Ese CEO es mi tentación
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Capítulo 1
Lucía
—Ponme otra, guapo —le pedí al camarero, levantando mi copa vacía de cerveza.
—Enseguida —me dijo, con una sonrisa.
Se la devolví y, sin que se me borrara de los labios, miré hacia delante.
Estaba en la terraza del bar del club de pádel al que a mi mejor amiga le gustaba venir.
Yo, siempre que podía, la acompañaba. Me encantaba ocupar una mesa en esta terraza, cerca del pequeño muro que cortaba el camino que hacía de conexión con la zona de las pistas.
Desde donde me encontraba tenía una visión perfecta de dos de las pistas. Estaban muy cerca y la terraza un poco elevada, por lo que era una gozada. Me alegraba la vista. Ese es otro de los motivos por los que me gustaba venir.
Como en este momento. Llevaba un rato viendo a dos hombres enfrentándose, o más bien entrenando. Movían sus cuerpos impresionantes diseñados para hacerte babear.
No tenía ni idea de dónde le encontraban la gracia al deporte, pero para mí en días como estos era perfecto. Siempre que yo pudiera disfrutar de unos buenos partidos , todo estaba bien.
—Aquí tienes, preciosa —me dijo el camarero, llamando mi atención.
Dejó mi copa de cerveza en la mesa.
—Gracias.
—¿No te animas? —me preguntó.
No éramos amigos, pero con el tiempo que hacía que yo venía los sábados por la mañana, aunque no era siempre, al final habíamos creado una especie de complicidad.
Él me daba conversación de vez en cuando, durante el tiempo que estaba sola. Aunque lo que más me gustaba de él era que sabía respetar mis silencios y cuándo debía acercarse o no.
—¿No me animo a qué? —le pregunté.
Al hablar, me bajé las gafas de sol por la nariz, para que viera cómo lo miraba. Roberto, que así se llamaba el camarero, soltó una carcajada.
—A ponerte ropa de deporte, a coger una pala y a entrar en una pista con tu amiga —habló con humor.
—Punto número uno, llevo un conjunto monísimo de deporte.
—Tienes razón —dijo, haciendo un esfuerzo para no reírse.
—Punto número dos, lo de la pala queda totalmente descartado. ¿Tú has visto la manicura tan perfecta y divina que tengo hecha?
Se la enseñé, colocando las manos juntas.
—¡No puedo romperme una uña! —Agrandé los ojos—. Y lo de entrar con mi amiga en una pista… ella ya es mayorcita para hacerlo sola. ¿No le gusta correr detrás de una pelota? A lo que no le encuentro ninguna lógica, ya que estamos, pues que mueva las piernas sin mí.
Terminé con un guiño.
—Hoy estás que te sales —dijo entre risas.
—Me he levantado graciosa —sonreí—. De vez en cuando me pasa.
Me encogí de hombros. Roberto continuó riendo, mientras me dejaba sola para atender a unos clientes que acababan de llegar.
Sonreí de oreja a oreja porque había exagerado mucho en mis excusas, a propósito. A pesar de que detrás de cada broma había grandes verdades.
Sí, tenía una manicura perfecta, pero me la hacía yo en casa y cada vez que quería la cambiaba. Que se me rompiera una uña no era el fin del mundo, aunque me fastidiaba.
Y lo referente al juego del pádel, eso se lo dejaba a mi amiga Cata. Ella era la experta, o pretendía serlo, porque mira que llevaba años jugando a ese deporte, pues había sábados que solo veía las pelotas pasar desde lejos.
Lo importante era que lo intentaba y que yo la animaba para que se superase. Y también para venir aquí.
Siempre que yo pisaba este club, lo hacía con un objetivo claro: ver a un hombre concreto que me tenía loquita desde la primera vez que me crucé con él.
El mismo hombre que hoy había dado la grandísima casualidad de que había reservado una de las pistas que veía perfectamente.
Estaba disfrutando de lo lindo, viéndolo en acción. Lo que hacía él sí que era jugar, mientras que todos sus músculos se tensaban bajo su ropa de deporte.
Cogí la copa y le di un sorbo a la cerveza. Me refresqué la garganta porque de repente tenía mucho calor. Iba por la segunda y casi no había desayunado, así que, como no aflojara el ritmo, Cata tendría que sacarme en brazos de aquí.
O tal vez la suerte me acompañara y, si me caía desplomada al suelo, el hombre de la pista de pádel, mi tentación personificada favorita, se acercaría corriendo para apartar a todos los que se hubieran acercado a mí, para encargarse él de socorrerme.
En mi cabeza era una ocurrencia increíble, y solo de pensar en esa posibilidad me entraban ganas de beberme la cerveza de un trago y de caerme al suelo, haciendo el mayor alboroto.
Por suerte lo descarté todo, porque lo único que pasaría sería que me daría un buen golpe para nada y que el hombre de la pista seguiría sin saber de mi existencia.
