Ese CEO es mi tentación Capítulo 3
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Capítulo 3

—¿A qué os dedicáis?

No fue la pregunta que nos hizo, sino la manera de hacerla y el tono que utilizó la suegra de Rita.

Sonreí de medio lado.

—Has ido a preguntar el único tema del que no podemos hablar —le dije.

—¿Y eso? —preguntó altiva.

—Eso significa que si sabes a qué nos dedicamos, Cata y yo tendríamos que hacerte desaparecer.

Elevé las cejas.

Los ojos de la mujer estuvieron a punto de salírsele, de tanto que los abrió. Lo mismo que sucedió con su boca.

—Sí, sí… —intervino Cata—. Discúlpanos, Beatriz. Es por tu seguridad. Todo lo que envuelve a nuestra profesión es extremadamente confidencial. Ahora, si te ves capacitada para soportar la situación que se te vendría encima…

Damián se mantuvo callado y divertido. Con esa actitud ganó algunos de los puntos que perdió por lo de su madre, ya que él conocía de sobra que Cata y su mujer eran compañeras de trabajo.

Iba por buen camino, pero todavía faltaba para que yo lo viera como antes.

Nos llevábamos bien, pero no nos conocíamos en profundidad. Me refiero a que no teníamos una gran amistad, pero sí que, de vez en cuando, quedábamos para hacer algo los cuatro juntos.

Por suerte, su madre Beatriz vivía muy lejos de aquí. La distancia de su ciudad a la nuestra superaba los mil kilómetros. Una buena cantidad para que Rita pudiera vivir tranquila.

Sus visitas eran en muy contadas ocasiones y, cuando sucedía, lo normal era que la mujer se quedara en la casa de una amiga. Lo que era muy de agradecer cuando ocurría. Sobre todo, para Rita, sus nervios y su salud mental. Había sido mala suerte que para este viaje hubiera cambiado de planes.

Beatriz conocía a gente de esta ciudad porque vivió aquí hasta que se fue seis años atrás. Dos años antes de la boda de Rita y Damián.

Desde que llegamos a la casa de nuestra amiga y su marido, esa mujer nos recibió con mala cara y con comentarios fuera de lugar que quiso disfrazar con sonrisas falsas que pretendían ser inocentes.

Esa tenía de inocente lo que yo de deportista.

Dejó clarísimo con su actitud que no le gustó nuestra presencia en la casa de su hijo. Quiso dominar la situación como estaba acostumbrada, porque para ella Rita no contaba. Eso sí, la hipoteca de la casa la pagaban a medias.

—¿Qué va a ser entonces, Beatriz? ¿La intriga y la curiosidad, o tu seguridad y seguir viviendo? —le pregunté.

—Ay… si fuera verdad —murmuró Rita, a mi lado.

Sonreí al escucharla.

—Vamos a dejar el temita —dijo Beatriz, de manera apresurada—. ¡Qué me importará a mí saber de vuestras vidas!

Se levantó de la silla y entró en la casa.

Cata, Rita, Damián y yo nos miramos, y soltamos unas risillas cuando nos aseguramos de que esa mujer no nos oía.

—Tienes una madre de estudio. Diciéndolo muy suavemente —le dije a Damián.

—No voy a quitarte la razón.

Cogió su copa y le dio un sorbo al vino.

—Y tú podrías tener más sangre y defender a tu mujer —añadí.

Damián elevó las cejas, mirándome con cara divertida.

—Brindo por eso —comentó Rita.

Levantó su copa y se la bebió de un trago, dejando claro cómo se sentía por la situación.

—Cariño, sabes que si me mantengo al margen es por ti —Damián se dirigió a Rita—.

Lo hemos hablado muchas veces. Conozco muy bien a mi madre y lo que está haciendo solo es el pico de una gran montaña.

Es capaz de muchísimo más y no quiero que te amargue más, ni que te haga definitivamente la vida imposible si prendo el fuego.

—A eso se le dice saber quedar bien —hablé, con el ceño fruncido—. Lo siento, ¿eh? Pero a mí no me sirve esa mierda.

—Así es. —Negó con la cabeza Cata—. Lo que dices sería de esa manera si tú se lo permitieras. Porque, perdona que te diga, no tendrías ni que permitir que tu madre respire más fuerte de lo normal cerca de tu mujer.

Cuando terminó de hablar, se cruzó de brazos.

—Sé cómo se ve desde fuera, pero os aseguro…

—Déjate de tonterías, Damián —le pidió Rita—. Mis amigas tienen razón y tú sabes que pienso igual que ellas.

Hizo varias respiraciones profundas y miró hacia la puerta trasera de la casa, para asegurarse de que su suegra seguía dentro.

Volvió a hablar, pero bajando el tono de voz.

—Estoy cansada de sentirme menos que nada cuando esa mujer está cerca de mí, porque se encarga de hacerme daño de muchas maneras.

Y encima en este viaje tengo que soportar que esté en mi casa, bajo mi techo, provocando que día sí, día también, tú y yo nos peleemos por su culpa. Estoy cansada y no la aguanto más.

Se levantó despacio de la silla.

