Ese CEO es mi tentación Capítulo 2
6%

Capítulo 2

—¡Ole mi Cata! —alcé la voz y silbé, mientras aplaudía.

Mi amiga rio, acercándose por el camino.

Pasó por encima del pequeño muro que limitaba la terraza del bar, como si escalara una gran montaña. Cuando llegó a la mesa, dejó caer la mochila en una silla y se sentó de golpe en otra.

—Tanto entusiasmo no puede ser bueno —le dije, en plan broma.

—No me hagas reír más. Creo que tengo agujetas hasta en el cielo de la boca.

Puso los ojos en blanco.

—¡Qué tortura! ¿Qué has hecho hoy?

—La culpa es de Rita. Me ha machacado bien.

Hizo un puchero y yo negué con la cabeza.

Rita era la compañera de pádel con la que Cata quedaba en el club para jugar, todos los sábados que ambas podían. Se lo tomaban muy en serio.

—Todavía me tiemblan las piernas —dijo, riendo—. No veas qué bien te cuidas, ¿no?

Se fijó en el cuenco vacío y en mi copa de cerveza casi vacía.

—Roberto, que me mima mucho.

—Oye, Robert —lo llamó, alzando la voz—. A ver cuándo me cuidas a mí de la misma manera —le dijo, señalando el cuenco.

Nuestro camarero favorito sonrió de medio lado, al mirar hacia nuestra mesa. Yo reí, mientras él se acercaba.

—Lucía es la que pasa aquí tiempo sola, a veces horas. Tú disfrutas en la pista —le habló Roberto, al que Cata se empeñaba en acortarle el nombre.

—¿Cómo ha ido el juego, preciosa? —le preguntó.

—¿No la ves? No puede ni moverse —dije yo.

—Eso es que ha valido la pena —comentó él.

—Ahora mismo no me vale una mierda nada —se quejó Cata, con un suspiro—. Tráeme una cerveza.

—A mí otra —me uní, antes de que él me preguntara.

—Marchando. Y para que no te puedan los celos, vendré con sorpresita.

—¿Te he dicho alguna vez que venimos a este club solo por ti? —le preguntó Cata, con una sonrisa pícara—. Enséñame ese culito mientras vas a por la bebida. Me muero de sed.

Roberto rio y se alejó.

—¿Y no sería mejor que te quitaras la sed con agua? —le pregunté yo.

—Tu opinión no cuenta cuando estoy aquí, hasta que no te vea en una pista de pádel conmigo.

Me sacó la lengua.

—¿Y Rita? ¿Se ha quedado en el vestuario?

Cata estaba recién duchada. Era su rutina: deporte y ducha.

—Hoy no se une a nosotras —me contestó—. Tiene movida en su casa.

—¿Qué me dices? ¿Por qué?

—Su suegra llegó ayer de visita. Se quedará en su casa una semana, así que imagínate la urgencia que tenía Rita por regresar.

Negó con la cabeza.

—Lo que me extraña es que haya dejado a esa mujer sola en su casa, para que se haga la reina y señora de ella —comenté.

Me llevaba muy bien con Rita. Gracias a Cata, que nos juntó, éramos amigas.

Rita, aparte de ser su compañera de pádel, también lo era en el trabajo. Compartían profesión y lugar de trabajo. Por eso, entre unas cosas y otras, Rita y yo nos convertimos en amigas.

Algún viernes se venía con nosotras de fiesta. Salíamos a cenar y después a tomarnos unas copas. Llevaba casada con Damián cuatro años y la madre de este era de lo peor.

Roberto apareció con las dos copas de cervezas y unos chocos rebozados.

—Para mis clientas preferidas —nos dijo.

—Hoy te vamos a salir caras —reí.

—La ocasión lo merece. A ver si me gano a una de las dos y me llevo el premio.

Nos hizo un guiño.

—Vas por muy buen camino, continúa esforzándote —le pidió Cata, siguiéndole la broma.

Roberto se fue hacia otra parte de la terraza. No podía estar mucho tiempo parado porque se había llenado de clientes.

—Qué bien me cae este chico —dijo Cata, siguiéndolo con la mirada.

—Y a mí. Es muy simpático y agradable. Me trata genial el tiempo que estoy aquí.

—Lo veo cada sábado —dijo con picardía.

—Madre mía. —Miré los chocos—. A este ritmo no voy a tener ni pizca de hambre cuando lleguemos al restaurante en el que tenemos la reserva —dije, con una mueca.

—No tenemos prisa y todavía queda tiempo. Vamos a disfrutar de esto.

Pinchamos un choco y nos lo llevamos a la boca. Estuvimos de acuerdo en que estaban buenísimos.

—¿Por qué Rita le ha permitido a su suegra que se quede en su casa? —le pregunté a Cata, volviendo a la conversación.

—¿Y qué va a hacer? Lo ha hecho por Damián —contestó, encogiéndose de hombros.

—¿Qué va a hacer? ¿En serio? ¿Perdona? —le pregunté sorprendida.

—Ya sé que tú acompañarías a esa mujer a un hotel, muy amablemente y de los pelos, si hace falta —dijo riendo.

—Qué quieres que te diga, no es para menos.

—Lo sé —suspiró—. Pero lo que tú y yo pensemos da igual. Es Rita la que tiene la última palabra.

