Ese CEO es mi tentación Capítulo 4
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Capítulo 4

—¡Me caso! —gritó mi prima Sandra, al otro lado del teléfono.

—¿Cómo que te casas? —le pregunté con el mismo grito.

Cata estaba delante de mí, al otro lado de la mesa de la cafetería a la que habíamos venido a desayunar.

Se estaba de maravilla en la terraza. Eran las diez y cuarto y todavía se podía disfrutar sin buscar la sombra.

Mi amiga se había quedado con la boca abierta.

—Se ha vuelto loca —le dije y comenzó a mover la cabeza de arriba abajo, rápido.

—¡No! —negó mi prima, riendo—. Me caso en doce días.

—¿Qué mierda? ¿Te estás quedando conmigo? Joder, esta broma es muy buena —reí con ganas.

—¡Luci! ¡Qué no estoy de broma! Me caso con Ismael en doce días.

—¿Cómo puede ser eso? Así, de repente… ¿Por qué tan rápido? ¿Te has quedado embarazada?

—¿Qué dices? —me preguntó Cata, con una risilla—. Qué tendrá que ver que esté embarazada o no. Eso es para celebrarlo de otra manera. Ismael y ella llevan juntos nueve años, viviendo seis.

—Pues con más motivo, después de tanto tiempo —le dije—. Seis años compartiendo piso y nueve sus vidas. ¿Y ahora deciden casarse en doce días? Algo tiene que pasar porque no es normal.

—¿Hola? —llamó nuestra atención mi prima.

Mi amiga y yo miramos la pantalla de mi teléfono, el que estaba en el centro de la mesa.

—¿Os acordáis de mí? —rio.

—¿Por qué tanta prisa? —insistí.

—¿Por qué no? ¿Para qué vamos a esperar más?

—Se os ha ido la cabeza, Sandra. Joder, sabes que soy una de las personas que más felices se pondrá en vuestra boda, pero es que es en muy poco tiempo. ¿Cuándo lo habéis decidido?

—Anoche, durante el sexo. Ismael me lo pidió cuando estaba a punto del orgasmo y yo le grité mi respuesta mientras me corría. ¿A qué fue bonito? —preguntó emocionada.

Cata soltó una carcajada y yo sonreí, con los labios apretados, mientras miraba hacia los lados. Mi amiga estaba escuchando toda la conversación porque activé el altavoz desde el principio.

—Bonito no sé, pero íntimo, por supuesto —le dije, con diversión.

—Nena, y bonito también —se dirigió a mí Cata—. La alegría y el entusiasmo de ese momento no son comparables con nada.

Las tres reímos.

—Así que tenemos doce días… —hablé pensativa.

—Exacto, cariño —me confirmó mi prima—. Así que ya podéis empezar a buscar vestidos porque os quiero de damas de honor.

—¡Ay, que da! —gritó Cata, emocionada.

Sandra y yo reímos.

—¿Tenéis pensado hacer algo pequeño? —le pregunté.

—Estamos negociándolo —me contestó con una risilla—. Ismael quiere invitar solo a los más allegados, pero yo quiero ampliar un poquito la lista.

—Miedo me da preguntarte… —carraspeé.

—No serían tantos, entre sesenta y setenta invitados.

—Qué a gusto se quedó mi tía cuando te tuvo —le dije.

—Aún no lo sabe. Sois las primeras.

—Prepárala antes de decirle la fecha, no vaya a ser que se desmaye.

Reímos.

—Me has dejado loca —comenté.

—Así estoy yo pensando en todo lo que tengo que organizar.

—Podéis retrasarlo.

—No quiero dejar pasar más días —me dejó claro mi prima.

—Vale, pues nada. Adelante con todo —la animé.

—¡Sí! —se unió Cata—. Voy a encargarme de nuestros vestidos, tu prima y yo vamos a ir divinas.

—Guay. Tenemos que hacer muchos planes —habló ilusionada mi prima.

—Pues nada, ¡nos vamos de boda! —alcé la voz, haciéndolas reír—. ¿Cómo está el novio?

—Con ganas de que llegue esta noche para concretar los primeros detalles en la cama con mi futuro marido. Es donde mejor se nos da llegar a acuerdos, así que nos quedan muchas noches intensas.

Soltamos una carcajada.

—Os dejo, preciosas. Voy a la casa de mis padres, para darles la noticia en persona.

—Mejor, porque por teléfono puede ser la bomba —dije con diversión—. Dales un gran beso a mis tíos.

—Claro.

—Hasta otra, preciosa —se despidió de ella Cata.

—Hasta pronto, amores.

Colgué la llamada y bloqueé la pantalla del móvil.

—Menuda noticia nos ha dado —dijo Cata.

—Ya puedes correr para encontrar nuestros vestidos perfectos.

—Tú tranquila que te enamorarás cuando te lo enseñe. —Me hizo un guiño.

—¿Vas a decírselo a tus padres?

—Eso se lo dejo a Sandra —contesté, sonriendo.

—Se van a poner todos locos. Con la de años que llevan pidiéndoles a tu prima y a Ismael que se casen.

—Me da un poco de miedo. —Hice una mueca.

—¿El qué?

