Capítulo XI. No hay miel sin dragón #2
Circe me detiene apoyándome una mano sobre el hombro, pero yo estoy fuera de mí.
—¡Suéltalo! ¡Suéltalo o te haré daño de verdad!
—Yo sí que puedo haceg daño a este dgagon. Si sigues moviéndote, acabagé con él.
Me detengo, paralizada. No puedo pasar por esto. No puedo perder a otro de mis niños. Pero si dejo que se lo lleve, jamás volveré a ver a Nano. Me mataría no saber dónde se encuentra o qué ha sido de él como le ocurre a la Gilla, empapelando con carteles todo el reino en busca de sus dragones.
—Ahoga, libegag a mi compañego…
Y es entonces cuando ocurre un milagro y un ramo de flores le golpea la cabeza. Rosas silvestres y paniculadas.
—¿Pego qu…? —Hall se lleva la mano al pelo, ano-nadado, y se retira uno de los pétalos rojos, sin entender nada.
Se gira para ver al atacante, un hombrecillo que apenas llega a metro cincuenta con un elegante bigote y un destrozado ramo de flores en la mano. Parece tan confundido como el mismo Hall.
Yo no desaprovecho la oportunidad y pego un salto para caer con toda la fuerza que me permite este viejo cuerpo y le doy con el palo de la Escoba en la nuca.
Hall cae de rodillas y después se despatarra en el suelo con muy poco sentido del decoro.
Nano, sintiendo que es liberado del agarre, salta a mis brazos.
Su pequeño cuerpo de quince kilos tiembla sin control.
Siento un alivio absoluto y le doy un puntapié extra al capullo desmayado.
Después, me dejo caer al suelo antes de que mis tambaleantes piernas me obliguen a llegar a él.
—¡Cariño!
Circe se lanza a los brazos del hombre bigotudo, que queda aplastado por la efusividad de las carnes de mi hermana.
Estoy segura de que podría llegar a morir asfixiado en el interior de ese escote, pero el señor Billy parece en el séptimo cielo y yo aún no puedo levantarme para salvarle, así que les dejo hacer.
—Mira, algo de caballero sí que tenía al final —musito para mí, abrazada a Nano.
—Voy a enseñar a todos mis pequeños a morder bien fuerte en cuanto vuelva.
Hemos encendido una hoguera mientras esperamos a los gendarmes.
Circe y el señor Billy no despegan sus manos del cuerpo del otro y ya me he cansado de hacer de sujetavelas.
Al parecer, el señor Billy se sintió muy mal por la ruptura y nos lleva siguiendo todo el día de ayer, montado a caballo y con un ramo de rosas [14] , que ahora está desperdigado por el suelo.
Su intervención ha logrado despistar lo suficiente a los bandidos como para que yo pudiera intervenir y, solo por esta vez, me ahorraré los comentarios sarcásticos sobre su valiente estoque floral.
—Alguien los ha enviado —digo yo, cavilando en alto. Esplendor y Nano, tumbados sobre mí, duermen plácidamente tras haber masticado con fruición uno de mis calcetines usados. Un mal menor con tal de tenerlos tranquilos.
—¿Pero quién lo haría? ¿Quién te odia? —dice Circe con la mano en el pecho.
Demasiados. Tengo mucha gente que me aborrece tanto como yo a ella: clientes insatisfechos, veterinarius inútiles, maltratadores de animales a los que acusé en su día, competidores de exposiciones a los que fastidié, mi ex… Pero no hay tanta gente que tenga el arrojo para joderme realmente.
Se me ocurre un modo de descubrir algo más, pero tengo que actuar antes de que lleguen los gendarmes, así que me acerco a donde se encuentran ambos salteadores maniatados y le doy una patada al bobo.
Nos ha costado dios y ayuda sacarle del bollo, estaba a punto de morir asfixiado.
Hall sigue sin recuperar el sentido y espero que dure así al menos otro par de horas.
Tampoco descartaría un «para siempre» en el final de su cuento de hadas.
—Hey, tú.
—¿Yo?
—Sí, mira, te han contratado para fastidiarme, ¿verdad?
—No, no, solo para robarte los dragones.
—Pero eso me fastidia.
—Ah, entonces sí.
—¿Qué te parece si te doy un dragón y así cobras esa recompensa y a cambio me das el nombre de quién te contrató?
—Ah, no, no, no. Quieres engañarme. No me vas a dar un dragón.
—Mira, puede que haya esperanza para tu descendencia.
—No sé qué tiene que ver la decencia con esto.
—¿Qué?
—¿Qué?
Aprieto con fuerza mi tabique nasal, notando cómo mueren mis neuronas solo mirando a este cafre. Respiro hondo.
—Mira, yo estoy aburrida, ¿y tú?
—Bueno, tampoco es que tenga mucha prisa porque me detengan…
—¿Te apetece jugar a un juego entonces?
—¿Cuál? —me pregunta receloso.
—¡Circe! ¿Te acuerdas de ese juego que jugábamos de niñas?
—¿Jueg…? —Me mira a los ojos y entonces asiente con entusiasmo—. ¡Ah, sí!
—Mira, te cuento. Hay una teoría que dice que todos estamos conectados por cinco personas en este mundo [15] .
Yo voy diciendo nombres y tú tienes que decir si los conoces o no. Por ejemplo, Giorgio Danio.
—¡Yo! ¡Yo! Es mi cartero —apoya el señor Billy.
—Y también el mío.