—Es que no entiendo cómo Damián lo permite.

Bufé y me comí otro choco, antes de continuar.

—Ese hombre no es ciego ni sordo. Con todos mis respetos para quien lo sea. Me refiero a que ve y oye perfectamente lo que hace su madre. Si yo me hubiera casado con Damián, no habríamos durado. No pone a su madre en su sitio, para darle el lugar que le pertenece a su mujer.

—¿Tú? Habrías terminado con él al poco tiempo de conocer a su madre. El matrimonio te habría quedado muy lejos.

Soltamos una carcajada.

—Es que me da mucha rabia que Rita tenga que pasarlo mal. A uno no le importa y no hace nada para que los días pasen lo mejor posible, y la otra se aprovecha de eso y lleva al límite a Rita.

—No te alteres. No vas a conseguir nada.

—Ya…

—¿Cómo ha ido la espera?

—No te lo vas a creer.

Me eché hacia delante, hasta que toqué el borde de la mesa con la barriga.

—¿El qué? —me preguntó, imitándome.

—He estado viendo en directo a mi obsesión hecha pecado —respondí emocionada—. Ha estado jugando en la pista de detrás de ti.

—Joder, alguna vez debía darse la coincidencia. Con todos los años que llevamos viniendo, ninguna vez ha dado la casualidad de que ese hombre reservara una pista cercana a la terraza.

—Ha sido perfecto, Cata —suspiré, soñadora.

Mi amiga me observó apretando los labios, con diversión.

—¿Por qué no me haces caso de una vez y fuerzas un encuentro con él?

—¿Y si conocerlo tira por tierra todo lo que me hace sentir? Prefiero seguir viviendo todo lo que me hace sentir, desde la distancia y la ignorancia, a darme cuenta de que es muy guapo y atractivo por fuera, mientras que por dentro no hay por dónde cogerlo.

Negué varias veces con la cabeza, con energía, para dejarle claro que prefería mantenerlo en algo platónico, antes de que la realidad lo destrozara todo.

—¿Y si resulta que es un tío de los pies a la cabeza? Creo que es de esos que con solo un pestañeo puede conseguir que se te caigan las bragas al suelo.

Después de mi sorpresa inicial, soltamos una carcajada.

—También me lo imagino culto y reservado con su vida privada. Serio ya se ve que es —añadió.

Hizo una pausa y bebimos un sorbo de cerveza.

—Lo mismo es al revés de como dices, cariño. A lo mejor en esta ocasión la realidad lo supera todo.

Sonrió de medio lado.

No dije nada sobre sus últimas palabras porque podía ser cierto. En cambio…

—Oh, Dios. ¡Ahí está!

Me sobresalté al ver a mi tentación favorita llegar a la terraza de la cafetería.

—Joder. Hoy es tu día de suerte —rio Cata.

—Cállate. No me pongas más nerviosa —le pedí, lanzándole una servilleta enrollada.

Dejé de prestarle atención a mi amiga, para mirar de reojo hacia la izquierda. Ahí seguía él, aunque ahora sentado a una mesa con el hombre que había compartido pista.

También estaba recién duchado. Tenía el pelo húmedo y se había puesto una camiseta de manga corta y unas bermudas. Todo le quedaba genial.

Su mesa no estaba cerca de la nuestra, pero tampoco se encontraba muy apartada.

—Si se queda aquí, ¿quieres comer en el bar? —me preguntó Cata.

Habló más bajo, a pesar de que era imposible que dijera su nombre. No lo sabíamos y tampoco habíamos hecho por averiguarlo.

—No. No voy a cambiar nuestros planes por alguien con quien ni siquiera he hablado.

Me encogí de hombros.

—A mí no me importa. Aquí comemos de maravilla y estamos a tiempo de anular la reserva del restaurante.

—Lo sé. Pero no —insistí.

—Como quieras —aceptó, no muy convencida.

Lo de ese hombre era una buenísima distracción, algo muy interesante y entretenido reservado únicamente para los sábados por la mañana.

Se acabó. No había nada más.

—Vamos a seguir con nuestros planes —le dije a Cata—. Cuando terminemos en el restaurante, nos vamos a nuestras casas a descansar. Voy a echarme una buena siesta, para la salida de esta noche.

—Estoy por llamar a Rita, para que se venga —dijo animada Cata.

—No es lo mejor que podemos hacer por ella esta noche.

Si queremos ayudarla, solo tenemos que aparecer en su casa y liarla, pero bien y con elegancia, para que su suegra no vea venir nada —le dije, con un guiño—.

¿Ella no disfraza todo lo que hace con sonrisas y caras inocentes? Pues a nosotras no nos gana.

—Me encanta.

Soltó una carcajada y sonreí.

—Mierda. Es perfecto —dijo animada con la idea—. Voy a decírselo a Rita, para que vaya diciendo en casa que esta noche tienen visita. Se va a emocionar y todo.

Reímos.

—Entonces dormiré más rato la siesta, para estar bien preparada para aguantar la fiesta en su casa.

—Me encanta como piensas —sonrió con malicia.

Cata llamó a Rita y le explicó nuestro plan. Plan que, por cierto, le fascinó. Lo organizaron todo entre las dos, mientras que a mí se me iban los ojos mirando de reojo hacia mi perfecta tentación.