No le hice caso a mi amiga, continué observando a la parejita, con una mezcla de sentimientos desconcertantes.
Era mi deseo platónico, mi tentación favorita, un hombre con un atractivo increíble, pero de ahí, a sentirme como me sentía…
—He llevado demasiado lejos mi obsesión —susurré, viendo como él tiraba del labio inferior de ella, con los dientes, antes de separarse.
Roberto tuvo que desviarse, para no plantarse al lado de ambos a esperar a que terminaran el numerito. Al menos todavía no había mucha gente en la terraza.
—Luci…
—No pasa nada. —Miré a mi amiga—. Se acabó. A veces se necesita una buena hostia para abrir los ojos. Me alegro de haber venido y habérmela dado, así me quito las tonterías de la cabeza.
Me encogí de hombros.
—Que esté con una mujer no significa nada. Me refiero a que era algo platónico y todas las veces que te he insistido para que cambiaras eso, me has dicho que no querías, porque preferías continuar con la ilusión que sientes.
—Sí.
—Va, anímate. Yo besaría el suelo por el que pisa mi cantante favorito y le declararía amor eterno, sin importarme que tenga mujer e hijos —rio—. Es de esos amores idílicos que nos formamos en la cabeza, pero que no son para nada reales. Ni nunca lo serán.
Cogí mi copa y bebí un sorbo de cerveza, mirando la carne. No me resistí más y la probé, con un trozo de pan.
—Joder, se deshace en la boca. Qué gozada —hablé masticando.
—Así me gusta, aliméntate —me dijo riendo y sonreí—. A ver.
Terminamos riendo. Yo por la cara de placer que puso Cata. Ella por verme a mí.
—Para terminar con el temita del adonis…
—Nunca mejor dicho. —Le hice un guiño.
Volvimos a reírnos.
—Pues eso. Como iba a decir… Ese hombre es tu tentación porque está tremendo, pues sigue alegrándote la vista con él y ya está. Deja que continúe haciendo esa función, para hacerte la vida más feliz los ratos que estés aquí.
—Estoy bien, Cata.
—No sé yo…
—De verdad. —Negué con la cabeza—. No conozco a ese hombre. Él tiene su vida hecha, al igual que yo. No me había parado a pensar si tenía pareja o no, pero es lo más normal del mundo. Joder, y tanto. Un hombre como él es imposible que esté solo.
—Por cómo besa ya te digo yo que no —susurró—. Ahí están otra vez.
Miré disimuladamente hacia la mesa en la que estaba la pareja y sí, efectivamente, de nuevo volvían a estar enganchados por las bocas.
Me tragué el malestar que se había asentado en mí, porque no quería preocupar a mi amiga. Si Cata notaba algo, se tiraría toda la comida queriendo animarme.
No podía creerme hasta dónde había caído con ese hombre. Lo que comenzó como una tontería había terminado descontrolándose, hasta el punto de que había fallado en no darme cuenta.
Ya era demasiado tarde, pero no para todo. Ahora tocaba borrarlo de mi memoria.
Preferí quedarme en silencio, sobre el comentario del beso de Cata. Calladita estaba monísima. No iba a hablar más de ese hombre o de algo que tuviera que ver con él.
Me prometí que, una vez que nos fuéramos del club, comenzaría mi misión de borrarlo de mi cabeza. Y lo conseguiría. Iba a poner todo mi empeño para que fuera en tiempo récord.
Distraje a mi amiga para que se centrara en mí y en la boda de mi prima, ya que al mencionársela se olvidó de todo lo demás.
Haciendo planes y pensando en un regalo para hacerles por la boda, nos terminamos la carne y las cervezas.
Al cabo de un rato llamamos a Roberto, para que nos tomara nota de la comida. Elegimos para empezar, dos salmorejos con huevo, jamón y tomate picados. Después, para compartir, una paella de marisco y unos mejillones a la marinera.
Le pedimos a Roberto que el vino lo eligiera por nosotras. Se fue riendo cuando Cata le dijo que tenía que ser bueno, bonito y a buen precio, porque si no, tendríamos que dejarnos hasta las bragas en el bar.