Capítulo XI. No hay miel sin dragón #3
—Imagines lo que imagines, puedo hacerlo mucho más doloroso —le digo yo mientras le chasqueo los dedos delante de los ojos. Al fin espabila y se levanta, apurado.
—Lo siento, señora Kapunta. ¿Cómo ha estado la exposición?
—Ganamos, sorpresa. Y ahora, cuéntame, qué tal todo por aquí.
—Normal, muy tranquilo —dice él, tratando de contener un bostezo sin éxito—. El veterinarius pasó por aquí ayer para hacer la revisión de los cachorros y tuvimos una visita esta tarde de un hombre sin cita. Le dije que no podía atenderle y se marchó.
—¿Y Pequeñica? ¿Textura? —Ambas salen de cuentas en breve, es lo que más me preocupaba.
—Todas bien, señora Kapunta. —Parece que por fin está lo suficientemente espabilado como para ver mi expresión—. ¿Ha ocurrido algo?
—No, nada importante. Gracias por quedarte. ¿Me haces un último favor y dejas a Esplendor y Nano en su lugar?
—Claro.
Coge a mis pequeños, que comienzan a lamerle emocionados, y es ahí cuando me doy cuenta de que Jack se ha convertido en uno más de la familia.
Han sido unos pocos meses, pero he de reconocer que el muchacho se hace querer y tiene buena mano con los dragones.
Espero que se quede por los siguientes veinte años, o hasta que yo la palme, lo que ocurra antes.
Saber que hay alguien que se ocupará de mis peques cuando yo falte sería una gran tranquilidad.
Miro al exterior con los brazos cruzados, en busca de lo que me tiene escamada. Hay silencio, mucho silencio.
—¿Qué ocurre, Elsa? —pregunta Circe sentada en el sofá. Estoy dando vueltas por la sala, inquieta.
—Nada —le gruño yo, pero la verdad es que algo no me cuadra—. Vale, sí. Algo. Pero no sé el qué.
—¿Sabes que algo pasa, pero no sabes el qué? —repite ella, con los ojos entrecerrados.
—Oh, vamos, no me mires así —le reprendo, fastidiada.
Puede que se me esté yendo la cabeza, o que me esté haciendo vieja, o ambas. No es importante. Lo importante es que siento algo raro, un Chungo extraño, y no sé por qué.
Hasta que me doy cuenta del silencio, de ese silencio hecho madera de dríade muerta. Al entrar en el centro para dejar a Nano y Esplendor, Jack tendría que haber despertado a los dragones y haberse generado un barullo de narices. Pero todo está en calma.
—Circe, quédate aquí —le susurro, tensa.
—Ya empezamos —dice ella, suspirando, y se dirige a la cocina donde se arma con una fregona. Yo ya tengo la escoba en la mano, pero esta es una inútil escoba de mango de madera, no la Escoba.
Me doy cuenta de que hemos dejado a Xhiri en el carro debido a las prisas y maldigo por lo bajo. Espero no necesitarlo. Tratando de no hacer ruido, me dirijo por el largo pasillo hasta la puerta del centro, que está entreabierta. No ha encendido las luces. No se oye nada en el interior.
Algo está mal. Terriblemente mal. ¿Qué puede hacer que treinta dragones se queden totalmente callados? Tengo dos ideas y ambas me espantan tanto que no quiero ni pensar en ellas. La primera es que, detrás de esa puerta, no haya dragones, ya sea porque se hayan escapado o se los hayan llevado.
La segunda, que no haya dragones vivos.
Tiemblo, pero no dejo que eso me amilane y abro la puerta con cuidado.
No hay luces encendidas, es la oscuridad casi total.
No veo a Jack por ninguna parte y, lo que es peor, tampoco localizo a Nano ni a Esplendor.
Trato de encender a las hadas dentro de las bombillas, pero no desean hacerlo.
Están agazapadas y su tembloroso cuerpo hace que se escuche un crik crik irritante contra el cristal que las aprisiona.
La luz no es un problema, me conozco el centro como la palma de mi mano, podría recorrerlo de punta a punta sin chocarme con nada incluso con los ojos cerrados.
El problema es que hay algo en esa oscuridad que quiere chocar conmigo y no sé si puedo evitarlo.
Tengo los pelos de punta y por detrás Circe hace un ruido con los dientes, tanto o más desagradable que el de las hadas.
—Elsa, deberíamos llamar a los gendarmes —susurra ella atropelladamente.
—Aquí no hay de eso, solo tenemos a Devil. Y ese no moverá el culo por salvarme, está deseando cobrarse lo suyo.
Al fin mis ojos se acostumbran y comienzo a ver las familiares sombras de las habitaciones. Doy un paso decidida dentro y observo a través de la puerta el interior mientras suplico para mí misma. Porfavorporfavorpor-favorporfavor…
Dentro hay algo, el perfil de un dragoncete regordete dormido sobre su panza que se tira un cuesco.
Cabroncete. Echo el aire que he estado aguantando de golpe, en un intento elegante de emular su esfínter, y siento cierto mareo por el alivio.