—Que sean de esas parejas que llevan un montón de años juntos y después, de la noche a la mañana, les da por casarse y en tiempo récord terminan separados —le aclaré, con un suspiro.

—No sufras. Eso no va a pasarles a ellos.

—No puedes saberlo.

—Ya… pero sí sé y he visto lo mucho que se quieren, se adoran y se respetan.

—Esperemos que continúe siendo así —susurré—. No puedo verlos separados.

—No lo harás.

Asentí.

Cogí la taza por primera vez. Teníamos en la mesa los desayunos, sin tocar. No nos había dado tiempo ni a beber un sorbo de café, ya que justo cuando la camarera nos trajo los desayunos, mi móvil comenzó a sonar con la llamada de mi prima.

Después, una vez descolgué, entre la sorpresa y la impresión que nos habíamos llevado, se nos olvidó todo lo demás.

Bebí un sorbo de café con leche y le di un mordisco a la tostada con tomate y jamón.

—¡Mira!

Cata puso su móvil hacia mí, para que viera en la pantalla un vestido.

—Sigue buscando —le dije.

—No voy a quedarme con el primero, pero ¿te gusta que vaya en esta línea?

—¿Lo de sigue buscando no te ha indicado nada? Por Dios, que con ese vestido enseñamos más que tapamos —me quejé—. Quiero un vestido alucinante, pero también elegante.

—Tampoco enseña tanto. —Frunció ligeramente el ceño, mirando la foto.

—Me parece que es mejor que me encargue yo de los vestidos —reí.

—De eso nada. —Me señaló, uniéndose a mis risas—. Iremos divinas y triunfaremos en la boda. Tenemos que conocer a dos tíos que quiten el sentido y que nos hagan pasar una noche de escándalo —rio.

—Me gusta como piensas —sonreí de medio lado—. Pero la última parte la tendremos complicada si gana Ismael en las negociaciones de las noches.

Reímos.

—Mierda, es verdad. Si gana él, seremos muy pocos en la boda y todos de la familia —suspiró—. Escríbele a tu prima y dile que confiamos en ella para que consiga que a la boda vayan las sesenta o setenta personas que ha comentado. O más, siempre que sean hombres solteros y atractivos.

—Voy a ello.

Cogí mi móvil y, después de desbloquearlo, busqué en la aplicación de mensajes la conversación que tenía con mi prima.

Lucía: Querida prima, Cata y yo hemos llegado a la conclusión de que tienes que esforzarte mucho por las noches con tu adorado futuro marido, para conseguir que él acepte todo lo que quieras.

Lucía: Cómetelo enterito. Dale una gran chispa a vuestra relación. Lámelo, chúpalo y saboréalo bien. No te dejes ninguna parte de su cuerpo y conviértete en una amazona experimentada, para cabalgarlo hasta dejarlo seco.

Lucía: Y, por supuesto, déjale hacerte lo que quiera porque lo vas a disfrutar todo. Tienes que lograr que haya muchos invitados hombres solteros, con los que a tu prima y a mí se nos caigan las bragas al verlos.

Lucía: Soy Cata. Los últimos mensajes son míos. Ja, ja, ja…

Solté una carcajada cuando me devolvió el móvil que me quitó de las manos.

—Creo que se lo has dejado todo clarísimo —le dije.

—Era lo que queríamos —sonrió con picardía.

Ambas miramos de nuevo el móvil, cuando llegó la respuesta de mi prima. Apoyé los brazos en la mesa y me incliné hacia el centro, igual que hizo Cata, para leer juntas el mensaje.

Sandra: Sois las mejores, tanto para pensar como para apoyarme en mis ideas.

Ja, ja, ja… Tranquilas, mi futuro marido va a llegar radiante al día de nuestra boda.

Cuando lo veáis ese día, sin parar de sonreír y completamente feliz, os acordaréis de esta conversación.

Ja, ja, ja… Dadlo por hecho. El día de mi boda vais a triunfar.

Cata y yo nos miramos satisfechas de haber conseguido nuestro propósito. Y tanto que sí, no dudaba ni por un segundo de las habilidades de mi prima.

Nos pusimos a desayunar mientras cada una decía la idea que tenía para el vestido ideal. De esa manera llegamos a una idea final que nos encantó a ambas. Lo complicado sería encontrar algo igual y que nos quedara bien.

—¿Otro café con leche? —me preguntó mi amiga.

—Sí.

Ya nos habíamos terminado el primero y las tostadas.

Cata llamó la atención de la camarera y le pidió dos cafés con leche.

—¿Qué te apetece hacer después?

—¿Te apetece ir a comer al chiringuito de la playa? —le propuse.

—Yo estaba pensando en darte una alegría.

Elevé las cejas y rio, antes de aclarármelo.

—¿Qué te parece ir a comer al bar del club de pádel? Aún es pronto, así que nos reservarán mesa sin problema. Tendrás otra oportunidad para ver a tu deseo platónico —me dijo con un guiño.

—Me apunto a ese plan —reí—. Me encanta.

—Lo sabía —rio también.

—Menos mal que no has dicho amor platónico —sonreí de medio lado.

—No me hagas hablar más de eso, porque lo estropearé. —Me sacó la lengua.