Solté un suspiro, mientras seguía observando cómo jugaba con su adversario.
No podía saberlo, pero creía que él no fallaba. Venía cada sábado, como poco, porque siempre lo veía cuando yo estaba aquí con Cata.
Hoy estaba siendo un día especial porque, después de años, era la primera vez que tenía una hora completa, como mínimo, para entretenerme mucho con la imagen de ese hombre. Lo del tiempo era porque las pistas las reservaban por horas.
Lo normal era que lo viera ir de un lado al otro, por breves minutos. Alguna vez habíamos coincidido en esta misma terraza, en la que se paraba a desayunar con la persona que lo acompañara ese día.
No estaba siempre con la misma persona. De hecho, la anterior vez que lo vi estaba acompañado por una mujer.
Había llegado a pensar que era un entrenador del club, ya que nunca lo había visto jugar por parejas y variaba mucho de compañeros.
Esa era la modalidad oficial del deporte, partidos por parejas.
Lo tradicional, por así decirlo. Los enfrentamientos de uno contra uno eran para pulir la técnica, los reflejos y conseguir resistencia.
Todo esto lo sabía porque Roberto entendía del tema y, con el paso del tiempo, entre preguntas y respuestas, me había formado una idea clara en la cabeza.
Podía preguntarle a Roberto si realmente ese hombre trabajaba aquí, pero eso me llevaría a que a él le surgieran dudas y sintiera curiosidad, y yo no estaba por la labor de responder ni de aclarar nada.
Bebí otro sorbo de cerveza, antes de sacar el móvil del bolso deportivo. Aunque no practicara ningún deporte, no podía descuidar los detalles. Y un bolso deportivo, para cómo iba vestida, era esencial e ideal.
Busqué el móvil dentro y, en cuanto lo encontré, lo saqué para comprobar que no tenía nada importante.
Lo dejé encima de la mesa y cuando dirigí la atención de nuevo a la pista, me sorprendí al ver a otro hombre diferente. Era el compañero de mi fantasía.
Hice una mueca, porque ahora, por culpa de varios árboles que había, no veía tan bien al que me interesaba.
—¿Por qué narices plantan árboles entre las pistas de pádel? —pregunté al aire.
—Voy a aclararte esa duda existencial tan profunda que tienes, ya que, como no quieres pisar las pistas, no lo averiguarás nunca.
Al escuchar a Roberto, giré la cabeza hacia él.
—Dan sombra —continuó diciendo.
—¿Y qué más?
—Nada. Eso. Que dan sombra y el que tiene la suerte de jugar en esa parte del campo, pues es un punto a favor. Lo agradece.
—Pero ¿qué tontería es esa? —Bufé—. ¿Tienes una motosierra o una sierra manual? ¿Tú me harías el gran favor de cortar un par de esos árboles? Por lo menos, sería un detallazo que no olvidaría nunca.
Puse mi expresión más inocente, pero Roberto me tenía calada y no coló. Terminé con los ojos en blanco cuando rio.
—Ni con una motosierra conseguiría cortar ni un centímetro —me dijo, divertido—. ¿Hay algo interesante que no estás viendo ahora mismo? Porque antes no tenías quejas.
—Es una queja por aburrimiento —suspiré.
Desvié el tema, porque no quería que llegara al motivo real.
—Invita la casa a la tapa que voy a traerte. Te va a encantar —me dijo, con un guiño—. Así te entretienes un poco más.
—Gracias, guapo. Eres el mejor.
Le lancé un beso al aire, antes de que se alejara.
Iba a sentarme de maravilla, cuando me echara algo al estómago para soportar mejor la cerveza.
Roberto regresó rápido y me dejó un cuenco de tamaño pequeño, pero bien hondo, que contenía mejillones, pulpo y gambas en salsa.
—Dios, ¡qué pinta! —exclamé.
La tenía. Se me hizo la boca agua.
—Es una de las especialidades de Marga —me dijo sonriente.
Marga era la cocinera del bar y tenía unas manos increíbles para preparar todo tipo de comidas y postres. De ahí que este bar siempre estuviera lleno y con cola para conseguir una mesa, cuando llegaba la hora de la comida o de la cena.
Y el local, más la terraza, no eran pequeños. En absoluto. Ocupaban un gran espacio.
El club cerraba tarde. De noche podías encontrar a algunas personas jugando, ya que por horarios era el único momento del día al que podían venir. O también estaba la gente que venía expresamente para disfrutar de diferente manera. Con cenas y unas copas.
Cata y yo habíamos reservado algunos mediodías aquí, pero lo habitual era que los sábados solo desayunáramos.
Hoy también era distinto en eso. Era más tarde que de costumbre, ya que cuando mi amiga llamó para reservar una pista, se encontró con que hasta pasadas las once no había ninguna libre.