Reviso la siguiente, solo por seguridad, pero encuentro a Saltarina igualmente dormida.
—Están bien —suelto con un suspiro.
—¿Y Jack?
—No está tan bien —dice una voz que no reconozco en la oscuridad.
Una luz se enciende entonces, proveniente de una de las hadas que ha sido espachurrada.
Se oyen sus chillidos de dolor entre las manos que la sujetan con fuerza.
Esa tenue luminosidad es suficiente para mostrar a un desconocido.
En mi centro. Con Jack desmayado en el suelo.
En mi centro. Llevando encadenados a Esplendor y Nano, que están tumbados de lado en el suelo, anormalmente quietos. En MI CENTRO.
Lo veo todo rojo y la furia me invade. Quiero lanzarme a su yugular, pero soy vieja y lo de las acciones estúpidas e irreflexivas son cosa de jóvenes.
No conozco a este tipo. No sé quién es, ni qué hace su metro ochenta de mole allí.
Lleva una capucha que le tapa los ojos, pero su sonrisa es siniestra y de todo él emana un desagradable tufo a muerte.
Reconozco ese hedor. Es el olor que suele provenir de un maldito furtivo.
—Jake Mathe —deduzco y de pronto todo cobra sentido.
—Curioso que esta sea la primera vez que nos encontremos en persona, ¿verdad, señora Kapunta? Me la imaginaba más aterradora por las historias.
—Y yo a ti más cobarde. No se ha de creer uno todo lo que oye por ahí. ¿Qué haces aquí?
Él me mira intrigado, como si no entendiera qué es lo que me da el arrojo para enfrentarlo de este modo.
Yo tampoco tengo idea, pero no pienso ponerme aquí a psicoanalizarme cuando Nano está tratando de ponerse en pie al escuchar mi voz.
Intenta escabullirse y Jake le pisa la cola con fuerza para evitarlo.
Este suelta un gañido. Me lanzo a por él con la escoba en mano.
—No, no, no —rechista, estirando de las cadenas que aprisionan a mis niños y posando el pie sobre el cuerpo inmóvil de Jack.
Me quedo quieta a cuatro pasos de distancia. No sé si estará vivo el idiota de mi trabajador, pero pienso encargarme de él en cuanto se despierte. ¿Cómo ha entrado este cabrón a nuestra casa? ¿Qué está haciendo allí? Tengo muchas preguntas, pero vocalizo la que más me preocupa.
—¿Qué les has hecho a mis pequeñines?
—Puede estar tranquila, solo les he dado unas salchichas con un poco de polvo de Medianoche. Eso mantendrá a las bestezuelas tranquilitas un rato. Y este de aquí ha tenido la mala suerte de llegar justo cuando estaba por irme, así que le he ayudado a seguir durmiendo un rato más.
Vale, trato de tranquilizarme ahora que sé que están bien.
Me muevo un poco a la izquierda, para ver mi margen de maniobra, pero él me sigue con la mirada y afianza la cadena que tiene atados a mis pequeños.
No sé qué clase de encantamiento tienen esos eslabones, pero está claro que los anula de alguna manera.
No están dormidos como el resto, pero algo les ocurre porque están aterrados, mirándome con sus grandes ojos.
—Esto no tendría que haber sido así. Si no hubiera metido sus narices en lo mío, yo no hubiera puesto mis manos en lo suyo —dice él, deleitándose con mi angustia cada vez que hace daño a mis peques.
—Yo no he hecho nada, idiota —escupo, tratando de ganar tiempo mientras pienso mis opciones.
Pero no las tengo. No allí, dentro, donde todo está despejado y limpio para que los dragones no puedan destruir nada. Lo único que hay fuera de su sitio es la escalera de Jack, con los botes de pintura que ha estado utilizando para pintar el techo esta semana.
—¿Nada de formalidades? Muy bien. No nos mintamos, ¿te parece?
Tú orquestaste el secuestro de mi dragón.
Y has enfadado a gente rencorosa y con mucho dinero capaces de pagar por mis servicios.
Así que esto es lo que hay, Elsa. La próxima vez, piénsatelo antes de enviarme a locas fantanimalistas de mierda a mi casa.
No sé cómo lo ha sabido, si es que Devil me ha vendido o ha echado las cartas, pero lo sabe todo, así que me quedo callada.
No hay armas a mano, solo mi escoba. Circe no es que sea una gran luchadora y su magia solo es útil sobre la comida.
No creo que a este tipo le apetezca comer un churro, así que descartada.
Tampoco creo que contemos con caballeros de estatura pequeña y flores como garrotes que vengan al rescate por la retaguardia.
—Ahora, entrad dentro de esa habitación —dice él, antes de que pueda seguir pensando—. Si hacéis algún movimiento brusco, me cargo al chico.
Se refiere a Jack. Ah, bueno, puedo vivir con eso.
Doy un paso atrás y le doy un puntapié a la escalera que tengo detrás. Esto hace que caiga la pintura rosa sobre el intruso. Pega un salto atrás para esquivarlo y la pintura se desparrama sobre mi trabajador desfallecido, que queda cuquimente empapado.