—Y el mío —digo yo, bastante asombrada. Igual no es tan vago como yo creía, después de todo—. Bien, pues según lo que sé, Giorgio es también el cartero del rey de Jotapelón.
—Anda ya.
—No, no, de verdad. Pregúntaselo la próxima vez que te traiga una notificación. Eso quiere decir que, si algún día tienes hambre, solo tendrías que ser invitado a cenar por el amigo de tu amigo, y estarías comiendo en el castillo.
—¿En el castillo?
—Sí, exacto.
—¡Increíble! ¡Vale, juego! —dice el bobo entusiasmado.
Yo sonrío de espaldas para que no vea mi mueca de triunfo.
No requiero de más que cuatro rondas para encontrar al hombre que nos une: el dueño de Campeones del Aire. El Dramas, el criador de dragones plateados kamikaze.
La llegada de los gendarmes se demora casi tres horas, no podemos ponernos en marcha hasta bien pasado el mediodía.
Hemos estado declarando por otras dos horas y les he contado quién está detrás de todo esto.
Por lo que me han comentado, podría llegar a ser acusado de inductor de un intento de secuestro si obtienen una confesión de los bandidos.
No creo que les cueste mucho. La última vez que vi a Hall estaba suplicándole a su compañero bobo que dejara de cantar.
Un tiempo más tarde, cuando no queda más que un breve trecho hasta casa, recibo otra llamada a través de Xhiri.
—¿La señora Elsa?
—Sí, dígame.
—Le llamo de la gendarmería de Roc. Es respecto al intento de robo que sufrió ayer.
—Ya les he contado todo lo que sabía a sus compañeros. No voy a repetirlo. Ha sido una noche muy larga y quiero llegar a casa.
—Lo entendemos, señora —dice el oficial al otro lado—, pero nos preocupa el comportamiento del apresado, el Señor… ¿Dramas?
Así que ya le han detenido, después de todo. Parece que los esfuerzos de Hall han sido en vano.
—¿Qué ocurre con él?
—No estamos seguros, pero no deja de sonreír.
—Pues será un masoca. ¿Para qué demonios me cuenta esto?
—No lo tengo claro, pero es que soy en parte adivino y creo que debería tener cuidado.
El genio de la lámpara del acusado ha testificado que se contactaron a dos personas diferentes el día que encargó su secuestro.
Uno fue el tal Hall, un hombre para todo de los bajos fondos. El otro aún no lo hemos descubierto.
—Estaré atenta.
Capítulo XI. No hay miel sin dragón
—Escupiendo Fuego, Criador de Dragones, dígame.
—¡Rápido, dígame cuál es la marca de la pipeta que me dio para el dragón!
—Nosotros trabajamos con Dracarox, señora. ¿Qué ha ocurrido? ¿Se encuentra bien Rayo?
—¡Rayo sí! ¡Pero Úrsula está en el hospital! ¡Le di su pipeta y ahora está ingresada! ¡Ha devuelto sangre y todo!
—¿Qué le dio mi…? Disculpe, pero Úrsula es…
—Mi anaconda.
—¿Le dio un producto para dragones a una serpiente?
—Ambos son reptiles, ¿no? ¡Tendrá noticias de mis abogados!
Al fin llegamos de madrugada a casa. El centro está en relativo silencio, a oscuras.
Circe me acompaña, aunque el señor Bill se ha despedido en la puerta.
El hombrecillo nos ha hecho de guardia todo el camino y le estoy agradecida, pero ha sido penoso observar el adiós entre los dos amantes; no voy a mancillar mi mente describiendo ese desvarío de lloros, promesas y babas compartidas del que he sido testigo.
Mañana acercaré a mi hermana hasta su casa, pero yo estoy en mi límite.
La llamada del gendarme me ha dedo malas vibraciones.
Es como lo que se siente en un día Chungo, pero este va en ascenso y está disparando todas mis alarmas internas.
Solo deseo llegar a casa cuanto antes. Así que, aunque mi hermana se ha enfurruñado un tanto conmigo por no permitirle premiar en condiciones a su caballero, me he impuesto y hemos vuelto echando leches al centro.
Distinguir el perfil de mi hogar en la oscuridad me tranquiliza solo un poco. Observo el exterior, todo está en su lugar.
—¿Ves? Si ya te lo dije, Elsa —apuntilla ella.
Me da igual. Salto del pescante sin hacer caso a mis huesos doloridos ni a mi creciente artritis y solo me detengo para coger en brazos a mis dos pequeñines que están igual de entusiasmados por volver.
El olor a dragón es algo que inunda todo este valle, mi marca personal, ideal para espantar a ratas y niños por igual. Entramos dentro de mi hogar.
Jack espera durmiendo en el sofá. Tiene la boca abierta y un reguero de saliva que está manchando mi sillón —ya no tan— nuevo.
No se despierta ni cuando Esplendor comienza a sollozar para que la deje en el suelo.
Valiente protector está hecho este esclavo mío.
Un breve repaso a las puertas de las instalaciones me indica que todo está en orden. Pero yo sigo teniendo cierta inquietud.
—Jack —le pego una patada al dormilón.
—¡Elsa, vas a despertarle!
—¡Eso es lo que trato de hacer!
Jack al fin abre los ojos y parece confundido. Me mira y pone cara de reconocer una pesadilla. Luego mira a Circe y veo que frunce el ceño, como si este fuera el peor sueño lúbrico que haya tenido jamás.