—Chicas, lo siento —nos dijo a Cata y a mí—. Me voy a la cama ya, no me encuentro bien. El viernes que viene quedamos para salir y compensamos esta noche. ¿Vale?

—No tienes que pedir perdón ni disculparte —le dejé claro—. Por nosotras no te preocupes. Además, es tarde. Íbamos a marcharnos pronto.

Le sonreí queriendo transmitirle el cariño que necesitaba en este instante. Para conseguirlo un poco más, me incorporé para abrazarla.

—Si no puedes soportar más la situación, recuerda que con Cata y conmigo tienes una vivienda donde quedarte —le susurré al oído.

—Gracias.

Al separarnos, asintió emocionada.

—Siempre soy más fuerte, pero hoy siento que mi contención ha explotado. Me ha dado un bajón muy grande y ahora mismo no me quedan fuerzas.

—Defiéndete y mándala a la mierda, como poco —le pedí, frotándole los brazos—. Que no te importe nada más, porque nadie mira por ti para protegerte.

Tragó saliva con los ojos aguados y, después de darnos un beso en la mejilla, se despidió de Cata y se fue hacia el interior de la casa, ignorando a su marido.

Damián la siguió con la mirada y durante unos segundos, no apartó la vista de la puerta trasera.

Si no hubiera sido por la presencia de la suegra de Rita, habría disfrutado mucho más de lo bien que se estaba en el pequeño jardín trasero. Rita lo tenía muy bonito, ya que era una apasionada de las plantas. Las había de muchos colores, formas y tamaño.

Estábamos rodeados por ellas, aunque en este momento se veían muy poco. Pasaba la medianoche y la iluminación era tenue, así lo habíamos querido para tener un ambiente cálido y acogedor.

Rita tenía colocadas lucecitas en los maceteros de todas las medidas y daban un encanto especial. Tenía muy cuidado el jardín.

—Nos vamos, Damián —le dijo Cata.

Llamó su atención y nos miró.

—Sí. Claro —carraspeó—. Lamento cómo ha terminado la noche.

—Nosotras también. —Asentí—. Más que nada porque nuestra amiga debe estar llorando en su cama, ya que no se siente querida ni valorada.

Ladeé un poco la cabeza.

—¿Qué estás haciendo?

—No lo sé —susurró.

—Exacto —dijo Cata—. No tienes ni puñetera idea de que estás jodiendo tu matrimonio y de que, como sigas así, sin frenar a tu madre y sin apartarla de vosotros, vas a perder a Rita. Si no la quieres realmente para echarle huevos, entonces rompe el matrimonio y déjala ser feliz.

—Vamos —le pedí a mi amiga, agarrándola de un brazo—. Creo que lo ha entendido perfectamente. Él sabrá lo que hace.

—Puedo dejarlo más pálido todavía —me dijo, mientras tiraba de ella hacia la puerta trasera.

—Lo sé —sonreí—. Pero esta noche no va a suceder.

Recorrimos la casa y, al llegar a la puerta principal, después de abrirla, nos paramos para despedirnos de Damián. Nos había seguido en silencio.

—Voy a arreglarlo —nos dijo.

—Pero ¿de verdad o solo provisionalmente? —le pregunté.

—De verdad. —Asintió serio.

—No sabes cómo me alegra oír eso —sonreí.

—¿Puedo estar presente cuando lo hagas? —le preguntó Cata, sorprendiéndonos—. ¿Qué? —Me miró—. Quiero estar presente para ver cómo cae esa.

—Anda, sal. —La empujé para salir a la calle.

—Gracias por venir. A Rita le ha hecho mucha ilusión.

—Espero que la próxima vez que nos veamos no dejemos de reírnos —le hablé sin dejar de caminar.

—Cuenta con ello —aseguró, con un guiño.

Cata y yo le sonreímos. Levantamos la mano hacia él y Damián hizo lo mismo, antes de cerrar la puerta.

—¿Lo hará? —me preguntó Cata e hizo una mueca.

—Eso ha dicho. Todavía confío un poco en él. Sabe lo que le conviene y lo que quiere. Sería muy tonto si lo perdiera por su madre, la que ni siquiera está implicada en su vida.

—Y menos mal, porque si llega a estar más cerca de su hijo…

Ambas bufamos a la vez. Nos miramos y reímos, mientras caminábamos por la calle.

—No vamos a ir a casa andando. Me niego —me dijo Cata, parándome—. Te recuerdo que, gracias a Rita, tengo unas agujetas de campeonato. Me duele todo —suspiró.

—Se está genial a esta hora en la calle. Podemos ir dando un paseo tranquilo.

—No —rio, negando con la cabeza.

—Vale, pesada.

Puse los ojos en blanco.

—Otro día intenta convencerme de que el deporte es salud, ya verás la que te lío —reí.

Pedí un taxi, el mismo transporte que utilizamos para venir, y lo esperamos sentadas en unos maceteros de obra que había de decoración.

Como sabíamos que beberíamos más de una copa de vino durante la cena, y que alargaríamos la velada, Cata y yo decidimos dejar nuestros coches en el garaje de nuestras casas.

—¿Mañana a las diez para desayunar? —me preguntó.

—Claro. Te espero en mi casa.

—Vale.